Marial-Pat
Entró en casa, con cuidado de no despertar al mayordomo.
Este le había dejado una bandeja con la cena en la mesa de la sala.
Cogió un trozo de pan y fue directamente al jardín.
Mordisqueó la corteza tostada mientras paseaba.
El trino de un pájaro captó su atención y, apenas un momento después, el mismo canto se reprodujo al otro lado del jardín como respuesta.
Quiazz decidió entrar en la casa, inquieto.
Justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, un reflejo en el cristal le hizo darse media vuelta.
Una flecha pasó por su lado, cerca de tocar su rostro, y atravesó la ventana para clavarse en el poste de su cama.
El miedo lo paralizó un instante. Corrió hacia el interior, pero no tuvo tiempo de cubrirse.
Oyó el silbido de una nueva saeta y sintió cómo el artefacto atravesaba su pecho.
Cayó hacia delante, de rodillas, y el suelo se impregnó con su sangre.
El aire escapaba de sus pulmones, y sus ojos comenzaron a nublarse mientras todo a su alrededor se desvanecía.
La niña de Zahel cantó en su mente con voz alegre.
Trató de ponerse en pie con ayuda de las cortinas, pero estas cedieron ante su peso.
Quiazz quedó tendido en el suelo, de lado, con los ojos abiertos y las telas aferradas en su mano.
Bajo su cuerpo se formaba un charco escarlata cada vez más grande; era consciente de que la flecha lo había herido de muerte. Se sentía aterrado.
La oscuridad lo envolvió todo con un espeso manto mientras su cuerpo dejaba de pertenecerle.