Páramo de Bal #2
Los árboles se sacudían con violencia a causa del viento, el cielo se cubría de espesas nubes cargadas de truenos que restallaban rabiosos.
Lumiatz se alejaba con pasos lentos, incapaz de apartar la mirada de Osharan.
Sus garras goteaban con la sangre de Kishur.
El Dragón se alzó en sombras frente a ella, colosal como una montaña.
Su cuerpo parecía alargarse como una marea negra.
La dama roja cayó de rodillas y rugió con fuerza hasta quedarse sin aliento.
Poco a poco, un torbellino rojizo la envolvió y su forma dárica comenzó a cambiar hasta tomar la del dragón.
Medio cuerpo de la criatura quedó en el río mientras batía las alas descarnadas y abría sus fauces, dando dentelladas al aire. Pero Osharan no se detenía.
—Aguanta, por favor. Tienes que hacerlo —le suplicó Alhanna a Kishur.
—Huye de aquí, Alhanna. Vete ahora si quieres ser libre. —Su voz era apenas un murmullo. No le quedaban fuerzas para hablar—. Corre tan lejos como puedas.
—¡No! No te abandonaré. —La joven temblaba sin control.
Una ráfaga de viento barrió la orilla del río y arrojó agua y pequeñas piedrecitas sobre ellos.
Lumiatz se alzaba sobre el agua mientras las sombras de Osharan la retenían aferrando sus patas.
El dragón rojo rugió desquiciado, y el sonido cavernoso retumbó en el bosque.
Aquella forma oscura que atrapaba a Lumiatz comenzó a ascender por su cuerpo, abrasando las escamas y provocando un terrible hedor a carne quemada.
La tormenta giraba en vórtices que se abrían y cerraban como si quisieran engullir la vida de aquel lugar.
Lumiatz abrió la boca y expulsó una potente llamarada roja que cubrió por completo a Osharan.
Sin embargo, el fuego fue absorbido por las sombras y estas crecieron y se apretaron contra el cuerpo de la diosa.
Trivaz llegó entonces y se apresuró a posar sus manos sobre la cabeza de Kishur.
—¡Tienes que salvarlo! —exigió Alhanna.
—No tengo tanto poder, debe hacerlo el Dragón. —Apretó las mandíbulas sin soltar al dárico—. Solo puedo concederle tiempo.
Un alarido invadió el cielo. Sobre sus cabezas volaba un gigantesco dragón blanco, y la oscuridad parecía no osar tocar sus escamas.
Kishur dirigió la mirada hacia la majestuosa criatura.
Sus alas cortaban el aire. Desde esa perspectiva solo podía apreciar el abdomen y la cabeza del dragón: era Shanarás.
Descendió en picado hacia ellos y abrió sus fauces.
Por un momento pareció que iba a devorarlos a todos, pero en su lugar escupió un cegador fuego azul que dirigió a las ataduras de Lumiatz.
El estadillo fue ensordecedor, y Kishur sintió que su cabeza daba vueltas.
Alhanna se echó encima de él para cubrirlo, y todo a su alrededor se convirtió en una cortina de piedras y agua.
La tierra tembló con violencia. Trivaz había alzado los brazos para crear una barrera y protegerlos.
—Alhanna, vete… —Kishur apartó las manos de la joven.
Una criatura de escamas negras salió del río, agazapada entre los juncos.
Era un dragón mucho más pequeño que los otros dos.
Debía ser Gaelos. Kishur no tuvo tiempo de advertir a Alhanna del peligro: en un abrir y cerrar de ojos, la cola de Gaelos se enroscó alrededor de ella y la arrastró hasta zambullirla en el agua.
Lo último que Alhanna gritó fue su nombre.
Pero, esta vez, Kishur no podía correr tras ella para salvarla, pues el dárico se ahogaba en su propia sangre.
Sus brazos cayeron laxos a ambos lados y sus párpados se cerraron con cansancio.
—¡Osharan! ¡Tu Guerrero se muere! —gritó Trivaz con desesperación.
Kishur dejó de percibir su entorno y se abrazó a la inconsciencia casi con anhelo.
De pronto, ya no estaba junto al río ante la atroz batalla de los dragones.
Ya no había dolor. Ahora podía contemplar un paraje arbóreo bañado de luz.
Una docena de infantes corrían alrededor de un viejo manzano.
Sus risas inundaron de paz el corazón del dárico.
Los reconoció a todos: eran sus descendientes.
Quiso ir con ellos, abrazarlos y pedirles perdón por haber tardado, pero unas garras se aferraron a sus piernas y brazos.
La visión desapareció frente a él de forma abrupta y, al abrir los ojos, contempló el mismo cielo tormentoso.
Los dragones se perdían entre las nubes.
Aunque solo hubiera durado unos segundos, habían bastado para mostrarle lo que jamás tendría mientras no lograra alcanzar el mundo venidero.
Se llevó la mano al pecho y tomó aire muy despacio para mitigar el terrible pesar que lo aquejaba.
Había estado tan cerca… Se puso en pie con calma rechazando la ayuda de Trivaz.
Osharan estaba a unos metros de ellos dos, con su forma dárica.
Kishur observó sus manos, temblaban de pura rabia.
Estaba cubierto de sangre por todas partes, pero las heridas parecían haberse cerrado, y podía ver por ambos ojos. Había recuperado los dedos amputados.
La linde del bosque había sido arrasada por los dragones, y el fuego engullía los árboles cercanos. Osharan permanecía impasible.
—¿Hasta cuándo me impediréis ir al mundo venidero? —preguntó Kishur con la voz apagada—. Mis antepasados y mis descendientes aguardan allí.
—Tú no tienes antepasados —le contestó Osharan con frialdad.
Aquella respuesta alteró al dárico de una forma que no logró comprender.
—Khaleria regresó a Asthaluss, mi deber de esperarla ya concluyó.
Esta debe ser la última vez que me devolvéis a la vida.
—Kishur miró a Osharan desafiante—. Si lo hacéis de nuevo, obtendréis mi eterno odio y rencor.
Yo mismo me quitaré la vida una y otra vez hasta que desistáis.
No volveréis a negarme el derecho de ir al mundo venidero.
El Dragón avanzó unos pasos y sus ojos destilaron una furia implacable.
Levantó los brazos hacia él y las sombras escaparon de sus manos.
Acariciaron las sienes del dárico convirtiéndose en una masa tangible.
El roce se fue convirtiendo en un dolor punzante que penetró en su mente y se abrió paso entre todos sus recovecos.
Kishur se agarró la cabeza y palpó aquellas extremidades de masa oscura pegadas a cada lado.
Intentó arrancárselas, y sin embargo solo logró que le quemaran la piel.
Trató de no desistir, pero finalmente cayó de rodillas, vencido por un dolor insoportable. Algo hurgaba en su interior.
Trivaz corrió hacia él y logró arrancar los jirones de bruma de su cabeza.
—¡No podéis borrar sus recuerdos! —exigió el demonio, interponiéndose entre ellos.
Las sombras se dirigieron hacia Trivaz, rodearon su cuerpo y lo levantaron en el aire mientras lo aprisionaban.
El rugido animal del demonio se sobrepuso al crujido de sus huesos.
Kishur se puso en pie con la intención de ayudarlo, pero algo se lo impidió: de repente, era incapaz de moverse.
Tan solo pudo observar cómo Trivaz comenzaba a desaparecer.
Él mismo sentía que una fuerza apabullante lo arrancaba del sitio. Osharan frunció las cejas.
—Tu hijo es demasiado poderoso —dijo Trivaz antes de esfumarse por completo.
Kishur quedó rodeado de negrura, y luego se abrió ante él un paraje completamente diferente.
La luz del sol lo cegó un instante. Se encontraba en una playa y Trivaz estaba a su lado.
Las quemaduras de sus manos desaparecían mientras una absoluta calma lo invadía.
El viento silbaba entre los acantilados.
—¿Qué lugar es este? —Giró sobre sus talones para contemplar su entorno.
—Es el mundo que Hagnak creó con su propio lanfe. —Trivaz tomó asiento cerca de la orilla—. Esto es lo que quedó tras su desaparición.
¿El Guerrero creó su propio mundo? El dárico contempló los acantilados que se erigían a su espalda. Le impresionaba que un solo ser hubiera albergado tanto poder.
—Tanto tú como Jaeglar siempre habéis hablado de su desaparición. ¿Significa que él se encuentra aquí? —preguntó Kishur oteando el horizonte frente a ellos.