Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

Una vez en el puente, Quiazz aceleró el paso ante la mirada penetrante de los soldados que lo custodiaban.

Ellos también lo odiarían muy pronto, pues acababa de impedir que su general fuera coronado en los próximos días.

No se detuvo hasta llegar a su casa y no sintió alivio hasta que entró, cerró con llave y echó el cerrojo.

Su mayordomo lo miró con las cejas alzadas.

—De modo que al final lo has hecho. —Parecía más una acusación que un simple comentario—. Si no te importa, me gustaría que pusieras esta casa a mi nombre, para no quedarme en la calle cuando te asesinen.

—Pensé que estabas de mi parte —se quejó Quiazz.

—Y lo estoy, pero eso no le impedirá al general cortarte el cuello —dijo mientras cogía la capa del joven y la sacudía.

Quiazz fue a su habitación y se acercó al balcón. El anciano lo siguió.

—Buscabas tiempo, pero es posible que la situación se descontrole y esa corona acabe en tu cabeza.

Un hijo ilegítimo puede ser un gran candidato a rey a los ojos de muchos nobles.

—Quiazz lo miró con preocupación—. No te conocen, te tienen por un mujeriego y un juerguista, no importa que hayas vuelto cambiado de tu viaje.

Te verán como un rey manipulable, algo que les interesa sin duda.

—Nunca podrían controlarme —se defendió el joven.

—Eso ellos no lo saben. Eres igual que tu padre, ¡nunca os conformáis! —El hombre comenzó a andar para salir de la estancia—. Siempre rehuís una vida apacible para elegir el camino más difícil.

Lo dejó solo. Quiazz se deslizó hasta el suelo y dio varios golpecitos en el cristal del balcón con la cabeza. Estaba asustado. Mientras pensaba en su plan, nunca reparó en que él pudiera acabar siendo coronado rey.

«Gastor jamás me perdonará», se dijo con amargura.

Al anochecer, Gastor se adentró en el barrio de chozas del río, donde el frío lo obligó a abrigarse con la capa.

No vestía la armadura, se conformó tan solo con llevar la espada como protección.

No quería asustar a la gente. Dos de sus hombres lo seguían a lo lejos, por si necesitaba apoyo ante un encuentro inoportuno.

Caminó entre las casas irregulares, adentrándose en las calles retorcidas, notando cómo sus botas se hundían en el terreno cenagoso.

Pronto el suelo se volvió más firme. Miró el mapa que le habían dibujado y vio que estaba cerca de la casa señalada.

La poca gente con la que se cruzaba lo observaba con desconfianza. El general tomó aire para templar su mal humor.

El hogar que visitaba tenía la fachada hecha de ladrillo. A través de la rendija de una ventana cerrada, atisbó una débil luz que se apagó casi de inmediato. Gastor llamó a la puerta con suavidad, pero nadie respondió. Volvió a llamar con impaciencia.

—Vengo de parte de Quiazz, abrid o echaré la puerta abajo. —El tono autoritario del general no pareció funcionar—. Muy bien.

Se echó hacia atrás, decidido a derribar la puerta de madera, de apariencia frágil.

Se detuvo al oír pasos acelerados al otro lado.

Una chica menuda, de cabello oscuro y ojos verdes, apareció en el umbral.

Lo observaba furiosa. Gastor se quedó sin habla un instante, casi podía ver a Quiazz en el rostro de la joven, tal era el parecido.

—¿Quién cojones eres? ¿Y por qué llamas a estas horas? Has asustado a mi hermano. —La valentía de ella le agradó. Dentro de la casa, entre las sombras, vislumbró una figura pequeña.

—Eres Oxa, de eso no hay duda. —Levantó la mano para impedirle que hablara—. Me contaron que timaste jugando a las cartas a algunos de mis soldados y que pateaste a uno de ellos. Al parecer, Quiazz te acompañaba. Podría detenerte por agresión.

—No me has dicho quién eres —le recordó, desafiante, aunque con un atisbo de preocupación en la mirada.

—Soy Gastor, el general de Marial-Pat.

La chica retrocedió y un velo de sombra cubrió sus verdes pupilas. Era evidente que no confiaba en los soldados, y de pronto incluso parecía tenerle miedo.

—Me dijeron que Quiazz trató de convencerte para que fueras a vivir a la ciudad.

Siempre ha sido un ingenuo. Tú no pareces la clase de persona que acepta limosnas, ¿me equivoco?

—Ella pareció relajarse un poco, pero mantuvo el ceño fruncido—.

Necesito que me ayudes con Quiazz, se ha vuelto un verdadero dolor de cabeza para mí.

—Y ¿por qué no lo matas? Eso hacéis los poderosos.

—Algo me lo impide. —Sonrió con malicia—. Prefiero intentar manipularlo.

—¿Y qué gano yo ayudándote? Lo más probable es que salga perjudicada. —La chica ladeó un poco la cabeza, intrigada.

Gastor no habló de inmediato, quería incomodarla un poco más. Dio unos pasos con calma y clavó la vista en el cielo despejado.

—Dime, Oxa, ¿qué me pedirías a cambio de tu ayuda?

—No podrías ofrecerme lo que quiero. —Gastor le hizo una señal para que continuara—. Deseo entrar en el ejército, ser una capa negra. Así podría combatir la corrupción y lidiar con los soldados que tantos problemas nos traen.

—¿Acusas a mis hombres de abusar de su poder? —La sinceridad de Oxa lo impresionó.

—De muchas cosas, pero quizá no quieras oírlas —dijo ella, desafiante.

—¿Sabes algo, Oxa? —Gastor sonrió con satisfacción, sabiendo que tenía a la chica en sus manos—.

Resulta que Quiazz siempre mantuvo la ingenua esperanza de lograr que las mujeres entraran en el ejército.

Pero Zaraen nunca se mostró por la labor, siempre se encontraba demasiado ocupado con otros asuntos. Me acabas de dar una idea.

La joven levantó una ceja con curiosidad, una expresión que la hacía parecerse aún más a Quiazz, si cabía.

Gastor dudaba de que fueran hermanos, porque no se le conocían amantes a Zaraen.

El general observó la pequeña casa y el silencio que reinaba allí.

Usaría a Oxa para disuadir a Quiazz y quitarlo de su camino, apelaría a la bondad del joven.

Porque la alternativa era indudablemente más cruel y, por el momento, no se sentía capaz de recurrir a ella.