Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Runna
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Runna

—¿Puede que haya un destacamento más avanzando por otro lado? —preguntó el otro comandante, con quien compartía campaña—. ¿Por mar?

—No podemos descartarlo —susurró Halan—. Pero no nos engañemos: usarán a las bestias que se esconden en las cuevas de la montaña, tal como dijo Sandar.

Los kalastys viajaban con lo justo, en gruesas filas bien ordenadas. Llevaban ropas oscuras, ni siquiera se habían preocupado por buscar camuflaje. Era como si desearan ser vistos. No temían un ataque sorpresa, y eso acrecentaba la preocupación de Halan.

—Malditos desgraciados... —La comandante pegó la espalda a la duna, la arena guardaba el calor del día—.

Me preocupa que haya algo más que ahora mismo no veamos.

No están solos, de eso estoy segura. Quiero que nuestra gente se prepare para evacuar la ciudad antes de que los kalastys lleguen.

Aunque un mal presentimiento me dice que eso no salvará Galear.

—Todos sentimos lo mismo. Se avecina una tempestad. —Su compañero se bajó el fular un poco—. Espero que los dioses estén de nuestro lado.

Halan volvió la vista hacia los kalastys. Parecían una gruesa serpiente reptando por el desierto. Deseó que la arena los engullera uno a uno.

Ella no confiaba del todo en los dioses, así que apelaría a su única fe: la del acero.