Falar-Shan
E l consejo aguardaba en la sala del trono.
Los diez miembros estaban postrados en sus sillas de respaldo alto.
Formaban dos hileras enfrentadas, con el arroyo de agua cruzando entre ellos.
El trono de su rey se alzaba sobre un pedestal de piedra oscura.
Había poca luz, las escasas lámparas apenas vencían la penumbra que bañaba la recámara.
No había ventanas, pues no merecía la pena contemplar la desolación que reinaba en el exterior.
Unas gruesas columnas recorrían la sala a lo largo y sostenían un pesado techo tallado con motivos florales que pretendían reproducir un bosque.
Shaen acababa de tomar asiento, y los soldados desfilaron entre las altas sillas para posicionarse detrás del consejo.
Todos mantenían las máscaras puestas. La presencia del rey era agotadora, sumía a los presentes en un pesado silencio.
Shaen miró a cada uno de ellos con severidad y señaló al portavoz del ejército.
—¿Qué noticias me traes? —preguntó con tono imperioso.
—La campaña fue un éxito, como vos asegurasteis.
—El hombre hizo una inclinación de cabeza y sacudió la espesa melena blanca—.
Los humanos que apresamos alimentaron el poder de nuestros endómicos.
Su fuego arrasó dos pueblos junto a las naves que allí se aprovisionaban.
Pronto llegarán a la ciudad de Maeros, la cual convertiremos en nuestro nuevo enclave.
—No quiero supervivientes. —Shaen se apoyó en el respaldo del sillón.
—Por supuesto, mi señor. Los humanos no esperan un ataque como el perpetrado por nuestros barcos. —El hombre asintió con vehemencia—. Muy pronto nos conocerán.
El rey asintió conforme. Se quitó la máscara con lentitud, la dejó sobre su regazo y observó a los presentes. Las cicatrices en su rostro le impedían mostrar cualquier tipo de expresión.
—Debemos capturar dáricos, su lanfe es más fuerte que la de los humanos y serán más útiles para los endómicos.
—Shaen se puso en pie y comenzó a caminar junto al pequeño arroyo—.
Y necesitamos que los alviatenses nos conozcan, es el momento de recordarles quiénes somos.
Dentro de unas semanas viajaré para adentrarme en sus tierras, alcanzaré la maldita ciudad dárica y arrancaré a su rey del trono.
Mis manos acabarán con la vida del dárico gris.
Le mostraré lo que es capaz de hacer un descendiente de Edgar y le haré pagar su traición con sangre.
La deuda que contrajo con nosotros al finalizar la Gran Guerra debe cobrarse. Y ha llegado el momento.
—No resulta sencillo encontrar dáricos, evitan las poblaciones humanas.
El monarca se giró hacia el hombre que había pronunciado esas palabras. Era un anciano enjuto, arrebujado en una capa carmesí. Sus ojos castaños lo observaron con terror mientras Shaen se acercaba a él.
—Quiero a dáricos en nuestras minas; dáricos alimentando alimañas con su carne; dáricos para los endómicos; dáricos postrados ante mí suplicando clemencia antes de arrancarles el corazón. —Shaen se irguió frente al anciano—. Quiero a Raehlan.
Pronunciar ese nombre colmaba el corazón de Shaen de amargura y ferocidad. Lo llevaba impreso en la piel, en recuerdos transmitidos durante generaciones.
Shaen dio la reunión por finalizada, complacido porque todo fluyera como debía.
Solo tenía una pequeña espina clavada; la de Ferian, su hijo menor.
Pero ya tendrían tiempo de resolverlo. Pronto celebrarían la ceremonia del traspaso de su hijo Agael y lo enviaría en un barco para capturarlo.
Agael, el de los ojos negros. No soportaba mirarlo, porque, cuando lo hacía, le recordaba más a un dárico que a uno de los suyos.
Los soldados se movilizaron para acompañar a los miembros del consejo fuera de allí.
El monarca paseó entre las gruesas columnas de roca negra, fijándose en las decoraciones.
Siempre le había molestado el intento de mostrar belleza donde no existía.
El arroyo y las tallas arbóreas solo servían para recordar lo que nunca habían tenido.
Raehlan les arrebató su futuro al desterrarlos allí.
Traicionó al gran Edgar y acabó con su vida, y luego los condenó a vivir en Falar-Shan para ocultar su crimen.
Pagaría su maldad con creces. Pagaría por cada niño enfermo, por cada muerto.
El día de su venganza quedaba cerca. Podía imaginar la sangre de Raehlan entre sus dedos, sus gritos, su mirada al saber que estaba a punto de pagar por su crimen.