Laen’dah
Sentí una gran tensión cuando llamaron a la puerta.
Mi acólito los dejó pasar y yo no pude más que observarlos atentamente.
Traté de ocultar la ansiedad que me invadía y sonreí cuando los tuve en frente.
Las alargadas sombras que las lámparas proyectaban jugaban con mi imaginación, veía al Dragón en cada rincón de la estancia.
El dárico se detuvo junto a la gran mesa con el mapa de Muriath tallado y frunció el ceño al percatarse de las figuras colocadas sobre este.
—¿Quieres saber cuál se corresponde contigo? —le pregunté con voz cansada.
Se alejó de la Drefara en silencio. Alhanna y él me miraron detenidamente. Los había visto innumerables veces a través de otros ojos, había estado en sus mentes, en sus corazones. Y ahora los tenía en mi hogar. Hice un esfuerzo por contener la emoción.
—Eres aquel a quien llaman el Testigo de Muriath —afirmó el dárico gris mientras se cruzaba de brazos. Yo asentí con la cabeza—. Bien. Al parecer tenías muchas cosas que decirme. Puedes hazlo ahora, ya no necesitas a un soñador para hablar conmigo.
—Y ¿de qué serviría? Te niegas a escucharme.
—Me centré en Alhanna y sus ojos grises.
La joven pareció incomodarse ante mi atención—.
No imaginas cuánto tiempo aguardé tu llegada.
Preparé a Shudei-Hal para convertirlo en tu protector, debía encaminarte hacia mí y luego morir.
Pero nada salió como planeé. —Miré a Kishur de nuevo—.
No conté contigo, ni con los lazos que en ese momento aún no sabías que te unían a ella.
—Asthaluss me envió para que encontrara al Juez.
Trivaz me buscó para ayudarlo a derribar la Jistar.
Los humanos quieren usarme como un arma en la guerra.
El Dragón desea que abra la torre de Zahel.
Dime, ¿qué quieres tú de mí? —Alhanna escupió cada palabra con rabia, con dolor.
Hablarle de Shudei no había sido buena idea.
—Deseo algo que al parecer no puedes ofrecerme —respondí y, tras esas palabras, me sobrevino un ataque de tos que no pude contener.
Para mi sorpresa, Kishur fue hacia la pequeña mesa junto al sillón y me tendió el vaso con agua. Bebí para refrescarme la garganta. ¿Se compadecía de un anciano?
—Habla —me exigió el dárico.
—No lo comprenderéis, pero os lo explicaré igualmente.
Muy pocos conocen qué es de verdad el Dragón, qué es la Oscuridad que siempre lo acompaña —comencé a relatar, no sin cierto deje de amargura—.
Y aquellos que lo saben guardan el secreto con pavor.
El Dragón sería capaz de sobrevivir a la misma destrucción de nuestro mundo.
Las leyendas dáricas cuentan que es el primogénito de Muriath, pero ni siquiera yo recuerdo cuándo nació.
—Bebí un poco más de agua, me sentía cansado—.
Cuando Khaleria y Hagnak desaparecieron, él estuvo a punto de destruir el mundo arrastrado por la ira y la desidia que sentía hacia el resto de los seres que lo habitaban.
Fui yo quien logró apaciguarlo al recordarle que Khaleria y Hagnak, de algún modo, podrían volver algún día.
Al final decidió sucumbir a un largo sueño.
Kishur y Alhanna se miraron. Supe que decidían si creer mi relato.
—Pasé las siguientes dos mil ágaras temiendo que despertara y nos destruyera.
Para él no significaría nada, sería un nuevo comienzo.
—Cerré un instante los ojos y tomé aire despacio.
Sentía la muerte sobre los hombros—. Asthaluss y Muriath necesitaban a un nuevo Juez; Asthaluss, para acabar con la raza humana que lo hacía enfermar, y Muriath, para procurarle una nueva distracción al Dragón.
Un nuevo hijo que naciera de tus entrañas.
—Clavé mis cansadas pupilas en Alhanna y pude sentir cómo se estremecía—. Para ello preparé tu llegada.
La joven se llevó la mano al vientre y retrocedió unos pasos de forma inconsciente. El dárico frunció los labios, furioso. Me pregunté cuál de los dos me daría muerte.
—Lamento que tu encuentro con el Dragón aquella noche en su antigua morada no diese fruto —le dije sin piedad—. Fue desafortunado que perdieras a la criatura al amanecer.
—Eso no tiene sentido, nada de lo que dices lo tiene. —Alhanna había palidecido. Recordó aquel día, el momento en que algo se desgarró en su interior y el lacerante dolor impregnó de sangre sus pantalones—. Ocurrió de inmediato, era demasiado pronto, no pudo haber tiempo…
—El tiempo obra diferente en los seres como tú, Alhanna —afirmé con calma.
Kishur trató de ocultar sus emociones con su perfecta máscara, pero yo podía ver más allá de ella: estaba confuso.
Claro, él desconocía el secreto que la joven guardaba con tanto celo.
Supe que meditaba sacarla de allí, que temía que yo le revelara que era la reencarnación de Khaleria, la madre del primer Juez.
—¿Quién eres en realidad? —preguntó el dárico mientras se interponía entre Alhanna y yo.
No respondí de inmediato. Cuando me decidí a hacerlo, sentí que la Oscuridad me acechaba.
—Soy Muriath —dije de forma solemne.
Sonreí al ver la perplejidad en sus rostros.
El dárico retrocedió un paso, como si deseara contemplarme desde lejos.
Alhanna ladeó la cabeza, recordando su encuentro con Asthaluss.
Me agradó que ella lo aceptara tan fácilmente.
Sin embargo, a Kishur la noticia pareció producirle más repulsión que desconcierto.
—¿Cómo es posible? El mundo no tiene conciencia, no… —comenzó a decir él.
—Vamos, eres mucho más inteligente que eso.
—Su negación me hizo sentir un poco decepcionado—.
Deposité una ínfima parte de mi energía, la que forma el mundo al que llamáis venidero, en un ser inmortal.
Sentía mucha curiosidad por las criaturas que me habitaban.
—Solté el vaso y dejé caer las manos sobre el regazo—.
Al principio creí enloquecer ante el hambre, la sed y el dolor.
Todo me era desconocido, y no sabía cómo manejar las emociones, ni siquiera mi propia conciencia.
Aprendí observando a los seres de mi alrededor...
hasta que el Dragón me descubrió y quiso acabar conmigo.
Le supliqué que me permitiera seguir ocupando aquel cuerpo.
Me lo arrebató, pero a cambio me dejó habitar mortales y me prohibió intervenir en los acontecimientos, fueran cuales fuesen.
—Pero lo has hecho. Has manipulado el futuro a tu antojo y has destrozado la vida de seres inocentes. —El dárico rozó el pomo de su espada, sus ojos negros refulgían de pura rabia—. No creo que seas Muriath, solo eres un loco con demasiado poder.
—¡Todo lo que hice era necesario! Hagnak fue lo único que mantuvo al Dragón atado a nuestro mundo, que impidió su destrucción.
Debe nacer otro Juez. —Me quedé sin aliento y comencé a toser con tanta violencia que me encogí en el sillón—.
Os aseguro que la alternativa será peor y no llegará solo de mi mano. Ya ha comenzado.
Kishur vino hacia mí y me agarró de la chaqueta. Su cercanía me impresionó.
—¿Qué significa eso? —exigió saber—. ¡Habla!
—Me refiero a los devoradores del mundo venidero: los Olvidados. —Me soltó de golpe y se pasó la mano por el largo cabello gris—. Tomarán la Jistar y seguirán bebiendo de la energía del Dragón. Ya nada puede impedirlo, ni siquiera el propio Osharan.
La crítica mirada del dárico despertó en mí un gran enfado.
Era un ignorante que no conocía ni su verdadero origen.
No sería yo quien se lo revelase, era mejor que lo averiguara por sí mismo.
Porque, cuando lo hiciera, odiaría a Osharan eternamente.
Las sombras traspasaron el umbral de la puerta y me preparé para lo peor: el castigo llegaba.
El Dragón comenzó a tomar forma en medio de la estancia, entre mis invitados y yo. Temblé de puro miedo. La Oscuridad comenzó a emerger del suelo, y pronto rodeó los pies de Osharan anegando el suelo. Kishur y Alhanna retrocedieron.
—Mereces morir por los crímenes que has cometido. Recuerdo el miedo en los ojos de Riaku-Hal, la resistencia de Shudei a pesar de todas sus pérdidas. —Entonces el dárico me miró a los ojos—. Yo no te perdono.
Lo sentí como una sentencia de muerte. Osharan sonrió y las sombras ascendieron por mis piernas y me abrasaron la piel.
Grité de dolor. Alhanna tomó la mano de Kishur y se marchó sin mirarme siquiera.
En ese momento sentí una punzada de envidia: ellos eran un poco más libres que yo.
Lancé un alarido roto cuando el dolor volvió a azotarme como un látigo.
La espesa masa reptó por mi cuerpo, devorando la carne y penetrando en los huesos.
Caí de bruces y vomité un espeso líquido negro que me supo a podredumbre, a muerte.
Mi mente era incapaz de procesar semejante sufrimiento, el cuerpo mortal que habitaba estaba al borde del colapso.
Justo cuando estaba a punto de perder el sentido, Osharan tendió su mano hacia mí para sujetarme: me quería despierto.
—No debiste marcharte a dormir, nos abandonaste. —Mi voz era solo un murmullo ronco—. Crees que siempre mantendrás el control, pero te equivocas. Ellos conocen tu debilidad y atacarán sin compasión, te despojarán de tu poder y te someterán.
—Será interesante.
El Dragón me dejó ir, permitió que mi mente se apagara. La oscuridad me acunó, pero el dolor lacerante no desapareció del todo.
Oí un canto en lo más profundo de mi inconsciencia.
Vagué por la negrura infinita, floté en mi desesperación.
Perseguí la melodía más allá de los confines de mi raciocinio.
Recordando, lanzando promesas al vacío. Cuando las voces aumentaron, supe guiarme hasta ellas.
Era un rito muy conocido para mí. Clamaban mi lanfe.
Entonces todo cambió.
Desperté gritando, aterido de frío. Mi potente voz me sobresaltó.
Estaba tendido sobre la superficie de una roca a orillas del lago.
La catarata estallaba cerca de allí y enmudecía los sonidos del bosque.
Me rodeaban diez dáricos, la mitad de ellos ancianos.
Dos guardias me ayudaron a tomar asiento y un infante me tendió un jarro de cristal con agua. Bebí con ansias.
—Mi señor, bienvenido —dijeron todos a la vez.
Miré la piel tersa de mis manos. Aún recordaba el padecimiento al que Osharan me había sometido, y aún temblaba por ello. El pequeño dárico me observaba con admiración.
—Soy vuestro nuevo acólito, señor —dijo con voz risueña—. Algún día, podré ofreceros mi cuerpo para albergaros, al igual que acaba de hacer vuestro seguidor.
Sí. Mi acólito ya no estaba, su labor acababa de concluir.
Y yo me había sentido con más fuerzas que nunca en aquel cuerpo joven.
Osharan sabía que pasaría a habitar otro ser mortal; de haber querido, podría haber destruido mi lanfe, pero no lo hizo.
¿Era una prueba? De lo que estaba seguro, en especial en aquellos momentos, era que no iba a desistir en mi empeño.
Me puse en pie y miré a mi alrededor. Si Alhanna no iba a ofrecernos a un nuevo Juez, lo mejor era que desapareciese del mundo, pues su poder ponía en riesgo la misión de los seres Olvidados.
Alcé la vista hacia las lunas, Egoresa se encargaría de ella.
Antes, sin embargo, el dárico gris debía morir.
«Yo no te perdono», me había dicho, como si tuviera derecho a juzgar mis actos.
La rabia era algo nuevo para mí, pero en ese momento profesé al dárico una tremenda ira, deseé que sufriera casi tanto como yo. Y sabía cómo conseguirlo.