Ehogan
No podía quitarse de la cabeza que Alhanna era la reencarnación de Khaleria, cada vez que reparaba en ello lo invadía una gran desazón.
Las leyendas de su pueblo contaban que la diosa había sido devorada por el Dragón, pero era falso.
Intentó imaginar a Alhanna de niña en un mundo tan ajeno a ella.
De pronto, algunas cosas cobraban sentido, como la forma en la que los ojos de Alhanna se oscurecían y parecían transformarla en otro ser.
Sus sueños. Su poder. Su naturaleza. ¡Había sido una diosa!
Kishur se pasó la mano por la cara, la ansiedad disparaba su pulso. Estaba decidido a guardar el secreto, pues no deseaba averiguar cómo reaccionaría ella al descubrirlo. ¿Buscaría esa venganza que había prometido antes de ser arrojada al Lashvaeg?
—Quizá no despierte —murmuró con la mirada prendida en la joven.
—Cuando expulsé gran parte de mi lanfe, tardé semanas en recuperarme —dijo Ghiro—.
Despertará cuando su mente esté preparada.
Lo que me preocupa es que ese demonio vaya a viajar con nosotros.
Asesinó a todos los habitantes del holeoj y a varias patrullas de escáreas mientras viajábamos hacia la antigua morada del Dragón.
Y a saber a cuantos más… Tiene las manos manchadas con la sangre de nuestra gente.
—Lo sé, Ghiro. Y soy consciente de que debería despreciarlo por sus actos, pero no puedo, ya lo sabes.
En mis recuerdos como Raehlan aparecen ambos Trivaz, y siempre me invade un sentimiento de cariño que no soy capaz de ignorar.
—El anciano asintió—. No será sencillo viajar con Trivaz.
Por eso procuro no pensar en las muertes que has mencionado, porque solo serviría para enfurecerme más.
El demonio tenía la misión de mostrar a Alhanna el uso de la endomia, si es que llegaba a despertar.
El Dragón era el culpable de su estado. Kishur comprendía que su intención nunca fue matarla, pero aun así le había hecho un daño que parecía irreparable.
Recordó el terror en los ojos de Alhanna mientras le arrebataban su lanfe y sintió una cólera parecida a la de esa noche.
Apretó los puños con fuerza. Pensó en la sangre tibia de Osharan entre sus dedos tras asestarle dos puñaladas. ¿Tomaría represalias contra él?
El azul intenso y brillante del cielo le molestaba en los ojos, y el viento arrastraba granos de arena y movía con suavidad el cabello de Alhanna, que estaba de espaldas a los acantilados.
Sentía la cálida arena en las plantas de sus pies descalzos.
A su lado, Kishur permanecía impasible. Hasta el momento, no había logrado arrancarle ni una sola palabra.
—¿Vamos a quedarnos aquí para siempre? —Alhanna se acuclilló frente a él—.
No recuerdo cómo hemos llegado a este lugar…
¿Y tú? Parece un sueño, pero estoy segura de que no lo es; al menos, no del todo.
Algo en ti me resulta muy real. —El dárico levantó la cabeza para mirarla—. Sé que no eres el auténtico Kishur.
—Soy lo que deseas que sea —dijo él entonces.
Alhanna se sentó a su lado y dejó que la luz del sol se derramara sobre su rostro níveo.
¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Horas, tal vez?
Era un lugar muy agradable. En esa playa no se sentía sola, no tenía hambre, ni miedo ni dudas.
Apoyó la cabeza en el hombro del dárico y él la rodeó con su brazo.
Contemplaron juntos las olas que alcanzaban la orilla.
—Tienes que volver, Alhanna. —Kishur la soltó para poder mirarla.
—¿Por qué? Yo quiero quedarme contigo, ¿no lo deseas tú también? —Había urgencia en su voz, la idea de marcharse la inquietaba—. Aquí nadie puede hacernos daño.
—No puedes huir.
Ella negó con la cabeza y se puso en pie. Tiró con fuerza de la mano de Kishur y lo obligó a seguirla. Él llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos. No había cicatrices en su piel. Alhanna lo soltó para correr hacia la orilla.
—¡Vamos, date prisa! —le exigió ella alzando los brazos hacia el cielo como si fuera una niña—. Esta vez no puedes negarte, ¡démonos un baño en el mar!
Las suaves olas la alcanzaron y se estremeció al notar lo fría que estaba el agua.
Kishur soltó una carcajada y fue junto a ella.
Se agarraron de la mano mientras entraban en el mar.
Alhanna soltó a Kishur y comenzó a lanzarle agua mientras reía.
Pensó que se quejaría, pero en lugar de eso, el dárico la imitó.
Los dos se sumergieron en el mar helado.
Al salir, ella se agarró a su cuello para levantarse por encima de la superficie ondulante.
—Me ha encantado volver a verte. La próxima vez que vengas, tráelo contigo —le pidió Kishur.
—¿A quién? —preguntó sin comprender.
Él se limitó a sonreír. La agarró por la cintura para elevarla en el aire y la arrojó de nuevo al agua.
Alhanna se zambulló con fuerza. Braceó para salir de nuevo a flote, pero las aguas se volvieron densas y sus inútiles intentos solo la hicieron hundirse más.
El brillo del sol quedaba cada vez más lejos.
El miedo regresó, junto a todo su pesar. No quería marcharse de allí.
Alhanna abrió los ojos. De inmediato, la invadió una profunda tristeza y unas ganas de llorar incontrolables.
Deseaba con todo su corazón regresar a aquella playa.
Tenía la sensación de haber dejado atrás algo muy importante.
¿Quién era ese ser en realidad? Observó las copas de los árboles que la cobijaban y poco a poco comenzó a ser consciente de cuanto la rodeaba.
Ya no tenía esa hambre atroz que la había atormentado durante semanas.
Sonrió fugazmente al sentir que se liberaba de ese peso.
Luego, percibió el enorme vacío en su interior; era como si hubieran arrancado parte de su ser.
Oyó la voz de Kishur y giró la cabeza en su dirección.
—Alhanna, has despertado… —dijo el dárico con una mezcla de incredulidad y alivio.
—¡Menos mal! ¡Nos tenías preocupadísimos! —Rory se llevó la mano al pecho.
Ghiro sonrió, calmado. Kishur ayudó a la joven a sentarse con cuidado mientras la mujer le ofrecía un poco de agua.
Bebió con ansias, pues de pronto tenía muchísima sed.
Notaba la garganta seca e irritada. No deseaba seguir sentada, así que trató de ponerse en pie, pero sus entumecidas piernas se negaron a obedecerla. Bufó con frustración.
—Tómatelo con calma —le aconsejó el anciano—. Supongo que estarás hambrienta.
—No creas —dijo Alhanna, sin fuerzas—. Y no imaginas el alivio que eso supone para mí. Pero me siento muy extraña.
Un escalofrío la recorrió al recordar lo ocurrido, y se levantó un poco la manga de la camisa para observar las letras destrozadas de su tatuaje.
Kishur se agachó frente a ella y le apartó el pelo de la cara.
Ese momento trajo a la memoria de Alhanna el día en que despertó del sueño del rechazo tras usar la endomia por primera vez.
Los ojos del dárico desprendían la misma preocupación.
—Has de saber que yo soy el responsable de lo sucedido —confesó Kishur, y sus palabras cogieron a Alhanna por sorpresa—.
Estando frente al Dragón revelé mi temor sobre tu poder.
No creí que fuera a actuar al respecto, yo jamás le pedí que te hiciera daño.
Solo quería que pudieras controlar tu poder, o perderlo para poder llevar una vida normal. Ahora entiendo lo insensato que fui.
—Siento que me falta algo importante, como si me hubieran arrancado una extremidad. Pero es mejor eso que el vacío tan desgarrador de antes. —Se llevó las manos al estómago y asintió con convicción.
—¿Y si nunca recuperas tu lanfe? —Alhanna se encogió de hombros—.
Creí que iban a arrebatártelo todo, que desaparecerías…
Pero han dejado una parte de ti, una tan pequeña que no podrás invocar tu don de devoradora.
Ya no tienes el sello de Asthaluss, así que no debes usar la endomia con energía propia.
¿Lo entiendes? —Kishur aguardó hasta que ella asintió con la cabeza—.
Es importante que no lo olvides. Si te desprendes del lanfe que te queda, ya no podrás recuperarlo.
—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó Alhanna.
Kishur y Ghiro se lanzaron una mirada que la joven no supo interpretar.
—Trivaz vino a verme poco después de lo ocurrido —dijo Kishur—.
El Dragón le ha ordenado mostrarte el uso de la endomia, así que viajará con nosotros.
Podrás practicar sin miedo a perder el control.
Durante este tiempo se ha hecho evidente que en Fraem-Lab no logramos enseñarte nada de utilidad, y espero que Trivaz cambie eso.
Me aseguró que Osharan te devolverá tu lanfe cuando dejes de ser un peligro.
—¿Y si me niego a aprender? —Alhanna estaba disgustada por la noticia.
—Lo que has sufrido no serviría de nada.
Sé que quieres marcharte lejos de la influencia del Dragón, pero no puedes.
—Kishur se puso en pie y la obligó a mirar hacia arriba—.
Algún día deberás ir a Zahel, y me acompañarás a luchar contra los devoradores del mundo venidero.
Quisiera que fuera de otro modo, créeme, Alhanna…
—Eres cruel —intervino Rory con brusquedad—. Permites que la conviertan en un arma, no eres mejor que esos seres que le arrebataron su lanfe.
—No tienes ni idea de lo que dices —le reprochó el dárico, enfadado.
Rory le sostuvo la mirada un instante. Alhanna sonrió con ternura, le agradaba mucho la mujer. La joven sabía que el dárico sacrificaría casi cualquier cosa por protegerla, pero darle la espalda al Dragón no era una de ellas.
—Mientras tengan mi lanfe seré una rehén.
—Alhanna estiró los brazos y lanzó un gruñido por su dolorido cuerpo—.
Tampoco tengo más opciones que aprender lo que ese demonio tenga que enseñarme; al menos, hasta que pueda marcharme.
Porque has de saber algo, Kishur. —Miró al dárico directamente a los ojos—.
No pienso dejar que manipulen mi vida, poco importa si vine a Muriath con un propósito. Al final seré libre.
Rory sonrió orgullosa mientras Kishur trataba de procesar sus palabras.
Cada vez que Alhanna pensaba en alejarse de él, la pena invadía su pecho, pero había comprendido que era necesario.
No solo porque no quisiera arriesgarse a hacer daño al dárico con su poder, sino también porque no estaba dispuesta a verlo luchar hasta el último de sus días.
Alhanna pensó entonces cuánto le gustaría llevar a Kishur a algún lugar remoto, donde Osharan y su cometido de Guerrero no pudieran alcanzarlo.
Como aquella playa con la que había soñado momentos antes.
Puede que allí, el dárico no volviera a sufrir ni a luchar.
«La próxima vez que vengas, tráelo contigo», le había dicho en el sueño aquel ser. ¿Se referiría a Kishur?
Mayara oteó el horizonte. Las nubes se desplazaban veloces por el cielo nocturno.
Su guardia había terminado ya, pero se resistía a volver al campamento.
Allí encontraría a Alhanna inconsciente y a su señor desvelado, pendiente de cada movimiento de la joven.
Se sentía furiosa por no haber podido hacer nada por ella.
¿Y si no despertaba jamás? No comprendía los designios del Dios Dragón.
Respiró profundamente cuando oyó los pasos que se acercaban a ella.
—Al fin te encuentro a solas —le dijo Ádria a su espalda.
—¿Y tu guardia? Lo último que necesitamos es que te distraigas y nos ataquen por sorpresa. —La dárica se giró hacia él con el semblante pétreo.
—No pienso irme hasta que hablemos —dijo el hajaek mientras daba un paso al frente—, y tampoco permitiré que te alejes de mí.
Se retaron con la mirada. El aire sacudió sus capas y liberó algunos rizos de la trenza de Mayara. Ádria se apresuró a apartarle uno de los mechones de pelo del rostro detrás de la oreja. Mayara cerró los ojos un instante al sentir el roce de sus dedos.
—Debí darte una bofetada aquella noche en Alviat cuando me besaste.
—Agarró la mano de Ádria y entrelazó los dedos con los de él—.
¿Por qué no te rindes? Nos dirigimos a una terrible misión, Alhanna no despierta y viajamos con el Dragón.
No podemos distraernos, debemos mantener la mente centrada. ¿Es que no lo entiendes?
—Lo único que entiendo es que te amo. Esa noche de la que hablas, yo morí.
Y tú estuviste apunto. Soy incapaz de recordarlo con precisión, pero sé que solté mi último aliento y tú estabas a mi lado.
—Sus palabras estremecieron a Mayara, a quien el recuerdo torturaba aún—.
Creí que todo se había terminado para nosotros, pero el Dragón nos dio una nueva oportunidad.
Y quiero aprovecharla; nos quede el tiempo que nos quede, deseo pasarlo contigo.
Ella contuvo el aliento. ¿Cómo podía decir eso con tanta facilidad? Bajó la mirada y Ádria levantó su barbilla para mirarla a los ojos. Estaban tan cerca que podían respirar el mismo aire. Mayara notó que su pecho se agitaba.
—Dilo, al menos una vez —imploró Ádria mientras acercaba sus labios a los de Mayara.
—Te amo, maldito idiota. —Ella rio sobre la boca del hajaek.
Se besaron con verdadera necesidad de sentirse el uno al otro, y luego se fundieron en un estrecho abrazo.
Mayara dejó de dudar, era inútil mantener al hajaek alejado cuando cada parte de ella lo anhelaba.
La carga que había llevado en el corazón desde su huida de Alviat pesaba menos ahora, ya que por fin había podido decirle a Ádria lo que sentía.
Alhanna tenía razón: debía hacer que la segunda oportunidad concedida por Osharan mereciera la pena.