Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Páramo de Bal #3
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Páramo de Bal #3

—Mantuve esa esperanza un tiempo, pero me temo que no.

—Trivaz tenía la pena dibujada en su rostro—.

Los que conocemos la verdad hemos procurado que circulen diferentes rumores sobre el lugar en el que puede estar, porque queríamos mantenerlo vivo de alguna forma.

Pero la realidad es que mi señor murió hace más de dos mil ágaras.

—¿Está muerto? Pero entonces este sitio… —Kishur no daba crédito.

—Era un ser inmortal distinto a mí y a los dioses, pues fue concebido en el vientre de Khaleria.

Albergaba un lanfe prodigioso, pero podía morir de una herida certera al igual que los demonios.

Él lo consideraba un regalo, no una debilidad.

—Trivaz frunció ligeramente los labios, como si aquello lo enfadara—.

Y, siendo el dueño del mundo, ¿qué importaba?

Su padre jamás habría permitido que le hicieran daño.

Pero ni siquiera el Dragón pudo prever el terrible infortunio que acabó con la vida de su hijo.

Lo asesinaron y su cuerpo fue enterrado.

—Pero quedó este mundo hecho con su lanfe —afirmó Kishur.

—Se convirtió en una gran cantidad de energía a la deriva. Hagnak entretejió su mundo de forma que nadie pudiera alcanzarlo, ni siquiera Osharan —concluyó Trivaz—. Todo este lanfe debería haber ido al mundo venidero, Hagnak merecía descansar en paz.

Kishur tomó asiento a su lado. Las olas se acercaban a ellos poco a poco.

—Si eso es cierto, ¿quién nos ha traído? —quiso saber Kishur. Trivaz negó con la cabeza, no tenía la respuesta—. Parece que quería protegernos de Osharan. Fui un necio por creer que no me haría daño.

—Te equivocas. —Trivaz lo miró entonces—.

El Dragón es incapaz de diferenciar entre el bien y el mal, para él no existe esa dualidad.

Su realidad se constituye de deseos y acciones, no hay nada más.

Te estabas posicionando en su contra debido a los recuerdos de tus otras vidas, así que decidió eliminar el problema borrándote la memoria.

—Que el ser más poderoso del mundo no sepa discernir el bien del mal es un gran problema. —Kishur se apartó el pelo de la cara—. ¿Me han borrado los recuerdos antes?

Trivaz no pudo contener el gesto de culpabilidad, cosa que el dárico interpretó como un sí. El rostro jovial del demonio se ensombreció aún más.

—Lo hice para evitar que sufrieras. En tu vida anterior caíste preso de la sangre maldita al recordarlo todo, y tuve que intervenir.

—Trivaz desvió la mirada hacia el mar—. Alhanna aún no había llegado, ¿para qué condenarte a una vida miserable?

Pudiste superar la enfermedad y continuar tus días en paz.

Kishur no podía reprochárselo. Notó entonces una extraña convulsión y una cuerda invisible rodearle por completo y tirar de él. Comenzó a hundirse en la arena.

—Osharan está arrancando tu lanfe de aquí para llevarlo de vuelta a tu cuerpo —le informó Trivaz—. Yo me quedaré mientras mi presencia sea permitida. Adiós, Raehlan.

Antes de desaparecer por completo vislumbró una figura a lo lejos, algo que no supo identificar. Quiso advertir a Trivaz de que no estaban solos en la playa, pero no tuvo tiempo.

El dárico abrió los ojos para enfrentarse al Dragón.

Fue extraño recobrar la consciencia de su propio cuerpo, el cansancio lo golpeó con tanta fuerza que estuvo a punto de caer.

Toda la paz que lo había acompañado desapareció al instante.

Sus hajaeks estaban allí, perplejos al verlo cubierto de sangre.

Se incorporó despacio. La ominosa mirada de Osharan lo recorrió de los pies a la cabeza y Kishur creyó que hurgaba incluso en su mente. Debía claudicar un poco ante él, aunque le pesara en el corazón.

—Te serviré tal como llevo haciendo dos mil ágaras, tomaré la espada para luchar en vuestro nombre. —Kishur habló con firmeza y orgullo—. A cambio os pido que me permitáis ir al mundo venidero al morir. Que esta vida sea la última.

—Deberías haber nacido inmortal —dijo Osharan.

—Pero no soy más que un dárico —le recordó Kishur—. He estado en el mundo de Hagnak, donde he descubierto que, al parecer, él tampoco pudo descansar en paz.

Por primera vez vio una reacción en el Dragón: un velo de oscuridad cubrió sus ojos.

¿Era pena lo que veía en ellos? Después de todo, Hagnak había sido su hijo.

Osharan estuvo a punto de condenar Muriath tras su desaparición o, mejor dicho, tras su muerte.

Se preguntó si el Dragón trataba de buscar un reemplazo, y si sería él mismo.

Y entonces, el cielo estalló en mil pedazos sobre sus cabezas.

Osharan rugió con una ira sobrecogedora y el cristal de su cuello estalló.

La bruma lo rodeó por completo. Notó un repentino ardor en el ojo que Lumiatz le había destrozado momentos antes y el Dragón había curado.

Lo cubrió un instante con la mano y al retirarla, ante él apareció el mundo de un modo en el que jamás habría imaginado.

Kishur alzó la mirada y contempló la coraza que cubría el firmamento.

Era un intrincado tejido de infinitos hilos que comenzaban a romperse.

Consternado, supo que veía la Jistar. Y no solo eso, alguien estaba tomando la energía de la barrera.

Alguien se alimentaba del lanfe de Osharan.