El Vacío
—Nuestro hermano ahora será más poderoso. Puede que los seres que convierte en marionetas le duren más tiempo antes de que la putrefacción acabe con ellos —dijo el Niño con alegría.
—Pero, ahora que tiene un nombre, el Dragón podrá localizarlo —le recordó Eleagor.
Las flores del Qad’has flotaban alrededor del Jakar sin llegar a rozarlo, como si lo observaran mientras se alimentaba del mundo venidero. Jaeglar lanzó un gruñido y todos lo miraron al instante. Eleagor dio un paso atrás, el eldo le tenía pavor.
—Creía haberos advertido de que solo yo tomaría las decisiones. ¿Por qué nuestro hermano fue en busca del dárico gris? —Jaeglar los escrutó a todos con la mirada.
—El Testigo de Muriath lo quiere muerto y ordenó a Fenador encargarse de él —comenzó a decir el Niño con indiferencia—. Lo necesitamos de nuestro lado o el árbol nos rechazará. —Señaló hacia el Jakar, que continuaba arrodillado entre las raíces.
—Sois tan necios como el Testigo —dijo el Orfebre con rabia—. Soy yo quien da las órdenes, no ese maldito. Sus rabietas nos perjudicarán.
—A veces creo que te has unido a nosotros solo para estar aquí cuando llegue el dárico y poder ofrecerle tu apoyo. —El Niño ladeó ligeramente la cabeza—. Ahora que Fenador tiene un nombre otorgado por el propio Dragón, puede que ya no te necesitemos.
—Aun así, sigo siendo el más poderoso. —Los ojos de Jaeglar brillaron con una luz dorada, y una oscura bruma escapó de su cuerpo para rodear al Niño—.
Quizá quieras comprobarlo, puede que necesites recordar que soy el primogénito.
Haréis cuanto os diga, vine aquí para conseguir que vuestra venganza mereciera la pena.
Y solo os he prohibido una cosa desde entonces: tocar a mi discípulo.
—¡Es nuestro enemigo! —gritó el Niño con cierto terror.
—Y un hijo de la Oscuridad. —La niebla de Jaeglar rodeó el pequeño cuello de su hermano—. Si acabáis con su vida, os aseguro que no habrá lugar al que podáis huir, el Dragón os dará caza y os borrará de la existencia.
—Y, ¿qué propones? ¿Dejarás que llegue? —preguntó Eleagor.
Jaeglar soltó al Niño. Hizo una señal y el Jakar se acercó a ellos también. Solamente faltaba Fenador.
—Apostaremos un ejército frente a los accesos a Talahom, detendremos al dárico ahí y le impediremos alcanzar la playa muerta.
Y sé quién nos proporcionará miles de soldados: Lumiatz.
Asi comprobaremos cuánto tiempo son capaces de perdurar los nuevos seres controlados por Fenador.
—Jaeglar recuperó su aspecto habitual mientras veía la conformidad en sus hermanos y en el eldo—.
Al único que debemos brindar paso hasta aquí es al Dragón Negro.
Pero no vendrá por sí mismo, necesitamos un reclamo.
—La humana de Asthaluss —dijo el Jakar mientras se cruzaba de brazos.
—Trivaz ya intentó que se uniera a él y todos conocemos cómo terminó. ¿Qué te hace pensar que nos apoyará? Sería mejor acabar con su vida, ella es el verdadero peligro. —Eleagor hablaba con rabia—. Y deberíamos llamarla por su verdadero nombre.
—¿Tanto odias a la que te otorgó la inmortalidad? —preguntó el Jakar.
El eldo guardó silencio cuando Jaeglar le lanzó una mirada de advertencia. No estaba dispuesto a oír más de Eleagor, solo toleraba su presencia porque era un recurso valioso, pero se desharía de él en cuanto pudiera. Los tres miraron expectantes a Jaeglar.
—He estado ausente por una razón. Fui a ver a nuestra hermana Záfira.
—La sorpresa se dibujó en el rostro de todos ellos, pues sabían que Záfira se encontraba en la morada del Dragón—.
Está dispuesta a ayudarnos con Alhanna. Pero antes, me acercaré a la endómica y le ofreceré una buena razón para unirse a nosotros contra el Dragón.
—¿Cuál? —quiso saber el Niño.
—Le contaré la verdad sobre Hagnak. Se enfurecerá tanto que deseará ver al Dragón derrotado.
—Jaeglar levantó la cabeza y contempló el techo abovedado compuesto de energía, que desprendía una luz cegadora—.
Después de todo, es la reencarnación de Khaleria.
Aunque no tenga recuerdos de su vida anterior, encierra la misma rabia.
Y, si eso no logra convencerla, usaremos un ente de Egoresa para atraparla y traerla aquí.
Entonces desvió la mirada hacia el eldo, pues era el único que conocía el modo de encadenar la energía de la luna maldita y usarla como arma. Fue lo que condenó a su raza y a la propia diosa en el pasado. Eleagor lo observó con desconfianza.
—Si logro invocar a Egoresa, el Dragón lo sabrá de inmediato. —El eldo se mostró inquieto, algo insólito en él—. Necesitaré vuestra protección.
Jaeglar asintió. Muy pronto iría a buscar a Alhanna, era una pieza clave en sus planes. Y le arrebatarían a Lumiatz su ejército, sí. Pero antes permitirían que esta redujera el mundo mortal a cenizas.