Sílfhades
—Deberías marcharte a dormir —la invitó cortésmente a irse.
—Me he despedido de todos, y el abrazo de Alhanna me ha hecho llorar un poco.
—La mujer fue hacia la puerta con paso lento, como si esperase que él la detuviera—.
Os voy a echar de menos. Espero que todos logréis vuestros propósitos.
Sé que nos estabas escuchando cuando le hablé a Alhanna del sueño que tuve sobre ti, me sorprende que no hayas querido saber más.
—Prefiero no hablar de ello. Si esas cadenas me están esperando en Alviat, que así sea. —Se quitó la chaqueta y la dejó en una silla—. Buenas noches, Rory.
Ella apretó los labios con ganas de decir algo más, pero al final optó por salir a toda prisa y cerrar la puerta de golpe.
Kishur supo que la mujer seguía al otro lado, podía ver su sombra a través de la ranura.
¿Había sido demasiado brusco con ella? Aguardó un momento con la esperanza de que Rory se marchara de verdad.
Intentó contenerse, pero a esas alturas le era imposible.
Fue hacia la puerta y la abrió de nuevo.
Rory lo miró con sorpresa, y el dári co se abalanzó sobre ella, la agarró por la cintura y unió sus labios en un beso salvaje.
Entraron juntos en la habitación y cayeron sobre el colchón sin dejar de besarse. Kishur le desató el cabello y dejó que los mechones oscuros se derramaran sobre él. Repasó la espalda de la mujer con sus manos, lamentando que la ropa le impidiera sentir su piel.
Rory se sentó a horcajadas sobre Kishur y comenzó a desvestirse. Él acarició sus pechos, su abdomen, besó su delicado cuello. Dejó que ella le quitara la camisa.
No estuvieron satisfechos hasta quedarse completamente des nudos. Se olvidaron del mundo, de lo que ocurría fuera de allí. Esa noche Kishur se permitió dejar el pasado atrás y no reparar en el destino que lo aguardaba.
Al amanecer dejó a Rory durmiendo en su cama y se marchó de la estancia en silencio.
Los demás ya esperaban fuera de la posada con los vargums. Trivaz había regresado.
Miró un breve momento hacia la estancia y vio la silueta de la mujer asomada a la ventana.
Le sonrió. Sin más dilación cogió las riendas de su montura.
—Osharan —pronunció Kishur con serenidad.
Decir su nombre en voz alta le resultaba extraño, era como sol tar una maldición.
El Dragón se materializó frente a él en tan solo un instante, tan veloz que Kishur dudó de si no había estado allí todo el tiempo.
Volvía a tener su aspecto de dárico, e iba ataviado con ropas parecidas a las suyas.
Hasta había copiado sus nuevos guanteletes.
Se preguntó si no sería una visión y la forma real de Osharan fuera en realidad aquella masa oscura.
El Dragón se alejó unos pasos de él y dibujó una línea en el aire.
A unos metros se abrió una abertura gigantesca, rodeada de esquirlas de hielo.
Un vapor blanco y frío escapó del otro lado.
La brecha era distinta a cuantas había visto hasta el momento, esta tenía una superficie cristalina, parecía un lago.
Trivaz fue el primero en cruzar. Kishur lo siguió y un dolor agudo recorrió su cuerpo al instante, como si cientos de agujas atravesaran su piel.
Duró poco. Tiró del vargum con fuerza y al canzaron un llano acunado por la noche.
El aire alivió el peso de sus pulmones. Mientras los otros atravesaban aquella majestuosa puerta, Kishur caminó para contemplar su entorno.
El bosque quedaba cerca, y los altos fresnos se mecían con la suave brisa.
Pudo oír su melodía, tan clara que quedó hipnotizado.
Era incapaz de comprenderla del todo, pero percibió que le daban la bienvenida.
—No escuches al bosque. —Trivaz lo apartó de su ensimisma miento.
—¿Esto es el mundo inmortal? —preguntó Ghiro sobrecogido.
Ninguno pudo describir o dar sentido a lo que percibían, pero era como si el suelo que pisaban tuviera vida propia.
Todo era más intenso, hasta el aire que respiraban, que parecía insuflar sus pulmones de una fuerza casi inagotable.
Alhanna veía la energía en cada rincón de aquel lugar y era algo fascinante, sus ojos absorbieron todo el barullo de colores que se agitaban en torno a ella.
Pero entonces llegó Osharan y la oscuridad regresó con él. El Dragón cerró la abertura.
—Yo aguardaré aquí con los vargums —anunció Trivaz, y luego se dirigió a los hajaeks—. Solo el dárico gris y Alhanna pueden acompañar al Dragón.
Dicho esto, Osharan se encaminó hacia el otro lado del claro.
Kishur les hizo una señal a todos para que se quedaran allí y tomó a Alhanna de la mano.
El dárico percibió que algo los observaba, y sintió un repentino hormigueo en la nuca.
Las sombras menguaban, y el bosque quedaba silente al paso del Dragón.
Se internaron entre los árboles, hasta donde la maleza comenzaba ya a acariciar sus piernas.
Ni siquiera el viento parecía osar tocarlos, y movía tan solo las ramas, que se agitaban sobre sus cabezas.
Las luces de las lunas se colaban entre las altas copas e iluminaban el camino.
No tardaron en salir a un acantilado montañoso.
Un valle plagado de flores lo presidía. Kishur contempló con asombro el palacio erigi do entre los riscos.
Era una estructura circular dividida en tres ni veles.
Amplios balcones y terrazas recorrían la fachada de las es tancias superiores, pero apenas había ventanas en las inferiores.
Tenía varias casas bajas adosadas y una enorme caballeriza.
Una alta torre que parecía querer fundirse con las montañas cul minaba la fortaleza.
Debía tener una vista impresionante desde allí.
Si el Testigo de Muriath residía en ese lugar, Kishur sospechaba que su aposento estaría en la imponente torre.
Una veintena de soldados se congregaron frente a las puertas principales.
Portaban lanzas. Del segundo nivel de la fortaleza asomaron docenas de arqueros.
Todos lucían la misma armadura negra con capas azul oscuro; ocultaban los rostros tras las rendijas con cascos picudos y decorados con una enorme pluma, también azul.
Por su estatura bien podría tratarse de humanos o de kalastys.
Los soldados no les impidieron el paso, sino todo lo contrario: parecían aguardar su llegada.
La sombra de Osharan se alargaba a medida que se acercaba a la fortaleza; más que un reflejo a contraluz, parecía tener consistencia, igual que un segundo cuerpo.
Un joven dárico vestido con una larga túnica oscura los aguardaba.
A Kishur le sorprendió encontrar allí a un miembro de su raza, ¿desde cuando había dáricos en el lado inmortal?
Quiso descubrirlo, pero este no le concedió tiempo para preguntar.
Sin mediar palabra los condujo hacia el interior del castillo.
Sus pasos hicieron eco en la gigantesca sala circular.
El alto techo mostraba tallas en la piedra con las figuras de los astros nocturnos.
Kishur reconoció enseguida varias constelaciones, las pocas que conocía.
Un sendero de columnas azules recorría el lugar, y bajo sus arcos aguardaban más soldados con la misma indumentaria.
La sala conectaba con otras a través de varias puertas de madera macica. Y nada más.
—Soy el acólito del Testigo, he sido enviado para recibiros. —El joven hizo una ligera reverencia hacia ellos—. Me temo que no podéis pasar de aquí.
—Hemos venido a ver a tu señor, tiene que responder ante sus actos. —Kishur adelantó un paso hacia él—. No nos marcharemos hasta que se presente frente a nosotros.
—Nadie puede interrumpir su labor —insistió el acólito.
Kishur reparó en que ninguno de los presentes se mostraba amedrentado por la abrumadora presencia de Osharan.
¿Es que a ellos no les afectaba? Justo en ese momento, jirones de bruma escaparon del cuerpo del Dragón y apresaron a los soldados.
Rodearon sus cuerpos igual que cadenas. El joven dárico retrocedió tanto como pudo hasta chocar con una de las columnas.
Osharan los sometió a todos. De sus pies comenzó a emanar la espesa masa que solía acompañarle, y el charco fue creciendo hacia los soldados.
Cuando alcanzó al primero, un tortuoso gemido escapó de su garganta mientras esa cosa reptaba por él consumiendo el acero de su armadura.
El casco cayó de su cabeza mientras caía al suelo inerte y Kishur lo miró perplejo: se trataba de un zarefí.
—¡De acuerdo! —gritó el acólito con angustia—. ¡El Testigo acepta recibiros!
Osharan detuvo el ataque. Las sombras se replegaron hacia su cuerpo.
—Pero solo a vosotros dos. —El joven señaló a Kishur y a Alhanna con mano temblorosa—. Desea conversar con la joven venida de Asthaluss y con el dárico gris.
Kishur no esperó a comprobar que el Dragón estuviera conforme, cogió a Alhanna de la mano una vez más y se encaminó tras el acólito. Mientras cruzaban la amplia puerta que conducía a una escalera interminable, un escalofrío recorrió cada fibra de su cuerpo.
«Puedo conocer tu anhelo más secreto, escuchar tus pensamientos, viajar por los sueños y pesadillas que te acompañan mientras duermes». Kishur se agarró las sienes y trató de sacar esa voz de su cabeza. «No existen secretos para mí».
La presencia lo abandonó de golpe. Tomó aire despacio para recomponerse, se sentía enfermo de repente.
Alhanna aguardaba i nquieta a su lado. El acólito carraspeó incómodo ante su inmovi lidad, y Kishur se apresuró a subir.
Les aguardaba un largo trecho. Y no tenía dudas de a quién pertenecían aquellas palabras: era el Testigo.
Rory los había visto partir desde la ventana.
Seguía sentada en la cama, el camisón blanco y la fina bata cubriéndole los hombros.
Las sábanas aún guardaban el olor de Kishur.
Sus mejillas sonroja das permanecían húmedas por las lágrimas que acababa de derra mar.
A la mujer se le encogía el corazón ante la idea de no volver a verlo.
Oyó pasos en el pasillo y corrió a ocultarse en el armario.
No debía haber nadie en la posada, pues el posadero y el atacante que había sobrevivido estaban encerrados en el sótano.
Kishur había sido clemente con ellos al final, dejándole a Rory la labor de liberarlos tras su marcha.
Dejó una rendija abierta para ver de quién se trataba.
Entraron dos mujeres altas, y Rory tardó un poco en reparar que eran dáricas.
Una de ellas lucía un vestido azabache y tenía el cabello ondulado y del color del fuego.
Sus ojos azules le produjeron escalofríos. Su acompañante era muy joven y menuda.
—Se han marchado, Lumiatz —dijo la chica de pelo negro.
—Eso parece. Debimos llevarnos antes a nuestra hermana. — Paseó por la estancia y Rory dejó de verla—. No importa, la buscaremos.
Se produjo un largo silencio. Rory temió que pudieran oír el latido acelerado de su corazón.
— Al parecer tenemos a un ratoncito por aquí. —Su voz sonó peligrosamente cerca—. ¿Cómo sabrá su carne? ¿Tienes curiosidad?
La puerta del armario se abrió de golpe y Rory se quedó sin aliento al encontrar a Lumiatz ante ella.
Sus ojos azules se oscurecieron y su rostro se contrajo en una terrorífica mueca de ira.
Agarró a Rory del pelo y tiró de él con violencia para hacerla salir del armario.
Luego, Lumiatz se apartó de ella para observarla detenidamente.
Una fuerte corriente de aire golpeó a la mujer y la estampó contra la pared del fondo.
Quedó allí sometida. Casi no podía respirar. El miedo atenazaba su corazón.
—Hueles a él… Has estado con el dárico gris —masculló Lumiatz mientras convertía una de sus manos en una garra y lanzaba un grito histérico—. ¿Cómo has osado tocarlo con tus sucios dedos? Parece que Kishur ha olvidado que me pertenece. ¡Que es mío!
La ira que desprendía su mirada era lo suficiente intensa para hacer arder todo el edificio. Lumiatz rozó la mejilla de Rory con una de los afiladas uñas. La sangre brotó del corte.
—¿Te has divertido con él? ¿Mereció la pena? —Rodeó su delicado cuello con la garra y acercó su rostro—. Voy a despedazarte, maldita desgraciada. Y luego le arrancaré la piel al dárico por su traición. No dejaré esta ofensa sin castigo.
Rory irrumpió en un amargo llanto y cerró los ojos. No soporta ba mirar aquel rostro rebosante de maldad. Supo que no podría escapar de aquellas garras.