Ehogan
—Vuelve a intentarlo —le ordenó él con voz áspera.
Estaba agotada, pero no lo admitiría frente al demonio.
Llevaban días viajando sin apenas descanso, aprovechando el atardecer para que entrenara con Trivaz.
Dormían poco, pues Kishur les hacía avanzar incluso de noche.
Si seguían a ese ritmo, la joven acabaría desfalleciendo.
«No digas tonterías, eres inmortal», se recordó a sí misma.
Percibía la presencia de Kishur tan arraigada en ese bosque como las raíces de los castaños que los acompañaban. Nunca los dejaba solos.
—¿A qué le tienes tanto miedo? —preguntó de pronto Trivaz—.
Te has puesto una barrera, eso es lo que te impide usar la endomia.
Eres capaz de ver la energía, úsala. —Alhanna tragó saliva, incómoda ante el escrutinio del demonio—.
Ya no puedes perder el control, no tienes fuerza suficiente.
Tampoco usarás tu propio lanfe, así que no atraerás a nadie hasta ti. Concéntrate de una maldita vez y hazlo.
—Eres un profesor de mierda —murmuró ella con inquina.
—Muy elocuente por tu parte —se quejó el demonio—. Solo has practicado la endomia desde el enfado o el pánico. Debes aprender a hacerlo cuando lo desees, al igual que desenvainas la espada para luchar. El poder es parte de ti, un simple pensamiento basta para dejarlo salir.
—Los dáricos usan palabras como catalizadores. —Alhanna recordaba sus clases en Fraem-Lab, aquellas que nunca le permitieron poner en práctica.
Trivaz lanzó un largo suspiro. Alhanna cerró los ojos un momento para dejar la mente en blanco; le resultaba sencillo, pues en ella solo había silencio y oscuridad.
Ni siquiera oía ya a la niña de la torre.
Notó el aire en su cara, el olor a salvia, el susurro de las hojas al caer, la respiración de Trivaz.
Y, de pronto, vio toda la energía que los rodeaba y que parecía engullirlos.
Los árboles se tornaron de un color ocre y rojizo, las hojas bailaban como cristales entre las ramas.
Alhanna resistió la tentación de volver la vista para contemplar el lanfe de Kishur y se conformó con el de Trivaz.
Percibió a casi una docena de pequeñas criaturas que recorrían la superficie del bosque cerca de ella. Los fuegos no eran mayores que el tamaño de sus manos.
Alzó el brazo hacia una corriente de aire de un violeta intenso y notó un hormigueo en las puntas de los dedos.
La energía entró en su interior, recorriendo sus venas como un torrente eléctrico; pudo sentirla en cada parte de su cuerpo.
El aire levantó su trenza y la hizo flotar, al igual que la capa.
Alhanna se concentró en Trivaz. Sus ojos se habían vuelto oscuros como el acero fundido.
— Shaelag —dijo, la palabra dárica para «fuego».
Trivaz no se movió ni siquiera ante la amenaza de ser engullido por una llamarada.
De los dedos de Alhanna escapó un brillo rojizo casi imperceptible, y el demonio soltó una sonora carcajada.
La atravesó un dolor espantoso, como si toda aquella energía quisiera quemar su carne y deshacer sus huesos. Llevaba así toda la tarde.
—Menuda inepta —repitió Trivaz con desgana—. Si sigues así solo conseguirás causarte dolor, estás acumulando demasiada energía.
Ádria irrumpió en el claro de repente, murmuró algo junto a Kishur y ambos se marcharon. El dárico lanzó una mirada de advertencia al demonio antes de irse. A Alhanna no le agradó quedarse a solas con Trivaz, y mucho menos la sonrisa que afloró en sus labios.
—¿Qué te parece si intentamos algo ahora que estamos solos? —le preguntó.
Ella no tuvo tiempo de responder: Trivaz se abalanzó hacia Alhanna y la golpeó en el pecho con tanta fuerza que la joven cayó de espaldas.
Gimió en el suelo, sin aliento. La silueta de Trivaz se alargó frente a ella, e intentó alejarse, pero no tuvo tiempo.
Sintió una fuerte patada en las costillas.
Luego, la agarró de la camisa para alzarla en el aire y la lanzó contra uno de los árboles con tanta violencia que le pareció sentir incluso cómo sus huesos se quebraban.
Alhanna trató de respirar sin resuello. Miró al demonio, que sonreía complacido.
—¿Qué…? ¿Qué haces? —Le costaba articular las palabras, y la boca le sabía a sangre.
—Vamos. Trata de incinerarme con tu endomia como hiciste con mi gemelo. —El demonio transformó sus manos en garras—. Hazlo antes de que te arranque la piel.
Alhanna se puso en pie justo cuando Trivaz le propinaba un zarpazo.
Los afilados dedos desgarraron su abdomen y la sangre brotó de las laceraciones como un torrente.
Con la otra garra le arañó la cara. Ella rugió furiosa mientras se tapaba la herida y se limpiaba la sangre del rostro.
Sabía que se curaría, pero no por ello era menos doloroso.
¿Acaso Trivaz había fingido todo ese tiempo, esperando una oportunidad para quedarse a solas con ella y atacar?
La ira inundó sus sentidos. Una energía incontenible ardía en su interior.
Necesitaba expulsarla. Cuando el demonio corrió de nuevo hacia ella, Alhanna levantó los brazos y gritó con todas sus fuerzas mientras un intenso fuego de color plateado escapaba de su cuerpo.
Las llamas grises se alzaron por encima de los castaños y abrasaron sus copas.
La superficie plagada de hojas secas ardió con rapidez.
Alhanna sintió la calidez del fuego en su cuerpo.
El dolor que había padecido comenzó a remitir poco a poco.
Se dejó caer de rodillas, exhausta. De su abdomen ya no manaba sangre.
Entonces observó a Trivaz dirigir sus manos hacia ella.
¿La estaba curando? Cayó de lado. Las llamas desaparecían. Sonrió.
Rory la atendía con preocupación. Limpiaba su rostro con delicadeza mientras Alhanna permanecía acostada sobre su capa.
Quería decirle que no era necesario, pero le gustaba sentir la calidez de la mujer.
Ghiro preparaba algo de té, refunfuñando de mal humor.
Mayara permanecía apoyada en un tronco, haciendo bailar entre los dedos una aguja de acero.
No apartaba sus oscuros ojos de Trivaz y de Kishur. Ambos discutían sobre lo ocurrido.
—Estás enfadado, Raehlan —dijo el demonio con parsimonia.
—¿Enfadado? Ni siquiera te aproximas a describir cómo me siento. —Kishur dio un paso hacia él—. Decidí confiar en ti, y aprovechas la primera ocasión que se presenta para atacarla.
—Conseguí mi propósito, el fuego que creó es prueba de ello. —Trivaz dirigió una mirada hacia Alhanna y sonrió—. Al parecer ella solo funciona con violencia. No deberías preocuparte por sus heridas, curé las más graves. Y no solicité ser su profesor, Raehlan.
—Deja de llamarme así —ordenó el dárico con las mandíbulas tensas.
Alhanna sonrió un poco ante la actitud protectora de Kishur.
Iba a pedirle a Rory que la ayudara a levantarse cuando la mujer soltó el paño y dejó los brazos lánguidos junto al costado.
Su mirada se volvió descarnada. Ladeó la cabeza hacia Kishur y sus labios se tensaron en un intento de sonrisa.
Los dedos de su mano derecha se engarfiaron entorno al cuchillo que la mujer siempre llevaba encima.
Se puso en pie y Alhanna sintió escalofríos al verle la espalda encorvada.
—Kishur —lo llamó Alhanna mientras se incorporaba un poco—. Algo extraño le ocurre a Rory.
El dárico se giró justo a tiempo de ver como la mujer se abalanzaba hacia él.
Ella enarboló el cuchillo con intención de atravesar su pecho.
Todos reaccionaron con lentitud, incrédulos ante lo que sucedía.
Kishur se hizo a un lado y agarró la muñeca de Rory.
Luego la tiró al suelo y la inmovilizó con las rodillas sin ceder en su agarre.
Kishur reparó entonces en las pupilas dilatadas de la mujer.
—¿Quién eres? —preguntó el dárico con mesura.
—Sabes quién soy. Quería comprobar si el Dragón acudiría a salvarte de nuevo. —Quien hablaba lo hacía como Rory, pero era evidente que la chica no pronunciaba esas palabras a voluntad. Su voz carecía de emoción—. Debiste caer por la enfermedad de la sangre maldita, la fortuna siempre te favorece.
—¿Me quieres muerto? —Kishur sospechaba con quién estaba conversando: era el ser que le habló a través de Riaku, el que implantaba sueños en los hermanos Hal.
—Te advertí que no le entregaras tu vida al Dragón, que huyeras. Pero siempre le fuiste leal, desde el día en que te concedió la vida. —Gruñó rabiosa, enseñando los dientes—. ¡Debiste obedecerme! Impediré que llegues al Vacío.
—Jamás escucharía a alguien que posee las mentes de soñadores y se esconde tras ellos. Destruiste la vida de Shudei-Hal. —Apretó con fuerza la muñeca de Rory y acabó soltando el cuchillo—. Dime de una vez quién eres.
Rory comenzó a reír como una desquiciada. Con la mano que tenía libre, golpeó el rostro de Kishur y arañó su mejilla con las uñas. El dárico la aferró y se inclinó hacia el rostro pálido de la mujer. Enseñó los colmillos al fruncir los labios de rabia.
—Abandona a Rory, ¡vete de aquí! —ordenó Kishur.
Acabaría con su vida si era necesario, no permitiría que ese ser se apoderase de la mente de Rory.
Riaku siempre había logrado expulsarlo, pero al parecer ella era más débil que el soñador.
Rodeó su garganta con los dedos para privarla de aire.
Notó a la mujer estremecerse bajo su cuerpo.
Alhanna le pidió que parara mientras los demás se mantenían en silencio.
Ella lo miró con ojos desorbitados. Kishur no cedió la presión, ni siquiera cuando la boca abierta de Rory profirió un gemido de angustia.
Sus párpados se cerraron y por fin quedó inmóvil.
Soltó entonces su cuello.
—La has matado… —murmuró Alhanna de forma acusatoria.
— Naet . Solo la he dejado inconsciente. —Kishur observó a la joven, sorprendido al verla tan afectada, tenía los ojos llorosos—. Espero que al despertar sea ella de nuevo.