Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Sílfhades
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Sílfhades

El sol comenzó a cubrirse de nubes grises, ensombreciendo el paraje.

Kishur observó a Alhanna: le era difícil mantener el secreto que le había revelado Trivaz.

Apenas había logrado dormir desde entonces.

¿Cómo le afectaría descubrir que era la reencarnación de Khaleria?

Estuvo tentado de confesarle lo que sabía, pero el sonido de unas pisadas sobre la hierba le arrebató el momento.

Al volver la vista, comprobó que se trataba de Trivaz.

—Has vuelto. —El dárico se mostró aliviado—. Tal como desapareciste aquella noche no estaba seguro de si lo harías. —Trivaz miró de forma fugaz a Alhanna—. No he compartido nuestra conversación, si es lo que te preocupa.

—Solo me sorprende. —El demonio se encogió de hombros.

Alhanna arrugó el ceño, pero no preguntó.

Cualquier cosa relacionada con Trivaz la ponía de los nervios.

Levantó la cabeza y respiró profundamente.

El cielo se teñía con los colores del atardecer.

Entonces, el firmamento comenzó a cambiar para dar paso a una densa capa de bruma tenebrosa.

Una infinita telaraña violácea la recorría.

Supo que estaba contemplando una poderosa cantidad de energía.

Alhanna abrió mucho los ojos, como si no quisiera perderse ningún detalle de aquel entramado que parecía formar el techo del mundo.

Se sintió completamente atraída hacia la desbordante energía.

—¿Eso que veo es la Jistar? —preguntó sin bajar la cabeza, ensimismada.

—¡Aparta la vista! —la abrupta orden de Trivaz la sobresaltó.

El demonio había dado dos largas zancadas para sacudirla por los hombros—.

Evita contemplar la barrera, el poder que emana de ella es hipnótico y puede parecer inofensivo, pero no lo es.

Querrás tocarlo, querrás sentirlo, y cuando recuperes toda tu capacidad, querrás devorarlo.

La joven sintió escalofríos. Se apartó de Trivaz y se sacudió los brazos.

Iba a decirle que no distaba mucho de lo que percibía al ver a Osharan, pero prefirió no ahondar en ello.

Que la barrera hubiera sido creada por el Dragón era inquietante.

Kishur la miró con preocupación y decidió fingir indiferencia para tranquilizarlo.

Tomó asiento lejos de ellos dos y se mantuvo ajena a la conversación entre el dárico y el demonio.

Cuando llegó la noche, los tres se encaminaron hacia la ciudad.

Eltsay había ido a buscarlos para indicarles el camino.

Rodearon Sílfhades hasta dar con el punto exacto de la muralla por el que debían subir.

Era la parte más alta. Les arrojaron una cuerda desde lo alto mientras el hajaek desaparecía en la oscuridad de la noche.

El primero en ascender fue Trivaz, y lo hizo sin esfuerzo, como si pudiera caminar por la pared de piedra.

Alhanna, incapaz de escalar el muro, subió aferrada a Kishur.

El dárico lo hizo con una fuerza que la impresionó; al observarlo parecía algo sencillo.

Ádria los esperaba arriba. Tiraron la cuerda hacia el otro lado y descendieron con la misma agilidad.

Algunos árboles raquíticos crecían junto a la muralla.

El suelo encharcado olía mal y había paja amontonada a su alrededor.

—El posadero nos ha dado su palabra de mantener vuestra presencia en secreto —comenzó a explicar Ádria en voz baja—.

Ha cerrado la posada para nosotros porque los humanos comenzaron a abarrotarla preguntando sobre vos y sobre Alhanna.

La guardia vino a interrogarnos, traían su retrato.

—Ádria miró a la joven—. Ghiro se encargó de ellos.

—Maldito general… —masculló Kishur.

Entraron en el edificio por la puerta trasera.

Los demás aguardaban en el salón ya con la cena en la mesa.

Eltsay regresó poco después confirmando que varios grupos de hombres merodeaban por la zona.

Deberían ser cuidadosos. Rory se ofreció a conseguir ropas para Alhanna y evitar así que la joven tuviera que abandonar el local.

Cuando se marcharan de la ciudad, la mujer emprendería la búsqueda de su padre; mientras tanto, se quedaría con ellos.

Kishur fue el primero en ir a su habitación, los dejó bebiendo té mientras Mayara y Ádria hacían guardia en la calle.

Cuando entró en la estancia aspiró el dulce aroma de las rosas blancas que decoraban la mesa central.

Se deshizo de las armas y se quitó la chaqueta y la camisa.

Abrió un poco la ventana y tomó asiento en el colchón, notando cómo se hundía bajo su peso.

Oyó el maullido de un par de gatos, pasos sigilosos que se perdían en la distancia y el aullido del viento entre los árboles del patio.

Era una noche agradable. Pero había algo más, por mucho que no supiera decir el qué.

Se incorporó con rapidez y miró por la ventana.

Había alguien allí fuera, vislumbró una figura menuda de cabello azabache.

Parecía una chica joven, pero desprendía un aura inquietante.

Ella observaba la posada con calma. Caminó unos pasos y dejó un charco de agua justo en el lugar en el que había permanecido.

Kishur sintió que el aire se volvía más pesado a su alrededor.

La joven alzó la cabeza hacia él y quedó atrapado en su mirada.

«Por fin nos conocemos, dárico gris», oyó la dulce voz en su mente.

La puerta de la habitación se abrió de golpe y Trivaz acudió a su lado.

—Es Gaelos —susurró el demonio, con el rostro ensombrecido—. Ya te advertí que vendrían a buscarla. Se han dado más prisa de lo que esperaba.

Al mirar de nuevo por la ventana, ella ya no estaba. Recogió la espada y abandonó la estancia a toda prisa. Cruzó el pasillo hasta la habitación de Alhanna y entró sin llamar. La encontró sentada junto a Rory, ambas riendo y conversando. Las dos se asustaron al verlo.

—¿Hay algún problema? —preguntó Alhanna al fijarse en el arma.

—Puede. Esta noche dormirás conmigo para asegurarme. —Luego, miró a Rory—. Tú ve a la habitación de Mayara y no vuelvas aquí en toda la noche.

No se opusieron. Alhanna siguió a Kishur de regreso a su estancia. Trivaz ya no estaba allí. La joven se sentó en la cama y lo observó con atención. El dárico se puso la camisa y se dejó caer en el sillón. Colocó la espada sobre su regazo.

—¿Vas a dormir ahí? —quiso saber ella.

—La cama es demasiado pequeña —se limitó a decir Kishur—. Lo lamento si te he asustado, no confío en los humanos, solo quiero asegurarme de que no hay peligro.

—Voy a fingir que te creo —dijo ella mientras se recostaba—.

Pero también has echado a Rory de la habitación.

Deberías cuidarte más de tus acciones frente a ella.

Tu súbita aparición medio desnudo y espada en mano me hace pensar que solo querías impresionarla.

A menos que exista un verdadero peligro y no quieras contármelo.

—Nunca he necesitado impresionar a nadie. —Se recostó en el sillón.

Alhanna rio con ganas y luego se dio la vuelta para mirar hacia la pared.

La habitación acogió las respiraciones de ambos en silencio.

Kishur sintió que lo hacían al unísono, como si estuvieran unidos por un mismo corazón.

Observó el cabello castaño de ella y trató de imaginarla como Khaleria, la diosa del tiempo y de la muerte.

Ahora entendía un poco mejor por qué su poder se descontrolaba: era como intentar mantener agua en una tinaja rota, pues Alhanna había muerto al llegar a Asthaluss.

El tatuaje era lo único que había mantenido su existencia, impidiendo que se desprendiera de su lanfe.

Se preguntó si Gaelos seguiría merodeando cerca del edificio.

El posadero les había recomendado una herrería.

Kishur no terminaba de confiar en él, había podido ver en su rostro que era ambicioso.

¿Cuánto tiempo mantendría su presencia allí en secreto?

El robusto edificio se encontraba al otro lado de la ciudad, así que tuvieron que atravesar Sílfhades con los rostros cubiertos por las capuchas.

—¿Qué os parecen? —preguntó el fornido hombre frente a ellos.

Kishur observaba las armas expuestas sobre la mesa. Cogió un cuchillo largo y lo giró varias veces en su mano. Era más ligero de los que estaba acostumbrado a usar. Las espadas tampoco agradaban a Ghiro, eran todas de hoja ancha. Allí no encontrarían nada acorde a sus gustos y necesidades.

—Bueno, si os interesa algo más concreto…

—comenzó a decir el herrero mientras se inclinaba sobre la mesa—.

No puedo prometeros nada, pero quizás os consiga algún arma de acero dárico.

Desde hace un tiempo llegan dáricos a nuestra ciudad, como vosotros.

Venden armas a cambio de caballos y provisiones.

—¿Es algo habitual? —lo interrogó el anciano.

—Cada semana. Se dice que algunos son desertores del ejército. —El silencio de los dáricos incomodó al hombre—. Puedo preguntar a un buen amigo, aunque, si tiene alguna espada dárica, pedirá un alto precio por ella.

—Qué así sea —contestó Kishur, cortante.

El hombre asintió. Kishur le hizo una señal a Ghiro y ambos salieron un momento a la calle. Agradecieron el fresco aire matutino.

—Quédate y averigua si hay alguna espada de acero dárico. —Kishur se colocó bien la capucha—. Me preocupa lo que ha contado. Si hay hajaeks desertando del ejército la situación es mucho peor de lo que pensábamos.

—No solo desertando, sino también vendiendo sus armas. —El anciano había enrojecido por la rabia—. ¡Es inaudito! Un hajaek jamás se desprende de su espada.

—Le pediré a Ádria que recorra las herrerías para buscar otras. —Sonrió al recordar que usaban el pase de Shudei—. Los Hal van a odiarme más que nunca cuando descubran todo el dinero que vamos a derrochar en su nombre.