Falar-Shan
L a tormenta azotaba las cumbres que dibujaban el horizonte y descargaba rayos sobre las montañas, difusas tras los nubarrones.
Toda la llanura sucumbía a la sombra del temporal, el aire levantaba polvo de la tierra marchita y ennegrecida.
Las nubes se espesaban en torno a la torre y se mezclaban con los haces de luz rosáceos que escapaban de Zahel.
Aun así, la tempestad se mantenía allí, como un cúmulo de energía incapaz de escapar del todo de su encierro, atada a la torre.
Los jinetes contemplaban el valle desde una loma.
La línea de caballos estaba encabezada por su rey, adelantado a los demás.
Los soldados llevaban armaduras tan oscuras como las protecciones de sus monturas.
Shaen hizo avanzar al animal un poco más.
El viento le sacudió el pelo, espeso como el de un león y blanco como la nieve.
Su cabeza sostenía dos finos cuernos que se retorcían en dirección a la nuca.
Parecía un ser del mundo inmortal. El monarca cubría su rostro con una máscara de plata, mientras que las de los soldados eran rojas.
Shaen notaba una desagradable suciedad pegada a su cuerpo, una capa invisible que recorría su piel y que le producía escalofríos. Estaban demasiado cerca de Zahel y de su maligna influencia.
—Mi señor, deberíamos retroceder —le advirtió el comandante.
Desconocían qué era lo que había perturbado a Zahel.
Un inesperado temblor noches atrás les había hecho creer que la torre se desplomaría de un momento a otro.
Prueba de ello era la aparición de aquella luz rosácea que se mezclaba con la tormenta.
También habían advertido el derrumbe de una veintena de monolitos.
Les preocupaba que todos cayeran y el antiguo poder lograra escapar.
Llevaban temiendo ese momento durante siglos y ahora lo percibían como algo cercano, más real que nunca.
Y, si eso sucedía, la tormenta que se arremolinaba sobre la cumbre de la torre arrasaría Falar-Shan y a toda su gente.
Serían borrados de la faz de Muriath, barridos como la paja seca.
—El portador de muerte ha nacido, ya no hay duda —declaró el rey Shaen.
Los primeros monolitos habían comenzado a caer la primavera pasada; cada cierto tiempo se derrumbaba uno, deshaciendo la roca y dejándola reducida a un montón de arenisca negra como el basalto.
Desde entonces, el valle continuaba convulso, y algunas piedras altas mostraban grietas en su superficie. La llave derramaba su sangre.
—Comenzará a llover pronto, que todos se refugien. —El monarca hizo girar a la montura y miró al comandante a través de la máscara—. Si caen más monolitos quiero que me informéis de inmediato. Debemos estar más alerta que nunca.
El soldado asintió con una inclinación de cabeza. El aire agitó las cabelleras blancas de todos ellos. Shaen pateó los ijares de su montura y salió al galope.
Lo peor de Falar-Shan no era la tierra árida, ni el gélido aire que cortaba la piel como cuchillos, ni la violencia del mar que los rodeaba: era la lluvia.
El agua que caía del cielo lo arrasaba todo a su paso, quemando la carne y la poca vida que intentaba abrirse paso en aquel desolado lugar.
Lejos de la torre era menos corrosiva, pero seguía siendo muy dañina.
Las casas edificadas con la roca de las propias montañas tenían que reconstruirse con el paso de las ágaras, y los pozos subterráneos de los que obtenían agua potable eran cada vez más escasos.
Las ventiscas constantes levantaban el polvo negro y lo cubrían todo con un manto espeso y seco.
Los días soleados solo existían en los cuentos, pues allí el cielo siempre estaba cubierto por una capa gris.
Con la caída de todos esos monolitos, el temporal había empeorado; Falar-Shan trataba de acabar con ellos. Debía encontrar un lugar para su pueblo antes de que eso ocurriera.
Shaen cabalgó hacia los acantilados; se refugiaría en el pueblo costero de Haam y al amanecer partiría hacia la ciudadela.
A lo lejos aparecieron las sombras alargadas de los monolitos.
Formaban un laberinto gigantesco que muy pocos se habían atrevido a cruzar, y la zona central guardaba un secreto: un pequeño refugio en el que la hierba crecía alta y había una tumba rodeada de varios cipreses.
Una estatua de mujer se alzaba desafiante.
La forma en la que ese lugar se mantenía a salvo le era desconocida, pues ni siquiera la lluvia parecía afectarle.
A veces, el viento silbaba entre las altas rocas negras que constituían los sellos de la torre y parecía una canción de cuna destinada a apaciguar a alguien.
De niño, solía pasar días enteros en aquel rincón.
Cuando llovía, las gotas resultaban frescas y suaves.
Shaen jamás había logrado comprender qué clase de poder mantenía la tumba y su alrededor a salvo de la muerte que asolaba Falar-Shan.
Ignoró las quejas del animal, que estaba agotado, y apretó su lomo con las piernas.
Miró hacia atrás para comprobar cómo el aguacero barría la superficie pedregosa de los riscos.
Desde allí era imposible ver la torre, pero el peso de su poder aún lo alcanzaba.
Sintió alivio al oír el rugido del mar. Los acantilados se recortaban contra el cielo en el horizonte.
Siempre que cruzaba aquel valle de muerte, un sentimiento de pérdida lo invadía, de ausencia y rabia.
Esta última siempre acababa convirtiéndose en un odio atroz hacia el responsable de tanta desgracia: Raehlan-Tae.
El pueblo costero de casas de piedra oscura se encontraba encerrado entre altas paredes rocosas.
Ya no quedaba nadie en las calles, todos habían corrido a refugiarse.
Shaen entró al galope siguiendo el sendero hacia el edificio que usaban como cuartel.
Lo esperaban con las puertas abiertas. La lluvia alcanzó el pueblo en ese momento.
Sintió las primeras gotas sobre la piel que quedaba expuesta y la quemazón le hizo apretar los dientes. El caballo relinchó con angustia.
Cruzó el puente bajo el cual se colaba el agua del mar al romper contras las rocas.
Los soldados escudriñaron su paso bajo los cascos de metal con forma de sombreros de ala ancha.
Oyó el sonido de la trompeta que anunciaba su llegada y atravesó veloz el patio hasta alcanzar el primer cobertizo de los establos.
Bajó de un salto del animal y se encaminó hacia su despacho, en la última planta del edificio.
Subió las escaleras sin desprenderse de la máscara y encaró el ancho pasillo con paso diligente.
—¡Padre! —lo llamó una voz juvenil desde el otro lado del corredor.
Detuvo sus pasos para observar al chico: llevaba una máscara negra y vestía ropas de cuero oscuro. Los cuernos de su cabeza eran finos y cortos.
—¿Qué haces aquí? —Siguió caminando seguido de su hijo—. Deberías estar en la ciudadela, creía haber sido claro.
—Vine para despedir a mis hermanos.
Shaen gruñó, pero no dijo nada más. Los barcos habían partido días atrás y muy pronto llegarían a su destino.
Sonrió al pensar en lo cerca que estaban de recuperar sus tierras y abandonar aquel miserable lugar.
Junto a sus hijos mayores, el general iniciaría la reconquista de los primeros pueblos.
Por el rabillo del ojo vio a su hijo quitarse la máscara, y Shaen, indignado, se giró hacia él y lo empujó contra la pared.
Agael se golpeó contra la roca y palideció, claramente consternado por el gesto de su padre.
Shaen observó las cuatro cicatrices que surcaban su fino rostro, en los pómulos, frente y mentón.
Era hermoso a pesar de los cortes, igual que su madre.
Pero entonces el joven lo miró con aquellos ojos que tanto detestaba, negros como solo los dáricos podían tener.
—¿Por qué razón usamos las máscaras? —preguntó Shaen en un tono frío y cortante. El joven tragó saliva.
—Para que ningún dárico pueda leer nuestro rostro.
—¡No vuelvas a quitártela! —Lo dejó ir y se arrancó su propia máscara plateada, revelando un rostro inexpresivo—. Solo cuando poseas todas las cicatrices y la edad adecuada podrás mostrar tu rostro en público.
—Os… os pido perdón —balbuceó Agael y volvió a cubrirse la cara—. Si os parece bien, regresaré al estudio, mi descanso ya ha finalizado.
—Vete —le ordenó Shaen.
El joven se marchó caminando con cierta tranquilidad, pero Shaen supo que había arrancado a correr nada más doblar la primera esquina.
Continuó su camino con el humor agriado.
Puede que fuera su hijo, pero no soportaba su cercanía.
Agael había nacido con los ojos negros y, para ellos, eso era un mal augurio.
Caher, que lo esperaba en su despacho, se puso en pie en cuanto entró. Shaen lanzó la máscara sobre la robusta mesa de madera y fue hacia el ventanal, desde el que podía observar el mar embravecido. El anciano se quedó junto a las altas estanterías rebosantes de libros y rollos de papel.
—¿Por qué has permitido que Agael abandone el hogar familiar? —le preguntó Shaen—. ¿Y tú desde cuándo abandonas la ciudadela?
El anciano carraspeó incómodo y se acercó a él. Caher era el maestro de sus hijos, y estaba a cargo no solo de su educación sino también de su formación militar, aunque Shaen pensaba que ya era demasiado viejo para continuar con esa labor.
—Todos vuestros hijos e hijas han acudido a despedir a sus hermanos.
No tuve corazón para dejar atrás a Agael.
—Se acarició la nuca con nerviosismo—. Y prefería tenerlos a todos bajo el mismo techo.
Os tengo que informar de algo que no os va a gustar, por eso he venido a veros.
El único de vuestros hijos que no mostró interés en viajar hasta aquí fue Ferian.
Me pareció bien, como aprendiz del Ado es mejor que se mantenga junto a su maestro.
Pero ya lo conocéis, es inquieto y rebelde; se parece a vos cuando erais niño.
Tiene la misma costumbre de desaparecer.
—¿Y esta vez cuánto tiempo lleva sin dejarse ver? —preguntó Shaen, despreocupado.
—Le perdimos la pista hace seis días, antes de partir hacia aquí. —Caher apretó la camisa con las manos huesudas, nervioso—. No logramos encontrarlo.
—¿Y temes que haya muerto? —La frialdad con que pronunció esas palabras apenó al anciano—.
El Ado ya me advirtió hace tiempo de que poseía una inteligencia fuera de lo común, que estaba desentrañando secretos desconocidos incluso para él.
Que estaba traduciendo los textos sagrados.
—Shaen se volvió de nuevo para mirar por la ventana—.
Si aún no ha regresado es porque trama algo, no porque una desgracia le haya sobrevenido.
—Lo que me preocupa es lo que hizo y lo que dijo antes de desaparecer.
Afirmó que había descubierto qué encerraba Zahel, y qué era el antiguo poder.
—Al anciano le temblaba la voz ligeramente—.
Arrojó a la chimenea un centenar de manuscritos de la época de la Gran Guerra y todas sus trascripciones.
Y eso no es todo. Cuando el Ado intentó azotarlo por ello, Ferian le gritó que iría en busca del dárico gris para salvarlo, que vuestra incursión era un grave error.
Esas últimas palabras enfurecieron a Shaen, cuyos ojos ardían ahora con una ira incontenible.
La Gran Guerra en la que todas las razas combatieron fue lo que condenó a su pueblo al olvido y a la muerte en Falar-Shan.
Llevaban dos mil ágaras padeciendo el castigo impuesto por Raehlan-Tae, dos mil ágaras planeando su venganza.
¿Cómo osaba uno de sus hijos pensar en traicionarlo?
—¿Acaso el Ado pensaba ocultarme los progresos de Ferian?
—Shaen paseó de un lado a otro para templar sus nervios.
Caher aguardó en silencio—. Si tiene intención de buscar al desgraciado de Raehlan, entonces cabe sospechar que se haya marchado en uno de nuestros barcos como polizón.
No puedo permitir que dé aviso de nuestra llegada y, mucho menos, que localice a ese maldito. Hay que encontrarlo como dé lugar.
—Mi señor, he pensado que… —Al anciano se le atragantaron las palabras cuando Shaen lo miró—. Agael puede encontrarlo, es quien mejor conoce a Ferian.
—Regresa pues con Agael de inmediato a la ciudadela y prepáralo todo para hacerle los cortes que le quedan. También le someteremos a la ceremonia del traspaso, es hora de que se convierta en adulto. No lo enviaré al otro lado del mar Cario a menos que supere la prueba.
—Pero Agael es demasiado joven… —comenzó a decir.
—Se hará como he dicho —lo interrumpió Shaen con impaciencia—. Ese chico debe demostrar que es un digno hijo mío. Y su corazón tiene que endurecerse, porque si no es capaz de traer de vuelta a Ferian, su obligación será matarlo.
Al anciano se le descompuso el rostro, y retrocedió varios pasos con la mirada clavada en el suelo.
Shaen le hizo una señal para que se marchara de una vez, pues ya estaba todo dicho.
Una vez a solas, se permitió mostrar su ira.
Nunca debió tolerar que su esposa interviniera en la educación de sus hijos menores.
Había llegado a amarla, pero poseía un corazón débil.
Habían luchado durante siglos para sobrevivir en Falar-Shan, alimentando su rencor hacia el dárico gris.
Construir la flota y reunir energía para que los endómicos usaran su poder había costado demasiado esfuerzo.
No consentiría que Ferian les hiciera fracasar.
El sacrificio de su gente no sería en vano.
Shaen les otorgaría lo prometido: los sacaría de esta tierra infesta antes de que Zahel los engullera en su oscuridad.
Cerró los ojos y se concentró para encontrar la calma en su interior.
Faltaba poco para obtener su venganza; él mismo partiría en uno de los siguientes barcos.
Dejaría todo en manos de sus hijos mientras se adentraba en tierras dáricas, y buscaría a RaehlanTae, el traidor, el despiadado ser que los había condenado en Falar-Shan para ocultar su crimen: el asesinato del rey Edgar.
Se encargaría de mostrar la verdad al mundo, y muy especialmente a los dáricos, antes de hacerlos caer.
Le cortaría la cabeza al dárico gris.