Sílfhades #2
Kishur comenzó a alejarse de allí. Eludió las amplias avenidas y se internó entre las calles más estrechas. La gente con la que se cruzaba lo miraban con desconfianza, pero era evidente que estaban acostumbrados a ver a otros dáricos. Que llevara la capucha puesta no parecía importarles.
Entró en la posada por la puerta de atrás.
Se detuvo a escuchar las voces de la sala mientras se quitaba la capa.
Al llegar allí todos guardaron silencio y se giraron para verlo.
Un hombre desgarbado y de barba cana hizo una enorme reverencia ante él.
Alhanna y Rory siguieron sentadas. Eltsay fue hacia la ventana.
—Vino a ofrecernos su ayuda después de que os fuerais —comenzó a explicar Mayara mientras se ponía en pie—. Es comerciante de telas, y los escáreas lo detuvieron cuando regresaba de Cimeag. Dos hajaeks lograron liberarlo y lo escoltaron hasta aquí.
—Por fortuna, había vendido todo mi cargamento —dijo el hombre, enderezando la espalda y abriendo los ojos para mirar a Kishur con atención—. Entonces, es cierto.
La afirmación quedó en el aire. ¿Qué era cierto? Fue sencillo leerlo en su rostro: conocía su identidad. Kishur respiró despacio, haciendo acopio de paciencia. Si Mayara había desvelado su presencia, debía ser por una buena razón.
—¿Y en qué puedes ayudarnos? —preguntó al fin Kishur.
—Mi esposa es sastre, y yo aprendí a tomar medidas.
Lo haré y le pediré que os confeccione las ropas que me describáis.
Ni ella ni nuestros trabajadores sabrán para qué dárico son.
—El comerciante hablaba deprisa, nervioso—.
Cuando aquellos soldados de capas rojas me apresaron, pensé que iban a matarme.
Los jóvenes que me liberaron no aceptaron nada a cambio, pero yo me siento en deuda.
—Está bien, te agradezco el ofrecimiento —dijo, sin necesidad de pensarlo.
Las noticias que le relataban comenzaban a inquietarle. El ejército siempre había sido una única familia, hermética y unida. Conocer que algunos abandonaban su hogar, su misión, e incluso que vendían sus armas, era descorazonador. Permitió que el hombre tomara sus medidas y las de los otros.
—Ha sido toda una sorpresa descubrir quién eres en realidad —murmuró Rory al llegar a su lado—. Y yo pensando que podrías dedicarte a ser cantante cuando perteneces en realidad a la realeza…
Ella lo miró a los ojos y Kishur se sintió incómodo.
Rory tenía un extraño efecto en todos ellos; incluso en Alhanna, que parecía haberle tomado cariño.
Quizá fuera su amabilidad, o la naturalidad con que afrontaba las cosas por muy difíciles que fueran.
El dárico no recordaba haberla visto desanimada en ningún momento.
—No puedes venir con nosotros —le dijo Kishur entonces.
—Eso ya lo sé. Sin embargo, espero que sepas despedirte de mí. —Sus palabras sonaron a amenaza.
Kishur se sintió tentado de aceptar su sugerencia, de tomar a la mujer en brazos y llevarla a su habitación en ese instante.
Al fijarse en los demás, encontró a Eltsay con una ceja alzada y a Alhanna sonriendo con diversión.
Les lanzó una hosca mirada. Rory parecía no haber aprendido nada sobre ellos.
¿Acaso no le importaba que todos pudieran escucharla?
La noche les trajo calma, quebrada tan solo por las pisadas que recorrían los alrededores del edificio.
Rory salió a la terraza con dos tazas de té humeante y se sentó junto a Alhanna.
La joven tenía la mirada perdida en las estrellas.
Tardó un poco en percatarse de la presencia de la mujer y en aceptar la bebida.
Rory observó con calma cada resquicio de su rostro.
—Me intrigas mucho, ¿sabes? —le confesó a Alhanna—.
Me dijiste que eres un ser inmortal, pero tienes el aspecto de una simple humana.
Bueno, hasta que de pronto cambias de humor como si dentro de ti convergieran dos seres.
Incluso lo haces en sueños, a veces pareces asustada y otras me das miedo. Hablas y te mueves demasiado al dormir.
—Kishur dice lo mismo —sonrió ella.
—Y me he percatado de la forma en la que miras a ese ser tenebroso. Me refiero al Dragón —acabó la frase susurrando cerca de ella—. ¿Me cuentas qué significa para ti?
Alhanna bebió un poco de té y encogió las piernas. Tardó en contestar.
—No estoy segura. Despertó algo en mi interior la primera vez que lo tuve delante, hizo que todo mi ser ardiera.
Y no es simple deseo, sino algo más apremiante.
Cuando lo tengo cerca anhelo tocarlo, sentir su poder…
—Alhanna sonrió con tristeza y bebió de nuevo para ocultarla—. Me cuesta controlarme en su presencia.
—¿No estás furiosa porque destruyera tu tatuaje y te quitara tu lanfe? —preguntó Rory con curiosidad.
—Una parte de mí lo está; la otra agradece dejar de tener tanta hambre y miedo a hacer daño a quienes amo. —Ladeó la cabeza para contemplar a Rory mejor.
La mujer la rodeó con su brazo y le dio un beso en la frente. Alhanna rio.
—Hay algo que me gustaría contarte, Alhanna.
—Se separó un poco de ella para poder mirarla a los ojos—.
La primera noche que pasasteis en mi pueblo, tuve un sueño sobre Kishur.
Acudí a su habitación para contárselo, pero no quiso escucharme.
Fue extraño, porque percibí que esa visión entraba en mi mente a la fuerza.
Yo… —Rory se masajeó las sienes ante el silencio de Alhanna que la escuchaba atenta—.
Soñé con una sala majestuosa, rodeada de columnas de mármol gris y culminada por una cúpula de cristal.
Vi a alguien sentado en un trono cubierto de sombras.
Alrededor había docenas de figuras hechas de humo, pero todas eran altísimas.
El dárico estaba arrodillado frente al trono, con las manos encadenadas.
Recuerdo su largo cabello plateado cayendo por sus hombros.
Me pareció tan hermoso como irreal. Sentí una profunda tristeza y lágrimas en mis ojos.
Alguien me agarraba de los brazos. Oí cómo susurraban un nombre: Litzzia.
Alhanna tenía el pulso acelerado. Acababa de describirle el trono de Alviat, frente al cual había visto a Ádria y Mayara encadenados.
Y conocía bien el nombre de Litzzia. Cerró los puños para ocultar el temblor de las manos.
La joven oyó los pasos que se dirigían hacia ellas desde el otro lado del jardín.
Iba a avisar a Rory cuando Kishur las sorprendió al salir de la posada con la espada en la mano.
¿Cuánto tiempo llevaba el dárico allí y cuánto habría oído de su conversación?
Cuatro encapuchados irrumpieron entonces en la terraza.
—Entrad las dos enseguida —les ordenó Kishur.
Eltsay y Mayara aparecieron por ambos flancos de la posada.
¿Ellos también las habían oído? Los humanos dudaron al verse rodeados de forma tan inesperada, debían pensar que Alhanna y Rory eran las únicas allí.
Otros dos hombres aparecieron por el mismo lugar, armados y con los rostros velados con fulares.
—Solo queremos a la endómica —dijo uno de ellos.
—Bien. Venid a por ella —los invitó Kishur.
Al parecer, el posadero no había sido tan discreto como les había prometido. Trivaz aguardó dentro; tomar parte en esa escaramuza no le interesaba en absoluto. Kishur corrió al encuentro con los humanos, dispuesto a matarlos él mismo.