Marial-Pat #3
—Mejor mantengamos el anonimato, ¿no te parece? —dijo Daraes con una sonrisa—. De momento no nos conviene que nos vean juntos. Hemos estado viniendo aquí desde hace días, al parecer es tu taberna favorita. Esperábamos que te presentaras de un momento a otro.
—¿Me habéis estado siguiendo? —preguntó Quiazz, incómodo.
Candor soltó una carcajada mientras sacaba la pipa de fumar. Los demás no se inmutaron y Quiazz imaginó que no pensaban darle explicaciones. Recordó la sensación de ser perseguido que lo había invadido nada más salir del cuartel. Suspiró resignado.
—Os buscamos a ti y a tu padre cuando desaparecisteis en Edmoden, os dimos por muertos.
Incineré el cuerpo de mi sobrino Robert y envié sus cenizas a casa —explicó Daraes—.
Al llegar aquí nos informaron de tu aparición y de lo ocurrido.
Zaraen era un buen hombre, y echaremos en falta su valor y su perseverancia.
—Al final nada salió como él deseaba. —Quiazz endureció el gesto.
—Para nosotros tampoco. —Daraes tomó el vaso humeante que tenía frente a él y bebió con calma—.
Como bien sabes, vinimos con la intención de oponernos al consejo y declarar la independencia del Norte.
Sin embargo, nos hemos visto obligados a cambiar nuestros planes.
Gastor ha conseguido demasiado poder desde que tomó el cargo de general.
No podemos enfrentarnos abiertamente a él y al ejército, no cuando la guerra con los kalastys se nos echa encima. Podría significar nuestra perdición.
—Somos hombres prácticos, sabemos adaptarnos a las circunstancias y esperar al momento adecuado. —Candor habló despacio mientras encendía la pipa.
—Ahora, además, nos preocupa que Gastor pueda convertirse en rey —continuó Daraes sin quitarle los ojos de encima—.
Hemos deliberado mucho con el resto de los señores del Norte durante estos días.
También te hemos investigado a conciencia, pero no al apasionado de las tabernas y las mujeres, sino al verdadero Quiazz.
—Daraes se apoyó sobre la mesa y se inclinó hacia él—.
Nos tienes muy intrigados. Cuando estuvisteis en mi casa tuve largas conversaciones con Zaraen sobre ti.
¿Sabes qué otro plan guardaba bajo la manga?
Quiazz desconocía hacia dónde lo dirigía el Dol y no pudo más que negar.
—Si no lograba encontrar a la endómica y convencerla para unirse a nosotros, pensaba poner la corona sobre tu cabeza.
—Sonrió al ver cómo el joven abría los ojos ante la sorpresa—.
Ya imaginaba que nunca habló de eso contigo.
La cuestión es que todas esas conversaciones me dieron a entender que no eres lo que pareces, y lo hemos podido comprobar.
—¿Y qué importa eso? —Quiazz se apartó un poco, incómodo.
—Mucho. Porque te has postulado para la corona, Quiazz. —Candor-Saz sonrió.
El joven sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Deseó salir de allí, correr tanto como las piernas le permitieran y encerrarse en su casa. Durante días. En ese momento se percató de la connotación de esa reunión clandestina, que lo hubieran seguido, esperado.
—Mi intención era evitar que se coronara al general de inmediato.
Creo que debe haber alguien más adecuado, es evidente que la decisión precipitada del consejo se debe al poder que Gastor ha conseguido amasar.
—Quiazz habló de forma atropellada—. Nunca aceptaron esa idea por más que mi padre lo intentó.
Y ahora dicen que quieren honrar su memoria y continuar la labor de Zaraen.
He de admitir que me puse muchas veces en contra de mi padre, pero ahora veo con claridad que los ancianos debieron legar el poder hace mucho.
Por su culpa jamás estaremos unidos. Incluso mintieron acerca de sus relaciones con el rey dárico.
—Hiciste bien en bloquear el nombramiento de Gastor, todo se habría complicado más. Ahora tenemos la oportunidad de enmendarlo. —Daraes se arrellanó en la silla con el vaso entre las manos—. Porque debemos hacerlo, Quiazz. La guerra con los kalastys está muy cerca de alcanzarnos.
—Y, aunque venzamos, el caos se apoderará de nosotros al final —continuó Candor tras una larga calada—. Será el momento de construir una nueva nación para los humanos, encabezada por un líder capaz de unir a todos los pueblos.
—Y el Norte te ha escogido a ti —sentenció Daraes.
La contundencia de aquellas palabras le robó el aliento.
¿El Norte lo había escogido? Intentó hablar, pero fue incapaz de separar los labios.
Tan solo pudo negar con la cabeza. Las miradas de los hombres se clavaban como cuchillos en su piel.
El asunto se le había ido de las manos, debería haber prestado más atención a las advertencias de su mayordomo.
Los norteños no creían que Quiazz fuera manipulable, y eso era aún peor, pues tenían la esperanza de que se convirtiera en un monarca capaz de unificar a todos los pueblos humanos.
La idea hizo que sintiera un profundo vértigo.
Sin duda, iba a lamentar haberse postulado a la corona.