Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Sílfhades
52%

Sílfhades

Estancado en la duda de si quedarse allí o interrumpirlas, percibió algo extraño a su alrededor.

Guardó la caja y se precipitó hacia el comedor, cruzando el corto pasillo.

El lugar estaba en absoluta calma, y la oscuridad reinaba en el edificio.

Acudió a la ventana más cercana y se asomó con cautela.

Varios hombres cruzaban el patio de la posada agazapados entre los arbustos y las flores.

Kishur se retiró para que no advirtieran su presencia a través del cristal.

La puerta de la sala se abrió y Ghiro entró con un vaso de vino en las manos. Al ver a Kishur junto al ventanal, y con la mano en la empuñadura de la espada, se limitó a suspirar y a sentarse. Trivaz llegó un instante después, con apariencia aburrida.

Kishur deshizo el camino hacia la terraza y salió por la puerta.

Alhanna abrió mucho los ojos al verlo, y Rory mostró una profunda preocupación.

La hoja de acero de su espada reflejó la débil luz de la lámpara que pendía de la entrada.

Los hombres parecían hambrientos de lucha.

No esperó el ataque, se lanzó contra ellos en cuanto percibió sus intenciones. Mayara y Eltsay lo secundaron.

Llegó hasta el primer hombre, que ya lo esperaba.

Giró la espada sobre su cabeza y cayó con todas sus fuerzas sobre el acero del enemigo.

El humano gritó de puro dolor cuando sus brazos recibieron toda la potencia del golpe.

El arma resbaló de sus manos, y Kishur lo tumbó de un puñetazo directo a la cara.

Se hizo a un lado para esquivar al segundo contrincante.

Antes de darle tiempo a volverse de nuevo hacia él, le asestó un tajo en la espalda y el hombre se desplomó entre gritos.

Atravesó su nuca con la afilada hoja para acabar con su vida.

Mayara y Eltsay dieron buena cuenta de los otros.

Aquellos hombres no eran rivales para los hajaeks.

Retrocedieron al comprender que no podrían vencer a los dáricos.

Kishur caminó unos pasos entre los cadáveres.

No podía dejarlos marchar. Atacó con la misma velocidad y contundencia. Cuando el último de los hombres cayó muerto a sus pies, Kishur regresó junto al que había dejado inconsciente. Miró a Ghiro, que acababa de salir a la terraza.

—Ocúpate de hacerlo hablar, quiero saber quién nos ha delatado. —Luego, se giró hacia los hajaeks—. Vosotros, encargaos de los cuerpos.

Los dos asintieron. El dárico guardó la espada en la vaina sin antes limpiarla siquiera, ya lo haría en otra ocasión.

Rory mantenía los ojos cerrados y se apoyaba en la pared del edificio con el rostro lívido.

Alhanna continuaba al lado de la mujer. Kishur se pasó la mano por el pelo para apartarlo de su rostro; le tranquilizaba saber que al menos había alguien como Rory que lamentaba ver tanta muerte.

Notó un frío gélido en la nuca. Rory enderezó la espalda y esbozó una sonrisa torcida. Apartó a Alhanna de su lado. Kishur supo que había dejado de ser ella misma.

—¿No te cansas de matar a otros? Esgrimes la espada como si te encontraras libre de pecados, como si tuvieras derecho a arrebatar las vidas que te plazcan.

—La voz de la mujer sonó hueca, sus ojos apenas parpadeaban—.

Derramas la sangre de los humanos de forma inútil, Raehlan.

Ellos desconocen la clase de engendro que eres.

—¿Y tú sí lo sabes? —Dio un paso hacia Rory—. ¿Tan bien me conoces?

—Tengo acceso a tu mente, dárico gris —dijo en un murmullo—. Conozco cada uno de tus pensamientos.

—Pues permíteme que yo también descubra quién eres —pidió Kishur, cansado de tanto misterio—. Dime tu nombre y dónde te encuentras.

—Soy el que pone voz al pasado, el que observa el presente. ¡Soy el Testigo de Muriath! —gritó la mujer con satisfacción—. ¡Y no estoy a tu alcance!

Kishur sintió vértigo ante sus palabras, por un momento creyó que le hablaba el propio mundo.

Conocía la figura del Testigo a través de las leyendas, alguien capaz de albergar en su memoria toda la historia de Muriath.

Nunca se había planteado que pudiera existir realmente.

Ghiro balbuceó una maldición de forma casi inaudible, impresionado ante el descubrimiento.

Los hajaeks y Alhanna aguardaron impacientes alguna reacción por parte de Kishur.

Todos necesitaban confirmar que aquel ser decía la verdad.

En ese momento, Trivaz abandonó el edifico.

Sus ojos ambarinos se clavaron en la mujer.

El frío viento sacudió el cabello gris de Kishur, y el dárico percibió una presencia a su alrededor, igual a un manto de hielo sobre los hombros.

La tez de la mujer se tornó blanca como la nieve.

Sus ojos castaños y poseídos se enturbiaron y el miedo más atroz acabó instalado en ellos.

Pegó la espalda a la pared tanto como pudo mientras Trivaz sonreía con satisfacción.

Las sombras del patio se alargaron para pasar junto a Kishur, y le erizaron la piel.

De su boca escapó un vaho blanquecino, sintió que el ambiente se volvía cada vez más frío.

Nadie osó moverse mientras las sombras reptaban entre ellos.

Ascendieron por la fachada del edificio y acorralaron a la mujer, que se encogía de puro miedo.

Una oscura silueta se formó junto a Kishur: era Osharan.

Por el cuerpo semidesnudo del Dragón resbalaba una masa negra.

Sus alas estaban formadas por ella, y goteaba hacia el suelo y quemaba la hierba.

Caminó hacia Rory y arrastró con él la bruma que envolvía el patio.

—¡Habías desaparecido! —gritó la mujer con angustia.

Kishur lo comprendió enseguida: Osharan había permanecido oculto todo ese tiempo, esperando el regreso de ese ser. El Dragón se alzó frente a Rory, amenazador.

—Lo has desobedecido —sentenció Trivaz—. No podías intervenir, pero lo has hecho.

—Abandonaste a Muriath, permaneciste dormido demasiado tiempo.

—El miedo era patente en cada palabra, en cada gesto de la mujer—.

Nunca te hemos importado, eres capaz de dejar que el mundo muera sin preocuparte por ello.

Creas y destruyes a tu antojo. —Miró entonces hacia Kishur con los ojos muy abiertos—.

¡Obedeces a alguien que ha convertido tu existencia en un calvario! Y pagarás por ello.

Osharan no se pronunció, pero frunció los labios y dejó escapar un gruñido casi animal. De su brazo derecho escapó una sombra alargada que rodeó el cuello de Rory. Apretó tanto que el rostro de la mujer enrojeció de inmediato. Kishur temió que la matara.

—Ella no tiene la culpa —dijo el dárico, avanzando hasta él.

Kishur se sintió intimidado por el poder que emanaba de Osharan, pero mantuvo la compostura.

Alhanna se dejó caer hasta quedar sentada, sin fuerzas.

Los hajaeks también sucumbieron e hincaron la rodilla; incluso Trivaz se tambaleó unos pasos.

Osharan parecía más furioso que nunca, consumía el aire que los rodeaba.

Apartó las sombras de la mujer y levantó el brazo en su dirección.

Los ojos de Rory se giraron en las cuencas, en las que ahora solo había un blanco impoluto.

Cayó al suelo, inconsciente, y Osharan se giró hacia Kishur.

Toda la bruma y la masa que rodeaban al Dragón comenzaron a ser absorbidas por el cristal que llevaba al cuello. Sus ojos brillaron un instante como un fuego abrasador.

—Cuando estés preparado para marcharte, pronuncia mi nombre. Te conduciré al lado inmortal. —Osharan dio un paso hacia él—. Me acompañarás para matar al Testigo de Muriath e impedir que siga acudiendo a ti.

—Entonces, es real. El ser que usa a los soñadores para hablarme es el Testigo —afirmó Kishur con incredulidad. El Dragón asintió despacio—. Pero según cuentan las historias, no puede morir, su labor nunca debe ser interrumpida.

—Eso lo decido yo —afirmó Osharan.

El dárico sintió esas palabras como una sentencia.

Se dijo que ya tendría tiempo de meditar las repercusiones de que el Testigo fuera real.

Y, sobre todo, su pronta muerte. El Dragón comenzó a caminar mientras su cuerpo se descomponía en miles de diminutas perlas negras.

Pronto, no quedó nada de él allí. Los hajaeks comenzaron a moverse, libres ya de la presión que Osharan ejercía sobre ellos.

—Debiste hablarme de esto. Sabía que el Testigo usaba a los soñadores para trazar el futuro a su antojo, pero ignoraba que hablara contigo a través de ellos.

—El demonio parecía contrariado, molesto por no haberlo sabido—.

Me deshice de los soñadores más poderosos…

Si ahora el Testigo la ha usado a ella para crear nuevos acontecimientos…

—¿Te deshiciste has dicho? —lo interrumpió Alhanna.

—Acabamos con las herramientas que usaba el Testigo para manipular el futuro —dijo el demonio con calma—. Era necesario.

—¿Mataste tú a Shudei? —Alhanna apretó los puños con fuera. Trivaz asintió con la cabeza, y la rabia inundó todos los sentidos de la joven—. ¡Acabaste con su vida! No tenías derecho a hacerlo, ¿por qué no destruiste al Testigo? ¿Y qué fue de Riaku?

—Deberías agradecer lo que hice. Los liberé. —Trivaz se cruzó de brazos.

Alhanna estuvo a punto de lanzarse al cuello del demonio, pero Kishur la agarró del brazo para impedirlo.

—Preocupémonos mejor por Rory, ella sigue con vida y nos necesita.

—Aquello pareció apaciguar un poco a la joven, lo suficiente para desviar su atención—.

Trivaz, será mejor que te marches hasta que llame al Dragón para partir.

A estas alturas, deberías ser capaz de guardar ciertos secretos. Es lo mejor para todos.

—Tus manos están tan manchadas de sangre que ni mil buenas acciones las podrán limpiar jamás. —Ghiro habló a Trivaz con el rostro ensombrecido.

—Es sencillo juzgar lo que desconocéis. Te recuerdo que yo ya existía cuando el Dragón creó la raza de los demonios y de los dáricos.

—Trivaz negó con la cabeza, contrariado—.

La vida y la muerte de los seres mortales no significan gran cosa para mí, ¿por qué debería?

Vuestros lanfes pueden alcanzar el mundo venidero.

Sois unos ignorantes. Ni siquiera sois conscientes de lo afortunados que eso os hace.

Quizá fuera por el tono amargo del demonio al decir aquello, pero tras sus palabras todos guardaron silencio. Se fue, tal como Kishur le había pedido. El dárico gris se preguntó cuándo podría él descansar en el mundo venidero, cuándo lo dejaría ir Osharan.

Creía tener la respuesta. Y no le agradaba.