Ehogan
Ese mismo día, antes del amanecer, Trivaz apareció para unirse a su grupo.
Le cedieron el vargum que había pertenecido a Tottem, por lo que Alhanna y Rory acabaron juntas en el de Eltsay.
Ahora sí que formaban una compañía de lo más extraña.
Antes de abandonar el paraje donde habían pasado la noche, Osharan hizo acto de presencia.
El viento gélido y el crujido de las ramas anunciaron su llegada.
Alhanna palideció nada más verlo. El Dragón montaba en el animal azabache, esta vez con silla, ataviado con ropas muy similares a las de Kishur.
El dárico ordenó a los demás adelantarse.
Cuando los hubo perdido de vista, hizo trotar su montura hacia Osharan.
Era la primera vez que lo tenía delante tras la noche en la que lo apuñaló para defender a Alhanna.
Se fijó en que llevaba una espada cruzada en la espalda.
¿Para qué necesitaba Osharan un arma semejante?
—Os hace falta una capa, convendría que ocultarais vuestro rostro con la capucha cuando nos crucemos con otros viajeros —dijo Kishur para romper el silencio—. Podemos conseguiros una en el próximo pueblo.
Del cristal que Osharan llevaba al cuello escapó entonces una niebla que subió hacia sus hombros y descendió por su espalda. La bruma comenzó a tomar forma y a cambiar de consistencia has ta transformarse en un manto de tela negra: una capa con una amplia capucha. Kishur lo contempló incrédulo.
—Supongo que podéis moldear el mundo a vuestro antojo —concluyó el dárico.
—El mundo está formado de Oscuridad, y esta me pertenece —declaró Osharan.
No quiso reparar en lo que aquello significaba.
Era muy consciente del poder inconmensurable del Dragón, y eso era suficiente.
La mirada de Osharan parecía atravesar su cuerpo y alcanzar su lanfe.
Era tan corta la distancia entre ellos que Kishur pudo distinguir con claridad el brillo rojizo de sus pupilas.
—No me disculparé por derramar vuestra sangre, lo hice tratando de ayudar a Alhanna.
Soy incapaz de verla sufrir. El vínculo entre nosotros me arrastra siempre hacia ella, me empuja a querer protegerla pase lo que pase.
Espero que todo esto merezca la pena y que Trivaz pueda instruirla en el uso de su poder.
—El aire arrojó algunas hojas secas sobre ellos—.
Soy consciente de que sufriremos infortunios a lo largo del viaje, pero yo siempre trataré de salvar a quienes viajan conmigo. Espero que lo comprendáis.
—Ellos no son necesarios —le aseguró el Dragón.
—Lo son para mí. Tenéis mi lealtad, pero os aseguro que no s oy como los demás, que están dispuestos a todo por complaceros. Hay límites que jamás sobrepasaré. —Kishur alzó la barbilla , de safiante.
Osharan clavó en él una mirada adusta, pero aquellos ojos que parecían hechos de fuego no amedrentaban al dárico.
Entonces, el Dragón esbozó una sonrisa torcida e hizo avanzar al vargum para alejarse de él.
Kishur presintió que sus días se volverían cada vez más oscuros mientras Osharan siguiera con ellos.
La voz de Trivaz captó la atención del dárico y lo trajo de vuelta al presente.
Alhanna observaba al demonio con rencor.
Ki shur no pensaba dejarlos a solas, no confiaba en ninguno de los dos.
La última luz de la tarde comenzaba a menguar entre las nu bes de tormenta.
Estaban lejos de la cabaña abandonada con la que se habían topado por casualidad y donde habían decidido que pasarían la noche.
—¿Has llegado a usar la endomia siendo consciente de lo que hacías? —preguntó Trivaz mientras se cruzaba de brazos.
—No estoy segura —respondió Alhanna—. Cuando lo he hecho porque lo deseaba, no puedo decir que fuera yo completamente.
Sentía que otra tomaba el control de mi cuerpo.
Me ocurre a menudo, es como si algo durmiera en mi interior y despertara de pronto.
Esa otra Alhanna siempre sabe qué hacer. —Trivaz asintió.
—Ese es un gran problema: aún no has aceptado lo que eres.
—Trivaz ladeó la cabeza y mostró una ligera sonrisa—.
Pero lo harás, y rápido. Como ya sabes, no puedes usar tu propio lanfe, así que comencemos por lo más básico.
—Señaló todo a su alrededor—. Debes conseguir ver la energía que te rodea siempre que quieras.
—De acuerdo. —Alhanna tomó aire despacio y trató de rela jarse.
—La energía es como el viento, como el aroma de las flores, como el calor del fuego.
Debes buscarla siguiendo el rastro que deja.
—Fue hacia ella y comenzó a caminar a su alrededor—.
Una vez la domines, bastará con un pestañeo para que el mundo cambie ante ti y se muestre en su forma primigenia.
Eso sí lo has visto alguna vez, ¿me equivoco?
—Sí. He visto todo cuanto me rodeaba transformarse en colores brillantes que bailaban a mí alrededor, y también las llamas que los seres vivos desprenden. —Alhanna recordó los lanfes que había contemplado—. Algunas son más imponentes que otras.
—Bien. —Trivaz se detuvo frente a ella y habló en voz baja—. Busca la energía dentro de tu mente, puedes verla incluso con los ojos cerrados. Está entre nosotros, en el suelo que pisas, en el aire que te acaricia, en los árboles que nos rodean.
Alhanna hizo cuanto le pedía y dejó que la suave voz del demonio la transportara lejos de aquel bosque.
Se sumió en la profunda oscuridad de su mente.
Allí estaba sola, ni siquiera podía atisbar el lago de plata.
Respiró con calma, percibiendo el entorno y las sensaciones que este provocaba en ella.
El viento arrancaba una resonante melodía de los viejos robles al hacer chocar sus ramas. Olía a tierra mojada, a hierba húmeda.
Al cabo de un rato, desistió y abrió los ojos para enfrentarse a Trivaz.
—Continúa —ordenó Trivaz—. Al otro lado de la Jistar sería más sencillo, pues allí la energía no está limitada como ocurre aquí. Pero el dárico ya dejó bastante claro que no permitirá que vayas al lado inmortal.
—Yo creí que la barrera era un simple muro, pero se trata de algo más. Encierra por completo esta parte del mundo, ¿verdad? —Alhanna sentía mucha curiosidad.
—Sí. —Trivaz parecía molesto por tener que responder—.
Por eso los endómicos capaces de usar la energía de su entorno fueron perdiendo su capacidad con el paso del tiempo, porque cada vez les resultaba más difícil verla.
Este lado del mundo se debilita. Y, cuanto más se consume, más energía desaparece.
—Trivaz miró de reojo al dárico—. Si hubieras aceptado irte con mi gemelo, habríais derribado la Jistar y liberado el mundo, y ahora no estaríamos en esta situación, puesto que no habría devoradores en el Vacío.
Kishur se separó de la roca donde estaba apoyado y camino unos pasos hacia ellos.
—Tu gemelo le confió secretos a mi gente para ponerlos en mi contra, como ocurrió con los estudiantes de endomia en Fraem-Lab.
Nunca logré averiguar qué les pudo ofrecer para manipular los —dijo el dárico interrumpiendo la conversación entre Alhan na y Trivaz—.
Un mundo libre de la Jistar donde usar la endomia sin restricciones se me antoja posible. ¿Estoy en lo cierto?
—Sí. Les confió la verdad sobre la Jistar y les explicó que este lado del mundo se consume de forma progresiva. Fue un necio. —Negó con la cabeza.
—Merecía morir por sus actos. No puedo perdonar la lucha que desató en Fraem-Lab y que acabó con la vida de tantos estudiantes, además de mi arquero.
Tampoco olvidaré lo ocurrido en la montaña de los Moradores.
—El dárico apretó los puños al sen tir un ramalazo de tristeza.
Después de todo, lamentaba la muerte de aquel Trivaz—.
Si su propósito era liberar el mundo, debió ser sincero desde el principio.
—¿Acaso le habrías creído? —preguntó el demonio.
Kishur sabía que la respuesta era no. Por aquel entonces ni siquiera estuvo dispuesto a escucharle.
Alhanna recordó el instante en que las llamas devoraron el cuerpo de Trivaz, y cómo él la empujó para apartarla y salvarle la vida.
Cerró los ojos y pudo oír la Canción que había condenado al demonio.
La flauta de Riaku sonó claramente en su cabeza.
Levantó los párpados y se encontró con los colores vívidos que conformaban un paraje hermoso.
Una vibrante luz dorada modelaba ahora la silueta de Trivaz, pero no le pareció nada formidable.
Alhanna se giró hacia Kishur, y el cuerpo del dárico desapareció para dar paso a una imponente llama gris que se alzaba sobre las copas de los árboles.
Una fuerza abrumadora la atrajo y estiró sus brazos con ansias de tocarla. Pero, de pronto, desapareció.
—Parece que al menos hemos conseguido algo —dijo Trivaz a su lado.
Entonces Alhanna levantó el rostro hacia el firmamento. ¿Sería capaz de ver la Jistar alguna vez? Algo cambió de forma repentina, pero fue tan fugaz que apenas tuvo tiempo de apreciarlo. Le pareció ver unos hilos violetas enredados entre las nubes, como si formaran una intrincada telaraña.
Miró de nuevo al demonio. Al observar los lanfes de Kishur y Trivaz momentos antes, la joven se había percatado de algo muy extraño.
—¿Por qué el lanfe de Kishur es más grandioso que el tuyo? —El rostro perplejo de Trivaz le arrancó una sonrisa a Alhanna—. Eres inmortal y se supone que posees un gran poder, pero tu ener gía parecía menguar en comparación con la de Kishur.
—Has reparado en algo que ni siquiera los dioses conocen.
Sí, ya no soy el mismo, perdí casi todo mi poder.
El Dragón no perdona que lo traicionen, y mi hermano y yo lo hicimos.
Nos infligió un castigo ejemplar —Trivaz habló con rabia, su mirada se había oscurecido—.
Nos arrebató casi todo nuestro lanfe al igual que ha hecho contigo, pero la diferencia es que a mí jamás me lo devolverá. ¿Te complace saber eso?