Marial-Pat
Esa mañana, el consejo de ancianos había organizado un cónclave invitando a los grandes señores de la ciudad y a los norteños.
Quiazz imaginaba que allí encontraría a Daraes-Dol, a quien no había visto aún desde su llegada a la ciudad.
Los primeros días pensó que iría a buscarlo para preguntarle por el destino de Zaraen y su sobrino Robert, muerto a manos de los hombres de Nactam la noche en que lo secuestraron allá en Edmoden.
Pero el norteño parecía ocupado en sus asuntos, o simplemente no estaba interesado en el pasado.
Quiazz se fijó con tristeza en que la única mujer presente era la miembro del consejo. Eso le hizo suspirar resignado. Estaban muy lejos de parecerse a los dáricos.
El Galaef tomó asiento y las voces se apagaron.
La puerta estaba custodiada por soldados de capas negras.
Quiazz revisó los rostros de todos los presentes, a la mayoría de los cuales no conocía, pero eso carecía de importancia.
Sabía lo que tenía que hacer. Sintió una penetrante mirada sobre él y enseguida localizó los ojos azules de Daraes-Dol.
El hombre esbozó una extraña sonrisa que le produjo escalofríos.
La alta figura de pelo negro y barba trenzada a su lado debía ser Candor-Saz. Aquellos dos lo inquietaban.
Se dio cuenta de que acababa de perderse el inicio del discurso que daba el Galaef, tan absorto como estaba en los norteños. Los nervios se le subieron a la garganta.
—La muerte del general Zaraen nos conmovió a todos, fue un pilar importante para nuestro pueblo.
Su valor y su fuerza protegieron Marial-Pat durante mucho tiempo.
—Quiazz dejó escapar una amarga sonrisa—.
Zaraen siempre miraba hacia el futuro y, como bien sabéis, tenía la clara convicción de que necesitábamos un monarca que uniera a todos los pueblos.
Que nos liderara con equidad y sabiduría, que supiera protegernos de la guerra que se avecina.
Y nosotros hemos decidido hacer honor a esa idea, porque creemos en ella más que nunca.
Las voces se multiplicaron ante la sorpresa, y el Galaef permitió que los hombres discutieran entre ellos.
A Quiazz le temblaban las manos de pura rabia, ¿cómo se atrevían a usar a su padre de ese modo?
El Galaef llegó a llamar loco a Zaraen ante su insistencia de buscar un gobernante.
Miró a Gastor, que ahora le devolvía el gesto.
El general esbozó una leve sonrisa que le heló la sangre.
—Comprendemos que esto os parezca precipitado —continuó el Galaef—.
Para nosotros no lo es, llevamos meses meditando el asunto.
Con la guerra contra los kalastys en ciernes, no podemos seguir postergándolo.
Hemos debatido durante semanas para encontrar al hombre adecuado.
Es el mismo que nos conducirá a la victoria en la batalla: el general Gastor-Jal.
Un intenso silencio se adueñó del lugar, todos dirigieron la mirada hacia Gastor.
—Restauró la paz en la ciudad y apaciguó las revueltas —les recordó la anciana.
—Está al mando del mayor ejército humano y sus hombres lo siguen con devoción y lealtad —dijo otro de los ancianos.
—Gastor-Jal será nuestro rey —sentenció el Galaef, y tomó asiento.
Tras la conmoción inicial, las discusiones afloraron con rapidez. Algunos se adelantaron a aplaudir la noticia, emocionados. Otros gritaron en contra. Sin embargo, debatir no serviría de nada, pues la decisión ya estaba tomada.
Quiazz se puso en pie muy despacio, con los puños apretados.
Gastor lo observaba ahora con el ceño fruncido.
Si quería interferir, era el momento. Tragó saliva despacio, haciendo acopio de valor.
Quizá fuera por la determinación en su rostro, pero el general palideció un instante y negó con la cabeza, como si acabara de comprender qué se proponía y le pidiera que se detuviese.
Pero Quiazz no podía hacerlo, por más que lo apenara.
—¡Yo me opongo! —gritó con tanta fuerza que hizo callar a los hombres—. ¡Os insto a respetar la ley! Es más, como voz del consejo, ¡os lo exijo!
Sin duda, sus palabras cogieron por sorpresa a los ancianos. Quiazz no les concedió tiempo para hablar, y se precipitó al centro de la sala para que todos pudieran verlo y escucharlo con atención. Gastor dio unos pasos hacia él, pero luego se detuvo.
—El primer Galaef escribió un libro de leyes que siempre fueron los pilares de nuestro gobierno.
Gracias a ese libro hemos progresado como sociedad.
—Quiazz miraba directamente hacia la mesa del consejo—.
Aunque jamás tuvimos monarca, se encargó de redactar la ley que dicta la forma en que el rey debe ser elegido.
¡Y no es de este modo! ¿Vais a impedir que aquellos con derecho a votar lo hagan?
—¡Basta! No cederemos ante la rabieta de un niño —gritó el Galaef.
—¡Los hombres del Norte queremos escucharlo! —La tronadora voz del señor de Laccados logró que todas las miradas se dirigieran hacia él—. Soy Candor-Saz y, como portavoz del Norte, exijo saber más. Desconocíamos la ley que establece el voto al que la voz del consejo se refiere.
La reputación de Candor le precedía, y su petición no encontró oposición.
Quiazz prosiguió: —El libro de los ancianos dicta que tres candidatos pueden presentarse para solicitar la corona: el general, el Galaef y la voz del consejo.
—Quiazz hablaba con voz resuelta, pero notaba las entrañas retorcerse en su interior—.
Se debe llevar a cabo una votación que involucre al consejo y las diez familias más importantes de Muriath.
Solo ellos pueden decidir a quién conceder la corona.
El proceso tendrá una duración máxima de noventa días, tras el cual se hará el voto.
El silencio que se instauró en la sala tras sus palabras sobrecogió a Quiazz. Muchos lo miraron con sorpresa, pues, al igual que Candor-Saz, ignoraban lo que el joven acababa de relatarles.
—Si creéis que el general es el adecuado, solo tenéis que votarlo. —Quiazz miró entonces hacia el consejo, en especial, al Galaef—. Los nobles tienen derecho a ejercer su participación en una decisión que nos atañe a todos. ¡No podéis negársela!
—¿Pensabais ignorar un procedimiento tan importante? —los acusó Candor-Saz mientras Daraes sonreía a su lado con cierta satisfacción.
—¡Pretendían engañarnos! —gritó alguien desde el fondo de la sala.
Las voces se alzaron y el Galaef aguardó paciente, con la mirada encendida.
El resto de los miembros del consejo hablaban a gritos entre ellos.
Los nobles discutían sin tapujos, lanzaban insultos y maldiciones.
Quiazz oyó la palabra «bastardo» repetidamente.
Apelar a la ambición y al orgullo de los nobles era una apuesta casi segura, pues todos querrían tener voz y voto en la elección del monarca.
El joven podía sentir la furia de Gastor como una tormenta que caía sobre él.
Tuvo un escalofrío cuando lo vio moverse por el rabillo del ojo.
Gastor dio un fuerte golpe en la mesa de mármol con el guantelete de acero y los hombres callaron al instante.
—Entonces, ¿tú también te presentas como candidato? ¿A pesar de tu cuestionable origen y tu juventud? —Gastor lanzó la pregunta con menosprecio.
—En el libro de los ancianos no se recogen los requisitos de edad o ascendencia que han de reunir los candidatos. Soy la voz del consejo y con eso basta. Me presento para solicitar la corona. —Quiazz alzó la barbilla en un gesto desafiante.
Se oyeron algunas risas, pero no tantas como Quiazz había temido; quizás el enfado de los nobles con el consejo fuera mayor que su recelo frente a la posibilidad de escoger a un monarca tan joven.
Eso preocupó a Quiazz, cuyo anuncio a la candidatura de rey pretendía ser una mera distracción.
Solo deseaba ganar tiempo, esperando que, en los meses previos a la votación, encontraran a la endómica o a un candidato mejor que Gastor y que él mismo.
—El Norte exige que la ley se cumpla, no aceptaremos a ningún rey que no sea elegido mediante votación. —Daraes cruzó los brazos sobre el pecho.
—Nosotros tampoco —afirmó el representante de los Nel, la familia de Zaraen.
La sala pareció convertirse en un gran agujero negro.
Quiazz cometió el error de mirar a Gastor y percibió ira en sus ojos.
Por primera vez, tuvo miedo del general.
Muchos otros nobles comenzaron a pronunciarse; algunos aseguraban estar conformes con la pronta coronación del general, que era mejor no perder el tiempo en votaciones absurdas.
Eso condujo a una nueva discusión. Quiazz se abstrajo de los insultos dirigidos hacia él mientras mantenía la vista fija en Gastor.
Solo cuando la sala quedó de nuevo en silencio y el Galaef volvió a hablar, el joven logró recomponerse y prestar atención.
—De acuerdo. Se respetará la ley que el primer Galaef escribió y procederemos a elegir al candidato entre los dos que pretenden el poder.
De este modo, cuando el general sea elegido, nadie podrá dudar de su legitimidad.
—El Galaef pronunció la última palabra con fuerza—.
En unos días, diez de vosotros os presentaréis ante el consejo para uniros a la elección.
A todos parecía satisfacerles la idea. Quiazz suspiró aliviado con la decisión.
El Galaef hizo una señal y los guardias abrieron las puertas, aunque, al contrario que los ancianos, que desaparecieron enseguida, nadie parecía tener ganas de irse.
Las conversaciones volvieron a intensificarse y Quiazz aprovechó el nuevo alboroto para marcharse de allí.
Imaginó que Gastor lo seguiría, así que se dio toda la prisa que pudo.