Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

—Jamás te había pedido nada hasta esa noche en el puente.

Pensé que tu amistad era sincera —continuó el general—.

Fui un incrédulo al creer que me apoyarías, y no vi venir tu traición.

Impediste que el consejo me eligiera rey en aquel momento, pero ¿crees que lograrás detenerme?

Nos haces perder el tiempo con una votación que se alargará meses; mientras tanto, los kalastys se acercan a la ciudad y yo sigo sin tener el control total del gobierno para preparar Marial-Pat para el ataque. ¿Sabes qué planea el Galaef?

—Claro que no, llevo días sin salir de la cama —le espetó Quiazz.

—Están organizando una ceremonia en honor a Zaraen.

—Soltó el vaso con fuerza ante la mirada atónita del joven—.

¡La guerra se avecina! Lo que tiene que hacer la gente es afilar las armas, no sacar los vestidos de gala.

Tanto el consejo como la mayoría de los nobles creen que los kalastys no representan un peligro real, que las murallas de Marial-Pat nos protegerán.

Pero no es verdad, lo harán los hombres que luchen para defender la ciudad.

—Eso es porque no han visto de lo que esos seres son capaces. No han visto la destrucción que dejaron a su paso por el Norte. —Quiazz se pasó la mano por la nuca—. Creía que ejercías un gran dominio sobre los ancianos. ¿Qué ha cambiado?

—Tú. —Fue hacia Quiazz y lo agarró de la camisa para levantarlo de la silla con brusquedad—.

¡Todo esto es culpa tuya! Los tenía donde necesitaba.

Iban a darme la corona, y tú lo has estropeado todo.

Ahora, en lugar de dedicar todos los esfuerzos y recursos en preparar las defensas de la ciudad, tendremos una fiesta que habría hecho vomitar a tu padre. Aún estamos a tiempo. Retírate, Quiazz.

—No puedo. —Quiazz agarró las muñecas de Gastor cuando este apretó los puños y tiró de su camisa un poco más—. Aunque me odies, no puedo permitir que gobiernes.

—¿Por qué? Sigo sin comprenderlo, ¿por qué no confías en mí? —preguntó con pesar.

—Porque eres peor que mi padre. Justificas los medios para lograr el fin.

Eres capaz de cometer barbaries. ¿O debo recordarte la vez que le cortaste la lengua a un hombre desarmado?

—Vio la sorpresa en los ojos del general—.

He oído rumores, no te molestes en desmentirlos.

Te has vuelto despiadado. Necesitas límites.

—¿Y serás tú el encargado de ponérmelos? —Prorrumpió en una amarga carcajada.

Gastor lo soltó de golpe y Quiazz trastrabilló. El general fue hacia la puerta y la abrió para marcharse, pero antes de salir miró de nuevo al joven.

—Ese al que corté la lengua era un hombre de Nactam-Kae.

Me trajo el trozo de piel que te habían arrancado.

—Quiazz trató de ocultar una punzada de culpabilidad—.

Sí, cometí una barbaridad, y lo hice por ti.

No te confundas, soy el mismo de siempre, con la misma debilidad: tú.

Quizá debería acabar de una vez con mi verdadero problema.

Cerró la puerta de golpe al salir. Quiazz no sabía por donde empezar a procesar la conversación. ¿Que él era su debilidad? ¿Y eso qué significaba? Se llevó la mano al estómago. Sentía náuseas y la fiebre embotaba su cabeza. No era el mejor momento para tomar decisiones.

Se quedó allí un buen rato, como si esperase que Gastor regresara de nuevo. En el fondo de su corazón, era cuanto deseaba.

La noche proyectaba una luz mortecina sobre el paisaje.

El aire no lograba apaciguar la ira del general.

Caminaba por las calles oculto por su capucha, había dejado el caballo en los establos.

Necesitaba desprenderse de su rabia antes de llegar o lo acabaría consumiendo.

Iba en busca de Annie. Ella era la reina de los rumores; sus chicas siempre recababan información de los clientes del burdel, de modo que podría averiguar algo sobre el atentado contra Quiazz.

Pensar que sus propios hombres podrían haberlo matado le hacía estremecerse.

La acalorada discusión con Quiazz había hecho que se le escaparan algunos detalles en los que reparaba ahora. Si solo había sufrido un rasguño, ¿qué clase de enfermedad lo había dejado en cama?

Desde el patio se oía la música que envolvía el local.

Gastor aguardó para serenarse del todo, no quería que Annie lo viera tan ansioso.

Recordó el día que encontró allí a Quiazz tras su regreso a Marial-Pat y este se echó a llorar en sus brazos.

En ese momento quiso convertirse en su pilar.

¿Cómo habían llegado las cosas hasta ese punto?

¿Por qué Quiazz no podía limitarse a apoyarlo?

«Eres peor que mi padre», le había dicho el joven.

Quedarse allí parado no lo ayudaba en nada, así que decidió entrar por la ventana.

Encontró la estancia con el aroma a rosas de siempre, alumbrada con una lámpara de aceite.

Se desprendió de la espada, las botas y la capa.

No se dio cuenta de lo agotado que estaba hasta que se dejó caer sobre el colchón.

Esperó. Annie acudiría cuando el trabajo en el salón la dejara libre.

Su cabeza siguió trabajando, pensando en la dichosa ceremonia en honor a Zaraen, en los nobles que participarían en la votación, en la guerra, en las murallas de la ciudad, en la endómica que no daba señales de vida.

Cuando por fin oyó los ligeros pasos acercarse por el corredor, tenía jaqueca.

Annie golpeó la puerta con suavidad y luego entró sin esperar una invitación; ella no la necesitaba. Lucía un hermoso vestido de seda rojo.

—Tienes mala cara —advirtió la mujer nada más verlo—. ¿Otro encuentro con el líder de los gaeshan?

—No, aunque aparecerá pronto, estoy seguro.

Quería conocer de primera mano todo sobre el viaje de Quiazz —respondió Gastor con aprensión—.

Ni siquiera he conseguido que se sincere, de modo que no quiero imaginar lo que sucedería si permito que el gaeshan se reúna con él y este se niegue a hablar.

—Gastor fue hacia la mesa para beber un poco de agua mientras ella tomaba asiento con calma en una de las sillas de terciopelo negro—.

Fui a ver a Quiazz y me mostró una flecha igual a la que usan los rompedores.

Intentaron matarlo. Mañana abriré una investigación oficial, pero me vendría bien si tú…

—Tenía la esperanza de que no lo descubrieras —lo cortó ella con brusquedad.

Gastor dejó la jarra con agua suspendida en el aire y se giró para mirarla.

—Hace cuatro noches dos rompedores vinieron aquí; fueron compañeros tuyos en el pasado, según aseguraron.

—Annie se arregló el pelo con delicadeza y cruzó los brazos bajo el pecho—.

Bebieron más de la cuenta, entre brindis y vítores.

Su actitud puso en alerta a mis chicas, y por consiguiente a mí.

Logré sonsacarles qué les tenía tan eufóricos, y me aseguraron, embriagados, que el bastardo había dejado de ser un problema y que muy pronto te convertirías en nuestro rey.

—¿Qué hicieron? —quiso saber, sin poder relajar ni un músculo.

—Dijeron que lo habían matado, que habían atravesado su pecho con una flecha.

—A la mujer le inquietó la ominosa mirada del general—.

A la mañana siguiente me encargué de averiguar cómo estaba Quiazz, pero solo estaba enfermo, al parecer, así que lo dejé pasar.

Pensé que eran solo mentiras de borrachos.

—No era ninguna mentira, yo he tenido la jodida flecha en las manos. —Respiró profundamente para intentar calmarse—. Quiazz dijo que solo le hicieron un rasguño.

Pero sus hombres estaban bien entrenados, y la supuesta enfermedad de Quiazz era de lo más sospechosa. Este le había ocultado muchas cosas, incluso estaba involucrado con seres inmortales.

Gastor lanzó la jarra de agua contra la pared, y el estruendo hizo que Annie diera un brinco.

Había visto la sangre que manchaba la pluma de la flecha.

Y además, ¿para qué limpiar la saeta con tanto esmero si no había en ella nada que esconder?

No, era evidente que sí que había herido a Quiazz de gravedad.

—Comienzo a sospechar que esa flecha sí que atravesó su pecho —admitió el general. Se acercó a Annie y se alzó sobre ella igual que una torre—. Quiero que me describas a esos dos desgraciados que se jactaron de haberle herido de muerte.

Necesitaba respuestas, y sabía por dónde empezar.