El Embarcadero
Oyó los pasos de alguien que se acercaba a él. Kishur volvió el rostro para mirar a Rory. Portaba una lámpara de aceite que iluminaba sus delicadas facciones.
—Hace mucho frío aquí fuera —dijo la mujer con preocupación—. Deberías estar celebrando el regreso de tu hajaek. ¿Por qué te aíslas de los demás?
—¿Y tú por qué has salido? —Alzó una ceja, inquisitivo.
—Supongo que he sentido un poco de compasión al verte aquí tan solo.
—La mujer se colocó el chal sobre los hombros e ignoró el bufido del dárico—.
Es curioso, cuando te oí cantar en mi pueblo para detener a Alhanna pensé que era tu oficio.
Era imposible imaginar otra cosa con esa voz tan bella, cada vez que lo recuerdo se me pone la piel de gallina.
—Ignoró los ojos entrecerrados de Kishur, parecía incómodo—.
Sin embargo, resulta que eres un gran guerrero, aunque intuyo que hay mucho más.
—No comprendo a dónde quieres llegar —dijo él con desconfianza.
—Es una lástima que el mundo se pierda tu voz y conozca solo el manejo de tu espada —concluyó ella.
El comentario hizo reír a Kishur. Era extraño que la compañía y la conversación con la mujer comenzaran a relajarle tanto. Rory tenía algo que la hacía especial.
—Eres un embaucador, aunque no seas consciente de ello —lo acusó.
—¿Y vas a explicarme la razón? —El dárico sonrió, curioso.
—Ningún hombre ha logrado captar mi atención por más de una noche. Siempre acaban aburriéndome, y muy pocos han podido satisfacerme. Pero una simple sonrisa tuya me acelera el corazón. —Se llevó la mano al pecho mientras sus mejillas se teñían de un rojo intenso—. Voy a sufrir cuando nos separemos.
—No tienes motivos para hacerlo —le aseguró Kishur.
—Soy yo quien decide eso, no tú —dijo con contundencia.
Le sorprendió la fuerza que emanaba de Rory.
Kishur observó sus labios húmedos, el camino que partía de ellos recorriendo su cuello hacia su clavícula expuesta, la piel del escote que asomaba por la camisa.
Cerró los ojos un momento mientras se reprendía por mirarla de esa forma.
La mujer se marchó en silencio dando la conversación por finalizada.
Él aguardaría un poco más allí fuera. Buscó la caja de plata de forma inconsciente y gruñó al recordar que ya no la tenía.
Poco después, lo sacudió una sensación de pesadumbre, y Kishur se separó de la pared para revisar su entorno.
No sabía de dónde procedía aquella angustia, pero estaba a su alrededor.
Le llegó entonces el eco de un lamento, y se encaminó hacia el patio interior de la posada.
Reconoció enseguida a Trivaz junto al pozo, sentado sobre un charco de sangre.
Le faltaba un brazo y tenía la ropa desgarrada.
Numerosos cortes cubrían su rostro amoratado e hinchado. El dárico corrió hacia él.
—¿Qué te ha ocurrido? —Kishur se acuclilló y lo revisó con preocupación.
Las pupilas de Trivaz se quedaron fijas en el dárico. Su rostro estaba deformado en una mueca torturada.
—Cada vez me resulta más difícil regenerar mi cuerpo, ya no soy más que una sombra de quien antes fui.
Y ellos lo han descubierto. —Su voz denotaba cansancio y pesar—.
Ni siquiera entiendo por qué he venido a ti, no puedes ayudarme.
Pero te dije que volvería. —Trivaz se agarraba el muñón sanguinolento—.
Ahora debes cuidarte más que nunca de Lumiatz, Gaelos y Shanarás, pues conocen el secreto.
—¿Ellos te han hecho esto? —Kishur miró sus heridas horrorizado.
—Sí, me han obligado a contarles la verdad sobre Khaleria. Cuando el Dragón lo descubra… —Apretó los dientes con fuerza—. Ya me despojó de casi todo mi poder en el pasado, puede que ahora destruya mi existencia.
Kishur lamentaba ver al demonio tan derrotado, era evidente que el miedo lo atravesaba como una espada. Se fijó en que los cortes del vientre y del pecho tardaban en cerrarse. ¿Y si no era capaz de recuperarse? ¿Era posible?
—Conozco ese secreto que ha condenado tu vida —dijo Kishur dejando a Trivaz perplejo y sin palabras—. Cuando le arrebató el lanfe a Alhanna me hizo presenciar el momento en el que enviaba a Khaleria a Asthaluss.
—Todos creen que murió devorada por el Dragón, que desapareció junto a la raza elda.
—Trivaz tomó aire despacio, le costaba respirar—.
La muy necia usó a Egoresa para destruir los lanfes que consideraba corruptos, creyó que de ese modo aliviaría la carga del Juez, de Hagnak.
Jamás comprendí porqué razón lo hizo, pues nunca mostró cariño alguno por su hijo.
Cada vez que Hagnak trató de buscar la atención de Khaleria solo recibió rechazo por su parte.
La diosa de la muerte y el tiempo no sabía amar.
—Quizá sí supiera amar, pero desconociera cómo demostrarlo —comentó Kishur, sin poder evitar pensar en Alhanna y en el cariño que mostraba hacia él—. ¿Qué ocurrió para que el Dragón la castigara con el destierro?
—Hagnak desapareció por su culpa. Nadie ha vuelto a verlo ni ha logrado llegar hasta él.
Su mundo no está a nuestro alcance, ni siquiera al del Dragón.
—Comenzó a toser y sus dientes y labios se mancharon de sangre—.
Hay demasiados secretos, Raehlan. Somos muy pocos los que conocemos la verdad sobre el final de Khaleria, y teníamos prohibido revelarlo.
Perdió el control sobre Egoresa y esta persiguió a la diosa largo tiempo, consumiendo su lanfe en cada encuentro.
Hasta que el Dragón encontró al fin a Khaleria convertida en despojos.
—Agarró el brazo del dárico con la mano cubierta de sangre y lo atrajo un poco hacia él, casi con desesperación—.
Al final fue clemente con ella. Usó el Lashvaeg para enviarla a Asthaluss y la sentenció a nacer como una simple humana.
El dárico sentía una ansiedad que oprimía su pecho. Alhanna no solo era la reencarnación de Khaleria, sino que había sido la responsable de la desaparición de su propio hijo, del Juez. Trivaz lo soltó y Kishur se incorporó de inmediato.
—Alhanna no debe saberlo —fue cuanto dijo Kishur—. De descubrirlo, no estoy seguro de si sería capaz de reponerse. Debemos ocultárselo mientras nos sea posible.
—Me temo que no tardará en averiguarlo, pues los dioses vendrán a buscarla ahora que saben la verdad.
Los tres se han unido por primera vez en la historia, y querrán a su hermana con ellos.
—Trivaz echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en la piedra del pozo—.
No es el único secreto que han obtenido de mí.
—Kishur le lanzó una mirada inquisitiva—. Les revelé el paradero de Hagnak.
Trivaz comenzó a desvanecerse frente a Kishur, como si estuviera hecho de humo. Este rodeó primero sus piernas y ascendió con rapidez por todo su cuerpo. Sus ojos miraron alarmados al dárico.
—¿Qué te sucede? —le preguntó Kishur.
—No lo sé, Raehlan… —dijo con la voz llena de temor.
Tras pronunciar aquel nombre, el demonio desapareció por completo.
Kishur se agachó para comprobar que la sangre que momentos antes manchaba el suelo también se había consumido.
Temió que Trivaz no regresara nunca, que la escena que acababa de presenciar fuera la muerte del demonio. ¿Habría sido Osharan?
El mundo le pareció más extraño y peligroso que nunca.
Trivaz apareció frente al mar. Las olas alcanzaban sus pies, espumándose en la orilla.
El demonio ya no se sentía enfermo, notaba su cuerpo restaurado.
Incluso tenía el brazo que Lumiatz le había arrancado.
El sol lo cegaba un poco, era demasiado brillante.
Allí no existía el dolor, solo una insondable paz que recorría cada parte de su ser.
Los acantilados se recortaban a su espalda, y la arena impoluta se perdía a lo lejos.
Su corazón palpitaba con fuerza. Reconocía aquel maravilloso lugar, lo había visitado un sinfín de veces en el pasado.
Hagnak lo había arrastrado sin su permiso todas ellas, pero era la primera vez que pisaba la playa del Juez desde su desaparición.
¿Cómo era posible? Sintió un gran regocijo por volver.
Trivaz giró sobre sus pies, contemplando con gran emoción cada duna, cada acantilado, cada roca. Era el mundo de Hagnak.
Su mente viajó en el tiempo para recordar la primera vez que estuvo allí. El Juez se quedó en la orilla de espaldas a él, los pies hundidos en la arena.
—¿Qué es esta playa? —preguntó Trivaz con curiosidad—. ¿Y cómo he llegado aquí?
—Te he traído yo. He creado este mundo solo para mí. Ni siquiera mi padre podrá encontrarlo y, si llega a hacerlo alguna vez, no podrá hacerse con él. —Abrió los brazos como si quisiera abarcar el espacio con sus manos—. Todo cuanto ves es mi lanfe.
Trivaz se sintió cohibido por la envergadura de semejante creación.
—Tu poder es tan asombroso… —murmuró con admiración—. Dime, ¿para qué necesitabas un lugar como este? Tu padre te ha entregado Muriath, eres dueño del mundo.
—Muriath me agota a veces. Esas voces suplicando mi ayuda, los llantos que me piden perdón, los que gritan clamando justicia.
—Hagnak se acarició una de las orejas acabadas en punta—.
Todos me imploran atención, y yo necesito un rincón donde reine el silencio.
También me facilitará mi labor. Es más sencillo traer aquí a los seres que debo juzgar que perseguirlos por el mundo.
—¿Y para qué me has hecho venir? —quiso saber Trivaz.
—Tenemos que conversar acerca de algo crucial para ti.
Mi padre te entregó a mí para que fueras mi siervo, pero te considero mucho más que eso: eres un amigo, y me preocupa tu bienestar —El tono cálido de Hagnak conmovió al demonio—.
Dime, Trivaz: ¿no estás agotado del conflicto que hay en tu interior?
¿De luchar contigo mismo? —Se volvió para mirarlo, tenía una daga plateada en la mano—.
Tu mente está dividida en dos identidades que sienten y piensan de un modo distinto.
La que quiere obedecer y la que desea revelarse, la que ama y la que odia.
—Le lanzó el cuchillo a las manos—. Deja de luchar.
—A veces pienso en partir mi corazón en dos y acabar con esta tortura —admitió el demonio con el frío acero entre las manos.
—Pues hazlo entonces —lo animó Hagnak—. Yo te ayudaré a hacer que de él nazcan dos como tú, uno por cada mitad. Eso te liberará de tu pesar.
El recuerdo se esfumó de pronto, y Trivaz regresó al presente.
Se llevó la mano al pecho al pensar en aquel instante, cuando se dividió en dos seres.
Fue gracias a Hagnak, su señor. Ojalá le hubiera dicho cuánto le importaba en aquel momento.
Trivaz lo habría dado todo por él. Se sentó en la arena y dejó que el agua mojara sus pantalones.
Creyó que Hagnak aparecería en cualquier momento, y esa vana esperanza era más atroz de lo que imaginaba, pues el Juez no estaba en esa playa, era imposible.
Pero entonces, ¿quién lo había arrastrado hasta allí?
Tan solo Hagnak tenía el control sobre ese mundo y decidía quién entraba y quién salía de él.
Desde su desaparición, aquel lugar había quedado a la deriva, abocado al abandono y al olvido.
Se preguntó si cabía la posibilidad de que una parte del Juez permaneciera allí, algo más que la pura energía de su lanfe.
Su cuerpo comenzó a desaparecer de nuevo, y contempló cómo sus manos se deshacían. La playa lo expulsaba.
—¡Hagnak! —gritó Trivaz con apremio—. ¿Estás aquí? ¡Necesito saberlo!
Creyó ver una silueta frente a una de las cuevas, pero fue tan fugaz que solo podía ser producto de su imaginación y del férreo deseo de ver al que una vez fue su señor.
Un instante después, Trivaz reapareció en el patio de la posada donde había estado junto al dárico gris. Acababa de aflorar en él una esperanza: quizás Hagnak no se había ido del todo.