Laen’dah
E l paso del tiempo se encargó de borrar parte de la historia.
La memoria es algo voluble, más aún en seres cuya existencia se alarga milenios.
Pero yo, que soy el Testigo de Muriath, lo recuerdo todo sin excepción.
Ya nadie piensa en cómo surgió la raza de los dragones grises, hijos de Khaleria.
Quizá se deba a que fue Lumiatz quien se encargó de criarlos y ofrecerles protección cuando su madre solo tenía ojos para el Dragón Negro.
Lumiatz los acogió en su morada, que luego regaló a los zarefíes.
Muchos creían que Khaleria era incapaz de amar, pero eso no era cierto.
Quería de una forma posesiva y enfermiza.
Su problema era que no sabía manejar esos sentimientos.
Cuando un general demonio asesinó a uno de sus hijos plateados, el dolor que la invadió fue tan intenso que la hizo enloquecer.
Cazó al culpable y, sin piedad, ató al pobre miserable al roble más alto del lugar y lo desolló.
Dejó que su piel se regenerase y lo desolló de nuevo, y así una y otra vez.
Arrancó sus gritos de forma despiadada mientras la sangre bañaba el bosque.
Ningún inmortal tuvo el valor de detenerla hasta que el suceso llegó a oídos de Hagnak.
El Juez acudió para hacerla entrar en razón, ya que era el único que podía persuadirla.
Hagnak había nacido muy distinto a sus hermanos. Su aspecto era tan parecido al de Osharan que se trenzaba el cabello negro para que no lo confundieran con su padre.
Los dragones grises continuaron junto a Lumiatz, pero también extrañaban a su madre y a su hermano, quien gobernaba el mundo en nombre de Osharan.
Lumiatz les prometió que algún día serían ellos quienes obtendrían todo el cariño de Khaleria y de Hagnak, pero tal cosa jamás llegó a suceder, pues ambos desaparecieron del mundo.
Hagnak se esfumó sin dejar rastro, y el misterio sobre el final de Khaleria hizo creer a todos que el Dragón Negro había devorado a la diosa.
Este último hecho alimentó el odio de las criaturas hacia él.
El tiempo solo logró confundir la verdad.
La lealtad de los dragones hacia la dama roja era imperecedera, y juraron que la ayudarían a recuperar su hogar y hacer temblar el mundo.
Todos, desde los Olvidados a los hijos de Khaleria, pasando incluso por el dárico gris, teníamos algo que reprocharle a Osharan, algo por lo que desear su caída.
El problema era que este último aún no era consciente de ello. Aunque no tardaría en hacerlo.
Cuando las cenizas cubrieran el mundo mortal, Kishur encontraría la verdad. Y yo sería testigo de ello.