Marial-Pat
Llamaron a la puerta y decidió ignorarlo. Fuera quien fuese, sería mejor que lo visitara en otro momento. No obstante, la insistencia de los golpes lo obligó a dar permiso para que entrara.
—¿Bebiendo a estas horas? —preguntó Quiazz.
El general soltó el aire muy despacio mientras dejaba el vaso sobre la mesa.
De todas las personas que podían cruzar el umbral de su despacho, tenía que ser Quiazz.
Traía el cabello revuelto a causa del aire que hacía fuera.
En otros tiempos le habría ofrecido un poco de vino, pero ya no eran amigos.
Apenas reconocía al joven que tenía delante.
—¿Qué quieres? —Cruzó la estancia para aproximarse a Quiazz.
—Yo… Yo solo vine a agradecerte lo de la otra noche. —Parecía incómodo con su cercanía, así que Gastor dio otro paso más hacia él—. Si no hubieras aparecido…
—Te habrían matado —lo interrumpió el general—.
Supongo que lo ocurrido no te habrá pillado por sorpresa, hay mucha gente poderosa que no está dispuesta a permitir que un simple bastardo se convierta en rey.
Apenas toleran que seas la voz del consejo.
—Otro paso que obligó a Quiazz a retroceder hacia la pared—.
Puede que tengas el apoyo de los norteños, pero ellos son extranjeros. ¿Qué harás cuando se marchen?
Quiazz lo miró a los ojos con aquellas pupilas de un verde tan intenso que lo mareaban. Podría perderse en ellas durante horas.
—Tú tampoco soportas la idea de ver la corona en mi cabeza —le reprochó Quiazz—. Lo entiendo. Tienes derecho a odiarme por no haberte apoyado, incluso a desear que me corten la garganta.
—Si te quisiera muerto, ya lo estarías —le espetó el general.
—Pero elegiste usar a Oxa contra mí —lo acusó Quiazz—, trataste de obligarme a renunciar a mi candidatura a cambio de su seguridad. He intentado hablar con ella, pero se niega a escucharme. La has puesto en mi contra.
—Buscas en Oxa un reemplazo de Zaraen, y no eres capaz de asumir que a ella tú no le interesas.
Estás completamente solo, Quiazz. —Sus palabras hicieron daño al joven, pudo percibirlo en sus ojos—.
Creí que tu preocupación por Oxa sería suficiente para hacerte desistir, pero me equivoqué. ¿Qué crees que piensa ella de eso?
—Eres un desgraciado —masculló Quiazz.
Gastor lo acorraló contra la pared, en la que apoyó las manos, y lo encerró entre sus brazos.
Quiazz lo observó aturdido y desconfiado ante la sonrisa que el general le dedicó.
Los separaban unos escasos centímetros, el joven podía sentir el cálido aliento de Gastor sobre su rostro.
Tuvo miedo, un miedo incomprensible, pues sabía que, a pesar de todo, no le haría daño.
Quiazz intentó empujarlo con su mano sana.
Gastor la agarró para inmovilizarla y se inclinó un poco hacia él.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el joven, con apenas un hilo de voz.
Le lamió el cuello y Quiazz ahogó un gemido.
Gastor deslizó la lengua hasta su clavícula, y Quiazz percibió que su saliva iba a quemarle la piel.
Se sintió mareado. La otra mano del general descendió hasta su cintura y se introdujo en sus pantalones.
Quiazz se quedó sin aliento, no podía respirar.
Cerró los ojos de forma involuntaria, incapaz de resistirse al tacto de Gastor.
Este le soltó el brazo y Quiazz se aferró a él, con los dedos clavándose en los hombros del general.
No lo empujó ni tampoco trató de detenerlo. No deseaba apartarlo, no podía.
Gastor comenzó a desabotonarle la camisa, y el escaso espacio que dejó entre ellos para hacerlo le permitió a Quiazz respirar de nuevo. Le abrió la prenda y acarició la cicatriz que la flecha había dejado en su pecho.
—Así que un rasguño… —murmuró el general—. O eso fue lo que dijiste. Ya veo que eres un mentiroso.
Toda su excitación se apagó de golpe. Quiazz lo empujó lejos y comenzó a cerrarse la camisa, sin apartar sus ojos, que refulgían con furia. Intentó alejarse más, pero Gastor no se lo permitió, lo agarró de los brazos y lo atrajo hacia él tanto como pudo.
—Deberías estar muerto. ¿Cómo se ha cerrado la herida tan rápido? —El general no parecía dispuesto a dejarlo ir sin respuestas—. Estoy harto de tus secretos, sé que estás involucrado con inmortales. Sé lo del demonio que te secuestró. ¿Qué quería de ti?
¿Cómo tenía Gastor conocimiento sobre todo eso? Quiazz trató de ocultar su sorpresa.
—¿Te lo dijo Gaelos? —Era la única posibilidad.
—Lo dijo… de forma indirecta. —Quiazz desvió la mirada, se sentía perdido—.
Ahora responde a mis preguntas. Tienes que contestar para que yo pueda darles la información a los gaeshan.
—Aquello hizo palidecer al joven—. Su líder quiere saberlo todo sobre tu viaje.
Esa Gaelos le estuvo informando sobre ti.
—Eso que dices… —Quiazz no consiguió que le saliera la voz.
—El gaeshan quiere hablar contigo. Pensé que, si yo lograba contarle todo lo que desea, ya no sería necesario que se acercara a ti. —Gastor lo escrutó con la mirada.
Quiazz no podía creer lo que oía, era demasiado para él.
¿Desde cuándo tenía tratos Gastor con esa sociedad de asesinos?
Se deshizo del agarre y apartó al general de un empujón; ni siquiera supo de dónde había sacado la fuerza.
Corrió hacia la puerta y salió de la estancia, aún con la camisa abierta.
Le dio igual que los guardias lo observaran con burla, era lo que menos le preocupaba.
Bajó las escaleras a toda prisa y no se detuvo hasta alejarse del cuartel.
Quiazz era incapaz de decidir qué parte de todo lo ocurrido en el despacho lo perturbaba más, si la conversación con Gastor o los sentimientos que, una vez más, el general parecía saber que despertaba en él. El mero recuerdo del instante en que habían estado tan cerca hacía que su cuerpo ardiera.
Esa misma tarde, Quiazz se reunió con los norteños.
Lo hicieron en la taberna de la primera vez, en la mesa más alejada.
En esta ocasión solo estuvieron Candor, Daraes y dos soldados de semblante pétreo.
Daraes regresaba al Norte. Habían viajado a Marial-Pat para declarar la independencia de sus territorios, para intentar acabar con el consejo de ancianos, pero la guerra con los kalastys lo había impedido.
La unión de las familias norteñas no era tan férrea como ellos hacían creer, y al menos uno de los dos debía volver a casa.
A Quiazz la noticia lo desanimó, se preguntaba cuánto tardarían todos en marcharse.
Los hombres seguían convencidos de que él debía gobernar. Candor se encargaría de negociar con algunos nobles para que le dieran su apoyo a Quiazz.
—Debes convencer a todos de que, llegado el día, podrán usarte en su beneficio —le recomendó Daraes sin tapujos—.
Si lo consigues, tendrás su voto. Haz las promesas que necesites, y luego respeta las que consideres oportunas.
Una vez tengas la corona, no podrán hacer nada contra ti.
Ya estaremos nosotros para hacer frente a tus enemigos.
Aquello solo acrecentaba la ansiedad de Quiazz, que sentía ganas de escapar.
El Dol se despidió de él con rostro severo, quizás intuyendo sus dudas.
Le advirtió que ya no tenía escapatoria y que debía mantenerse firme.
Él no lo tenía tan claro. Candor lo acompañó hasta la zona residencial del palacio.
Para sorpresa de Quiazz, los dos soldados que habían permanecido con ellos resultaron ser sus nuevos escoltas.
—No podemos permitir que vuelvan a atacarte —le dijo Candor.
Entró en casa con dolor de cabeza y una desazón que le impedía respirar.
Cruzó las estancias silenciosas. El hogar nunca le había parecido tan desolado como esa noche.
Extrañaba la atención del anciano mayordomo, el corazón se le encogía ante su ausencia.
No podía evitar culparse por su muerte. ¿A quién más vería morir por su causa?
El recuerdo de Nactam asesinando a su padre acudió a su mente para atormentarlo aún más.
Salió al jardín casi con desesperación, abriendo por completo las cristaleras de la terraza y tomando una gran bocanada de aire fresco.
Las nubes se arremolinaban en el cielo nocturno, y comenzó a llover con suavidad.
Gastor tenía razón: estaba completamente solo.
Se fijó en las rosas de cristal, las favoritas de sus padres.
Acarició los pétalos del único capullo de la planta y lo sintió tan efímero como lo fue la vida de su madre.
Una sombra de tristeza abrazó su corazón.
Se apartó de la cara los mechones de pelo negro que le tapaban los ojos.
Cayó sobre él un aguacero y sintió cada gota de agua helada y reconfortante.
Estas se mezclaron con sus lágrimas. Quizá fuera el momento de rendirse.
Jamás había reparado en su soledad. Sus padres estaban muertos, al igual que Dastan y ahora su mayordomo.
Los norteños se acabarían marchando de la ciudad antes o después, tal como había predicho el general esa misma mañana.
Tampoco volvería a ver al dárico que lo salvó, y quizá tampoco a Gaelos.
Oxa lo detestaba. No le quedaba nadie. Ni siquiera Gastor.
Oyó pasos dentro de la casa y decidió que le daba lo mismo quién fuera.
—¿Qué haces bajo la lluvia? ¿Pretendes enfermar? —La voz del general lo alteró.
—Un poco de agua no va a matarme. —Evitó girarse hacia él, no quería mirarlo a la cara después de lo ocurrido en su despacho—. Vete, por favor.
Cerró los ojos ante el silencio del general. Intentó serenarse, no quería que lo viera llorar. Debía tener un aspecto lamentable allí fuera bajo la tormenta.