El Manantial
—Alhanna, tenemos que hablar. —La joven se sobresaltó al escuchar su voz—. Sé que quieres ignorar lo que ocurrió anoche, pero es importante que lo discutamos.
—Ya lo sé. Esto es mucho peor que la endomia, hace que me sienta enferma en todo momento.
Y no encuentro la forma de remediarlo. No quiero nada de esto.
—Se agarró la cabeza y gruñó para desahogarse—.
Casi no recuerdo lo sucedido, fue como si otro ser dominara mi cuerpo.
En Alviat, cuando huía, me ocurrió lo mismo, sentí que tan solo era una espectadora.
Igual que en mis sueños. Hay alguien en mi cabeza, Kishur.
El silencio del dárico la incomodó. Al cabo de un rato, Kishur se retiró de la ventana y tomó asiento a su lado. El colchón se hundió bajo su peso.
—Te comprendo mejor de lo que imaginas; cuando enfermé con la sangre maldita sentí algo parecido a lo que describes. Dejé a otro ser en mi lugar. —Le acarició la mejilla, que estaba ardiendo—. Pero no hay nadie más en tu mente, solo eres tú, atormentada por la culpa y el temor.
—Me da miedo que esa otra Alhanna tome el control por completo —admitió ella.
—Eso también lo comprendo. Últimamente me atosigan los recuerdos de mis otras vidas y me preocupa olvidar que ahora soy Kishur. Me esfuerzo por aplacar mi memoria, pero no resulta sencillo. —Sonrió con aire triste—. Dime, ¿sigues teniendo hambre?
—No. Pero regresará, siempre lo hace —dijo abatida la joven.
—¿Y eso qué quiere decir? —Recordó entonces el día que Alhanna devoró aquella serpiente y se estremeció—. ¿Has devorado en otras ocasiones para saciarte?
—Cuando uso mi endomia, luego me ataca un hambre voraz. Después de lo ocurrido en Alviat el dolor de estómago se hizo más persistente e insoportable. —Evitó responder a la pregunta de forma directa. Alhanna levantó el rostro con temor—. Quiero parar esto, pero no sé cómo hacerlo.
La brisa sacudió las cortinas y el aire fresco se coló en la estancia a través de la ventana abierta.
El cálido sol bañaba la habitación. Kishur rebuscó en uno de los bolsillos y sacó la caja de bronce.
Sin dar ninguna explicación, la abrió y observó el interior.
Lanzó un suave suspiro al comprobar que Litzzia también había devuelto el colgante.
Extrajo la cadena de plata con la esfera que encerraba una pequeña porción de su lanfe.
Luego hizo que Alhanna se girara y se la colocó en el cuello.
—¿Por qué me la entregas? —Alhanna sostuvo la joya entre sus dedos.
—Si alguna vez te sientes tan desesperada como anoche, no dudes en devorar lo que encierra este cristal —le dijo mientras ella se volvía de nuevo hacia él.
—¡Jamás lo haría! —se sobresaltó Alhanna—. ¿Cómo me pides algo así?
—Porque quiero ayudarte. —Kishur se puso en pie con calma—. La joya es tuya ahora, haz lo que desees con ella.
Alhanna acarició el cristal y notó la calidez que desprendía.
Cerró los ojos y sintió que cada parte de su cuerpo se relajaba, su mente quedaba vacía de miedos y dudas.
Alhanna se recostó en la cama y sonrió. Recordó el colgante de la rosa de cristal que Alfar siempre llevaba al cuello.
Supuso que Kishur esperaba que la esfera la ayudara de igual modo que el amuleto había hecho con Alfar.
Miró hacia él, que había regresado junto a la ventana.
El rostro de Kishur se perfiló con la luz del exterior.
Una sombra de tristeza velaba los ojos del dárico.
¿En qué estaría pensando? Alhanna se acarició la cicatriz del cuello y se prometió dejar de ser débil, de tener miedo; lucharía para hacerse fuerte, para que jamás volviera a ocurrirle lo de esa noche.
Para que Kishur nunca tuviera que lamentar tener que detenerla a la fuerza.
Conocían muy poco sobre la Canción, ¿y si la próxima vez no era suficiente?
¿Y si él se veía obligado a usar la espada?
Como si Kishur hubiera leído sus pensamientos, sus miradas se cruzaron y Alhanna tuvo la corazonada de que esa misma idea cruzaba la mente del dárico.
Pasaron el día en el pueblo, ayudando en lo que podían.
Trataron de responder a las insistentes preguntas que la gente tenía sobre aquellas criaturas siniestras.
A partir de ahora vivirían con temor a que volvieran.
Kishur tardó en conciliar el sueño esa segunda noche, lo atormentaba la imagen de Alhanna devorando a los demonios y a punto de hacer lo mismo con él.
Despertaba ante cualquier sonido, preocupado por que la situación se repitiera.
Mantuvo a la joven a su lado para estar pendiente de cada uno de sus movimientos.
A ella no pareció importarle, más bien todo lo contrario.
Durmió acurrucada junto a su costado. Por fortuna, los demonios no regresaron.
Al alba, abrió los ojos y comprobó que ella ya no estaba en la cama.
Ni siquiera la había oído al marcharse y eso le extrañó un poco, pero supuso que el agotamiento había acabado por vencerlo.
La luz del sol inundaba la estancia, y el agradable calor lo acompañó mientras se vestía.
Lo hizo sin prisa, estaba un poco harto de correr.
Entonces llamaron a la puerta y Ghiro asomó la cabeza.
—Comenzaba a preocuparme, nunca dormís tanto —le aseguró el anciano, a lo que Kishur respondió con un gruñido—.
Supongo que está bien de vez en cuando. Alhanna tiene buen aspecto, ha desayunado con nosotros.
Está un poco callada, aunque supongo que es normal después de lo ocurrido. Parece que dormir con vos…
—¿Está todo listo? —lo interrumpió Kishur con un repentino mal humor.
—Por supuesto. —Algo en el tono de voz del anciano lo alertó. El dárico lo miró al instante—. Os espera una sorpresa abajo, y ya os adelanto que no os va a gustar.
Kishur abrió la boca para pedirle una explicación, pero el anciano se escurrió hacia el pasillo y cerró la puerta con rapidez.
Tuvo un mal presentimiento. Se apresuró tras los pasos de Ghiro y dejó la habitación.
El bullicio del salón principal lo acogió enseguida.
Los que seguían allí pendientes de los heridos se quedaron mirándolo; la mayoría con asombro, unos pocos con temor.
Kishur cruzó una de las puertas y abandonó el local.
Caminó hacia el establo. En cuanto tuvo a los vargums y a los hajaeks a la vista, comprendió de qué trataba la sorpresa.
Rory sujetaba las riendas de la montura de Eltsay.
Se acercó a ellos ignorando a la mujer de forma deliberada.
Miró primero a Alhanna, que le sonrió desde su silla.
Ghiro esquivó su penetrante mirada sin apenas disimulo.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó a Rory, que dio un brinco al oírlo.
—Voy a acompañaros hasta Sílfhades. Llevo mucho tiempo queriendo ir, pero nunca logro reunir el dinero necesario. —Rory apretó las riendas con nerviosismo—. No seré una molestia y haré cuanto me digáis, os lo aseguro.
— Naet . —Kishur fue hacia su montura y le dio la espalda a la joven.
—Considéralo un pago por mi silencio respecto a lo que vi hace dos noches —insistió la mujer, mirando de reojo hacia Alhanna.
—¿Ahora nos chantajeas? —Ghiro comenzó a reír, casi divertido por la situación.
A Kishur no le hizo tanta gracia, y lanzó una severa mirada al anciano. Subió al vargum y acarició la cabeza del animal, en silencio.
—Al menos podrías escucharla —dijo Alhanna para sorpresa de todos.
—Llevo demasiado tiempo ocultando mi don por temor a que la gente se asuste.
—Rory habló bajito—. En Sílfhades está mi padre, se marchó cuando yo era una niña, pero me escribió hace unos meses.
Prometió ayudarme a entrar en la academia de medicina si iba a la ciudad.
Es mi mejor opción, porque ya no deseo continuar aquí.
Después del encuentro con los demonios, la gente se volverá más susceptible. No quiero acabar como mi madre.
El dárico revisó su rostro mientras ella arrugaba el entrecejo y se acariciaba las sienes. Kishur supo que era sincera, incluso podía percibir el miedo atravesado en su corazón. Soltó el aire muy despacio, sin mutar su expresión.
—No será un viaje sencillo, otras criaturas como las que atacaron el pueblo nos persiguen —le dijo Kishur—. Serás una carga para nosotros.
—Llevo un cuchillo. No tenéis que preocuparos por mí, sé cuidarme sola —aseguró la mujer con altivez—. Y, en cualquier caso, siempre puedo buscar un buen escondite mientras vosotros acabáis con esos seres.
Kishur no podía creer que ninguno de sus hajaeks, ni siquiera el anciano, hubiera sido capaz de persuadir a la humana. Incluso Alhanna parecía satisfecha con su compañía.
—He cargado este vargum con agua y comida, si pensabas decir que no deseas compartir vuestras provisiones, puedes ahorrarte la saliva —comentó la mujer mientras señalaba los fardos atados a la silla.
—Jamás presupongas qué voy a decir —la increpó el dárico, que claudicó al fin.
No le apetecía seguir discutiendo, y había algo en la mujer que le impedía rechazarla sin más.
Quizá fuera porque no deseaba dejar a una soñadora a su suerte en aquel lugar.
Eso le hizo pensar de repente en la compañía de los hermanos Hal y en cómo el ser que metía sueños en su mente le hablaba a través de Riaku.
¿Y si era él quien había puesto a la mujer en su camino?
No era simple casualidad que Rory hubiera soñado con él nada más llegar al pueblo.
Desvió la vista hacia la mujer y contempló su delicado rostro. Recordó la suavidad de sus labios y el cálido roce de su piel. Supo que el viaje acababa de complicarse.