Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ehogan #2
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Ehogan #2

—No me das ninguna pena —contestó Alhanna. Aunque sí estaba sorprendida por el arrebato de sinceridad del demonio.

La joven volvió a recordar al vigía de la Jistar y se preguntó si le habría resultado tan sencillo matarlo de haber tenido todo su poder. ¿De qué modo traicionaron a Osharan?

—Dejémoslo por hoy —los interrumpió Kishur con brusquedad.

El dárico llevaba rato notando una presencia acechando en la maleza.

No percibía peligro alguno, pero no le agradaba saber que alguien merodeaba cerca de ellos.

Estaban lejos del campamento, así que decidió que debían regresar junto a los demás.

Las sombras jugaban entre los árboles mecidos por el viento.

El agua repiqueteaba sobre las hojas. Kishur les hizo una señal a Trivaz y Alhanna y los tres abandonaron aquel lugar en silencio.

Gaelos se quedó oculta tras el árbol. Lo último que necesitaba era que Trivaz o el dárico la descubrieran.

¿Cómo había sabido Raehlan que alguien los espiaba?

Su visión tenía un alcance formidable. Aguardó allí largo rato.

Estaba conmocionada por la confesión del demonio.

Recordaba el miedo que le había tenido al vigía de la Jistar y la furia invadió su corazón.

Ambos Trivaz la habían engañado, a ella y a sus hermanos, al hacerles creer que seguían siendo igual de poderosos que siempre.

Deseaba comprobar qué tan di ferente era este otro Trivaz.

Iba a marcharse, pero una angustiosa inquietud la disuadió, así que decidió esperar un poco más.

Aunque los tres se encontraban ya lejos, la diosa percibía una presencia abrumadora a su alrededor.

No era nada visible, solo una sensación que le erizaba todo el vello del cuerpo.

Limpió el sudor de su nuca. ¿Qué era aquello que la perturbaba de tal modo?

No pensaba acercarse de nuevo a ellos para comprobar de qué se trataba.

Era demasiado arriesgado, seguro que el dárico se mantenía alerta.

Trivaz no era el único inmortal que los acompañaba, estaba convencida. Se lo decía aquella desagradable sensación que tenía pegada a la piel. Tan solo podía pensar en una clase de criatura que pudiera provocarle semejante malestar. Pero no, se dijo. No era posible…

Al llegar junto a los demás, Rory les ofreció una taza de té.

La mujer no se mostraba amedrentada por la compañía de Trivaz.

A la cabaña le faltaba parte de una pared por donde se colaba el viento y un poco de lluvia, pero les serviría de refugio.

Kishur se preguntó en qué lugar estaría Osharan y, como si diera respuesta a sus pensamientos, atisbó su figura a unos metros de ellos.

El agua no parecía importunar al Dragón. Tenía la cabeza alzada hacia el cielo y una pose relajada. Trivaz también observaba a Osharan, sentado junto al fuego.

Él también debería sentarse. Pero antes de poder hacerlo y disfrutar de la bebida caliente, Mayara entró a toda prisa con la espada en la mano. El arma chorreaba sangre.

—Un grupo de demonios se dirige hacia aquí, lo forman quince soldados. He acabado con dos que rastreaban los alrededores de la cabaña —explicó la dárica con la respiración acelerada—. Se nos echarán encima en un momento.

Todos se apresuraron a recoger sus armas.

Rory, por lo contrario, se quedó inmóvil.

Ádria acompañó a Mayara para tomar posición frente a la cabaña.

No tendrían tiempo de escapar, así que lucharían.

Salieron a la intemperie y la tormenta arrojó un fuerte aguacero sobre ellos.

El Dragón los alcanzó y fue junto a Kishur.

—Lucharé a tu lado —dijo mientras se subía aquella siniestra capucha creada a partir de la Oscuridad. El demonio dejó escapar un gemido de sorpresa.

—Trivaz, quédate junto a Alhanna y Rory para protegerlas. —Kishur creyó que no lo había oído, el demonio se había quedado atónito ante la noticia de que Osharan iba a intervenir.

—Bien. —Fue cuanto dijo Trivaz.

—Los demás, salgamos al encuentro de esas malditas criaturas —ordenó el dárico.

Caminaron detrás de Mayara y enseguida dejaron la cabaña atrás.

Osharan se movía de forma casi imperceptible, sus pies parecían flotar a pesar de la hierba aplastada a su paso.

Un halo de tinieblas lo cubría. No tardaron en encontrarse a los demonios, quienes se estaban preparando para rodearlos.

Los dáricos se de tuvieron al amparo de las sombras.

Contemplaron a sus enemigos, cuya apariencia se asemejaba a la de ellos mismos.

Pero aquellos ojos ambarinos no podían ver en la noche.

Kishur localizó al que debía ser su líder; llevaba la misma armadura negra con el sello rojo de una garra en el pecho.

Kishur desenvainó despacio el arma y Osharan lo imitó, copiando cada uno de sus movimientos. Mayara y Ádria se desplazaron hacia ambos flancos y Ghiro se quedó unos pasos atrás. Kishur y Osharan avanzaron en primer lugar.

— ¡Restralag io náeda! —bramó Kishur, mientras se lanzaba al ataque.

La ofensiva sorpresa les dio cierta ventaja sobre sus oponentes.

El dárico se enfrentó al comandante de los demonios, y este respondió con contundencia.

El clamor de los aceros retronó en el bosque.

Dos soldados más lo atacaron por la espalda.

Kishur blandió el arma con soltura, como si danzara con sus enemigos.

Cortó la garganta de uno de ellos y laceró el vientre de otro.

Su líder resistió las fuertes estocadas, arremetiendo contra Kishur con ra bia.

Los hajaeks luchaban sin dejar de cubrir a Ghiro en todo mo mento.

—Has sido muy astuto al anticiparte a nosotros —masculló el comandante de los demonios.

Kishur no le respondió. Hicieron chocar sus armas de nuevo.

El dárico notaba los árboles demasiado cerca, parecían aprisionar lo.

De reojo percibió la sombra que se cernía sobre él y levantó la espada para detener la embestida.

Con la mano libre sacó una daga y la clavó en la garganta del atacante.

Con un giro de muñeca posicionó el delgado acero frente a su rostro justo cuando el líder bajaba la suya.

La fuerza de la arremetida hizo que el brazo de Kishur temblara.

Osharan apareció tras el dárico y alagó el brazo por encima de su hombro.

Arrancó la garganta del demonio con su garra.

Los soldados rugieron furiosos al perder a su comandante; cuatro de ellos se les echaron encima.

Kishur se dio la vuelta y notó la espalda del Dragón contra la suya.

Atisbó un brillo metálico a lo lejos y, al moverse, una flecha se clavó en el suelo junto a sus pies.

—¡Arqueros en los árboles! —advirtió a los demás.

Una saeta acertó en el brazo izquierdo de Ádria.

El hajaek lanzó un alarido rabioso al sentir el dolor, pero siguió luchando; aquello no podría detenerlo.

Kishur se deshizo de otro soldado, pero los que quedaban eran formidables guerreros.

Osharan usaba tanto la espada como su garra para abatirlos.

Sus ataques eran contundentes. Oyó el silbido de otra flecha y se hizo a un lado con rapidez, aunque no pudo evitar que la punta rozara su mejilla izquierda.

Sintió un profundo resquemor en la cara y la calidez de la sangre descendiendo por ella.

Entonces, percibió un ligero temblor bajo sus pies.

Osharan se puso frente a él y jirones de sombras escaparon del cristal y recorrieron el paraje boscoso a gran velocidad, ascendiendo incluso hacia las copas de los árboles.

Buscaron a cada uno de los demonios como si fueran serpientes hambrientas.

Aquellas sombras perforaban incluso el acero de las armaduras.

Comenzaron a destrozar sus cuerpos, a desmembrarlos sin compasión.

Los rugi dos de las criaturas se tornaron ensordecedores.

Kishur contuvo el aliento ante aquella macabra escena.

Les cayó encima una lluvia rojiza, acompañada de miembros cercenados.

El hedor a vísceras se hizo insoportable.

Cuando todo quedó en silencio, tan solo los dáricos continuaban en pie.

Kishur percibió una de las sombras reptando por su cuerpo.

No se movió ni cuando alcanzó su rostro.

Enseguida notó que la herida dejaba de escocer, y supo que Osharan acababa de curarlo.

Miró hacia Ádria, que tenía otro jirón de bruma enroscado alrededor del brazo.

El Dragón se volvió entonces hacia él y sonrió mientras se bajaba la capucha. Rozó la mejilla de Kishur con la punta de los dedos y el dárico se estremeció. Y en ese instante tuvo la certeza de que Osharan sería capaz de plagar el mundo de cadáveres si él se lo pedía.