Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Intentó entrar en el despacho para ver al general, pero sus guardias lo impidieron. Al parecer, Gastor no pensaba acortar la distancia entre ellos; ni siquiera coincidían en las reuniones con el consejo, a las que Quiazz asistía con la esperanza de encontrarlo.

—Necesito que me ayudes con algo —solicitó Quiazz.

Caminaban por la amplia avenida del mercado.

Candor lo animó a hablar con un gesto de la mano—.

Intento convencer al consejo de ancianos para que obliguen al general a abrir las puertas de la ciudad, pero no me escuchan.

Y a estas alturas no creo que lo logre. Me preocupa la gente que vive en las chozas junto al río, deberían buscar refugio en las montañas.

—Quiazz agarró la capucha que cubría su cabeza cuando el aire trató de arrebatársela—.

Querría que enviaras a algunos hombres para que recorran la zona y convenzan a todos de ir hacia las Óleas.

Yo mismo les procuraré provisiones de agua y comida.

—Hará falta mucho dinero, ¿de dónde piensas sacarlo? —se interesó Candor.

—Resulta que mi padre me convirtió en alguien muy rico, y tras su muerte dispongo de más propiedades de las que necesito para vivir. —Sonrió con amargura al hablar de Zaraen.

—Está bien. Será bueno para tu reputación: el bastardo que le tiende su ayuda a los necesitados. —Candor le dio un golpecito en la espalda—. Pero me agrada que lo hagas de corazón y no para ganarte el favor de esa gente. Al final va a resultar que Daraes supo calarte bien.

—Daraes y tú estáis más locos de lo que me permito admitir —dijo Quiazz.

No tardó mucho en despedirse de Candor e ir hacia su casa.

Los dos escoltas lo seguían constantemente, aunque él nunca alcanzaba a verlos, porque se mantenían ocultos.

Por su parte, Gastor tenía apostados siempre dos guardias en la puerta de su hogar.

El general parecía dispuesto a impedir un tercer ataque.

Quiazz los saludó y entró, agradecido por el silencio que allí reinaba.

Encontró huellas frescas sobre las baldosas.

Las siguió hasta llegar a su cuarto, el corazón latiéndole con fuerza.

Gaelos se encontraba sentada en un extremo de la cama, con el cabello mojado y revuelto y la mirada perdida.

—Gaelos… —La diosa dio un brinco al oír su propio nombre.

Quiazz se quitó la capa y la dejó sobre una silla. Cerró la puerta acristalada de la terraza y fue con ella. El rostro pálido y los ojos hundidos de la diosa lo preocuparon. Se la veía demacrada, enferma. Y, por alguna razón, asustada.

—¿Qué ocurre, Gaelos? —Se agachó frente a ella y le sostuvo las manos. Estaban heladas, y Quiazz sintió escalofríos ante el contacto.

—Mi hermana ha enloquecido. —Gaelos levantó la mirada hacia él, despacio—.

A estas alturas no debería sorprenderme.

Su obsesión por el dárico gris y por gobernar a los mortales crecía cada día.

El tiempo solo lograba alimentar su ambición.

Quiere recuperar el que una vez fue su hogar, cueste lo que cueste.

Esta ciudad la erigieron los zarefíes sobre su antigua morada.

—Apretó las manos de Quiazz—. Pero ya no le bastará con nada de eso. Ha perdido el control.

—Desconocía todo eso… —Quiazz sintió un sudor frío cayendo por su espalda—. ¿Qué quieres decir con que no le bastará con eso?

—Que ya no quiere conquistaros: desea aniquilaros —respondió, tajante—.

He intentado razonar con ella, pero se niega a escucharme.

Y le tengo demasiado miedo, no puedo perder su cariño…

—Se mordió el labio inferior—. Piensa que nos pondremos en su contra y vamos a traicionarla.

No puedo hacer nada más, pero al menos te salvaré a ti.

—¿Salvarme de qué? —preguntó con aprensión.

—Del fuego blanco. —Gaelos tiró un poco de Quiazz para acercar sus rostros—. Lumiatz es quien dirige a los kalastys, quien trae la guerra hacia aquí. Usará el fuego blanco para convertir todo vuestro mundo en cenizas.

Quiazz se apartó de ella por puro instinto, y un repentino vértigo le hizo trastabillar.

¿Una diosa comandaba a los kalastys? Se pasó las manos por el rostro mientras un extraño frío le calaba hasta los huesos y le hacía temblar.

No sabía qué decir, qué preguntar, las palabras se agolpaban en su mente.

¿Qué era ese fuego del que hablaba Gaelos?

—He venido para llevarte conmigo, Quiazz —informó ella poniéndose en pie.

—No, no iré a ningún lado —dijo él de forma atropellada.

La mirada de la diosa dejaba claro que no aceptaría una negativa.

Temió que lo sacara de allí a la fuerza, que lo hiciera desaparecer como hizo su padre.

Llevado por un impulso, Quiazz salió corriendo.

Ignoró la llamada de Gaelos, pues sabía que si no escapaba a toda prisa lo arrastraría con ella.

Y él no pensaba irse de Marial-Pat, así ardiera junto a todos sus habitantes.

Los guardias se alteraron al ver la reacción de Quiazz y lo siguieron en su carrera. Uno de ellos preguntó qué sucedía, pero no podía perder tiempo en dar explicaciones.

Gastor no tenía un momento libre. Apenas dormía, siempre ocupado con los preparativos para la guerra.

Faltaban armas, faltaban soldados, y el ejército de las Avíseas avanzaba a pie desde el norte y en barco desde el oeste.

Los acorralaban por dos flancos distintos.

Esa noche era la primera en mucho tiempo que acudía junto a Annie.

Necesitaba unas horas de paz y descanso, por pocas que fueran. Y de conversación.

—Pareces un adolescente imberbe, preocupado por unos simples besos y caricias. —Annie se llevó la copa a los labios y soltó una carcajada—. Como si no tuvieras cosas más importantes en las que pensar.

—No te lo he contado para que te burles de mí —le reprochó Gastor.

La mujer lo miró largo rato. Desde la noche en la que huyó de la habitación de Quiazz, no había vuelto a estar a solas con él. Lo temía tanto como lo deseaba.

—El chico está jugando contigo, se aprovecha de tu debilidad. Te ha embaucado para que cedas ante él. —Ella le levantó la barbilla con un gesto hosco—. Dime que no te planteas arrodillarte y ofrecerle la corona, servirle como general por el resto de tu vida a cambio de su falso cariño.

—¿Y si es lo que deseo? —preguntó Gastor más para sí mismo.

—No puedo creerte. A mí me da igual lo que seas, pintor, malabarista o carpintero.

Siempre te he apoyado; cuando acudiste a mí buscando ayuda para conseguir la corona no lo dudé.

Si lo que deseas es lamer el suelo que el bastardo pise, adelante.

Pero piénsalo detenidamente y no te dejes llevar por un simple encuentro amoroso.

—Las duras palabras de la mujer hicieron que Gastor se apartara de ella—.

Te has involucrado incluso con los gaeshan, ¿pretendes decirme que te rendirás?

El amor que ese chico pueda ofrecerte es falso, y cuando te des cuenta será tarde.

—Puede que Quiazz me conozca mejor que yo mismo. Me dijo que jamás sería buen rey, que había nacido para ser general. —Gastor se frotó la cara con frustración—. Todo de desdibuja ante mis ojos, Annie.

—Mírame, Gastor —le exigió la mujer con un tono más amable—. El amor nos cambia, nos destruye, nos traiciona, nos mata. No deseo que arruines tu vida por una ilusión.

—Pero yo me pregunto si puedo hacerlo, vivir una mentira a veces es mejor que sobrevivir en la infelicidad. Quiazz lo es todo para mí. —Se sujetó la cabeza con fuerza.

La mujer retrocedió para apoyarse en la mesa.

Su rostro había palidecido, y ni la luz cálida de la lámpara lograba aportarle color.

El general soltó la copa, sin más ánimos para beber.

Entonces oyeron el alboroto en el pasillo y Gastor se apresuró a recuperar su espada, que descansaba en una silla.

La puerta se abrió de golpe y Quiazz entró en la estancia seguido de dos chicas que trataban de impedírselo.

Llevaba el cabello revuelto y el rostro acalorado.

Al general le inquietó su presencia, el asunto que traía consigo debía ser grave si se había atrevido a importunarlo allí. La mujer soltó un bufido indignado.

—Por favor, Annie, déjanos solos —pidió Gastor alejándose del arma.

La mujer asestó una adusta mirada a Quiazz y abandonó la habitación con un portazo. Una vez a solas, los dos se observaron con cautela y con cierta ansiedad.

—Supongo que me traes malas noticias —dijo Gastor dando unos pasos hacia él—. Bebe un poco de vino antes, pareces necesitarlo.

—No quería interrumpirte, soy consciente de que vienes aquí para obtener algo de descanso.

Pero no podía esperar y no sabía a quién más acudir.

—Caminó de un lado a otro unos instantes, entrelazando sus manos con nerviosismo—.

Ya sé que no he sido del todo sincero contigo, que te he ocultado muchas cosas.

Pero es tan difícil… Creí que me tacharías de loco si te hablaba de dioses, de demonios y de torres malditas.

—A Quiazz le costaba un poco recuperar el aliento—.

Gaelos ha venido a mi casa con la intención de sacarme de la ciudad y he huido para evitarlo. No pienso marcharme.

—¿Te ha hecho daño? —se apresuró a preguntar Gastor.

—No, claro que no. —Cansado de deambular, se detuvo frente al general—. Me ha revelado quién dirige a los kalastys y con qué intención: es la diosa Lumiatz.

El general quedó atónito ante la revelación, pero no dijo nada; se limitó a pasarse la mano por la cabeza rapada mientras vaciaba sus pulmones de aire. Quiazz se mordió los labios como si quisiera retener las palabras, el corazón lleno de angustia.

—Una diosa, Gastor. Una diosa viene hacia aquí para arrasarnos y recuperar su territorio.

Por eso el número de kalastys no es tan significativo, no necesitan tantos soldados.

¡Tendrán a un dragón con ellos! —Gastor lo sujetó por los hombros y Quiazz trató de respirar—.

Quiere aniquilarnos. ¿Qué vamos a hacer?

No podemos protegernos, ni a nosotros mismos ni a toda la gente que ahora duerme en su casa.

—Haremos cuanto esté en nuestras manos —dijo pausadamente, para tratar de trasmitir calma a Quiazz. Lo llevó hacia la mesa y le ofreció un poco de agua—. Intenta tranquilizarte.

El joven bebió para saciar su sed y observó al general con el ceño fruncido. ¿Por qué no estaba más alterado? Se fijó en sus pupilas dilatadas.

—Debemos informar de inmediato a todos. Aunque sea tarde, puedes convocar a tus comandantes, ¿verdad? —Quiazz pensaba a toda velocidad—. Y al consejo.

—Y, ¿qué les diremos? En cuanto mencionemos a los dioses se reirán de nosotros a carcajadas y nos tacharán de locos. Esa sería mi reacción, si no fuera porque ya conocí a Gaelos —admitió el general—. Debemos actuar con cautela, Quiazz.

Tenía razón. Gastor comenzó a quitarle la chaqueta y sonrió cuando vio en la cintura de Quiazz el cuchillo sin afilar. Luego, tomó su mano y fueron hacia la cama. Le indicó que se quitara las botas y el joven obedeció.

—Gastor, ¿qué…? —El general le plantó un beso en los labios para callarlo.

—He tomado algo para poder dormir, llevo semanas con insomnio.

No confundas esta calma con indiferencia.

Me acojona bastante que una diosa quiera reducirnos a cenizas.

—Pegó su frente a la de Quiazz—. Esta noche no resolveremos nada, tú estás demasiado alterado y yo demasiado dormido. Será mejor que intentemos descansar.

Se tumbaron juntos sobre el colchón mullido.

Era extraño estar tan cerca del general después de todo lo ocurrido entre ellos.

Tenían muchas cosas que decirse, pero no era el momento.

Quiazz se giró en la cama para quedar de lado y se topó con los ojos castaños de Gastor.

Una oleada de calor se instaló en su pecho.

De forma inconsciente, rozó su mano con las puntas de sus dedos.

Los retiró de inmediato sin apartar la vista del general.

Los dos quedaron en silencio, notando como sus respiraciones se acompasaban.

Quiazz dejó de tener miedo, incluso se olvidó de Gaelos y de Lumiatz.

Antes de darse cuenta, el sueño lo venció por completo.

Por primera vez en mucho tiempo, ni una sola pesadilla interrumpió su descanso.

La luz del sol entró por la ventana y lo obligó a cubrirse los ojos con el antebrazo.

Quiazz rodó por la cama y se sentó de golpe al darse cuenta de que estaba solo.

Gastor se había marchado a hurtadillas. La conversación con Gaelos seguía atormentándolo, pero no tanto como la noche anterior.

Pensarían un plan de acción, juntos lograrían proteger la ciudad.

Después de todo, Gastor era el general de los humanos y tenía el control de un gran ejército.

Llamaron a la puerta con suavidad y, antes de poder contestar, Annie entró con una jarra de agua. Quiazz salió de la cama de inmediato y se alisó la camisa.

—Gastor me pidió dejarte dormir todo lo que quisieras. —La mujer lo miró con reprobación—. Pero ahora que estás despierto me gustaría que te marcharas.

Quiazz asintió. Buscó la chaqueta y las botas mientras ella dejaba la jarra sobre la mesa y le daba la espalda. Se sentó en la cama para calzarse. La mujer abrió la ventana y se apoyó en el alféizar con los brazos cruzados al pecho.

—¿Qué es lo que pretendes? —preguntó Annie, rudamente—. No vas a convencerme de que guardas sentimientos hacia Gastor. Estás usando su debilidad a tu favor. Admito que eres un buen jugador, pero te va a costar ganar la partida. Yo me aseguraré de ello.

Tomó aire y fue hacia la puerta.

—Me alegra que Gastor tenga a alguien capaz de defenderlo con uñas y dientes.

Su familia nunca se interesó por él tanto como tú.

—Quiazz sonrió—. No tienes de qué preocuparte, Annie.

El destino me depara un gran infortunio, y cada día siento que la muerte se acerca un poco más hacia mí.

De hecho, me persigue. Pronto deberé partir hacia un lugar del que jamás regresaré.

Desearía marcharme sabiendo que Gastor será feliz.

—¿De qué estás hablando? ¿Dónde pretendes irte? —quiso saber Annie.

—Eso no importa. —Quiazz miró a la mujer muy serio—. No puedo permitir que nombren rey a Gastor y tú deberías comprenderlo. Se convertirá en uno de los generales más notorios de nuestra historia. Merece eso y no languidecer bajo el peso de la corona.

Quiazz se dio la vuelta para marcharse. La mujer observó su espalda mientras se colocaba la chaqueta y salía por la puerta. Aquel chico no se parecía en nada al Quiazz que recordaba. Annie se preguntó si algo podría impedir esa muerte que el joven le acababa de asegurar que le aguardaba.