Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Páramo de Bal
64%

Páramo de Bal

Debía volver junto a Kishur, sentía una fuerte angustia al recordar sus heridas. ¿Y si Osharan no lograba salvarlo? La idea la mortificaba.

Se percató entonces de la presencia de alguien más. Era una chica de cabello largo y color azabache. Llevaba tan solo un fino vestido cubierto de barro. Le resultó familiar, pero no lograba recordarla. La desconocida caminó hacia ella y Alhanna retrocedió.

—Lamento haberte sacado de allí de esa forma —dijo la joven—. Sé que te asusta que Raehlan pueda morir, pero no debe preocuparte, el Dragón jamás lo permitirá.

—¿Quién eres? —Acarició el puño de la daga para sentirse más segura.

—Soy Gaelos. Fuimos a buscarte a esa ciudad humana, pero ya te habías ido. —Le tendió una mano que Alhanna miró con desconfianza—. Quiero que me acompañes, te llevaré a un lugar seguro. Lejos del Dragón y de Lumiatz.

—Esa desgraciada ha intentado matar a Kishur. ¿Por qué debería confiar en ti? —Estaba tan furiosa que le costaba mantener la calma.

—Lo comprendo. Desde que llegaste te han perseguido una y otra vez, desconoces quién eres y el significado de tus sueños.

Porque los tienes, ¿verdad? —Ladeó la cabeza mientras Alhanna asentía—.

Debes estar muy enfadada. Ojalá hubiera descubierto antes la verdad sobre ti, pero aún puedo ponerle remedio. Ven conmigo y te lo contaré todo.

Aquellas palabras también fueron pronunciadas por Trivaz, el vigía de la Jistar.

Él también le aseguró que le ofrecería conocimiento.

Esta vez no cometería el mismo error, así que se acercó a la diosa, dispuesta a tomar su mano.

Un velo sombrío cubrió entonces su corazón al pensar en Kishur.

Se repitió que Osharan estaba a su lado, que habría curado sus heridas.

Cerró los ojos al notar cómo su cuerpo temblaba.

—La unión con el dárico es demasiado fuerte, lo sé. Pero no te preocupes, volverás a verle. —Gaelos entrelazó sus dedos—. Esto no es un adiós.

Sus palabras complacieron a Alhanna. Pero entonces el rostro de Gaelos se contrajo de terror y miró más allá de ella, hacia la espesura del bosque.

Alhanna sintió el aire más pesado. Al volverse vio a Lumiatz.

Llevaba a alguien más con la cabeza cubierta por una capucha roja.

Era una mujer y una gruesa cuerda rodeaba su cuello.

Tenía los pies descalzos y vestía un camisón rasgado y sucio.

Sus piernas y brazos desnudos tenían arañazos ensangrentados.

—Gaelos, ¿tú también me traicionas? —preguntó la dama roja.

Desde su derecha apareció un anciano de barba blanquísima con un sombrero.

Alhanna lo reconoció al instante: era el contador de historias con el que se cruzaron en el bosque de Ohn, antes de llegar a Cimeag.

Alhanna soltó a Gaelos y comenzó a apartarse de todos ellos.

No podía creer que estuviera frente a los dioses. ¿Qué querían de ella?

—Deja a esa mujer —pidió el anciano—. Te rebajas a la altura de los mortales.

—Vayámonos con Alhanna —propuso Gaelos con voz temblorosa—. Ese era nuestro plan, reunirnos con ella.

—Vosotros no me diréis lo que debo hacer —escupió la dama. Su aspecto era de lo más salvaje: el pelo revuelto, la mirada enloquecida—. El maldito dárico se ha burlado de mí, ¡un simple mortal! Puede que él sea intocable, pero aquellos que le rodean no lo son. Le haré saber el precio de humillarme.

Alhanna tuvo un mal presentimiento. Intuía quién era la mujer que Lumiatz tenía atada del cuello y se le revolvieron las tripas.

—Iré con vosotros si la sueltas —se apresuró a decir Alhanna.

—Y tú, ¿quién te crees que eres? Te has convertido en un despojo de lo que fuiste.

No eres rival para mí. —Lumiatz empujó a la mujer, que cayó de rodillas, y puso una de sus garras en su cuello—.

Siempre te eligieron a ti, incluso el dárico gris.

¿Quieres que te entregue a esta mujer? Bien, llévale su cadáver a ese desgraciado.

Lumiatz le arrancó entonces la capucha y Alhanna la miró con horror al ver sus sospechas confirmadas: se trataba de Rory.

La dama le había arrancado los ojos, y surcos secos de sangre cubrían sus mejillas.

Tenía los labios cosidos, pegados. Alhanna gritó de rabia mientras se agarraba el estómago.

Sintió el miedo y el sufrimiento de Rory como un punzante dolor en el pecho.

En esos momentos, odió a Lumiatz con todo su ser.

Quiso despedazarla con sus propias manos.

La mujer emitió un lamento lastimero, como si tratara de decirle algo.

Alhanna notó cómo su rabia crecía hasta límites incontenibles, su sangre parecía quemar en sus venas.

Las grises pupilas se volvieron oscuras.

Lumiatz tiró del pelo de Rory y le echó la cabeza hacia atrás.

Alhanna no tuvo tiempo de impedirlo, ni siquiera de suplicar.

La diosa le rajó la garganta con su garra.

La sangre se derramó como una cascada por el camisón ajado de la mujer.

Su cuerpo cayó al suelo, inerte, mientras Lumiatz sonreía.

—No has debido hacerlo. —La voz de Alhanna sonó distante en ese momento, casi irreal como si no estuviera allí—. Rory no merecía eso. Ella era buena.

Después, gritó frenética. Gaelos y Shanarás se mantuvieron al margen, como si hubieran desaparecido de la escena. Alhanna notaba su corazón a punto de estallar.

Cerró los ojos y levantó la cabeza. Contempló la energía que componía la Jistar, un torbellino de luz violeta acunado por una profunda oscuridad.

La barrera era como un arroyo de agua clara cuando uno tiene sed.

Parecía reclamar su atención. Alzó los brazos hacia el lanfe prohibido de Osharan y lo tomó entre sus dedos.

Su cuerpo se crispó al contacto con aquel poder desbordante, la fuerza arrolladora de la Jistar quemó sus entrañas.

Alhanna abrió los ojos y observó el mundo, y le pareció más vívido que nunca.

—¡No lo hagas, Alhanna! —La voz de Gaelos sonó lejana—. ¡Es peligroso!

El dolor anegó su mente, pero no le importó.

Con un rugido atronador, logró que la energía recorriera cada fibra de su cuerpo y se concentrara en sus manos.

Las dirigió hacia Lumiatz, y una llamarada gris brotó de sus dedos.

Dibujó un arco de fuego plateado y lo sostuvo con fuerza mientras creaba una flecha.

Disparó. No fue capaz de contener todo ese poder mientras fluía a través de ella.

Las llamas crecieron de forma abismal y se extendieron sin que pudiera controlarlas.

Alhanna perdió su entorno de vista, quedó cegada por la luz grisácea.

Todo a su alrededor comenzó a arder y el fuego avanzó sin piedad por el paraje, cubriendo el amplio curso del río, ocultando el firmamento.

Las llamas se extendieron veloces e implacables en todas direcciones y fueron consumiéndolo todo, arrancando rocas de la tierra, devorando el bosque.

Alhanna sintió que su cuerpo quedaba atrás y creyó estar cabalgando sobre la lengua de fuego, dirigiendo toda esa destrucción.

Podía percibir cada árbol, cada roca, cada animal.

Todo se fundía entre sus llamas plateadas.

Y no le importaba: era cuanto deseaba. Quería ver el mundo arder, reducirlo a cenizas. Alhanna perdió el control por completo.

Se sumió en una profunda negrura, opresiva y silenciosa.

Ya no percibía nada, era como si no tuviera cuerpo y hubiese quedado suspendida en un vacío tenebroso.

Algo comenzó a moverse ante ella, como si la rodearan paredes hechas de un tejido vivo.

Supo que era la Oscuridad que siempre acompañaba al Dragón.

Contempló la masa oscura que se revolvía frente a sus ojos.

De ella surgieron cientos de manos que intentaban escapar y aferrarse a Alhanna.

Resonaron lamentos y aullidos de dolor. La sobrecogió una profunda angustia que le robó el aliento.

Miles de voces cantaron al unísono y Alhanna reconoció la melodía: era la Canción de los soñadores.

Todo cambió a su alrededor para dar paso a una visión desconcertante.

La Canción continuó sonando, en un atronador llamamiento.

Ahogaba cualquier otro sonido dentro de aquella inmensa ciudad construida bajo tierra.

Alguien la protegía apostado frente a ella.

Era un ser de aspecto dárico, con el cabello oscuro y trenzado.

Sus ojos eran tan grises como los de ella.

Una criatura rosácea y retorcida se abalanzó sobre él.

«¡Egoresa!», Alhanna oyó su propia voz. El miedo la paralizó mientras la Canción le arrebataba la cordura.

El dárico de pupilas grises la empujó a través de una brecha.

Ella intentó tomar sus manos, pero la luna maldita lo impidió, le lanzó una dentellada al cuello.

«Adiós, madre», dijo el misterioso ser mientras todo desaparecía frente a Alhanna.

Era un amanecer extraño. Kishur percibía en cada poro de su piel toda la muerte que había arrasado aquel fuego tan brillante como la plata.

No podía quitarse a Osharan de la cabeza.

Cuando las llamas se alzaron en el cielo, el Dragón comenzó a transformarse en una criatura espeluznante.

La masa oscura se desprendió de su piel y se fue endureciendo como una coraza.

Osharan rugió y sus colmillos crecieron hasta rozar la barbilla.

Miró a Kishur y el dárico sintió que su corazón se detenía un instante, congelado ante el poder que la temible bestia desprendía.

Una visión entró a la fuerza en su mente.

Era Alhanna. Las llamas grises salían de su cuerpo y arrasaban todo en su avance. Fue capaz de vislumbrar el torrente de energía que se desprendía de la Jistar para entrar en ella. Se sintió sobrecogido. La escena desapareció a la vez que lo hizo Osharan.

Sus hajaeks se reunieron con él y notaron el calor tórrido cayendo sobre ellos.

Una gigantesca lengua de fuego lamía el horizonte, quebrando la tierra.

No se movieron, pues no tenían a dónde huir.

Kishur contempló la destrucción de Alhanna con resignación.

Ghiro se dejó caer de rodillas, como si pudiera entender lo que sucedía.

Cientos de aves volaron sobre sus cabezas, ahuyentadas por la destrucción. Y, entonces, el caos de detuvo.

Ahora, innumerables peces flotaban muertos en el río y el agua desprendía un vapor asfixiante. El bosque lanzaba un amargo canto.

—¿Mi señor? —lo llamó Ghiro, ya subido a su vargum—. ¿Partimos?

Ádria, Mayara y Eltsay estaban junto al anciano, igual de expectantes.

Kishur apretó las riendas cuando su entorno cambió y pudo apreciar los lanfes de sus hajaeks.

Cerró los ojos, le resultaba demasiado confuso.

Osharan le había otorgado la capacidad de ver la energía al curarle el ojo.

Se preguntó qué otras sorpresas lo aguardaban.

Movió los dedos de la mano que Lumiatz había amputado y no encontró nada anómalo en ellos.

—Dadme algo con lo que cubrirme parte de la cara —pidió el dárico, para sorpresa de los demás. Mantendría el ojo cerrado hasta que aprendiera a controlarlo.

Mayara le tendió un pañuelo y Kishur se lo ató alrededor de la cabeza para ocultar la parte izquierda. Suspiró con alivio cuando dejó de ver los lanfes de los demás.

—¿Vais a explicarlo? —preguntó el anciano.

—Más adelante, quizá. —Le lanzó una mirada de advertencia a Ghiro para que dejara el asunto—. Es mejor que nos marchemos ya de este lugar infesto. Necesitamos respirar aire limpio. Viajaremos hacia Marial-Pat tan aprisa como podamos.

—Creí que iríamos en busca de Alhanna —dijo Ghiro.

—Ella debe seguir su propio camino —concluyó Kishur de forma rotunda.

Aquello no se lo esperaban. El silencio se apoderó de los dáricos. Ya había amanecido por completo, aunque el sol quedaba relegado tras las espesas nubes.

—Desde el momento en el que Alhanna apareció ante vos, os habéis negado a separaros de ella, a pesar de todo lo que habéis sacrificado para lograrlo. Y ahora la abandonáis sin conocer siquiera cómo se encuentra tras lo ocurrido o si necesita vuestra ayuda. ¿Por qué razón?

—Ha cometido un crimen imperdonable al usar el lanfe del Dragón.

Y aunque no me corresponda juzgarlo, he comprendido que debo alejarla de mí.

—Kishur habló con mesura, pero sus ojos brillaban con furia—.

El poder de Alhanna seguirá creciendo, y no quiero averiguar hasta dónde seré capaz de llegar para detenerla.

Porque la Canción no será suficiente. Y tan solo yo puedo acabar con su vida.

No deseo tener que elegir entre el mundo y Alhanna.

Mi maestro me advirtió que este momento llegaría.

Ninguno de los hajaeks se pronunció; la explicación de Kishur no dejaba lugar a discusión. Ghiro asintió despacio, la pena dibujada en su rostro. Kishur espoleó al vargum y el animal salió al trote lanzando relinchos nerviosos, como si avanzar por ese lugar lo perturbara.

El pañuelo que ahora le tapaba medio rostro le proporcionaba cierto alivio. El ojo izquierdo le mostraba la energía que fluía a su alrededor, con el derecho contemplaba la realidad. ¿Así sería su mundo a partir de ahora? ¿Una dualidad constante?

A cada paso, percibía a Alhanna más lejos de él.