Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) La morada de Gaelos
30%

La morada de Gaelos

Estar allí la hacía sentir grandiosa. Ese era el beneficio de rodearse de mortales: su poder era incomparable al de todos ellos. Desafiaba la orden del Dragón de permanecer en el lado inmortal en señal de rebeldía. Había odiado la Jistar desde el primer momento en que la barrera se alzó.

Quedó suspendida con tan solo el rostro fuera del agua.

Cerró los ojos y permitió que las ondas que se originaban en la caída de la catarata la arrastraran con suavidad.

Percibía a los seres que permanecían sepultados bajo el lago, anclados al fondo sin posibilidad de escapar; casi podía verlos con los brazos estirados hacia la trémula luz de la superficie con la vana esperanza de poder alcanzarla.

Su carne y sus huesos se descomponían mientras danzaban al ritmo de la corriente y ahogaban gritos en sus bocas selladas.

A Gaelos le gustaba la carne putrefacta en la que se convertían los cuerpos pasadas unas semanas.

Los mantenía con la suficiente vida como para que la sangre no dejara de correrles por las venas.

En aquellos momentos, solo humanos componían la colección.

Echaba de menos el sabor de los eldos y los zarefíes.

Jamás había tenido el valor de saborear a los dáricos.

Movió las piernas para desplazarse por el lago. Su vestido de gasa se traslucía y dejaba ver su pálida piel. Allí Gaelos podía descansar y recuperarse, porque permanecer tanto tiempo en su forma dárica siempre la había debilitado. Envidiaba a Lumiatz porque no sufría lo mismo.

Estuvo tentada de recuperar su cuerpo de dragón, aunque fuera por una noche.

Ansiaba surcar el cielo, batir sus alas entre las nubes y sentir la pura libertad.

Sin embargo, temía que el Dragón Negro captara su presencia.

Estaba tan ensimismada que no se percató de la oscuridad que se había apoderado del bosque, de las nubes que ocultaban ahora la luz de las lunas y enturbiaban las aguas del lago.

El frío recorrió cada fibra de su cuerpo, el mundo le pareció más silente y amenazador.

Gaelos se detuvo. Algo terrible acababa de suceder.

Los árboles se agitaron, y esta vez creyó oír una melodía sutil, un coro de risas que revoloteaba a su alrededor como si tratara de atormentarla. Y entonces lo supo.

Convirtió su cuerpo en cientos de perlas negras, lo descompuso y se trasladó al lugar al que necesitaba ir.

Empapada de la cabeza a los pies llegó a la habitación de Quiazz.

Era una noche intranquila, y allí también reinaba la penumbra.

Percibió un gemido ahogado, el último aliento de un moribundo.

Corrió hacia el ventanal al ver el cuerpo tendido de Quiazz, cubierto por las cortinas de colores.

Las apartó con ansia, sin preocuparse de la sangre que manchaba sus pies desnudos. Una flecha atravesaba su pecho.

—¡Eres el portador de muerte! ¡No puedes caer aún! —exclamó, aterrorizada.

¿Y si no lograba salvarlo? Agarró el mástil de la flecha y tiró para arrancar el arma del cuerpo de Quiazz.

La arrojó lejos con rabia, y vio que los ojos del joven se apagaban.

Gaelos tomó aire y se concentró. Deseó tener el poder de Lumiatz o el de Shanarás, pero Quiazz tendría que conformarse con ella.

Debía restaurar su cuerpo, y no desfallecer antes de conseguirlo.

Puso las manos sobre el pecho del joven.

No, Quiazz no podía morir.