Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ehogan #2
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Ehogan #2

—¿Cómo no me habías advertido de algo así?

—preguntó Trivaz, evidenciando su preocupación—.

¿Ya te ha hablado antes usando las mentes de los otros soñadores?

—Kishur asintió—. Solo existe un ser capaz de algo así…

Tiene prohibido intervenir en los acontecimientos del mundo, pero al parecer está dispuesto a enfurecer al Dragón.

Kishur, ansioso, quiso preguntarle más acerca de la identidad de ese ser, pero el demonio comenzó a retroceder y, antes de que pudiera impedírselo, creó una oscura abertura y desapareció por ella a toda velocidad.

El dárico se incorporó despacio; era la primera vez que veía asustado a Trivaz.

La reacción del demonio solo hizo que aumentara su preocupación.

¿Qué clase de criatura podría perturbar a alguien tan sanguinario como Trivaz?

Esa noche permanecieron en el mismo lugar.

Kishur sentía que no avanzaban lo necesario, pero atendió a los ruegos de Alhanna de no forzar a Rory.

Por fortuna, había despertado siendo ella misma, con las huellas de sus dedos en el cuello.

Como ya esperaba, la mujer no recordaba nada.

Todos dormían a su alrededor, menos Mayara, que hacía guardia.

Trivaz no había regresado y el dárico esperaba que lo hiciera pronto para ofrecerle respuestas a su marcha tan precipitada.

Oía el rumor del bosque, el crujido de los árboles, la tierra sacudiéndose bajo los pies de alguien.

No tenía dudas de que se trataba de Osharan.

Alhanna se revolvía sin parar, inquieta por algún sueño.

Kishur se quedó observándola mientras sus párpados se cerraban poco a poco. Sucumbió por fin al agotamiento.

Kishur corría sin aliento entre la maleza, el gélido aire destrozando sus pulmones.

Era una noche demasiado oscura incluso para el dárico.

Sus ojos no lograban identificar las sombras que lo acechaban.

El bosque aullaba feroz en una melodía tan potente que dañaba sus oídos, pero no comprendía qué trataba de decirle; era una canción desconocida.

Kishur llegó hasta una poza de agua putrefacta en cuya superficie perecían cientos de insectos.

Allí encontró a Alhanna. Las luces de las lunas se abrieron paso entre las nubes.

La joven llevaba puesto un fino camisón de color blanco, y manchas de sangre seca cubrían sus piernas. Su mirada colérica se dirigió hacia él.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó con voz fría—. ¡Dímelo!

—¿De qué hablas? —Kishur intentó dar un paso hacia ella, pero sus pies se hundieron en el barro. Por un momento, tuvo la sensación de estar frente a otro ser—. Tú no eres Alhanna, eres Khaleria, ¿verdad?

—Solo quiero encontrar a mi hijo, deseo verlo una vez más. —La voz lastimosa de Alhanna conmovió al dárico—. Sabes dónde está, lo veo en tus ojos. ¡Habla!

El suelo pantanoso comenzó a engullir las piernas de Kishur.

Trató de moverse, pero estaba atrapado. Alhanna bramó enloquecida mientras se tiraba del pelo y sus ojos se oscurecían.

La piel pálida de la joven comenzó a llenarse de sombras, y toda la hierba que crecía a su alrededor se consumió.

Sus manos se transformaron en garras y las llevó hasta su vientre.

—¡Quiero que me lo devolváis! —volvió a gritar—. Debería estar aquí.

Clavó los afilados dedos en su propio cuerpo y comenzó a abrir su carne en canal.

Kishur no pudo más que observar la espeluznante escena.

Las entrañas de la joven se deslizaron por sus muslos hasta quedar derramadas por el suelo.

El aire se volvió más pesado y Kishur sintió que perdía el conocimiento.

El poder de la joven arrasó incluso los árboles.

Él se hundía cada vez más sin poder resistirse.

—¡Basta, Alhanna! Te ayudaré a buscarlo —dijo Kishur para calmarla.

Ante sus palabras, una tumba se abrió entre ellos. La sangre que escapaba como un torrente del vientre de Alhanna comenzó a manchar los huesos blancos que resurgieron de aquel agujero. Kishur se fijó en la calavera de ojos vacíos. Alhanna cayó de rodillas.

Oyó entonces el llanto de alguien tras él, y al volver la mirada encontró a Alfar colgado de un árbol.

Tenía el torso abierto. Kishur rugió frenético e intentó ir hacia él, pero solo logró hundirse más en la superficie cenagosa que lo rodeaba y que lo engulló hasta el cuello.

El rostro de Alfar mutó hasta convertirse en una máscara espeluznante, sin ojos y sin boca.

Los gusanos reptaban por esa cabeza sin rostro.

«¡No eres Alfar, solo un engendro!», chilló el dárico para sí.

La risa de Alhanna silenció el resto de sonidos mientras el fango terminaba de enterrar a Kishur.

—El único engendro eres tú, dárico gris —afirmó ella con voz gélida—. Deberías estar en esta tumba, los huesos te reclaman.

Alguien sacudió a Kishur y lo trajo de vuelta a la realidad.

Había sido una pesadilla, la más horrible que recordaba hasta el momento.

Ádria era quien lo había despertado. Tardó un instante en comprender lo que sucedía.

Alhanna estaba frente a él, reducida por Ghiro y Rory, que la sostenían de los brazos.

Las manos de la joven habían tomado forma de garras.

Kishur sintió que se ahogaba, y tuvo que esforzarse para hacer que el aire volviera a sus pulmones.

—Me preparaba para relevar a Mayara cuando Alhanna se incorporó aun dormida, y pude detenerla a tiempo —explicó Ádria—. Ha intentado rajarse la barriga con sus propias manos. Parecía sumida en un trance.

—Creo que soñaba —murmuró Rory con preocupación.

Las garras de Alhanna desaparecieron mientras ella abría los ojos, despacio.

Observó a Kishur con temor mientras los otros la soltaban.

Kishur supo que, de algún modo, habían tenido una pesadilla parecida.

No estaba seguro de lo que sucedía, pero el hijo del que había hablado Alhanna no podía ser otro que Hagnak: el Juez.

¿Comenzaba ella a rememorar algo de su vida como Khaleria?

Recordó que Asthaluss la había enviado para que encontrara a un nuevo Juez y de pronto, la idea lo estremeció como nunca antes.

Percibió la presencia abrumadora del Dragón, como un manto gélido que caía sobre él.

Llegó a su derecha, y Kishur distinguió el brillo rojizo en sus pupilas.

El Dragón se acercó a Rory, y la mujer retrocedió aterrada y se llevó las manos al cuello de forma instintiva.

Los demás guardaron silencio, pero Kishur dio un paso hacia ellos.

¿Pretendía hacer lo que él no había podido? ¿Matar a la mujer?

—¡Me obligaron a soñar de nuevo! —gritó Rory, y se llevó las manos a la cabeza sin apartar los ojos de Osharan—.

Fue la noche en la que Alhanna perdió su lanfe.

Os vi atrapado entre las raíces de un imponente árbol, uno que jamás he visto antes.

Las raíces atravesaban vuestro cuerpo, y la sangre cubría el tronco.

Os quedasteis inmóvil y tan solo pronunciasteis un nombre: Hagnak.

—La mujer temblaba de los pies a la cabeza—.

El mundo se sumió en tinieblas y miles de ojos dorados me miraron desde el cielo.

La mujer perdió el equilibrio y acabó sentada en el suelo. Las lágrimas cayeron por sus mejillas y enterró el rostro entre sus manos.

Kishur sintió una inmensa inquietud al saber acerca de aquel sueño. Osharan, por su lado, no se inmutó, dio media vuelta y comenzó a alejarse de ellos como si las palabras de la mujer lo hubieran aburrido. Ella comenzó a llorar con amargura.

Lamentó el sufrimiento de Rory. Su destino parecía seguir muy de cerca al de los hermanos Hal.