Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) El Hicama
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El Hicama

Aun así, les preocupaba desconocer sus verdaderas intenciones. Los kalastys se habían dividido en al menos tres grupos al abandonar el campamento de las Óleas.

«Traman algo grande, estoy convencido», le había dicho Sandar.

Enviaron halcones a las distintas ciudades dáricas.

Y, por orden de Sandar, pusieron en alerta a un pueblo humano por el que pasaron para que estos avisaran al gobierno de Marial-Pat; era todo cuanto podían hacer por esa gente.

Al igual que ellos, los humanos tendrían que luchar solos contra el ejército de las Avíseas.

De pronto, una gran sombra se arrojó sobre ella y todo cuanto la rodeaba: una criatura que parecía sacada de las leyendas más antiguas de su pueblo surcaba el firmamento ante sus ojos.

Halan se quedó sin aliento. El ser batió sus alas con fuerza y emitió un rugido que reverberó en los oídos de la dárica.

Los otros tripulantes dejaron sus quehaceres para contemplar asombrados a la bestia, que no tardó en desaparecer de su vista, sumergida entre las nubes. No cabía duda: era un dragón.

Lumiatz observaba a su general kalastys con ojos despiadados.

Rhiot se mantenía estoico, esforzándose por no mostrar miedo o duda frente a ella.

El barco se mecía en el Hicama con el viento a favor.

Los kalastys se habían apresurado a apartarse de la dama roja nada más posarse en cubierta bajo su forma dárica.

Llegó desde el cielo con un rugido atronador, más atroz que la peor de las tormentas.

Sus escamas rojas centellearon con las luces de las lunas.

El viento enredaba los bucles rojizos y castaños de Lumiatz.

—Lleváis mucho retraso —le recriminó la dama al general.

—Soy consciente, mi señora. Esta parte del Hicama es impredecible, debemos cuidarnos de los riscos que aparecen en mitad del cauce para no acabar precipitándonos contra ellos.

—Rhiot miró de reojo hacia sus soldados, que mantenían mucha distancia con ellos dos—.

Una vez tomemos tierra, viajaremos sin descanso hacia nuestro destino.

—Los humanos ya saben que os dirigís hacia Marial-Pat —comentó ella.

—Pero desconocen las otras rutas que los soldados han tomado y hacia dónde se dirigen. Eso nos dará ventaja para sorprenderlos —afirmó el general sin ápice de duda—. Y, con el apoyo que nos prometisteis, caeremos implacables sobre nuestros enemigos.

La dama sonrió y al general le cayó el sudor por la espalda. Que fingiera templanza no evitaba que el miedo arraigara con fuerza en su interior. La fría mirada de ella parecía cortar su piel. El barco se zarandeaba sobre la violenta corriente.

—Montarás sobre uno de mis dragones y los conducirás a la guerra. Ellos os darán la victoria. —La dama se acercó a él—. Serás un jinete, el primero entre los mortales.

—Será un honor. —Hizo una reverencia.

Lumiatz paseó por la cubierta mientras los kalastys seguían sus pasos con la mirada.

Contempló los acantilados que se erigían a la derecha.

El río era muy caudaloso en esa zona, y dificultaba incluso atisbar el otro lado de la orilla.

Tras esta nave avanzaban los otros barcos.

La dama roja comenzó a desprenderse de su forma dárica, y una bruma rojiza la envolvió poco a poco.

La piel se fue deshaciendo, arrastrada por unas brillantes escamas rojas.

Su volumen aumentó, amenazando la estabilidad del barco.

El aire arreció en cubierta y los kalastys tuvieron que agarrarse para no ser arrastrados.

Un rugido ancestral y furioso se alzó sobre el río.

El dragón rojo planeó arrojando su alargada sombra hacia los navíos.

Batió las potentes alas descarnadas y creó grandes ondulaciones en el cauce.

Ascendió a las alturas y se sintió completamente libre.

Recordó tiempos pasados, cuando surcar el cielo era algo habitual.

Ella y sus hermanos llevaban ocultos demasiado tiempo.

El aire silbó a su alrededor, mientras Lumiatz danzaba entre las nubes.

Las deshacía con su cuerpo escamoso, las atravesaba con sus potentes fauces abiertas y la larga cola que la ayudaba a impulsarse.

De pronto, sintió un gran apetito. Encogió las alas y bajó la cabeza, sobre la cual descansaba una cornamenta enroscada.

Cayó en picado a gran velocidad. Antes de alcanzar el río, desplegó de nuevo las alas.

Buscó tierra, planeando entre los acantilados.

Su olfato la ayudó a rastrear comida, su saliva se volvió espesa.

Alcanzó un pueblo humano. Los barcos anclados en el muelle parecían pequeñas cajas de madera en comparación con su cuerpo de dragón.

Las casas se apiñaban entre calles estrechas.

No tardó en oír los gritos de la gente que comenzó a correr aterrada. Una dulce melodía en sus oídos.

Lumiatz descendió un poco más, lanzando un rugido atronador.

Se mantuvo en el aire, generando un fuerte vendaval con sus alas.

Reunió su poder, se concentró. Notó la energía fluir dentro de ella y recorrer cada parte de su cuerpo.

Su garganta se infló poco a poco, emitiendo una luz rojiza.

Los humanos huían despavoridos. El dragón abrió la boca y expulsó energía convertida en lenguas de fuego rojo.

Las llamas devoraron los barcos y el muelle, las primeras casas y a la gente que intentaba esconderse.

Satisfecha, posó las gruesas patas en la plaza del pueblo. Los edificios comenzaron a ceder y a derrumbarse bajo su poderoso cuerpo, y los pobres desgraciados que se guarecían dentro quedaron sepultados en cuestión de segundos.

Atacó sin piedad. Capturó entre sus mandíbulas a cada hombre y mujer que logró alcanzar, y los desmembró con sus afilados colmillos.

Devoró su carne en un intento de saciar el hambre que la atosigaba.

Caminó destruyendo cuanto encontraba a su paso, lanzando llamaradas para abrirse paso.

Arrasó con todas las casas, convirtiendo el pequeño pueblo en un amasijo de piedras.

Lumiatz rugió con fuerza. Volvería a ser temida por los seres mortales, humanos y dáricos. Se alzaría sobre ellos y todos se doblegarían ante sus deseos. Incluso Kishur.