Páramo de Bal
Entró en el agua helada y notó la tensión abandonar su cuerpo.
Cargaba con demasiados secretos. De momento, no había compartido con Ádria el descubrimiento sobre su protegido.
Tampoco le había revelado a Alhanna quién era ella en realidad.
Se sumergió en el río y permaneció bajo el agua un buen rato.
Abrió los ojos y contempló la luz del atardecer que se filtraba a través de la superficie.
Se sintió en paz y se preguntó si sería eso lo que le esperaba en el mundo venidero.
Una calma eterna. ¿Lograría alcanzarlo alguna vez?
Últimamente pensaba demasiado en ello, como si sintiera la muerte cada vez más cerca.
Salió del agua con el cuerpo entumecido. Se puso los pantalones y prestó atención a los pasos ligeros que se acercaban a él por la espalda.
—Así que eres el nuevo Guerrero… Debes enorgullecerte. —La voz cercana de Lumiatz le produjo escalofríos. La tenía justo detrás—. Al parecer, la atención que recibes del Dragón te ha hecho olvidar que me debes tu vida. Eres un desagradecido.
Recorrió la espalda desnuda de Kishur con las uñas.
El dárico se volvió hacia ella para enfrentarse a los ojos azules de la dama.
Ella lo observaba con frialdad. Llevaba el cabello despeinado, suelto y enredado sobre los hombros.
Sus mejillas estaban teñidas de rojo, y sus pupilas refulgían con fiereza. Arañó el pecho de Kishur.
—Tu humana me ha tenido entretenida —dijo Lumiatz con rabia.
Al principio, Kishur se quedó un poco desconcertado, hasta que comprendió a quién se refería y el significado de sus palabras.
Lumiatz clavó las uñas en su piel, tanto que lo hirieron e hilos de sangre bajaron por su torso.
El dárico no se movió en absoluto, la mirada de la diosa mostraba su poca cordura.
—¿Qué le has hecho a Rory? —Kishur apretó los puños con fuerza.
—Lo mismo que te haré a ti. —Las pupilas azules de la dama se oscurecieron y el aire se volvió más pesado entre ellos—.
¡Me perteneces! ¿Acaso no te lo dejé claro cuando nos conocimos?
¡Solo yo puedo tocarte! Te has atrevido a traicionarme con una asquerosa humana.
¡Yo soy una diosa! Una diosa… y aun así decidiste yacer con esa miserable.
El viento arreció con fuerza y arrojó arena y agua sobre ambos.
El cabello rojizo de la dama y su vestido color cereza se elevaban con el aire.
Kishur notó el poder de Lumiatz aplastándolo contra el suelo.
El aroma a jazmín comenzó a inundar sus sentidos y a marearlo.
La diosa estaba fuera de control, y a él le pareció más temible que nunca.
Era la primera vez que la veía tan iracunda.
—Arrodíllate ante mí y suplica mi perdón —pidió Lumiatz con arrogancia—. Hazlo o te juro que te despedazaré aquí mismo. Te mostraré el precio por humillarme.
—Me has atormentado desde el día en que nos conocimos, y ya me he cansado —le reprochó Kishur, luchando contra el poder que trataba de someterlo—.
Nunca te he pertenecido. Me engañaste cuando me pediste que te entregara mi lanfe a cambio de la venganza.
No podrías hacerte con él porque es del Dragón.
¡No tienes poder sobre mí! —Apartó la mano de ella con brusquedad—.
Desprecio cada parte de ti. Y me desprecio a mí mismo por desearte aquella noche.
—¡Arrodíllate! —bramó ella mientras convertía sus manos en garras.
—Jamás —sentenció el dárico.
Lumiatz gritó con todas sus fuerzas, enloquecida.
Lanzó un zarpazo al pecho de Kishur y este levantó el brazo izquierdo para detenerlo.
Las afiladas garras rajaron su mano y le arrancaron de cuajo tres dedos, que cayeron al suelo.
La sangre del dárico salpicó el rostro de la dama.
Kishur se agarró la muñeca conteniendo su voz mientras el tatuaje de su brazo se desprendía.
Las letras giraron alrededor de su brazo y expulsaron una densa bruma que tomó la forma de tres bestias con forma de reptil.
—¡Estas cosas no me detendrán! —exclamó la dama—. ¡Esta vez nada lo hará!
Las criaturas se abalanzaron sobre ella y Kishur fue en busca de su arma.
No se preocupó por los dedos que ahora faltaban en su mano, no tenía tiempo para ello.
Una de las bestias logró darle una dentellada a Lumiatz en el costado.
Las otras fueron arrastradas por una fuerte corriente de aire.
Lumiatz se deshizo de la mandíbula animal con sus propias garras y, antes de que volvieran a caer sobre ella, lanzó dos enormes bolas de fuego.
Kishur oyó cómo las criaturas rugían mientras las llamas las devoraban.
Kishur desenvainó la espada cuando Lumiatz se volvió hacia él.
La dama roja le arrojó una gran roca que le alcanzó en el pecho.
El dárico cayó hacia atrás, sin aliento.
Ella elevó otra piedra de mayor tamaño e intentó aplastarlo, pero Kishur se apartó a tiempo para evitarlo.
La punzada de dolor que sentía a cada respiración le indicó que debía tener alguna costilla rota.
Al ponerse en pie, ella estaba de nuevo a su lado.
Era demasiado veloz, demasiado fuerte. Las cenizas en que las criaturas habían quedado convertidas fueron tomando forma de nuevo, pero ella volvió a calcinarlas antes de concederles la oportunidad de regresar.
Lumiatz volvió a lanzarle zarpazos a Kishur mientras él intentaba interceptarlos con la espada.
El acero chirriaba con cada choque. Cuanto más rechazaba sus ataques, más se enfurecía la dama, que, frustrada, usó de nuevo su poder para golpearlo, y Kishur fue arrastrado varios metros como resultado.
Una lluvia de guijarros cayó sobre él. Se incorporó a la vez que ella se le echaba encima.
La golpeó en la herida que la bestia le había provocado en el costado y atravesó su pecho con la hoja curva.
La hundió mientras agarraba el cuello de Lumiatz y sentía su cálida sangre bajando por la mano.
Kishur tenía las mandíbulas apretadas, el dolor era algo ajeno a él en ese momento.
Ella sonrió con la mirada vacía y apartó al dárico de un empujón.
Extrajo el arma de su cuerpo y la lanzó lejos.
Se arrojó hacia él a gran velocidad, esta vez nada se imponía entre sus garras y la carne de Kishur.
Cortó su cuello, su pecho, sus brazos. La sangre que emanaba de las heridas comenzó a cubrir el cuerpo del dárico.
Él intentaba defenderse de forma inútil, no era rival para ella.
La dama le propinó un zarpazo en el rostro y le destrozó el ojo izquierdo.
Quedó parcialmente ciego. Kishur ignoró el terrible dolor, si se rendía ante él no sería capaz de luchar.
Y debía recuperar su espada como diera lugar.
Unas llamas rojas se alzaron tras ellos e iluminaron el río.
—¡Aléjate de Kishur! —Era Alhanna. La joven había creado un arco de fuego y una flecha. La vegetación a su alrededor quedaba ennegrecida a medida que la energía la abandonaba.
Kishur aprovechó la distracción para ir por su espada, y la recogió justo a tiempo de interponerla entre él y Lumiatz.
Alhanna arrojó la flecha hacia la dama, y esta levantó una barrera con el agua del río para detenerla.
Las llamas se estrellaron contra ella y se consumieron.
La fuerza del estallido arrojó a Kishur contra las afiladas piedras.
Sin concederle tiempo, la dama saltó sobre él y arremetió con furia.
—¡Suplica mi perdón! —Los ojos de Lumiatz estallaron en lágrimas de rabia.
—Antes prefiero la muerte —declaró, mientras ella lo aplastaba contra el suelo.
Lumiatz rugió colérica y le desgarró el vientre mientras Kishur profería un alarido desolador y su sangre emanaba como un torrente del profundo corte.
—¡No, no! ¡Por favor, no! —suplicó Alhanna con la voz quebrada mientras corría hacia ellos y lloraba con desesperación—. ¡Osharan! ¡Ayúdalo, Osharan!
El nombre del Dragón pareció ralentizar el tiempo.
Lumiatz se incorporó con la tez lívida. Miró a Kishur con ojos aterrados, como si acabara de despertar de una pesadilla y fuera consciente de sus actos por primera vez.
Retrocedió hacia el río, tratando de alejarse de él.
Kishur taponó la herida de su vientre, pero sabía que era inútil.
La sangre inundaba su boca. Alhanna se dejó caer a su lado, invadida por un amargo llanto.
Puso sus manos temblorosas sobre las de Kishur.
Tan solo podía negar con la cabeza mientras contemplaba las heridas en el cuerpo del dárico. Tenía un ojo completamente destrozado.
—¡No puedes morir, Kishur! ¡No puedes dejarme! —Miró entonces a Lumiatz con las pupilas oscuras y el rostro colmado de ira—. ¡Acabaré contigo, desgraciada!
Del bosque escapó un murmullo siniestro que apagó la voz de Alhanna.
La luz del atardecer se consumió entre los árboles, invadiendo el paraje de tinieblas.
Densas sombras abandonaron la espesura y atravesaron la orilla del río, amenazantes.
Lumiatz gimió aterrada cuando atraparon sus tobillos.
Osharan abandonó entonces el amparo del bosque y comenzó a caminar hacia ellos.
La masa oscura cubría parte de su cuerpo, se enroscaba a él igual que una serpiente.
Lo abrazaba por el cuello y descendía por la espalda formando unas alas siniestras que goteaban hacia el suelo. Las plantas morían a su paso.
Kishur comenzó a quedarse sin aire, y la visión del ojo sano se volvió borrosa. Apenas sentía ya el calor de Alhanna a su lado. ¿Era ese su final?