Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #2
54%

Marial-Pat #2

—No respondiste a mis preguntas, huiste como haces siempre —le recordó Gastor en un tono amargo—.

¿Hasta cuándo piensas escapar de mí? Desde que llegaste te rodean tantos misterios que he comenzado a creer que eres un inmortal.

—Consiguió que Quiazz lo mirara, el joven mostró su asombro—.

Es lo único que tiene sentido en toda esta locura.

La cicatriz en tu pecho demuestra que los rompedores decían la verdad: te hirieron de muerte con la flecha. No intentes negarlo.

—Tan solo soy un humano con la peor suerte del mundo. ¡Nada más! —gritó Quiazz—. No merezco nada de lo que me está ocurriendo.

—Eres el culpable de al menos una parte de todo esto —dijo Gastor con contundencia.

Los nervios que anidaban en su estómago aumentaron y la rabia subió por su garganta. Miró al general con inquina. ¿Era lo único que le importaba? ¿La corona?

—Mi padre siempre llevó la razón, ahora lamento no habérsela dado cuando vivía.

Los ancianos son unos manipuladores, y tú demasiado ambicioso.

Ojalá pudiera darte mi apoyo, tal como me pediste.

—Quiazz se frotó los ojos para limpiar sus lágrimas—.

No imaginas cuánto lo deseo… Que seas tú quien tome todas las decisiones, esconderme en el lugar más recóndito del mundo y olvidarme de todo.

—Y, ¿por qué no te rindes? —le preguntó Gastor.

—¡No puedo hacerlo! —exclamó el joven casi con desesperación—. Si lo hago, todo el sacrificio de mi padre habrá sido en vano. ¡Murió por nosotros! Dio su vida por buscar a la endómica y traerla a la ciudad. Si cedo ante las presiones, su muerte dejará de tener sentido.

Gastor salió al jardín y fue hacia Quiazz. No le importó que la lluvia lo mojara.

—Tú no eres Zaraen, no cargues con ese peso. —Gastor intentó agarrarlo de los hombros, y Quiazz se apartó de él a toda prisa—. Escúchame.

—¡No! ¡No te acerques! —le exigió el joven.

Se quedó largo rato observando al general, soportando el silencio entre ellos. La lluvia le resbalaba por la cara; ahora caía con mayor fuerza, casi como si intentara retenerlos allí.

—Extraño tanto el tiempo en el que éramos amigos… —murmuró Quiazz.

Dio un paso para colocarse frente a Gastor, lo agarró de la chaqueta con las manos temblorosas y apoyó la cabeza en su pecho.

Podía notar el corazón del general palpitar a toda velocidad, casi al ritmo del suyo.

Quiazz alzó la mirada y encontró las pupilas castañas de Gastor.

No pudo evitar perderse en ellas, notando como su estómago se retorcía ansioso.

Era una ansiedad demoledora, excitante. Se acercó más a él todavía y lo besó con cautela, casi con miedo.

A pesar de haber dado muchos otros besos, sintió que aquel era distinto, que lo impulsaba mucho más que el mero deseo.

Gastor lo apretó contra su cuerpo y correspondió a sus labios con fuerza y pasión.

Gastor arrastró a Quiazz hacia la casa y volvió a acorralarlo contra la pared.

Se resguardaron de la lluvia y de la noche.

El general le metió la mano por debajo de la camisa y la deslizó por su espalda.

Quiazz se estremeció ante el roce de sus dedos.

Los besos acallaron pronto los gemidos y la respiración entrecortada de ambos.

Se perdió en las caricias, en el sabor de la boca de Gastor, en la humedad de su lengua.

De pronto sintió que eso no era suficiente, necesitaba mucho más.

Gastor pegó su cuerpo al suyo tanto como pudo, y Quiazz notó la excitación de ambos bajo la ropa.

Pasó la mano por la nuca del general cuando este abandonó sus labios para lamerle el cuello.

—No puedo esperar más —susurró Quiazz con la voz entrecortada.

Gastor introdujo la mano en sus pantalones y agarró su miembro.

Quiazz cerró los ojos mientras se mordía el labio inferior.

Se abandonó al deseo por completo, llevado por el movimiento de los ágiles dedos de Gastor.

Recorrió con las yemas el torso del general y tiró de la correa cuando alcanzó su cintura, él también deseaba masturbarlo.

Pero Gastor no se lo permitió, sujetó su muñeca y le inmovilizó el brazo contra la pared a la altura de su cabeza.

Unieron sus bocas y se fundieron en un nuevo beso a la vez que el general aumentaba el ritmo de su caricia.

Quiazz dejó tener constancia del transcurso del tiempo y su mente se vació de preocupaciones.

Eyaculó, perdido en la fogosidad del momento.

Todo su cuerpo ardía, febril, y notaba la mente entumecida.

Continuaba deseando más, nunca tendría suficiente.

Pero las manos de Gastor lo abandonaron y comenzó a separarse de él.

Quiazz notó enseguida la terrible ausencia del general.

Se miraron un instante a los ojos, y Quiazz intuyó en ellos la duda de Gastor.

—Mierda… Debería haberme detenido, te sentías solo y yo… —El general se apartó más de él.

—No te atrevas a decidir cómo me siento o qué significa esto para mí. —Quiazz se pasó la mano por el pelo empapado y revuelto—. Creo que…

—Debo irme. —Gastor no le dejó acabar la frase—. No quiero oírlo.

El general se dirigió a la salida a toda prisa mientras Quiazz lo contemplaba aún medio aturdido.

—¡Ahora eres tú quien huye de mí! —le reprochó Quiazz antes de que abandonara la estancia—. ¡Gastor!

Cuando oyó la puerta cerrarse, Quiazz se deslizó por la fría pared hasta quedar sentado en el suelo.

No le importaba estar empapado, hacía rato que era incapaz de sentir el frío, pues un tórrido calor abrasaba su interior.

Se llevó la mano a los labios. Su corazón no lograba calmarse, y tardaría en hacerlo.

Pero no importaba, porque por fin era capaz de reconocer aquellos sentimientos que siempre lo habían perseguido.

Amaba a Gastor.