Ehogan #2
Osharan era demasiado fuerte, demasiado veloz.
Le bastaban tan solo sus garras para repeler los ataques de Kishur, que parecían los de un simple infante a su lado.
Ni todas las artes conocidas por el dárico eran suficientes frente a él.
Necesitaba llegar hasta Alhanna. Giró hacia su derecha y logró hacerle un corte a Osharan en el muslo derecho antes de que el aire lo arrastrara una vez más.
Sus botas dejaron surcos en la tierra. Esta vez fue el Dragón quien arremetió contra él.
Lo embistió con fuerza y Kishur se estrelló contra uno de los árboles que bordeaban el camino.
Nada más levantarse, Osharan apresó su cuello con el antebrazo y lo inmovilizó contra el tronco.
Luego, agarró la muñeca con la que sostenía la espada y apretó con tanta fuerza que pareció querer triturarle los huesos.
El arma cayó de su mano. Ambos rostros quedaron muy cerca.
Kishur mostraba los colmillos, furioso. No pensaba detenerse.
—Basta —le ordenó el Dragón.
Vio como el devorador bajaba los brazos y Alhanna se desplomaba, inerte.
Kishur gritó con rabia, extrajo un cuchillo de su pantalón con la mano libre y apuñaló a Osharan en el costado.
El Dragón no se inmutó. Kishur le asestó otra cuchillada, y otra, y notó la cálida sangre del Dios descender por sus dedos.
Osharan apretó más su cuello y comenzó a asfixiarse.
No podía luchar contra el Dragón y percibía una corriente de energía que continuaba aplastando su cuerpo contra el árbol.
El dárico dejó caer también el cuchillo por la falta de aire.
Agarró el brazo de Osharan y contempló sus despiadados ojos. La oscuridad terminó por vencerlo.
«Nunca aprenderás. Te mostraré quién es ella», fueron las últimas palabras que oyó decir a Osharan en su mente.
Kishur se encontró de pronto frente a un inmenso lago de aguas oscuras.
La superficie en calma reflejaba los astros nocturnos.
A su espalda, los frondosos árboles mecían sus ramas en un canto que llenó la mente del dárico de malos presagios.
Una criatura apareció junto a la orilla e hizo que Kishur perdiera el aliento.
La vio caminar débil mientras su sangre manchaba la hierba a su paso.
Su nívea piel parecía brillar con la luz de las lunas y su largo cabello cubría sus hombros desnudos.
Lo llevaba largo hasta la cintura y poseía el color de la plata, al igual que las dos hermosas alas que reposaban en su espalda.
Era la diosa Khaleria.
«¿Cómo se atreve a pedir clemencia al Dragón?», oyó una voz que le recordaba a la de Trivaz, pero no logró ver a nadie más allí. «Hagnak desapareció por su culpa, merece un castigo».
Kishur intentó ir hacia ella cuando la diosa se desplomó a escasos centímetros del agua.
Sin embargo, sus piernas parecían haberse endurecido como la roca, y fue incapaz de dar un solo paso.
Por alguna razón, le rompía el corazón ver a Khaleria de ese modo.
¿Por qué presenciaba aquella visión? La diosa había desaparecido junto a la raza elda dos mil ágaras atrás, devorada por el Dragón.
El viento aplastó las briznas de hierba y un escalofrío recorrió a Kishur cuando las sombras comenzaron a retorcerse a su alrededor.
Estas se alzaron junto a Khaleria y tomaron la forma alada de Osharan.
Ella se incorporó muy despacio para hacerle frente.
Juntos, parecían la luz y la oscuridad de Muriath.
El dárico sintió un irrefrenable deseo de ir hacia ellos.
Hablaban, pero no lograba oír lo que decían.
Osharan alargó un brazo y acarició el rostro de Khaleria mientras ella se estremecía.
Luego, la agarró del cuello y la inclinó hacia el lago.
La diosa ni siquiera intentó defenderse.
—Puedes desterrarme a Asthaluss, pero juro que regresaré para vengarme de ti. —Ahora sí que podía oír la voz de Khaleria, que sonaba igual que una furiosa tormenta— Me obligas a reencarnarme en un mortal y a olvidar quien soy. ¡No te lo perdonaré jamás!
—¡Hagnak ya no está y debes pagar por ello! —Bramó el Dragón con tanta ira que el bosque enmudeció al instante.
—Y te deshaces de mí en lugar de asumir tu culpa. Nuestro hijo ha desaparecido porque le exigiste demasiado. ¡Nunca debiste condenarlo a ser el Juez! —Khaleria agarró las muñecas de Osharan mientras las puntas de sus pies apenas rozaban el suelo.
Kishur no esperaba descubrir esa verdad y sintió una gran confusión.
¿Hagnak era descendiente de Osharan y Khaleria?
No podía creerlo. Entonces, reparó en las palabras de la diosa que hablaban de destierro en Asthaluss y un mal presentimiento lo estremeció.
Conocía a alguien que había llegado de ese mundo, alguien que no lograba descubrir quién era en realidad, que poseía un gran poder incapaz de controlar.
Alguien con los ojos grises y, cuya llegada, él mismo había aguardado durante dos mil ágaras: Alhanna.
—Regresa cuando seas capaz de ganarte mi perdón —dijo Osharan con frialdad—. He encerrado el antiguo poder en Zahel, te estará esperando. Y yo también.
Osharan la dejó caer y el agua engulló el cuerpo de Khaleria.
El dárico comprendió que ese lago era en realidad el Lashvaeg, el puente entre los dos mundos.
Su corazón palpitaba con fuerza como si deseara escapar de su pecho.
Observó a la diosa desaparecer frente a sus ojos y se dejó caer de rodillas porque las piernas no lograban soportarlo en pie durante más tiempo.
El Dragón desvió la mirada hacia él y sintió cómo sus rojas pupilas le abrasaban la piel.
Una densa bruma comenzó a cubrirlo todo.
Kishur miró sus manos manchadas aún con la sangre de Osharan. Le temblaban tanto que no podía controlarlas. Alhanna era la reencarnación de la diosa Khaleria.
El cuerpo de la joven apareció en el mismo lugar en el que había visto por última vez a la diosa.
El dárico logró ponerse en pie y caminar hacia ella.
Le apartó el cabello castaño del pálido rostro y, al observarla, sintió que Alhanna ya no se encontraba allí, que tan solo contemplaba sus restos.
La alzó entre sus brazos y se dirigió hacia la espesura, dónde distinguió el brillo rojizo de unos ojos crueles.
Se adentró en el bosque con la esperanza de alcanzar a Osharan, pero este parecía alejarse de ellos a cada paso que daba.
No se detuvo hasta quedar de nuevo frente al Dragón.
Las sombras ocultaban su figura y parte del rostro, pero podía distinguir a la perfección el color de sus pupilas.
Kishur se derrumbó de rodillas y apretó el cuerpo de Alhanna contra el suyo.
—¡Devolvédmela! —le exigió al Dragón con la voz rota.