Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ranques
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Llevaba cuatro días en el pueblo. Durante semanas había viajado tras los pasos de un grupo de demonios que recorrían el bosque en busca de su señor.

Si de verdad podían rastrearlo, pensó que lo conducirían hacia Kishur.

Pero los demonios se habían esfumado una semana atrás, la pista de sus huellas perdida en el sendero que cruzaban.

Ahora no sabía en qué dirección continuar, ya que su señor podía estar en cualquier parte.

Gracias al dinero que había obtenido por uno de sus cuchillos, tenía suficiente para continuar en el pueblo unos días más.

Pero ¿y luego? Si los demonios habían llegado hasta allí debía ser porque el dárico gris andaba cerca.

O eso pensaba mientras se abotonaba la camisa.

Terminó de vestirse y se colocó las pocas armas que llevaba. La armadura y el resto de sus cosas las mantenía a buen recaudo en su habitación.

—¿Ya te marchas? —preguntó el chico con timidez.

Eltsay le regaló una sonrisa y salió de la estancia.

Mientras caminaba por los oscuros pasillos, una sensación amarga creció en su interior.

Observó el paraje de fuera a través de las ventanas por las que cruzaba.

Algo rondaba muy cerca de allí. Con paso decidido llegó hasta su habitación, recogió el resto de sus cosas y se puso la armadura.

Era una rutina tan aprendida que le llevó poco tiempo.

Prestó atención a los sonidos del exterior, pero solo el viento se atrevía a molestar. Su inquietud aumentaba.

Abandonó la posada y dejó que su instinto lo guiara.

Con el pueblo a sus espaldas, el bosque le pareció la entrada a otro mundo, capaz de engullirlo sin compasión.

Las ramas bailaban con el aire y las hojas caían sobre el camino.

Tenía un mal presentimiento. Avanzó usando las sombras para ocultarse, convencido de que acabaría topándose con demonios.

Entonces oyó el familiar tañido de metales al chocar.

Gritos furiosos. La lucha ocurría al otro lado de un paraje espinoso de zarzas, cerca de unos riscos pedregosos.

Aguardó detrás de un grueso árbol para contemplar a los demonios y comprobó que eran los que había perseguido durante semanas.

Eltsay sonrió al reconocer contra quiénes luchaban.

Desenvainó la espada y se acercó a ellos agazapado, igual que un felino.

Saltó fuera de su escondrijo y detuvo la espada de un soldado.

Lo empujó para alejarlo y luego se giró para enfrentarse a otro enemigo.

El hajaek se agachó y danzó entre ellos, esquivando y lanzando diestras estocadas.

Atravesó el pecho de uno y acto seguido le cortó la cabeza.

El otro huyó de él. Observó un instante el cuerpo del caído.

—¿Eltsay? ¿Cómo nos has localizado? —La voz de Mayara llenó el espacio.

—Yo también me alegro de verte. —Sonrió.

La lucha continuaba a su alrededor. Eltsay miró hacia sus compañeros. Sintió un profundo alivio al ver a Ghiro sano y al comprobar que el dárico gris ya no tenía aquellas horribles manchas negras bajo los ojos. Llevaba buscándolos mucho tiempo y casi había perdido las esperanzas.

—¿Te quedarás mirando toda la noche o vas a luchar? —Ádria los alcanzó.

Los tres tomaron posición cuando un grupo de cinco demonios aparecieron entre la arboleda. Eltsay notó la calma que precedía al primer encuentro con el enemigo: era algo tan natural que ni siquiera tenía que concentrarse. Volver con sus compañeros era cuanto necesitaba.

Kishur se detuvo un instante, sorprendido al ver a Eltsay junto a los otros.

¿Cómo había llegado hasta allí? Ghiro mostró la alegría de volver a tener al hajaek con ellos.

Sin embargo, debían aniquilar al enemigo antes de poder celebrar la reunión.

Kishur sacudió la espada, y la sangre que manchaba la hoja salpicó la hierba.

Les habría venido bien la ayuda de Osharan, pero parecía haber desaparecido.

El ataque les había sobrevenido mientras dormían; Ádria había llegado a tiempo para dar la voz de alarma.

Los vargums relincharon inquietos, a lo lejos. Rory y Alhanna debían estar allí con Trivaz protegiéndolas. El dárico podía distinguir sus siluetas entre el follaje.

Kishur se puso frente a Ghiro y detuvo el arma que se dirigía hacia el anciano.

Le dio una patada al demonio para que perdiera el equilibrio y le rajó la garganta con tanta fuerza que la cabeza le quedó colgando hacia atrás.

Defendió su derecha y el anciano bloqueó otra embestida proveniente de su izquierda.

Las criaturas parecían duplicarse. Trató de no alejarse de Ghiro, pues al anciano le costaba seguir sus movimientos.

Los hajaeks llegaron hasta ellos y rodearon también a Ghiro.

Cuando quedó encerrado entre todos ellos, este dejó caer el brazo que sostenía la espada, agotado.

—Mejor encargaos vosotros —farfulló sin aliento.

Quedaban al menos quince criaturas, y parecían dispuestas a morir bajo su acero.

Kishur se percató de que todos lo miraban feroces, sentía las ambarinas pupilas sobre la piel.

Sabía que lo buscaban a él, no a Alhanna.

Se defendió del ataque de una criatura, sus armas se entrelazaron y ambos quedaron cerca el uno del otro.

Percibió el movimiento de la mano izquierda, con la que el demonio pretendía apuñalarlo con una daga.

Kishur giró sin ceder en el bloqueo con la espada. Otros dos se abalanzaron contra él.

El dárico se movió veloz, luchando al mismo tiempo con los tres contrincantes.

Lanzaba estocadas precisas, detenía los ataques, golpeaba con fuerza.

La rapidez de sus movimientos desconcentraba a sus enemigos.

Kishur echó el cuerpo hacia atrás cuando vislumbró el destello de la hoja de una daga.

El arma pasó por encima de su cabeza y acabó clavado en el tronco de un árbol, pero eso no lo distrajo.

Cercenó la cabeza de un soldado y detuvo nuevos choques del resto de sus oponentes.

Atravesó el cuello de un demonio y, con la espada aún hundida en su carne, interceptó el arma de otro usando un cuchillo corto.

Quedó inmóvil por un breve instante, con ambas manos ocupadas.

Extrajo el arma a la vez que alejaba el cuchillo y giraba sobre sus talones.

Cortó la cabeza del soldado y dejó que el cuerpo del otro se desplomara.

Sabía que esa herida acabaría por curarse, pero al verlo tendido y sangrando sobre la hierba, fue incapaz de rematarlo. Supuso que ya había tenido suficiente.

A su alrededor, la lucha había terminado. Los supervivientes huyeron al ver cuánto había menguado su grupo. Una docena de cadáveres los rodeaban.

—No podemos confiarnos, seguro que regresan con ayuda —comentó Mayara.

—Lo dudo, este grupo contaba con veinte miembros.

Y este de aquí —dijo Eltsay haciendo rodar con el pie una cabeza con una larga cabellera azabache—, era su líder.

Los que han huido no sabrán qué hacer hasta recibir nuevas órdenes.

—Todos lo miraban expectantes. Kishur tenía una ceja alzada—. He pasado semanas siguiéndolos.

Ghiro fue junto a Eltsay, lo agarró del brazo y le golpeó la espalda con suavidad. Era lo más parecido a un abrazo entre ellos.

—Has tardado en volver, ¿te habías perdido? —le preguntó Ghiro con burla.

—Algo así —respondió el joven con una sonrisa—. Me alegra volver a veros.

Uno a uno lo fueron saludando, todos a su modo. Cuando llegó el turno de Kishur, este posó una mano sobre el hombro del hajaek y lo apretó con suavidad. Eltsay sonrió, complacido por estar reunido con todos ellos. Sus miradas dijeron cuanto necesitaban.

—¿Por qué los seguías? —preguntó Kishur señalando los cadáveres.

—Os estaban buscando, así que pensé que podrían conducirme hasta vos.

Oí rumores por los lugares por donde pasé y fui recabando información: no solo os buscan los demonios, hay grupos de mercenarios tras la pista de Alhanna y la vuestra.

Muchos de ellos quieren encontraros para haceros pagar…

—Eltsay se interrumpió y soltó el aire despacio mientras miraba a Kishur—.

Desean vengar las muertes de los compañeros que perecieron por vuestra mano.

Al parecer, no les gusta que un dárico los matara dentro de sus propios campamentos.

A sus palabras siguió un pesado silencio, pues todos sabían que Eltsay acababa de hacer referencia al tiempo en el que Kishur había estado enfermo.

—Es un alivio veros recuperado —dijo el hajaek.

—Para mí también. Bienvenido, Eltsay —dijo Kishur antes de soltarlo.

Kishur se apartó para dejar paso a Alhanna, que fue corriendo hasta ellos y saltó a los brazos de Eltsay. Lo estrechó con fuerza. Rory contemplaba la escena a distancia; estaba muy pálida y observaba los cuerpos mutilados con terror. Trivaz se mantuvo al margen.

—Salgamos de aquí —ordenó Kishur.

Fueron hacia los vargums para recoger las pocas pertenencias que tenían.

Alhanna se encargó de presentar a Rory y a Eltsay.

Al hajaek le impactó ver que Trivaz los acompañaba, pero no dijo nada al respecto.

Ya tendrían tiempo de ponerse al día de cuanto había sucedido.

Kishur intuía que el joven también tenía mucho que contar.

Eltsay reconoció a su vargum y fue a su encuentro, emocionado.

—¡No puedo creerlo! —Eltsay rio cuando el animal le dio un gentil cabezazo.

—Los recuperamos hace poco —le explicó el anciano. Eltsay se quedó mirándolo a la espera de más detalles—. Es una larga historia.

—Tenemos mucho que contarte —añadió Alhanna, que seguía pegada al hajaek.

—Supongo que también me diréis qué habéis hecho con vuestras armaduras.

—Eltsay repasó con la mirada a cada uno de sus compañeros—.

Me sorprendió veros sin ellas, pero pensé que quizás habíais decidido quitároslas para no parecer una amenaza frente a los humanos.

Suficiente miedo nos tienen por estas tierras.

Las cosas se han complicado mucho en la frontera con Alviat, los nuestros están acorralando...

—Hablaremos de eso cuando hayamos descansado un poco —lo cortó Ghiro.

El joven cedió ante la decisión del anciano.

No pudo evitar sentirse un extraño entre ellos.

Y la compañía de Trivaz era algo que no alcanzaba a comprender.

Cada vez que se cruzaba con las pupilas doradas del demonio, sentía su sangre arder.

Había acabado con la vida de muchos dáricos.

¿Acaso su señor lo había perdonado? Alhanna tiró de su brazo para captar su atención.

El hajaek se fijó en que incluso ella se veía distinta.

Sus pupilas ya no brillaban como antes, y su rostro tenía una apariencia más tosca, más humana.

Hasta entonces, la joven siempre le había resultado fascinante, tan hermosa como un amanecer.

—¿Qué te ha ocurrido, Alhanna? —le preguntó tratando de mostrar tacto.

—Mejor di que me has echado de menos. —La joven esbozó una sonrisa—. Te has dejado el pelo más largo de lo habitual. Y también barba… ¿es que quieres parecer mayor?

Eltsay rio ante su burla. Estaba impaciente por conocer los detalles de todo lo acontecido en su ausencia. Se dedicó a acariciar la crin de su vargum, al que había extrañado muchísimo. Los demás limpiaron las armas y se prepararon para partir.

Rory rozó la testa del vargum de Eltsay con delicadeza. El animal respondió con un relincho agradecido. Ella y Alhanna habían sido sus jinetes en los últimos días.

—Eltsay, lleva a Rory en tu montura —los interrumpió Kishur—. Alhanna viajará conmigo.

—Prefiero ser yo quien vaya con Eltsay, así nos pondremos al día de todo —dijo Alhanna mientras pedía ayuda al hajaek para subir a su vargum—. Rory puede montar contigo.

La mujer pareció desconcertada ante la sugerencia, pero se dirigió hacia el dárico.

Kishur fulminó a Alhanna con la mirada; intuía que lo había hecho a propósito.

No tenían tiempo que perder, así que lo dejó pasar.

Rory se sentó detrás de Kishur y lo rodeó con sus brazos.

Se sintió abrumada por el calor que desprendía el cuerpo del dárico.

Kishur observó a los integrantes del grupo mientras salían de allí. Le complacía tener a Eltsay de vuelta. Por un momento, se permitió recordar otros tiempos, cuando Tottem y Borat seguían con él. Cuando Alfar viajaba a su lado. Le faltó el aliento al pensar en su hermano.

Rory se recostó sobre su espalda, apretando un poco más su abrazo, y la mente de Kishur abandonó todo pensamiento. Quizá no fuera tan malo llevarla con él.