Cadarsia
Lumiatz detuvo su deambular. Shanarás y ella habían escuchado con atención a Gaelos, que les traía información valiosa sobre Trivaz. Los tres estaban furiosos.
—Así que tiempo atrás ambos Trivaz dejaron de ser tan poderosos como antaño. Nos engañaron con facilidad, lo ocultaron muy bien. —Shanarás apretó el ala del sombrero con rabia—. Todas estas ágaras les hemos temido sin necesidad.
—El vigía de la barrera me obligó a ayudarlo en sus planes y me distrajo de mi verdadero objetivo durante mucho tiempo.
Me humilló. —Lumiatz estaba frenética, agarraba con los dedos engarfiados la falda del vestido—.
Con él ya no podemos resarcirnos, está muerto.
Pero no podemos dejar esta afrenta sin castigo. Su hermano sigue con vida.
—¿Y qué pretendes? ¿Matarlo? —Shanarás dejó el sombrero a un lado.
—Estoy cansada de tantas mentiras y secretos. Podemos someterlo a nuestra voluntad y sonsacarle todo lo que sabe. —Lumiatz se apartó un mechón de pelo que le tapaba el ojo—. Es momento de recordarle quiénes somos.
—Antes de venir aquí fui a verle, le dije que necesitamos su consejo y me aseguró que acudiría —dijo Gaelos con aire distraído, encerrada en sus propias cavilaciones.
Gaelos seguía preocupada por el otro ser inmortal que acompañaba al dárico gris.
Sus hermanos creían imposible que se tratara del Dragón, pero ella no estaba convencida.
Espiar a Trivaz durante ese tiempo había dado sus frutos.
Recordó cuando el vigía la hizo llamar y acudió a ese mismo lugar.
Pensó en el miedo que le había tenido al demonio, un temor que ahora sabía injustificado.
—Quiero saber qué hicieron con su poder, qué les pasó —murmuró Shanarás.
Pronto lo descubrirían. Lumiatz se detuvo junto a un viejo roble que hedía a madera podrida y cuyas pocas hojas estaban resecas.
Respiró profundamente, necesitaba tranquilizarse o despedazaría al demonio en cuanto llegara.
No le importaba hacerlo, no merecía menos.
Sin embargo, antes quería que respondiera a algunas preguntas.
Lumiatz captó la emanación de poder frente a ella y, antes de abrir los ojos siquiera, supo que Trivaz acababa de llegar.
El demonio apareció en el centro de la plaza. Los observó con suficiencia y una marcada sonrisa en los labios. Shanarás y Gaelos se acercaron también, y quedó prácticamente rodeado.
—¿Para qué me habéis hecho venir? —Trivaz revisó su entorno con calma.
—Tenemos algunas preguntas que hacerte —respondió Shanarás—. Me gustaría que comenzaras por contarnos qué le pasó a tu poder.
El tono calmado del dragón blanco puso al demonio en alerta.
Lumiatz recordó entonces todas aquellas ocasiones en las que el otro Trivaz la había hostigado para que lo ayudara en su plan de derribar la barrera.
La piel le quemaba de pura ira. Ansiaba tomar su verdadera forma y destrozar al demonio, desmembrarlo de nuevo cada vez que se regenerara.
La dama roja convirtió sus manos en garras, sus ojos ardieron y el viento agitó sus ropas.
Trivaz se giró hacia ella y sus pupilas color ámbar reflejaron terror.
Se lanzó hacia él y desgarró su abdomen.
Shanarás y Gaelos cerraron el cerco para impedir que Trivaz escapara.
Crearon entre los tres una fuerte barrera con aire y lo encerraron en ella.
El demonio retrocedió unos pasos para alejarse de Lumiatz, y levantó el brazo con la intención de abrir una brecha, pero no se lo permitieron.
La dama roja usó su poder para golpearlo con un fuerte remolino.
Trivaz rodó por el suelo, jadeante. Al tratar de incorporarse, la dama cercenó sus muslos casi hasta el hueso y lo obligó a postrarse de rodillas. Lo agarró con fuerza del rubio cabello y le echó la cabeza un poco hacia atrás. Rozó el cuello del demonio con uno de sus afilados dedos.
—No podéis acabar conmigo tan fácilmente —masculló Trivaz soportando el dolor lacerante de sus heridas abiertas. La sangre comenzó a empapar sus ropas.
—¿Piensas que queremos matarte? No seas necio.
—Lumiatz soltó una sonrisita burlona—. Muerto no nos sirves de nada, queremos que respondas a nuestras preguntas.
—La diosa arañó la pálida piel y un hilillo de sangre descendió por la garganta de Trivaz—.
Sé que detestas el dolor, y podemos provocarte mucho.
Lumiatz tiró con fuerza del pelo y Trivaz apretó los dientes para no gemir.
—¿Cómo perdisteis vuestro poder? —Shanarás se acercó a ellos con parsimonia.
—Nos lo arrebató el Dragón Negro como castigo por haberle traicionado. —Los labios de Trivaz estaban manchados de sangre, que comenzaba a deslizarse por las comisuras de su boca—. Igual que hará con vosotros si os entrometéis en sus planes.
—Queremos saber qué ocurrió con Hagnak. —Gaelos titubeó ante la mirada ominosa que le lanzó Trivaz—. ¿Dónde está? Porque creemos que sigue con vida.
No contestó. Observó con desdén a los dioses sin importarle que su atrevimiento pudiera ponerlo en peligro.
Sabía que sería una larga noche: ahora que habían descubierto su mayor secreto estaba a merced de ellos tres.
Lumiatz alejó los afilados dedos de su cuello y Trivaz aprovechó para zafarse de su agarre, dispuesto a abrir una brecha para escapar.
Los dioses lo impidieron de nuevo. Usaron el aire como si crearan cuerdas invisibles para capturarlo y lanzarlo contra el suelo. Lo golpearon una y otra vez, de forma brutal. Su cuerpo se quebraba con cada embestida.
Intentó incorporarse en varias ocasiones, incluso levantar un escudo entre ellos, pero su poder era insignificante en comparación con el de los dioses.
Lo aprisionaron y retorcieron sus extremidades.
Volvieron a doblegarlo de rodillas. Trivaz se atragantaba con su propia sangre, tenía la piel destrozada bajo la ropa hecha jirones.
—¡Tú sabes lo que ocurrió! —gritó Trivaz acusando a Gaelos—. Estuviste allí, justo en el momento en que Khaleria amenazaba con devorar a Hagnak. Y pudiste intervenir, incluso clamar la ayuda del Dragón. Pero, te marchaste. ¡Fuiste una cobarde!
Lo golpearon con fuerza en la espalda, y el demonio se quedó sin aire un instante.
—Eso ya lo sabemos, nuestra hermana nos lo contó todo hace poco.
—Lumiatz se inclinó para hablarle cerca del oído—.
Podemos oler al dárico gris, podemos percibirlo en tu piel.
Nos preguntamos qué tiene de especial para que acapare la atención del Dragón, para que él lo haya nombrado su nuevo Guerrero.
Al igual que la maldita humana de Asthaluss, ¿por qué ella es la elegida para esgrimir el poder de Zahel?
Trivaz comenzó a reír a carcajadas. Lo soltaron y permitieron que se enderezara.
Las heridas tardaban en cerrarse; la del vientre seguía abierta casi por completo.
El demonio los miró con rabia e impotencia y unas terribles ganas de destruirlos.
Pero no podía, ya no. Convirtió su mano derecha en una garra y atacó a Gaelos salvajemente.
Sus hermanos se abalanzaron hacia él, no antes de que el demonio lograra herir a la diosa en el pecho.
Shanarás lo agarró del cuello y Lumiatz del brazo que acababa de manchar con la sangre de Gaelos.
La dama roja tiró con tanta fuerza que le arrancó la extremidad a la altura del hombro. Trivaz se rompió en un alarido.
La sangre emanó de la herida como un torrente.
Volvieron a someterlo haciendo uso del aire para que no se moviera. Trivaz jadeaba agotado, el dolor atravesaba cada rincón de su mente. Sin embargo, Gaelos permanecía tranquila, cubriendo los cortes de su pecho con sus manos.
—Pagaréis por esto —masculló el demonio sin resuello.
—Dinos qué ocurrió con Hagnak y Khaleria y seremos clementes —dijo Shanarás. Trivaz sonrió, pues sabía que el dios era un mentiroso patológico.
La dama roja volvió a tirarle del pelo para que levantara la cabeza.
—Khaleria usó el poder de Egoresa para devorar y Hagnak la descubrió.
Fue la culpable de su desaparición. —Trivaz tragó saliva con dificultad—.
Egoresa escapó de su control y, ansiosa por alimentarse del lanfe de Khaleria, la persiguió largo tiempo, hasta que acudió suplicante al Dragón para que la salvara.
—Y la devoró. Eso lo sabemos —apuntó Shanarás, molesto.
—No. —Le costaba respirar y hablar, necesitaba toda su energía para curar las heridas. El dolor le impedía concentrarse, lo mareaba. Era cierto, no lo soportaba.
—¿Qué significa ese no? —insistió Lumiatz alzando la voz.
—¡El Dragón no devoró a Khaleria, la castigó!
Envió lo que quedaba de ella a Asthaluss y la condenó a nacer allí como un ser humano.
—Trivaz comenzó a reír al ver los rostros conmocionados de los dioses.
Lumiatz soltó su cabello—. Los tres habéis estado frente a ella sin saberlo, incapaces de reconocerla en su nueva forma.
Khaleria ha vuelto reencarnada en esa humana.
En Alhanna. Y el dárico gris es su protector.
Shanarás, Gaelos y Lumiatz se miraron impresionados por la revelación.
Jamás habrían imaginado algo así. Lumiatz se alejó unos pasos y caminó al amparo de la oscuridad, alejada de la trémula luz de las lunas.
Repasó cada momento vivido desde la llegada de la humana.
¿Cómo no se habían dado cuenta? Ahora comprendía el empeño del otro Trivaz por apresarla.
Sus manos recuperaron el aspecto normal y se las pasó por el cabello. Necesitaba pensar, necesitaba calmarse.
—¿Y ella lo sabe? ¿Conoce que es nuestra hermana? —preguntó Gaelos.
—Claro que no. —Fue Shanarás el que contestó en lugar de Trivaz—. De saberlo, ya habría venido a buscarnos.
Lumiatz regresó junto a ellos con la mirada ensombrecida.
Movió los brazos y la tierra sobre la que Trivaz se encontraba arrodillado comenzó a resquebrajarse.
El aire zumbó en los oídos del demonio, perforando sus tímpanos.
La presión creció y el demonio se sujetó la cabeza con la mano que le quedaba.
Lumiatz lo lanzó contra el roble y el sonido de los huesos al partirse contra el grueso tronco la hizo sonreír.
—No puedes acabar con él —le advirtió Shanarás con cierta urgencia—. Si Hagnak regresa, se enfadará al descubrir que matamos al único sirviente que le quedaba.
—Tranquilo, solo quiero resarcirme. —La dama roja sonrió con dicha.
Inmovilizó a Trivaz contra el tronco podrido del árbol. El demonio se retorcía de puro dolor. Los tres se acercaron a él, con pasos lentos.
—Bien, ahora nos vas a contar dónde está Hagnak —le ordenó Shanarás.