Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Las Óleas
25%

Las Óleas

—Regresemos —ordenó la comandante Halan.

Los seis hajaeks se replegaron en el más absoluto silencio.

Recorrieron el sendero marcado por ellos mismos y alcanzaron el campamento oculto entre dos altos riscos y una vieja arboleda.

Eran un grupo reducido de unos cuarenta soldados.

Halan se precipitó hacia la tienda del general Sandar, su hermano.

Se descubrió la cabeza al entrar y se peinó con los dedos el espeso pelo castaño.

—Te veo muy ocupado —comentó Halan mientras se servía un poco de agua.

—Ha llegado un mensaje de Alviat. —La respuesta tajante del general llamó su atención. Ni siquiera había levantado el rostro.

—¿Es tan grave como para que hayan dejado de interesarte los kalastys? —El general la miró entonces y Halan sintió un escalofrío al contemplar su mirada ominosa—. ¿Y puedo saber de qué se trata?

Sandar dejó sobre la mesa la carta que había estado leyendo con tanta atención. Apartó la silla con fuerza y caminó por la tienda mientras se masajeaba las sienes. Lucía una larga barba castaña. Halan lo observó en silencio.

—Antes dime qué habéis averiguado. —El general se detuvo cerca de ella.

—Un pequeño grupo de kalastys ha puesto rumbo a Runna, aunque no podemos confirmar que se dirijan realmente a nuestro hogar.

Y si lo hicieran, no son más que quinientos soldados.

Sospecho que podría ser una estrategia para confundirnos.

No podemos bajar la guardia —informó Halan—.

Sandar, hay algo más, estoy convencida. Creo que debemos reforzar la seguridad de la capital hasta estar seguros.

—Opino igual. —El general tomó aire y lo soltó muy despacio—. El gobernador me escribió nada más llegar a Alviat. El dárico gris ha incumplido el plazo y ha perdido la corona. Me pide que use los barcos y a mis soldados para buscarlo, que lo atrape y lo lleve ante el consejo de ancianos.

—¡Se han vuelto locos! —Halan se llevó la mano a la nuca.

—El mundo se ha vuelto loco, hermana.

Los dos se miraron con calma. Sandar volvió a su asiento y se remangó la camisa dejando al descubierto la piel oscura de sus brazos. Halan caminó inquiera por la estancia.

—Cogerás cinco naves y marcharás de regreso a casa. Quiero que protejas Galear en mi lugar, prepara a la gente para una posible evacuación. —Sandar pasó la mano por la superficie de la mesa hasta recuperar la carta del gobernador—. Yo partiré con los otros barcos en busca del dárico gris.

—¿Cumplirás la orden del gobernador? —preguntó con el ceño fruncido.

—Creo que al enviarme en su busca y pedirme que lo lleve de regreso a Alviat lo que verdaderamente pretende es disponer de nuestros soldados en la capital. —Sandar esbozó una agria sonrisa—. Sospecho que se avecina una guerra civil. Y el gobernador nos quiere a su lado para apoyar a Sorastalez.

—Pero has decidido que yo me lleve cinco barcos. ¿Estás seguro? —insistió.

—Manejo mi ejército como quiero, no como el gobernador desee —dijo Sandar.

No había mucho más que decir, ni que hacer en aquel apartado lugar.

La guerra con los kalastys estallaría muy pronto, pero Sandar y Halan no serían tan necios como para creer que ellos se librarían.

Conocían los extraños rugidos de las criaturas que se escondían en las entrañas de las Avíseas.

Puede que el ejército de kalastys solo fuera una distracción y aquellas bestias fueran el verdadero peligro.

Lo averiguarían muy pronto.