Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Páramo de Bal
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Páramo de Bal

—No le des más vueltas, el Testigo está muerto, y espero que el Dragón no le permita volver en otro cuerpo —dijo Kishur con mesura.

—Mencionó que Khaleria puede volver, ¿es que el Dragón no la devoró? No deberíamos haber dejado que Osharan lo matara sin más, podría habernos contado muchas cosas.

—Y ahora no sabríamos cuáles son reales o falsas.

Alhanna, ese ser era un manipulador, recuerda lo que hizo con Shudei y Riaku.

—Pensó un instante en Rory, pues a ella también la había utilizado para hablarle—.

Nadie debería usar soñadores para confeccionar el futuro a su antojo. Olvida lo que quería de ti.

—¿Cómo puedo ignorarlo? Asthaluss me envió para encontrar al Juez…

—¿Es lo que quieres? ¿Dar vida a un ser destinado a destruir razas? —Kishur se arrepintió de inmediato de sus palabras—. No me hagas caso, mejor olvidemos el asunto.

Para ella sería difícil hacerlo. Tenía la impresión de que él trataba de protegerla de algo, pero no estaba segura de qué. Decidió dejar el tema, al menos, de momento.

El dárico se arrodilló a su lado y se echó agua a la cara.

Las gotas resbalaron por su cuello y le mojaron un poco el pelo gris.

Alhanna sonrió, Kishur era capaz de cautivar a cualquiera sin proponérselo.

Lograba atraer a los demás con su presencia, con su voz, con su mirada.

Siempre se había preguntado qué lo hacía tan especial.

Ádria regresó de su patrulla y se reunió con los demás cerca de los vargums. Se quedarían allí a pasar la noche.

Llevaban días recorriendo el Páramo de Bal después de que Osharan les abriera una brecha en Laen’dah y acabaran allí.

Fue algo desafortunado, pues habían perdido la oportunidad de tomar un barco en Sílfhades.

Kishur se puso en pie y le tendió una mano a Alhanna para ayudarla a levantarse.

Su visita al Testigo cambió algo entre ellos dos.

El dárico no sabía decir qué era, pero se habían mantenido distantes desde entonces.

Caminaron juntos hacia los demás y permitió que Alhanna se marchara con Trivaz para practicar la endomia.

Observó cómo desaparecían entre los viejos robles.

Se fijó en las sombras que arrojaban los árboles y se preguntó si Osharan estaría entre ellas.

El Dragón no había regresado, la última vez que lo vieron había sido cuando les creó la brecha para volver al lado mortal.

Pero Kishur intuía que estaba cerca, oculto a sus ojos.

Los problemas no tardaron en alcanzarlos de nuevo. Justo cuando las últimas luces de la tarde se esfumaban y la noche caía sobre ellos, Eltsay alertó de la presencia de mercenarios.

—Están lejos y está oscureciendo, no creo que se atrevan a acecharnos sin luz —comenzó a decir el hajaek—. Os buscan a vos, alguien del pueblo por el que pasamos hace dos días alertó de vuestra presencia.

Kishur no quiso preguntar cómo lo había averiguado, la sangre que manchaba su mano era explicación suficiente.

Ordenó a todos recoger el campamento; ellos no tenían problemas con la oscuridad, podrían viajar de noche y tomarles ventaja.

Se marchó en compañía de Ádria para buscar a Alhanna y a Trivaz.

Se mantuvo alerta en todo momento, con la mano cerca de su espada.

No debía subestimar a los humanos. Encontró una capa raída en un arbusto y restos de sangre sobre las hojas verdes.

A pocos metros, Ádria recogió los restos de una antorcha apagada, aún con la mano que la había sujetado cercenada a la altura de la muñeca y aferrada a su madera.

—La extremidad sigue caliente —advirtió el hajaek, y la dejó caer de golpe.

—Dividámonos para abarcar más terreno —ordenó Kishur.

Avanzó deprisa. Había algo tenebroso rondando aquella parte del bosque.

Los árboles entonaron una canción arrítmica, como si les costara escoger las palabras.

Percibía un halo maligno impregnando todo a su alrededor, cayendo sobre él como un fino manto.

Se detuvo entre dos imponentes robles cuando oyó pisadas a varios metros de él.

Tardó un poco en tenerlos en su campo de visión: eran cuatro mercenarios.

Caminaban de forma errática y desprendían un hedor nauseabundo.

Uno de ellos giró la cabeza en su dirección y abrió la boca para lanzar un grito aberrante.

Los otros tres se volvieron al instante, imitando a su compañero.

Sus ojos solo mostraban los globos oculares blancos y venosos.

De sus bocas abiertas escaparon pequeños gusanos.

El dárico desenvainó la espada. Fueran lo que fuesen aquellas monstruosidades, hacía mucho tiempo que habían dejado de ser hombres.

Los cuatro levantaron un brazo para señalar a Kishur.

El que había lanzado el grito alzó su espada y se abalanzó hacia él.

El dárico detuvo el ataque y le propinó una patada en la rodilla para desestabilizarlo.

Atravesó el pecho con la hoja curva y oyó el crujido de los huesos.

Los cuatro seres lanzaron un bramido conjunto.

Su enemigo le asestó otro golpe de espada, como si aquella herida, que podría perfectamente haber sido mortal, no le hubiera infligido daño alguno.

El dárico le cercenó el brazo que empuñaba el arma.

El nuevo alarido que todos lanzaron al unísono mareó a Kishur, que se llevó una mano a la cabeza.

Se hizo a un lado cuando aquella criatura trató de morderle el cuello y vomitó algunos gusanos sobre él. Los demás se le echaron encima.

De pronto, una bestia con el cuerpo de un reptil de cuatro garras saltó desde las copas de los árboles y le arrancó la cabeza sin el menor esfuerzo a uno de los hombres.

Desapareció tras un matorral y se llevó el trofeo consigo.

Volvió un instante después, abriendo el torso de un segundo mercenario.

No tenía dudas de que era un demonio. Kishur empujó a su contrincante justo cuando otra criatura lo abría en canal y aplastaba la cabeza con sus potentes zarpas.

El demonio se giró y el dárico se apartó para esquivar la larga y robusta cola.

Apresó la garganta del último mercenario entre sus fauces y ambos desaparecieron en la espesura.

El dárico intuía que lo observaban desde alguna parte.

Sentía una mirada pérfida sobre él. Se acercó a uno de los árboles y pegó la espalda contra el tronco.

Subió el arma y la dejó en paralelo a su cuerpo.

El viento mecía las ramas y derramaba algunas hojas.

Oyó el crujido de la madera y el raspado de uñas sobre su cabeza.

Levantó la mirada para encontrarse con uno de aquellos demonios.

La bestia descendió despacio, enroscando la cola en una rama.

Carecía de ojos, y aspiró con fuerza a través de los dos enormes orificios que tenía por nariz.

Gruñó mientras abría la boca, en la que dejó ver unos colmillos gruesos y afilados.

Su enorme cabeza quedó a escasos centímetros de Kishur.

Luego, bajó de un salto y, antes de que el dárico se preparara para el ataque, se marchó a toda velocidad.

Un silbido espeluznante recorrió entonces el bosque, y Kishur observó los restos de aquellos hombres agitarse sobre la hierba.

Desde la tierra comenzó a emanar un frío cortante que entumeció las piernas del dárico.

Una silueta alta de largos brazos caminaba entre los árboles emitiendo un sonido melódico parecido al de una flauta.

Kishur intentó moverse, pero estaba paralizado.

El canto inundó sus sentidos, penetró en su mente.

La espada parecía un témpano de hielo en su mano, y el vaho escapó de su boca.

Perdió la capacidad de ver en la oscuridad y de pronto la noche se cernió sobre él como nunca antes en su vida.

El sonido aflautado le impedía pensar con claridad.

Era demasiado hermoso, hipnótico. Los gusanos abandonaron los cadáveres y comenzaron a reptar por sus piernas.

Kishur intentó luchar contra el control que ejercerían los silbidos de la criatura.

La tenía cada vez más cerca, y a pesar de la oscuridad podía intuir su desgarbada silueta.

Sabía lo que era: uno de los seres Olvidados.

El peor de todos, capaz de capturar su mente.

No podía permitir que lo atrapara. Gritó con todas sus fuerzas tratando de quitarse el sonido de la cabeza.

Sus ojos negros volvieron a captar el entorno con claridad.

Levantó la espada y sintió sus músculos engarrotados.

Las tres bestias de antes reaparecieron de pronto, agazapadas entre la hierba alta.

Se colocaron frente a él en postura amenazadora.

Trataban de protegerlo del Olvidado. Las sombras comenzaron a alzarse a su alrededor tomando la forma de Osharan.

Se quedó de espaldas entre él y los demonios.

El Olvidado emitió un sonido agudo y aterrador.

—Tu nombre será Fenador —pronunció el Dragón.

Los demonios se lanzaron hacia el Olvidado, y este emitió un nuevo silbido tan potente que los derribó como si los hubiera golpeado con una maza.

Fenador gritó y el sonido aflautado acabó convertido en un rugido atronador.

Las tres bestias aullaron conmocionadas al tiempo que Kishur soltaba la espada para cubrirse los oídos.

Un manto de bruma lo rodeó entonces, igual que una barrera, y su malestar desapareció.

Recuperó el arma, dispuesto a luchar, pero el Olvidado creó una abertura y se marchó por ella lanzando rabiosos silbidos.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó Kishur, desconcertado—. Acabáis de darle un nombre a uno de los seres Olvidados. Ahora su poder crecerá hasta límites desconocidos.

—Y lo recordaré —comentó Osharan volviéndose hacia él.

Kishur lo comprendió de golpe. Osharan viajaba con él no solo para ver el mundo a través de sus ojos, también lo hacía para localizar a los Olvidados, pues no podía hacerlo por sí mismo.

Eso quería decir que el Dragón conocía las identidades de los devoradores del mundo venidero, él y Trivaz mantenían el secreto en vano.

Peor aún: lo enviaba a luchar contra unos seres de inconmensurable poder para los que no era rival.

—Llegado el momento, ¿lucharéis a mi lado en el Vacío? —Kishur apretó el puño de su espada y le mantuvo la mirada—. ¿Protegeréis nuestro mundo aunque yo fracase?

—Muriath no me interesa —respondió Osharan de forma tajante.

—Pero me encomendáis luchar contra los Olvidados para acabar con la amenaza.

Algo os debe importar. O alguien. —Kishur necesitaba respuestas—.

El Testigo relató que en el pasado necesitó recordaros que Khaleria y Hagnak podrían regresar a Muriath.

¿Ese es el motivo por el que me pedís que luche?

—Hizo una pausa en la que Osharan guardó silencio—.

¿Cómo encajo yo en todo esto? ¿Por qué razón me escogisteis a mí?

—Porque eres hijo de la Oscuridad —dijo el Dragón.

—¿Y eso qué quiere decir? Dadme una respuesta, basta de enigmas —exigió Kishur.

—Significa que me perteneces. —Su voz denotaba enfado.

El dárico se sintió desesperado, cada palabra lo desconcertaba más.

Lanzó un suspiro largo y resignado. El problema no era que Osharan se negara a responderle, sino su forma de expresarse.

Kishur era incapaz de comprenderle. Tampoco podía culparlo, pues su modo de comunicarse era por medio de las visiones.

Estuvo tentado de pedirle que se lo explicara de ese modo, pero el Dragón no le concedió tiempo.

Agarró su brazo derecho y Kishur se estremeció al notar una energía helada recorrer su cuerpo.

Las criaturas se acercaron a ellos y comenzaron a desvanecerse en una espesa bruma que ascendía hacia él.

Sintió un dolor punzante justo en la parte que el Dragón tocaba, pero Kishur no se movió.

Su piel ardió bajo la ropa mientras la niebla rodeaba su bíceps y desaparecía por completo como si su cuerpo la absorbiera. Osharan lo soltó.

—Los teriones serán tus nuevas armas, ahora te obedecen a ti —le dijo el Dragón—. También la tendrás a ella cuando tome el poder de Zahel. Luchar a tu lado será su redención.

—Alhanna no está dispuesta a obedeceros, y yo no ejerzo ya ningún control sobre ella. Y, en cualquier caso, solo la llave puede abrir la torre. Ignoro dónde y cómo podemos localizar al portador de muerte. —Kishur envainó el arma y se acarició el brazo.

—Ella te conducirá hasta él. —Osharan estiró los labios en una extraña sonrisa.

Una visión acudió entonces a la mente del dárico.

Se encontró de pronto contemplando la posada de Cimeag donde se habían alojado.

Alhanna estaba al pie de la escalera y observaba con pavor al chico de ojos verdes sentado a una mesa.

Era el protegido de Ádria. De pronto, la escena dio paso a una imagen terrible: los jóvenes estaban bajo un tormentoso cielo tomados de la mano, y frente a ellos se alzaba la maligna Zahel. La visión desapareció.

Osharan se marchó sin añadir nada más y Kishur apoyó la cabeza en el tronco del árbol mientras se cubría los ojos con la mano. «Maldita sea», fue cuanto pudo pensar.

Se sintió profundamente agotado, incluso se había olvidado de los mercenarios y de Alhanna.

Debía volver cuanto antes con los demás, pero de momento, necesitó tomar asiento sobre la hierba.

Observó los restos sanguinolentos de aquellos desgraciados manejados por el Olvidado.

Se preguntó de cuánto habían sido conscientes.

Pensó también en el portador de muerte. Comenzaba a sospechar que los asesinatos de la madre y de la hermana de Ádria no fueron casuales, que tuvieron como objetivo conducir al hajaek hasta aquella cabaña para buscar venganza y encontrar de ese modo al niño.

El destino les deparaba algo terrible a todos ellos.

¿Permitiría Ádria que Quiazz muriera para abrir Zahel?

Y él, ¿estaba dispuesto a obligar a Alhanna a tomar el poder de esa misma torre?

Lamentó que no pudieran escoger su propio camino con libertad. La muerte los acechaba.