Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) El Embarcadero
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El Embarcadero

El viaje había sido agotador: la habían obligado a cabalgar casi sin descanso, cambiando los animales en cada oportunidad que tenían.

Estaba cansada, dolorida y necesitaría varias semanas para reponerse.

La incertidumbre y la duda dominaban su cuerpo.

Los dos hajaeks buscaban a toda prisa un barco que la llevara a Marial-Pat.

Ese no era el plan inicial, su intención era tomar un barco a Sílfhades, puesto que la amplitud de la ciudad le permitiría pasar desapercibida.

Pero al llegar al embarcadero habían descubierto la presencia del dárico gris en aquella zona, y su intención de viajar a Marial-Pat. Así que ella lo seguiría.

Si lograban encontrar un barco que fuera a la ciudad, se se pararía de los hajaeks allí mismo. Eso la asustaba, pues jamás había viajado sola.

—Has tomado una mala decisión —le dijo uno de los hajae ks esa misma tarde—. Si la información que tenemos es cierta, la guerra se aproxima a Marial-Pat. Deberías quedarte en Sílfhades, pasarás desapercibida siempre que ocultes las orejas.

—Además, es muy posible que el dárico gris dejara creer a los humanos que va hacia Marial-Pat para engañarlos. —Su compañera estaba de acuerdo con él.

Arrugó el papel que ocultaba bajo la capa: era un mensaje del general de los humanos en el que informaba de la identidad de Kishur.

Sabía que los hajaeks podían estar en lo cierto, pero estaba convencida de hacer lo correcto.

Tenía una pista sobre el paradero de Kishur, y pensaba seguirla, aun a riesgo de que no fuera más que humo.

Hizo una bola con el papel y lo guardó en el bolsillo en el que tenía la cajita de plata.

«No debí entregarle la de Kishur a esa desgraciada», se recordó Litzzia.

Era incapaz de olvidar el rostro de Alhanna y el del ser que había acudido a salvarla.

Ahora ella tenía la caja de bronce con el colgante que el dárico le obse quió.

Y, por muy desafortunado que hubiera sido el regalo, fue todo lo que había tenido de él durante las últimas quince ágaras.

Ahora solo le quedaba rencor y la obstinada idea de encontrarlo.

—¿Quiénes son esos? —Litzzia oyó el susurro cerca de ella.

—Hay demasiados dáricos por aquí últimamente —contestó una mujer.

Litzzia se puso en pie para ver a la pareja, que se alejaba por una de las calles.

Los hajaeks conversaban con el capitán de otro barco, el mismo que cargaban con pesadas cajas.

Caminó hacia ellos dispuesta a dejar de perder el tiempo allí sentada.

El hombre le pareció demasiado joven para dirigir un navío como aquel.

Si bien no era más que un barco de comercio, saltaba a la vista que estaba bien equipado.

Se fijó en los marineros que terminaban de subir los bultos mientras se acercaba.

El capitán y los hajaeks guardaron silencio cuando llegó.

—Supongo que es ella —dijo el hombre, con un deje de desidia.

La observó sin pudor con sus pupilas castañas y mantuvo la expresión taciturna. Tenía una espada de hoja ancha atada a la cintura. Litzzia se sintió incómoda bajo su escrutinio y decidió bajarse la capucha. El cabello rubio le ocultaba de forma deliberada las orejas.

—Tú no eres humana, o no del todo —dedujo el capitán con solo un vistazo—.

Me habíais asegurado que era una chica que huía de su familia.

Este no es un barco para pasajeros: llevo armas a Marial-Pat para venderlas al ejército y necesito llegar antes de que la guerra alcance la ciudad.

No tengo tiempo para perderlo con vuestras mentiras.

—Soy medio humana y medio dárica. En lo concerniente a la huida, es todo cierto. —Litzzia se apartó el pelo.

—Aun así, ya se lo he dicho a ellos; No puedo llevarte —afirmó el capitán—. No aceptamos pasajeros. Además, partimos esta misma noche. Puedes esperar aquí a que otro barco zarpe hacia la ciudad.

—No habrá más barcos —dijo el hajaek—. Con la amenaza de la guerra, el comercio se ralentiza, sois muy pocos los que seguís dispuestos a viajar hacia allí.

El capitán se rascó la nuca y miró a Litzzia de nuevo. Parecía agotado.

—Puedo subir ahora mismo, llevo encima todo lo que necesito. —Litzzia señaló el bulto que llevaba colgado de la espalda—. No saldré de mi camarote, ni siquiera notarás mi presencia. Lo prometo.

—No tengo ganas de hacer de guardaespaldas de una cría.

Algunos hombres rieron, lo cual enojó a Litzzia.

Incluso la dárica sonrió. Todos la tomaban por una niña, inocente y débil, y comenzaba a cansarse.

Con un rápido movimiento, saltó hacia delante y cogió al capitán por sorpresa.

Extrajo una aguja de acero del pantalón y dirigió la punta al cuello del hombre mientras se posicionaba a su espalda. Los dos hajaeks no se movieron.

—¿Qué haces? —preguntó este, alarmado, ante la atenta mirada de los demás.

—Demostrarte que no necesito escolta. Iré a Marial-Pat cueste lo que cueste. No me importa la guerra ni lo que lleves en la bodega. —Litzzia retiró el arma muy despacio y la guardó de nuevo—. Te pagaré bien y no te enterarás de mi presencia.

La dárica le lanzó una bolsa con monedas que el capitán cogió al vuelo. Puso los ojos en blanco. Luego, miró a Litzzia clavando en ella sus ojos marrones.

—Está bien —cedió, para sorpresa de todos—.

Llevar un bulto más en mi barco no será para tanto.

Pero te advierto que si te pasa cualquier cosa la vas a tener que resolver tú sola.

Y nada de armas. —Señaló hacia el pantalón de Litzzia—.

Más te vale no matar a nadie con eso, necesito a toda mi tripulación. Un solo herido y te lanzo por la borda.

El capitán, malhumorado, regresó por el puente sin añadir nada más. Litzzia tragó saliva y espantó los nervios que la invadían. Los dos hajaeks la llevaron a un lado y tuvo que soportar sus agrias miradas. La joven no pensaba ceder.

—Aquí nos separamos. Te repito que es mala idea, no vas a encontrar al dárico gris por mucho que lo busques —le advirtió el hajaek con su oscura mirada—. Pero es tu decisión, nosotros solo debíamos procurar que llegaras aquí a salvo.

—Cuídate en el viaje. Nos veremos en este mundo o en el venidero —la dárica se subió la capucha y aguardó junto a su compañero.

—Nos veremos en este mundo o en el venidero —dijo Litzzia en respuesta.

Los dos escoltas asintieron y comenzaron a alejarse de ella.

La dejaban sola. El nudo en el estómago de la joven le hizo sentir ganas de vomitar.

Las resistió, porque lo último que debía mostrar frente a los humanos era debilidad.

Ella también se puso la capucha. Miró hacia el barco, al que hombres y mujeres subían ya las últimas cajas.

Avistó al capitán observándola desde la barandi lla de cubierta.

Las dudas amenazaron con hacerla cambiar de idea, pero apretó los puños bajo la capa y caminó hacia el navío. Nada le impediría seguir su búsqueda.

Encontraría a Kishur.