Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

—¿Has matado a los rompedores? —preguntó la chica con curiosidad.

—No seas estúpida. Solo los he interrogado. Van a pasar una larga temporada en la cárcel. —Gastor revisó su atuendo. Llegaba tarde—. Será mejor que prestes más atención a tus estudios y no a mis acciones.

—Me aburro encerrada aquí dentro —admitió ella con desgana.

Gastor la reprendió con la mirada y luego abandonó la estancia.

Oxa era más difícil de soportar incluso que Quiazz.

Desde luego tenían que ser familia. Pasó por el baño y metió las manos en la jofaina con agua.

Restregó la piel con el jabón para arrancarse la porquería.

Miró su reflejo en el espejo, que mostraba profundas ojeras.

Tuvo ganas de reírse de sí mismo. El desvelo se pegaba a él como una lapa cada noche.

Después de secarse las manos comprobó que ya no había en ellas restos de sangre.

Los dos rompedores habían relatado la misma historia por separado, y ni todos los golpes del general había logrado amedrentarlos.

Continuaron afirmando que el bastardo debía estar muerto.

La rabia recorría cada fibra de su cuerpo.

Pensar en Quiazz tirado en el suelo sobre un charco de sangre lo atormentaba.

Se maldijo mil veces. Debía arrancarse esos sentimientos, sacar a Quiazz de su organismo.

Se había convertido en su punto débil, y Gastor acabaría tropezando y tirando sus planes por tierra si seguía así.

—¿Y cómo lo hago? —le preguntó al reflejo.

Llamaron a la puerta. Al abrir se encontró al comandante Beres.

—Llegas tarde a la ceremonia, Gastor. —Siempre usaba su nombre cuando estaban a solas—.

Entiendo que el momento es el menos indicado, pero tienes que presentarte.

La gente espera verte allí, incluso querrán que bailes con algunas jóvenes.

Olvida el asunto de la flecha por esta noche, yo continuaré investigando.

—Si llegara a trascender… —Gastor se pasó la mano por la cabeza rapada.

—Creerán que envías a tus soldados a asesinar al bastardo —afirmó.

Decidió no volver a pensar en ello. Beres tenía razón, su deber era interpretar el papel que le correspondía. Detestaba la idea de acudir a la ceremonia cuando la guerra llamaba a su puerta, pero fingiría tranquilidad frente a todos.

El salón era gigantesco, rodeado de amplios balcones desde los que se accedía al jardín.

Las cortinas blancas con bordados en oro se mecían con la brisa nocturna.

Del techo colgaban cinco lámparas de araña, doradas y decoradas con piedrecitas que brillaban con el reflejo de las luces intermitentes de las llamas.

Dos jóvenes sirvientes se afanaban por mantener las mechas encendidas.

Los tapices de las paredes representaban en su mayoría escenas de caza.

Algunos hombres paseaban, copa en mano, contemplando los dibujos y conversando sobre sus experiencias como ávidos cazadores.

Gastor se convirtió en el centro de atención en cuanto atravesó las amplias puertas.

Al otro lado, una ancha escalera conducía a la primera planta, repleta de palcos.

En el centro de la pista, los jóvenes bailaban al son de la suave música.

Las mesas se encontraban abarrotadas de comida.

Toda la gente lucía llamativos vestidos de gala.

No tardó demasiado en vislumbrar a Quiazz.

Estaba rodeado de mujeres que le sonreían con descaro e intentaban tocarlo de forma casual.

Lucía un atuendo oscuro, parecido al que llevaba él.

Volvió la vista hacia Gastor y sus ojos coincidieron.

Quiazz no los apartó de inmediato, y Gastor sintió como si le quemaran las entrañas.

Por fortuna, el Galaef interrumpió la música y las conversaciones.

Iba a dar un discurso. Estaba subido a la tarima de mármol donde se encontraba la orquesta.

Los otros miembros del consejo lo acompañaban, vestidos de forma ilustre.

Gastor cogió una copa aprovechando que uno de los camareros pasaba por su lado.

Caminó hacia Quiazz y las mujeres se apartaron de inmediato, rehuyendo al general.

El joven lo observó con el ceño fruncido.

—¿Te diviertes? —le preguntó Gastor.

—Un poco, no lo voy a negar. Me han ofrecido ya desposarme con cinco chicas diferentes; al parecer, me he convertido en un gran partido gracias a la herencia de Zaraen.

—Sonrió con esa falsedad a la que se había acostumbrado—.

Algunas familias no dejan de enviarme invitaciones para asistir a cenas.

Según indican en sus cartas, quieren conocerme mejor. Supongo que solo pretenden evaluarme.

El Galaef comenzó a hablar, y lo hizo destacando que eran tiempos en los que estar unidos era más importante que nunca. Gastor tuvo ganas de reír y dejó de prestarle atención. Estaba mucho más interesado en Quiazz y en la forma en la que su nuez bajaba y subía al tragar saliva.

—¿Mi familia te ha enviado una invitación? —quiso saber el general.

—Lo hicieron. —Evitó mirarlo a los ojos al decirlo.

—Supongo que serían capaces de darte su apoyo. A mi padre nunca le agradó que abandonara la política para convertirme en soldado. ¿Y los Nel? —La mera mención de la familia de Zaraen hizo que Quiazz diera un brinco.

—Ellos no, por fortuna. —El joven se removió incómodo.

Pero no tardarían en dar un paso, fuera cual fuese. Gastor sabía que ellos estaban detrás del asesinato de Salay, la madre de Quiazz. Eran unos desgraciados.

—Zaraen era un gran hombre, dio su vida por nuestro futuro —continuó diciendo el Galaef, atrayendo la atención de todos—. Y, por eso, queremos homenajear su figura esta noche. Nosotros tenemos el deber…

Quiazz dejó de escuchar, no lo soportaba más.

Sin mediar palabra, se encaminó hacia el patio, seguido por las miradas curiosas de los presentes.

Se le había revuelto el estómago con el discurso; su padre estaría furioso.

Fuera, las luces de las lunas bañaban los jardines y se reflejaban en los dos estanques.

Encontró a algunos jóvenes conversando o regalándose besos esporádicos.

Quiazz caminó para alejarse un poco y dejar de escuchar la voz rasposa del Galaef.

Se internó en los jardines, rodeados de altos setos cortados con una hermosa precisión.

Alcanzó a oír los pasos de alguien que se acercaba y se giró para verlo: era Gastor.

Quiazz guardó silencio; por alguna razón, estaba nervioso.

Se fijó en la barba peinada del general, castaña como sus ojos, en las largas pestañas.

La chaqueta marcaba su complexión fuerte, y la camisa con el primer botón sin abrochar dejaba parte de la clavícula a la vista.

Estaban solos, rodeados de arbustos y bancos de piedra.

—Me gustaría saber cómo sobreviviste a la flecha que te dispararon los rompedores —dijo el general, a la vez que caminaba hacia él—. Porque ellos aseguran que deberías estar muerto. Al parecer, no fue un simple rasguño.

—¿Sabes quiénes son? —Quiazz se quedó atónito al oírlo—. Quiero hablar con ellos. Necesito que me expliquen la razón por la que me querían muerto.

—Esa duda te la puedo resolver yo: intentaron asesinarte para asegurarme la corona.

—Ahí estaba de nuevo, el miedo reflejado en aquellos bonitos ojos verdes—.

Estarán encerrados una larga temporada por lo que hicieron, así que no debes preocuparte por ellos.

Ahora responde: ¿cómo sobreviviste? Y no me mientas, sé que estás involucrado con inmortales.

Quiazz rehuyó su mirada y se acarició la mano retorcida con la otra.

Gastor fue hacia el joven y lo miró detenidamente.

Al tenerlo tan cerca, Quiazz se fijó en las gotitas rojas en el cuello de la camisa del general.

¿Esa sangre sería suya? No mostraba ninguna herida en la cara ni el cuello, así que imaginó que era de otra persona.

—No puedo —murmuró Quiazz.

Era incapaz de hablarle de Gaelos, de Trivaz, de Alhanna, de que la muerte lo perseguía porque estaba destinado a abrir Zahel.

Decidido a marcharse de allí, comenzó a caminar, pero al pasar junto al general, Gastor agarró su mano y tiró de él para obligarle a darse la vuelta.

Lo aferró de los hombros y lo atrajo hacia sí.

Sus rostros quedaron cerca; sus bocas, a escasos centímetros.

—¿Qué haces? Suéltame. —La voz de Quiazz tembló más de lo deseable.

—Comienzo a perder la paciencia contigo. Te he hecho una pregunta, y no dejaré que te marches hasta que la respondas. Desde que volviste, no entiendo tus acciones ni nada de lo que ocurre a tu alrededor.

—¿Y de qué serviría que lo hicieras? —Quiazz intentó liberarse de su agarre—. ¿Por qué tienes tanto interés en conocer mis secretos?

—¡Porque me están volviendo loco! Me he esforzado por apartarte de mi mente y he fracasado.

Cada paso que doy lo hago con la esperanza de encontrarte a mi lado, pero tú corres cada vez más lejos de mí.

—El general tomó aire muy despacio—. ¿Acaso tendré que obligarte a hablar?

Porque se me ocurren varias formas de hacerlo.

Gastor lo miró de la cabeza a los pies y luego regresó a sus ojos.

Sus respiraciones se volvieron agitadas, una contra la otra.

Soltó los hombros de Quiazz y rodeó con una mano la cintura del joven para pegar aún más sus cuerpos.

Sus labios se acercaron poco a poco hasta rozarse.

Pero entonces, unas voces los alertaron de la presencia de gente cerca de ellos y Quiazz aprovechó la ocasión para deshacerse del agarre.

Retrocedió para marcharse y vio la decepción en el rostro de Gastor.

—No me interesas de ese modo —le dijo el joven antes de darse la vuelta.

—¡Mientes muy mal! —gritó el general.

Salió de allí casi a la carrera. Temió que Gastor fuera tras él, pero la presencia de la gente debió persuadirlo.

No se entretuvo en regresar a la maldita fiesta, y decidió volver a su casa de inmediato.

Comenzaba a encontrarse mal. Las palabras de Gastor, los gestos y el roce inconsciente de sus cuerpos, el aliento que escapaba de su boca…

todo había revolucionado la mente de Quiazz.

Cruzó los jardines, los patios rebosantes de invitados que charlaban y bebían ajenos al incesante martilleo de su corazón.

Muchos reparaban en él, incluso le mostraban la intención de detenerlo para hablar, pero Quiazz los rechazaba con una leve inclinación de cabeza.

Solo podía pensar en llegar a casa y esconderse bajo las mantas.

El corredor que daba acceso a su domicilio estaba desierto a esas horas de la noche, y el viento aullaba a través de las ventanas que habían quedado abiertas.

Encontró la puerta entreabierta. Desde luego era insólito, porque su mayordomo cerraba con llave desde lo ocurrido con los rompedores.

Aguardó un momento intentando captar algún sonido.

Extrajo el cuchillo sin afilar de la chaqueta, aunque no le serviría de nada, y abrió la puerta muy despacio.

A primera vista, no logró atisbar nada fuera de lugar.

Atravesó el recibidor. Prestó oídos a la habitación de su mayordomo y se sobresaltó al no oír sus ronquidos, de manera que entró apresuradamente.

Lo encontró tumbado sobre la cama, boca abajo.

Un movimiento a su derecha lo alertó, y saltó hacia atrás cuando una espada intentaba cortarle el vientre.

Con la poca luz que entraba por la ventana, logró distinguir a otro asaltante junto a la cama.

Quiazz levantó el cuchillo, aunque sabía que era algo inútil y no podría dañarlos.

La adrenalina recorrió sus venas, un miedo visceral creció en su interior.

De nuevo se enfrentaba a la muerte. Decidió dar el primer paso y corrió hacia el hombre de la espada.

Se lanzó al suelo y se deslizó por él de rodillas.

Golpeó las piernas y abdomen de su contrincante con todas sus fuerzas, para desestabilizarlo.

La espada resbaló de las manos del atacante.

Quiazz se apartó justo en el momento en que el otro se abalanzaba hacia él.

Alargó la distancia, aún con el cuchillo inútil en la mano derecha.

Dio pasos cortos hacia atrás, buscando una salida.

Uno de ellos corrió en su dirección, presto a matarlo.

Quiazz saltó hacia un sillón y alcanzó la mesa.

Pateó uno de los tarros y lo arrojó a los pies de su enemigo, haciendo que estallara en varios trozos de cristal.

Saltó de nuevo hacia el suelo para escabullirse del otro hombre.

La puerta había quedado liberada, así que se precipitó hacia ella con la intención de escapar, pero una sombra en el umbral lo detuvo en seco. Ahora no tenía escapatoria.

—Te advertí que ese cuchillo no te serviría de nada —dijo Gastor.

Eso no se lo esperaba. El general irrumpió en la estancia con la espada en una mano y una daga en la otra.

Llevaba la chaqueta desabrochada. Le hizo una señal a Quiazz con la cabeza y el joven se hizo a un lado.

Gastor se abalanzó sobre los enemigos blandiendo sus armas, saltando sobre ellos como un verdadero depredador.

Quiazz se pegó a la pared. La figura de Gastor se movía con rapidez, lanzando fuertes estocadas, luchando a la vez con los dos hombres.

Las espadas chocaban y emitían un sonido chirriante.

Gastor logró abrir un profundo tajo en el vientre de uno de ellos y este emitió un terrible alarido al tiempo que sus vísceras se derramaron por el suelo.

Gastor arrinconó entonces al otro enemigo contra la pared y le propinó una serie de estocadas que este logró esquivar a duras penas.

El general era demasiado veloz. Detuvo el arma del desconocido y usó la daga para clavarla en el ojo derecho.

El hombre se convulsionó mientras caía al suelo.

Cuando el general se volvió hacia él, Quiazz dejó de respirar.

Gastor le pareció más temible y extraordinario que nunca.

Recordó al anciano que seguía inmóvil en la cama y corrió hacia él.

Estaba muerto: lo habían asesinado antes de su llegada a la casa.

La sangre manchaba la sábana blanca, su cuello abierto en un enorme tajo.

Quiazz se dejó caer a su lado, conmocionado.

—Es una suerte que decidiera seguirte —dijo Gastor en voz baja.

Quiazz sintió una profunda rabia por todo lo sucedido y lamentó la muerte del anciano. Le parecía injusto que hubiera pagado por sus decisiones.

—Vete, Gastor —le pidió Quiazz, tratando de mantener la compostura—. Márchate, por favor.

El general envainó la espada y sorteó los cadáveres mientras se dirigía a la puerta. Quiazz tuvo el impulso de detenerlo cuando pasó junto a él, pero se contuvo. Cuando la puerta se cerró con fuerza, dejó que las lágrimas recorrieran sus mejillas.

Ni siquiera le había dado las gracias por salvarle la vida.