Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

—Lo has preparado todo, ¿verdad? —preguntó Quiazz casi sin voz.

—Oxa ha resultado ser mucho más osada de lo que imaginabas.

¿Cuántas veces le ofreciste traerla a la ciudad y se negó?

Es evidente que tenía sus propios planes.

—Soltó una carcajada suave y sintió la mirada de Quiazz atravesarlo—.

Me sorprende el apego que le has tomado en tan poco tiempo.

¿Pretendías que reemplazara a tu padre? ¿Que se convirtiera en tu nueva familia?

Ni siquiera sabes qué parentesco os une.

—¡Eso no es asunto tuyo! ¿Cómo has podido hacer algo así? —Quiazz apretó el puño con fuerza, iracundo—. Las has metido en esto para hacerme daño.

—Te puse las cosas fáciles, solo tenías que ofrecerme tu apoyo.

Sé que no deseas ser rey, que solo te has pronunciado para evitar que me coronaran de inmediato.

—Avanzó un paso sobre el muro y se acercó a él tanto como pudo—.

No te saldrá bien. Y eres lo suficientemente inteligente para darte cuenta del riesgo que corres.

Muchos de mis partidarios querrán hacerte desaparecer.

—Eso ya lo sé. ¿Crees que no sopesé todas las posibilidades? —Quiazz negó con la cabeza varias veces—. Decidí asumir el riesgo, pero meter a Oxa en esto ha sido cruel. ¿Cuál es el verdadero propósito de usarla? ¿Quieres que te implore para que la protejas?

—No seas imbécil. Te ofrezco la oportunidad de arreglar las cosas antes de que sea demasiado tarde.

—Tensó los labios en una sonrisa—. Si abandonas tu pretensión a la corona y me pides perdón en público, nombraré a Oxa la primera mujer dentro del ejército.

La primera de muchas. Cuando sepan que se presentó a las pruebas por orden mía, la respetarán.

Es más, diré que es un proyecto en el que tú y yo trabajamos juntos.

Tú siempre quisiste que Zaraen lo hiciera, ¿no es cierto?

Sí que lo era, pero nunca imaginó que se lograría de aquella forma tan vil. Quiazz no podía creer lo que oía. ¿De verdad era ese su amigo? ¿Era ese el auténtico Gastor?

—¿Y si me niego? ¿La dejarás abandonada? —Quiazz se pasó la mano por el pelo y la frente, confuso—. ¡No tienes derecho! ¡Me chantajeas con su vida!

—Enfádate si lo deseas, pero medita bien tu decisión. La alternativa no te va a gustar. —Volvió a acercarse a él—. No me lleves al límite, Quiazz, o descubrirás lo cruel que puedo llegar a ser. Te haré desaparecer en un barco como hizo tu padre, y te aseguro que esta vez no volverás.

Quiazz desvió la mirada del general y la dirigió hacia Oxa.

La chica hablaba con el comandante mientras esbozaba una amplia sonrisa.

Bajó del muro y caminó unos pasos, seguido por la imperiosa mirada del general.

Quiazz no sabía qué hacer, hacia dónde ir.

Se sentía perdido. Casi no reconocía a Gastor, jamás hubiera imaginado que usara a un inocente para manipularlo.

Eso solo demostraba que no era el rey que necesitaban.

—Quiero una respuesta mañana, Quiazz —le exigió el general desde el muro.

Salió del cuartel de forma atropellada, esquivando a los soldados que abarrotaban el recinto.

Sentía una fuerte presión en el pecho que le impedía respirar.

¿Qué ocurriría con Oxa si no hacía lo que Gastor pedía?

Le habría gustado saber si el general la había engañado o si era su cómplice.

Mientras cruzaba las primeras calles trató de reordenar sus ideas.

Solo sabía que no estaba dispuesto a rendirse.

Caminó sin un rumbo fijo, notando la mirada de la gente sobre él.

Tenía una sensación extraña, algo que le ponía los vellos de punta; alguien lo vigilaba.

Llegó a intuir una sombra, pero siempre que intentaba descubrir de qué se trataba, desaparecía.

Apretó el paso para mezclarse con la gente.

Al final, decidió entrar en uno de los locales de la plaza central, pues en la calle no se sentía seguro.

Había tanta gente que le costó moverse hacia la barra.

Un anciano daba un discurso para quejarse de los abusos del consejo, que no hacía más que acrecentar los impuestos.

Quiazz se preguntó cuánto tardarían los hombres de Gastor en llevarse preso al pobre desgraciado.

Decidió quedarse un rato. No le apetecía estar allí, pero no se atrevía a volver al exterior por el momento.

Pidió un vaso de leche y le tendió una moneda al camarero.

La taberna estaba al completo y no quedaban mesas vacías; la mayoría eran hombres, pero también vio algunas mujeres. Cerca de él se encontraba una anciana que llevaba un vestido de lino y gasas de colores brillantes, bordado con hilos de color oro.

—¡Pues no estoy de acuerdo! —gritó un hombre enjuto que a punto estuvo de chocar con él—. A mí me da confianza que el ejército esté por toda la ciudad.

—Claro, porque no eres de aquí —le discutió otro.

—Se están adueñando de todo —susurró el tabernero, aunque todos pudieron oírle—. Ahora han creado un nuevo impuesto para la protección del comercio y el turismo, y si seguimos así acabaré pagando más de lo que gano.

—Podéis decir cuanto queráis —intervino la anciana, y todos callaron ante su voz—. Hace meses que ningún ladronzuelo intenta robarme, me siento muy tranquila.

Las discusiones afloraron enseguida. Quiazz se fijó entonces en una mesa al fondo de la estancia en la que se encontraban sentados cinco hombres con las capuchas subidas.

Se incomodó al percibir sus miradas y al darse cuenta de que nadie osaba acercarse a ellos.

Quiazz sintió entonces unas ganas incontenibles de salir de allí.

Al parecer, ya no lograría sentirse a salvo en ninguna parte, veía peligro mirara donde mirase.

Dejó el vaso y se apresuró hacia la puerta, pero antes de cruzar el umbral alguien lo retuvo con fuerza.

—¿Te marchas tan rápido? —La voz le resultaba familiar, pero no logró discernir quién era su dueño—. Pensé que la tertulia sería de tu interés. ¿Por qué no te sientas con nosotros?

—Me temo que te confundes de persona. —Se zafó del agarre, pero no se movió.

El hombre se levantó la capucha y reveló su rostro: era Daraes-Dol. Sus ojos azules lo escrutaban con frialdad. Quiazz recordaba haberlo visto en el cónclave.

—Vamos, ven a sentarte. —Era una orden.

Quiazz obedeció. Cuando tomó asiento a la mesa pudo reparar en los rostros ocultos de sus ocupantes.

Todos lo saludaron con un asentimiento de cabeza, y se sintió un débil cervatillo rodeado de leones.

Daraes acabó sentado frente a él, con su hermano a la izquierda y Candor-Saz a la derecha.

El señor de Laccados era inconfundible con aquellos ojos almendrados de un intenso azul oscuro y la barba trenzada.

Los otros dos integrantes de la mesa debían ser familiares de Candor, pues tenían la piel tostada como él y el cabello azabache.

Intentó quitarse la capucha, pero se lo impidieron.