Marial-Pat
—¿Lograrás leerte todo el temario antes del examen? —preguntó el general.
—Por supuesto —respondió ufana la joven.
Una treintena de libros se apilaban junto al sillón.
Era el temario para el examen final de acceso a la sección de los capas negras.
De momento, nadie sabía que era una chica.
Gastor la presentaría oficialmente cuando superase la última prueba, y Oxa sería la primera mujer que entrara en el ejército.
Esperaba que antes de eso las mentiras dirigidas a Quiazz surtieran efecto y que la preocupación por ella lo animara a rendirse.
—Si sigues pensando en ese idiota de Quiazz… —comenzó a decir Oxa.
—Cállate y sigue estudiando —la interrumpió Gastor de mal humor—. Lo conozco muy bien, acabará cediendo si cree que estás en peligro. Tú concéntrate solo en aprobar el examen. Esfuérzate para no dejarme en mal lugar.
La joven lanzó un largo suspiro y volvió a enterrar el rostro en el libro.
El general sonrió, le divertía el genio rebelde de la chica.
Era joven, pero aprendería. Con su admisión en el ejército el general esperaba iniciar una nueva etapa.
Tampoco era una idea que hubiera surgido de repente, llevaba mucho tiempo rondando su mente, desde que Quiazz la expuso ante Zaraen.
Que las mujeres pudieran tomar las armas supondría un gran cambio para su sociedad.
Sería un camino difícil, pero estaba dispuesto a acallar a quienes se posicionaran en contra.
Llamaron a la puerta y Beres entró en la estancia. El soldado se sentó frente a él, con la mirada inquieta. Observó de reojo a Oxa y el general asintió conforme para que hablara frente a ella.
—He ido a la casa del bastardo, pero su mayordomo me ha impedido el acceso.
He preferido no entrar a la fuerza. —El comandante se rascó la nuca—.
El viejo me ha asegurado que el joven sigue enfermo, y debe ser cierto.
He podido verlo un instante y era evidente que lleva noches sin dormir.
Estaba muy pálido. Y mis vigías aseguran que vieron a dos médicos entrar esta mañana.
—Seguro que solo es una treta —apuntó Oxa desde el sillón.
—¿Acaso se te ha permitido hablar? —Beres apretó los labios, la osadía de la chica lo sacaba de quicio—. Harías bien en recordar tu posición.
Gastor apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
Quiazz nunca había destacado por mentir, y dudaba que fuera a comenzar ahora.
Si estaba enfermo, eso explicaría por qué no le había dado una respuesta.
Pasó la mano por su escritorio. Luego se puso en pie y tomó su capa ante la mirada atenta de Beres y de Oxa.
—Vigila a esta cría. Que no salga de aquí y que siga estudiando. No tardaré en volver.
—¿Vas a ir a su casa? —Beres fue tras él mientras abandonaba la estancia—. Si la gente te ve allí pensarán que lo estás presionando para que retire su candidatura. Ya circulan rumores por la ciudad, no los alientes. Debes mantenerte alejado.
—Eso ya no importa a estas alturas —respondió, tajante.
Gastor se apresuró a bajar las escaleras.
Una vez fuera del edificio se puso la capucha y pidió que trajeran su caballo para ir más rápido.
De pronto, se sentía inquieto por la clase de enfermedad que Quiazz padecía.
¿Lo había sometido a demasiada presión? Pensó que podría aprovechar su debilidad para apartarlo del gobierno.
Las sábanas estaban empapadas de sudor pero olía a rosas frescas; su mayordomo había dejado un jarrón junto a la cama para que la convalecencia de Quiazz fuera más llevadera.
El joven seguía enfermo. Notaba los sentidos aletargados, como si ese cuerpo no le perteneciera del todo.
Su visión continuaba un poco borrosa. Los médicos no hallaban respuesta a su mal, pero él sabía que era la consecuencia de haberse acercado tanto a la muerte.
Cada vez que recordaba la visión de Zahel se estremecía.
La torre lo llamaba a gritos. Gaelos había curado su herida y eso le había salvado la vida.
—¿Quieres un poco de agua? —preguntó el mayordomo acercándole un vaso.
El anciano había permanecido junto a su cama desde la noche en la que esa flecha le había atravesado el pecho—.
Me preocupa la visita de esta mañana del comandante Beres, ha debido enviarlo el general.
Limpié la sangre del suelo a conciencia, pero si Gastor…
—No te preocupes, dudo que venga a verme. —Con gran esfuerzo, logró sentarse.
Bebió el agua que el anciano le ofrecía y sintió alivio en la garganta reseca.
—¿Vas a contarme que sucedió realmente? —Lo miró con severidad, esperando una respuesta sincera—. Te encontré tirado sobre un charco de sangre, con la cicatriz de tu pecho aún fresca como si acabara de cerrarse.
—Lo siento. Me gustaría decirte la verdad, pero no puedo. Créeme, es lo mejor. —Por la expresión del anciano, supo que eso no lo convencía.
—Bueno, habrá que buscar cortinas nuevas —comentó el anciano.
Quiazz se acarició la cicatriz en su torso desnudo.
Estaba tierna y dolía. Si cerraba los ojos podía oír la voz suplicante de Gaelos pidiéndole que despertara, veía las telas de colores a su alrededor y notaba la sangre empapando su cuerpo.
Y también era capaz de vislumbrar Zahel y a Alhanna tan claramente que le resultaba doloroso.
No comprendía cómo podía extrañar a alguien que no conocía, pero en esos momentos deseaba tenerla a su lado.
El anciano lo ayudó a asearse y le trajo sopa.
Comer le hizo sentirse mejor y logró salir un rato al jardín para que el aire refrescara su piel.
A solas, rememoró lo ocurrido aquella noche.
La flecha se encontraba sobre el escritorio, su mayordomo la había limpiado a conciencia para retirar los restos de sangre.
Las plumas eran de un color azul intenso y estaban ribeteadas en negro.
Su padre le había instruido acerca de las armas que se usaban en el ejército, de modo que conocía aquella saeta.
Pero lo más inquietante, pensó, habían sido los silbidos que había confundido con el canto de un ave, y que alcanzó a oír justo antes del ataque.
Regresó a la habitación sintiéndose muy débil.
Al entrar oyó la voz de Gastor fuera de la estancia.
Quiazz se tensó de inmediato. Ya sabía que el anciano no lograría impedirle el paso, el general siempre actuaba a placer.
Esa vez no fue diferente: entró en la estancia sin llamar y, al ver a Quiazz junto al escritorio, se detuvo en el umbral.
—Dicen que estás enfermo. —Y, desde luego, lo parecía. Gastor detuvo su avance al percibir algo nuevo en la mirada de Quiazz—. ¿Acaso me tienes miedo?
—¿Para qué has venido? —Quiazz se sintió solo y desprotegido.
El general reparó entonces en la flecha sobre la mesa.
—Supongo que la reconoces —lo tentó Quiazz mientras tomaba el objeto—.
A pesar de todo, tenía mis dudas. El color de las plumas corresponde a la facción de los rompedores.
—Quiazz encerró la saeta en su mano—. Ellos también usan silbidos para comunicarse.
Te oí practicar en algunas ocasiones cuando eras un simple soldado.
—Al ver que Gastor no daba señales de comprender lo que insinuaba, Quiazz fue al grano—.
Me atacaron hace unas noches en mi propia casa.
Gastor palideció. Miró de arriba abajo a Quiazz, buscando la herida en su cuerpo. Por fortuna, la camisa ocultaba la cicatriz rosácea.
—¿Sospechas de mí? —Quiazz negó con la cabeza de forma apresurada, pero el temor de su mirada no desapareció—. Bien. Porque, si te quisiera muerto, iría de frente.
—Eso me tranquiliza mucho —ironizó Quiazz con la garganta seca.
—¿Por qué no fui informado? Debiste decírmelo esa misma noche.
—Caminó hacia él mientras Quiazz retrocedía.
Le quitó la flecha y la inspeccionó atentamente—.
Al parecer, la madera ha sido limpiada con sumo cuidado, pero guarda un pequeño resto en una de las plumas.
Diría que es sangre. —Levantó la cabeza para mirarlo—. ¿Es tuya?
—Sí. —Quiazz intentó alejarse, pero Gastor lo agarró del codo.
—¿Dónde te hirieron? —preguntó el general, sin poder ocultar su inquietud.
—Fue un rasguño sin importancia. —Quiazz se estremeció al recordar cómo la flecha atravesó su pecho—.
Lo que debería preocuparte es que tus soldados intentaran matarme.
Lo hicieron por ti, aunque no lo ordenaras.
Me dispararon dos flechas, pero pude entrar en casa a tiempo.
Supongo que quieren quitarme de en medio para que puedas convertirte en rey.
Estarás orgulloso de la lealtad de tus hombres.
—Apartó la mano de Gastor y tomó asiento.
Estaba un poco mareado—. Necesito descansar, no deberías haber venido.
—No dirás que no te lo advertí. Casi mereces lo que te ha ocurrido —dijo Gastor con rabia.
Quiazz lamentó aquellas palabras, aunque en el fondo sospechara que no eran del todo sinceras. Se pasó una mano por la frente e intuyó que comenzaba a tener fiebre.
—¿Qué ha ocurrido con Oxa? —se atrevió a preguntar.
Unos suaves golpes en la puerta los interrumpieron.
El anciano mayordomo entró cargando una bandeja que dejó sobre la mesa central.
Les había traído dos vasos y una botella de vino.
¿Es que pensaba que beber juntos solucionaría sus problemas?
Ambos se miraron un instante, reacios a admitir cuánto deseaban sentarse a conversar.
—Respóndeme —exigió Quiazz.
—Está a salvo, confórmate con saber eso.
—Fue hacia la bandeja y llenó uno de los vasos con vino—.
Investigaré el ataque que sufriste, supongo que no viste sus rostros, así que será difícil dar con los responsables.
Lo último que necesito en estos momentos es que te maten y crean que es obra mía.
Asignaré guardias para que vigilen tu casa.
—Probó la bebida sin despegar los ojos de Quiazz—. Solo me das problemas.
El joven no respondió.