Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ehogan
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Ehogan

—Debiste matarlos tú misma y no dejar que los detuvieran —dijo Alhanna en una de las cortas pausas de Rory—. Seguro que al final no pagaron por su crimen.

—Y, ¿en qué me hubiera convertido eso a mí? —preguntó ella.

Se le daba bien la medicina, desde niña le habían enseñado a cultivar y usar ciertas plantas para combatir fiebres e infecciones; presumió de que la gente siempre acudía a su casa para este tipo de remedios.

En el pueblo no aprendería mucho más, si de verdad quería convertirse en médico debía entrar en una academia.

De todo lo que contó, Kishur se centró en el cariño con el que Rory hablaba de sus vecinos.

Era evidente que la querían y que la habrían protegido de haber descubierto que ella era soñadora como su madre.

La noche los alcanzó acampando cerca de un riachuelo.

Gracias a Rory pudieron disfrutar de un buen té.

Kishur bebió el último sorbo justo antes de sentir la presencia de Trivaz.

Había aprendido, casi sin darse cuenta, a percibir la esencia del demonio.

En silencio, se alejó de los demás y caminó un buen trecho por la vera pedregosa del río.

Las piedrecitas repiqueteaban bajo sus botas.

—He visto que lleváis a una humana con vosotros. —Trivaz apareció a su lado al cabo de un rato—. No creo que sea buena idea, el Dragón detesta a los de su raza.

—Nos acompañará hasta Sílfhades. —Observó con tranquilidad al demonio—. Yo decido cómo y con quién será el viaje hacia las Avíseas. El Dragón se supone que viaja conmigo solo para ver el mundo desde mi perspectiva, así que deberá aceptarlo.

—Espero que sepas lo que haces —masculló Trivaz.

Kishur continuó el paseo acompañado por el demonio.

—Yo también viajaré con vosotros —dijo entonces Trivaz, y Kishur lo miró al instante—.

El Dragón me ha impuesto la labor de mostrar a Alhanna cómo controlar la endomia.

Y no será sencillo, ha adquirido malas prácticas, por lo que he podido apreciar.

—observó Trivaz con disgusto—. No he sido capaz de negarme.

Pero, al menos, no tendré que preocuparme de que su poder se descontrole.

—¿Y qué se supone que significa eso? —Kishur tuvo un mal presentimiento.

—Su tatuaje mantiene su energía sellada, es lo que impide que pierda todo su lanfe cuando lo expulsa. —El dárico asintió con la cabeza, ya sabía todo eso—. El Dragón va a romper el sello para poder arrebatarle la mayor parte de dicho lanfe. De ese modo, esa estúpida dejará de ser un problema.

—¿Qué es lo que has dicho? —Kishur lo agarró de la camisa.

—Es una consecuencia directa de tu petición.

—Trivaz no hizo el menor esfuerzo por soltarse—.

Expresaste frente al Dragón tu deseo de que Alhanna perdiera su poder, y va a concedértelo; si te disgusta, ten más cuidado con lo que dices en su presencia.

—La mirada de Kishur se oscureció al instante—.

Imagino lo que estás pensando ahora mismo, y te diré que no lo hagas. Será mejor que no intervengas.

El dárico apretó el agarre mientras profería una maldición.

Sí, recordaba haber dicho tal cosa, las palabras habían escapado de su boca sin pensarlas.

Jamás imaginó que Osharan haría lo que le pedía con tanta facilidad.

Soltó a Trivaz, puesto que por una vez no era el culpable de su furia.

Se apresuró de regreso al campamento y dejó atrás al demonio.

En el camino encontró a Ádria y le hizo una señal para que lo siguiera.

Recordar los lanfes de los demonios le abría el apetito, pero le producía arcadas al mismo tiempo.

Alhanna estaba cansada de lidiar con un poder que no comprendía.

Caminaba siguiendo el sendero por el que llegaron esa tarde para no perderle la pista al campamento.

Necesitaba alejarse de los demás. Se preguntó si alguno de los dáricos la vigilaba oculto en la oscuridad de la noche.

Dejó que el viento le meciera el cabello.

Desde lo ocurrido en el pueblo de Rory acudía a su mente la idea de abandonar al grupo de Kishur, de marcharse tan lejos como le fuera posible. Sería doloroso, pero era preferible a hacerles un daño irreparable.

Dio media vuelta para regresar, irían pronto a buscarla si no lo hacía.

Se detuvo de inmediato al ver al Dragón parado en mitad del camino, a escasos metros de ella.

Vestía ropas parecidas a las de Kishur, como si tratara de emular la apariencia del dárico, pero su aspecto salvaje era imposible de ocultar.

Su mirada le pareció despiadada. Alhanna se sintió inquieta, era la primera vez que estaba a solas con Osharan desde aquella noche en la antigua morada. Pensar en eso la perturbó aún más.

Caminó unos pasos hacia él con cautela.

—Soñé con un niño de ojos grises al que llamaste Lándarhos —dijo Alhanna—. Aquella visión me pareció sacada de un pasado desconocido, pero al mismo tiempo, creo que relataba algún tipo de futuro. Pronunciaste las mismas palabras, dijiste que no está a mi alcance. Explícate.

Osharan ladeó ligeramente la cabeza, como si aquello le resultara curioso.

Alhanna aguardó una respuesta, pero esta no llegó.

Se sintió terriblemente decepcionada por ello.

Deseaba saber qué significaba aquel sueño, cuál era su importancia.

De otro modo, el Dragón no habría mencionado a Lándarhos cuando discutía con Kishur.

—Asthaluss me envió para que encontrara al Juez, ¿es eso lo que vi? —insistió Alhanna, dispuesta a no darse por vencida tan pronto.

—Eso no importa. —La voz de Osharan la sobresaltó.

¿Cómo? ¿No importaba que ese niño fuera el Juez?

¿O que Asthaluss la hubiera enviado a Muriath para encontrarlo?

La respuesta la puso furiosa. Dio un paso más hacia el Dragón, dispuesta a no desperdiciar el momento; quería obtener mucho más de él.

Si sus dudas eran o no importantes lo decidiría ella.

Entonces Osharan levantó el brazo derecho en su dirección, y el tatuaje se desprendió del cuerpo de Alhanna, rodeándola por completo.

Fue tan inesperado que la dejó inmóvil, sin comprender qué sucedía.

Su pulso se aceleró y notó la mente bloqueada.

Quiso hablar, pero fue incapaz de abrir la boca.

Ni siquiera podía pensar en las palabras que quería transmitir.

Miró a Osharan a través del epígrafe: este mantenía la mano levantada.

Deseó poder zambullirse en el lago de plata que siempre veía dentro de su mente y el cual le ayudaba a canalizar su poder, pero no lograba visualizarlo.

Osharan cerró entonces su puño y pareció tirar del tatuaje, las letras se alargaron hasta deformarse y comenzaron a resquebrajarse.

Alhanna gritó con todas sus fuerzas mientras caía de rodillas.

Sentía como si le estuvieran arrancando la piel.

El epígrafe se hizo jirones en el aire, y luego regresó al cuerpo de Alhanna. Esta comenzó a llorar, arrastrada por el lacerante dolor. El tatuaje estaba deshecho, enmarañado sobre su piel. La joven se sintió desfallecer.

Alguien más salió al camino. Se trataba de una enorme criatura que echó a andar lentamente hacia Alhanna. Poseía una cornamenta de huesos blancos y retorcidos que chocaban entre sí con cada paso. Su piel gris oscuro estaba cubierta de sombras: un devorador.

—Así que tú eres el ser que tanto alboroto ha provocado desde su llegada. Creía que serías distinta, eres diminuta para albergar tanto poder. —Tenía una voz tenebrosa—. Es lógico que pierdas el control, tu cuerpo no es capaz de soportarlo. Pero no te preocupes, te libraremos de él.

Kishur irrumpió en ese momento y supo que había llegado tarde.

La joven se deshacía en lágrimas mientras se abrazaba a sí misma.

El dárico observó a la imponente criatura y después a Osharan.

Sintió un irrefrenable deseo de lanzarse contra el cuello del Dragón. Desenvainó la espada por puro instinto.

—¿Qué le habéis hecho? —preguntó con inquina.

—Eso no te va a servir de nada contra mí, Raehlan —dijo el devorador sin siquiera mirarlo—. Lamento esto, pero es la única forma de controlar su poder.

Las sombras se extendieron por los brazos desnudos de la criatura y Alhanna volvió a quebrar la calma del bosque con un potente alarido.

Kishur supo entonces que la criatura estaba arrebatándole su lanfe.

¿Trivaz le había mentido al afirmar que la dejarían sin poder?

Porque parecía que trataban de acabar con ella, y eso no podía consentirlo.

Se lanzó hacia ellos, dispuesto a defender a Alhanna como diera lugar.

Una fuerte corriente de aire lo golpeó y tuvo que agacharse para resistir la violencia del viento, que intentaba arrastrarlo hacia atrás.

Cuando cesó, corrió de nuevo hacia el devorador.

Este tenía los brazos extendidos hacia la joven.

Kishur solo podía escuchar los gritos de Alhanna, que le helaban la sangre.

No podía perderla, la quería. Ejecutó un rápido movimiento con la intención de cercenar las extremidades del devorador, pero la hoja de acero chocó contra las garras de Osharan.

Una nueva ráfaga de aire impactó directamente contra su pecho y lo empujó hacia atrás.

El dárico acabó rodando por el suelo. Se incorporó aturdido, desbordado por la ira.

—Vas por mal camino, Raehlan —le advirtió el devorador.

—¡No pronuncies ese nombre! —bramó Kishur. No estaba dispuesto a darse por vencido, así que atacó una vez más, y de nuevo encontró a Osharan como obstáculo—. ¡Jamás os lo perdonaré!