Marial-Pat
—¡Despierta! —Le dio un puntapié en el costado.
Quiazz despertó angustiado y se incorporó de un salto. Con los ojos a medio abrir blandió un cuchillo con tal agilidad que llegó a rozar el abdomen del general. Gastor se llevó la mano a la barriga, sorprendido por la reacción inesperada del joven.
—¿Qué cojones haces? —lo increpó Gastor tras comprobar que el arma no había rasgado sus ropas—. ¡Podrías haberme herido! ¿Estás loco?
—El cuchillo no tiene filo. —Quiazz lo lanzó hacia la cama de mal humor—. No sabía que eras tú, pensé que alguien me atacaba. Hacía mucho tiempo que no dormía tan profundamente.
—¿Y quién piensas que puede venir a matarte? —Gastor alzó las cejas mientras Quiazz se tapaba con la manta—. Con un arma sin afilar de poco te vas a defender. Eres un idiota.
El joven no respondió al comentario; el general jamás comprendería la culpa que lo carcomía por haber matado a aquella chica llamada Val, aunque fuera en defensa propia.
Una vez comenzabas a arrebatar vidas, era difícil detenerse.
Siempre habría una excusa, y por esa razón se había prometido a sí mismo no volver a esgrimir un arma.
Quiazz notó cierta incomodidad ante la presencia del general en su estancia.
Era la primera vez que se veían tras el cónclave.
Quiso decir algo para romper el pesado silencio que acababa de instalarse entre ellos, pero sintió la garganta terriblemente seca.
Los ojos de Gastor lo inspeccionaban sin reparos, y Quiazz no supo discernir si estaba enfadado o no.
—Vístete de una vez, quiero que me acompañes para que veas algo —le ordenó Gastor mientras comenzaba a pasear por la estancia—. Si tanto temes un posible ataque, deberías dormir con más protección y no desnudo. Y tienes que cerrar la puerta.
—La ropa me incomoda —dijo Quiazz mientras se ponía los pantalones.
—Ya veo… —Gastor aprovechó para mirarlo de reojo.
Cuando el general posaba sus ojos en Quiazz, este sentía una extraña calidez recorrer su piel y azorar su corazón. El joven agitó la cabeza para apartar esa idea y se apresuró a abrocharse la camisa y ponerse las botas. Se lavó la cara y se acomodó el pelo con los dedos.
—¿Ya han finalizado las pruebas de acceso al ejército? Pensé que te mantendrían ocupado —comentó Quiazz para romper el silencio—. Supongo que inflarás las filas de todas las facciones; espero que elijáis bien a los capas negras. Al fin y al cabo, son la inteligencia del ejército.
—¿Desde cuándo te interesan las pruebas del ejército? —lo tentó el general.
—Desde siempre. —Agarró la capa de la silla y miró al general—. Sé que estás enfadado y muy decepcionado con mi decisión, pero yo…
—Ya hablaremos de eso —lo interrumpió Gastor de forma brusca.
El general se había detenido en el centro de la habitación con los brazos cruzados.
Quiazz reparó entonces en las ropas que llevaba.
No eran las habituales: vestía como un simple soldado raso.
¿Trataba de pasar inadvertido? El joven se colocó la capa y ambos abandonaron la casa en silencio.
No hablaron mientras dejaban atrás el complejo del palacio y cruzaban calle tras calle en dirección al cuartel.
No había dudas de que iban hacia allí. ¿Qué era lo que tenía que mostrarle?
Quiso preguntarlo varias veces, pero el rostro poco amigable que lucía el general le hizo callar.
Le resultaba raro caminar a su lado tras lo ocurrido, no podía quitarse de la cabeza la discusión que habían tenido en el puente noches atrás.
«¡Tu amistad no vale nada para mí!», le había gritado el general.
—Gastor, yo… —comenzó a decir Quiazz.
—He dicho que ya hablaremos —le impidió continuar una vez más.
Llegaron a la avenida principal del mercado, donde los comerciantes no tardarían en abrir sus puestos.
Muchos ya estaban colocando los productos, y había una gran cantidad de soldados que vigilaban que no se produjera ningún altercado.
Cada día le agradaba menos el control que Gastor ejercía sobre la ciudad.
Se mezclaron con el gentío y se apresuraron hacia su destino.
Quiazz tenía un nudo en el estómago. Una vez en el cuartel, subieron la escalinata y entraron en el enorme recinto.
Había mucho jaleo, el patio estaba invadido por jóvenes aspirantes que corrían de un lugar a otro.
Había cuatro tarimas de madera que servían de cuadrilátero para los combates.
El bullicio ensordeció a Quiazz. Gastor le hizo una señal para que no se rezagara y comenzó a adentrarse en el patio.
Sobre las tarimas había jóvenes haciendo las pruebas ante la mirada de compañeros, superiores y jueces que agachaban la cabeza constantemente para tomar nota de los resultados.
—¿Vas a decirme para qué me has traído? ¿Qué quieres enseñarme exactamente? —preguntó Quiazz.
—No seas impaciente, joder. —Gastor lo agarró del codo para ir más deprisa.
Alrededor de la última tarima se congregaban los capas negras y docenas de aspirantes con camisas grises y pantalones oscuros.
Algunos cubrían sus cabezas con fulares para preservar su identidad mientras participaban en las pruebas.
Todos tenían un número pintado en la espalda, su única identificación allí.
A Quiazz le sorprendió ver también entre aquel tumulto a un numeroso grupo de rompedores, a quienes reconoció por las capas de color verde oliva.
Estos eran la fuerza bruta del ejército, la carne de cañón.
Gastor perteneció a su grupo antes de convertirse en general.
Sobre el escenario luchaban dos jóvenes a los que no alcanzaba a ver.
—Parece que llegamos algo tarde, ya hace rato que ha comenzado la prueba final —señaló Gastor visiblemente molesto—.
Como ya imaginarás, aquí se presentan los candidatos para los capas negras, y este es el último combate.
No solo se miden sus conocimientos en un examen, también deben saber luchar.
Esta vez solo aceptaremos a diez candidatos.
Quiazz seguía sin comprender qué pintaba él allí.
Conocía bien la dificultad que entrañaba superar las pruebas de acceso a los capas negras.
Gastor lo sorprendió al tirar de su brazo y llevarlo hacia un murete de piedra.
Ambos se encaramaron a él para tener mayor visibilidad de la contienda entre aquellos dos aspirantes.
—¿Ves que sus fulares son negros? Son los que obtuvieron mejor puntuación; el que logre ganar acabará siendo pupilo del mismísimo comandante.
A Quiazz le dio un vuelco el corazón, pues le vino a la mente el atuendo de Nactam-Kae y sus hombres.
Casi pudo ver frente a él a los mercenarios descendiendo de los árboles y asesinando a sus compañeros.
Se frotó las sienes para hacer desaparecer la imagen.
En el cuadrilátero, los dos aspirantes peleaban con palos de madera.
Uno de ellos era robusto, de espalda ancha, y lanzaba estocadas fuertes y precisas.
El otro era pequeño; se movía con una agilidad sorprendente, dando saltos imposibles y haciendo piruetas que arrancaban el aplauso de los espectadores.
—Muchos candidatos matarían por estar en el lugar de esos dos chicos.
Pedí a los rompedores que no los perdieran de vista, no quiero que tengan problemas con sus compañeros antes de entrar en el ejército.
Ya sabes cómo es la envidia… Siempre tenemos que lamentar algún hueso roto y, en casos más extremos, algo mucho más grave.
—El aire agitó la capucha de Gastor—. Y en esta ocasión será peor, te lo garantizo.
El de menor estatura ha destacado desde el primer momento, estoy convencido de que ganará.
Y cuando lo haga y se descubra su verdadera identidad, te aseguro que no seguirá con vida al anochecer.
—No entiendo qué tratas de decirme. —Quiazz lo miraba confuso.
El joven se fijó en el chico del que el general hablaba. Era muy ágil, había logrado arrebatarle el arma de madera a su contrincante y ahora luchaba con las dos.
—Se inscribió como un joven, pero es una chica en realidad.
Es la primera en atreverse a participar en estas pruebas.
—Sonrió al percibir el estupor de Quiazz—.
Debió pensar que nadie se enteraría. Lo permití porque no creí que llegara lejos, pero como comprenderás no puedo dejar que una mujer acabe en el primer puesto de los capas negras.
Me preocupa la violencia que las pruebas despiertan, la vez pasada dos chicos aparecieron asesinados por falsificar un examen.
Por desgracia, algunas cosas escapan a mi control.
—¿Y qué piensas hacer con ella? Tienes que ofrecerle protección. —Quiazz no podía apartar la mirada de la lucha—. Debiste sacarla a tiempo de las pruebas.
—No pienso hacer nada —sentenció el general.
El sol intentaba abrirse paso a través de la bruma que enturbiaba el cielo.
El aire le acarició el rostro y dejó una sensación húmeda en su piel.
Quiazz sentía dolor en la mano. Observó la lucha: la chica esquivó a su oponente dando una voltereta hacia atrás, aún con las maderas en sus manos.
Luego lo golpeó en repetidas ocasiones, ensañándose en las rodillas.
Su contrincante cayó fulminando, gritando de dolor. Quiazz tragó saliva.
—Ha vencido. No me había equivocado con ella.
Los espectadores se unieron en una ovación.
El comandante de los capas negras irrumpió en el cuadrilátero, arrastró a la ganadora hacia el centro y levantó su brazo.
Ella se retiró el velo de la cara, sin llegar a bajarlo del todo.
Estaba lejos, pero Quiazz pudo reconocer su rostro afilado, los pómulos prominentes y los ojos de color verde intenso.
El joven guardó silencio mientras el comandante y Oxa caminaban por la tarima para que todos pudieran verla.
Hasta el momento, ninguno había reparado en que era una chica, pero no tardarían mucho.
El otro luchador gemía de dolor; aquello tendría represalias.