Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Alviat
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Alviat

Percibía sombras que lo acechaban, ojos que seguían sus pasos.

Borat sonrió. Alcanzó la plaza aún amparado por la bruma y saludó a los guardias que custodiaban la entrada al palacio.

Accedió al edificio y fue directo al despacho de Sorastalez.

Sabía que lo usaba también como alcoba, apenas salía de allí.

La voluntad del monarca se volvía cada día más voluble.

A Borat le preocupaba que algunos miembros de su estrecho círculo de confianza se aprovecharan de aquella debilidad.

Debía vigilarlos para anticiparse a cualquier contratiempo.

Llamó a la puerta y esperó paciente a que el rey le diera permiso para entrar. Esperaba encontrarlo a solas.

Dentro hacía frío, las ventanas estaban abiertas y el aire mecía las cortinas de seda blanca.

El aroma a rosas lo impregnaba todo, el jarrón de porcelana azul que presidía la gran mesa daba también una nota de color.

Sorastalez se encontraba de pie con la vista fija en el exterior.

El aire le peinaba el cabello hacia atrás.

Borat se fijó en la persistencia de las manchas negras bajo sus ojos, el maquillaje ya no lograba ocultarlas del todo.

—¿Has descubierto algo? —preguntó Sorastalez lanzándole una mirada escueta.

—Nada. No cabe duda de que se esfumó después de llegar a su habitación aquella noche.

Yo mismo he interrogado a los miembros del servicio.

—Borat caminó por la estancia con las manos a la espalda—.

Cuando cenó en mi casa no mostró señales de tener planes de huida, y eso me hace pensar que no fue cosa suya, pues Litzzia no es capaz de ocultarse a nuestra visión.

El edificio tampoco tiene salidas secretas. Y dejó todas sus pertenencias.

—El gobernador está muy preocupado. Y furioso —comentó Sorastalez—. Cree con certeza que es cosa de mi descendiente, que ha querido evitar nuestra unión. Ha enviado otro mensaje al general Sandar para que acuda cuanto antes.

—¿Qué espera lograr al traer a su general?

Debería recordar que, a pesar de que Runna se autogobierne, deben obedecer a la corona.

Y que en Alviat yo soy la mayor autoridad.

—El general habló de forma agresiva sin pretenderlo—.

Si nosotros no hemos sido capaces de encontrar a Litzzia, tampoco lo hará Sandar.

—Borat entrecerró los ojos y contempló a Sorastalez—.

¿No usará este incidente como excusa para tener a su propio ejército aquí?

—¿Crees que trama algo contra nosotros? —preguntó el monarca con interés.

Borat no respondió a la pregunta de inmediato.

Claro que el gobernador tramaba algo: quería apoyar a Sorastalez si Kishur acababa llegando a la ciudad y Borat ponía al ejército en manos del dárico gris.

Los escáreas, que siempre se mantenían fieles al rey, no eran suficientes para hacer frente a los hajaeks y arqueros bajo las órdenes de Borat.

Gracias a eso, Kishur logró la victoria en su golpe de estado.

Ahora Sorastalez trataba de protegerse por si se daba una situación similar.

—Estoy alerta contra cualquier posible enemigo de la corona —dijo Borat.

—Confío en el gobernador, tenemos la misma visión de futuro —dijo el monarca.

Se peinó el cabello rubio hacia atrás con los dedos—.

Hay demasiada locura a nuestro alrededor.

Los demonios plagaron nuestro bosque de cadáveres, hemos perdido a muchos.

Conozco tu opinión sobre el asunto, pero estoy seguro de que todo es culpa de mi descendiente. Tú no has visto lo mismo que yo en él.

—Y, ¿puedo preguntaros de qué se trata?

—Su forma de mirarme. —Sorastalez dio un paso hacia el general—.

Sus ojos me recuerdan a los de mi padre; poseen la misma maldad.

Siempre hemos venerado a los dáricos nacidos con el cabello gris, pues Raehlan-Tae fue un gran monarca, el más sabio y justo de todos.

Me pregunto si erramos al hacerlo. —Hizo una pausa para dejar que Borat asimilara sus palabras—.

Mi padre intentó matarme cuando yo era un infante, y esa mirada que vi aquel día en él es la misma que mi descendiente me ofreció siempre.

—Vuestro padre enfermó con la sangre maldita…

—¿Crees que no lo sé? —lo interrumpió Sorastalez—. No importa qué pienses, tan solo recuerda lo que acabo de decirte. Mi descendiente nos destruirá.

Borat fue incapaz de continuar la discusión, se había quedado sin palabras.

La idea que tenía el monarca sobre Kishur era peor de lo que imaginaba.

¿Por eso le tenía tanto miedo? Quiso decirle a Sorastalez que él también estaba enfermo, que sabía de su intento de asesinato contra Alfar.

Entonces el general se dio cuenta de que la historia se repetía.

¿Cuánto odio había engendrado Sorastalez en su corazón?

Mientras abandonaba el palacio, Borat reparó en lo inestable que era el gobierno de Alviat.

Era una hoguera a punto de prender, y las llamas lo devorarían todo, del mismo modo que Alhanna había arrasado varios edificios y parte de la muralla la noche en la que los demonios atacaron.

Borat suponía que la joven había regresado junto a Kishur.

Se detuvo en medio de la calle con un sabor amargo pegado al paladar.

Por primera vez, tuvo la certeza de que nada impediría la guerra civil, aliados y detractores del dárico gris luchando entre sí por defender su legitimidad como rey.

Temía que la ciudad quedara bañada de sangre dárica.