El Manantial #2
Otro alarido recorrió el lugar y arrancó un sudor frío en Kishur.
Localizó a una docena de demonios un poco más adelante.
Todos se volvieron hacia él y rugieron al mismo tiempo.
Kishur aferró con más fuerza el mango de su espada, dispuesto a luchar contra todos ellos.
Justo en ese momento, llegaron a su lado Ádria y Mayara.
—Seguid buscando a Alhanna. Nosotros tenemos cuentas pendientes con estos engendros —rugió Ádria girando la espada en su mano—. Nos cobraremos con sus vidas la humillación que padecimos contra los soldados de Jael.
—Bien. Proteged a los aldeanos —pidió Kishur.
Los dejó atrás enseguida. El humo negro de otro incendio ascendía hacia el cielo.
Podía oír las voces de la gente que trataba de defenderse de los demonios.
Cerró los ojos y trató de localizar a Alhanna.
Sus pies comenzaron a caminar, siguiendo una cuerda invisible, aquella unión que tenía con la joven.
Llegó de nuevo a la plaza de la posada. Y allí estaba Alhanna, que había vuelto al punto de partida.
Cuatro demonios trataban de alcanzarla, pero el fuerte aire que la envolvía los mantenía a raya.
El tatuaje danzaba a su alrededor, imbuido en una bruma que su propia piel absorbía y expulsaba.
Ni siquiera se percató de la presencia de Ghiro, que tenía el rostro desencajado.
Alhanna bramó entonces con los brazos extendidos hacia las criaturas, y estas comenzaron a encogerse sobre sí mismas, doblegadas por el dolor.
La piel de todas ellas se transformó en arcilla y sus ojos dorados se secaron.
Los gritos, insoportables, obligaron a Kishur y a Ghiro a taparse los oídos.
Cuando los cuerpos se desplomaron, estos no eran más que cadáveres marchitos.
La niebla que rodeaba a Alhanna aumentó.
Kishur percibió el poder que emitía la joven caer sobre él; era un aire corrupto y putrefacto que se le adhería a la piel. Sentía que su pecho ardía.
Le costó caminar hacia ella, tal era la abrumadora fuerza que desprendía. Se le hizo difícil respirar, y la espada estuvo a punto de resbalar de su mano.
—¡Daos la vuelta! —le imploró Ghiro con la voz rota.
Pero Kishur no podía abandonarla. Estaba convencido de que la joven sería capaz de reconocerle y parar, así que continuó.
Cada paso era como arrancarse un trozo de piel, pero soportó el dolor.
El rostro de Alhanna estaba cubierto de sombras, solo sus ojos grises brillaban a través de la bruma.
La espada del dárico cayó al fin de su mano, no podía resistir más su peso.
El estruendo que hizo al chocar contra la piedra captó la atención de Alhanna, que giró el rostro hacia él.
—¡Alhanna, debes parar! —bramó el dárico.
—Aléjate —le ordenó ella con la voz apagada, carente de emoción.
—¡No iré a ninguna parte! —Kishur apretó las mandíbulas—. Si no te detienes nos devorarás a todos. ¿Es eso lo que quieres?
—Tu lanfe es el más hermoso de todos. —Ella dirigió una mano hacia él.
Alhanna parecía estar lejos de allí, como si formara parte de otro mundo, uno al que él no tenía acceso. Kishur supo que los devoraría a todos si no lo impedía. La energía que la joven desprendía era demasiado fuerte. Comenzaba a sentirse realmente enfermo, casi no podía respirar.
—No me abandones, Alhanna. Sé que puedes luchar contra esto. ¡Mírame y recuerda quién soy! —Comprobó que ella dudaba y bajaba un poco el brazo.
—¡No puedo aguantarlo más! —sollozó de pronto—. ¡Tengo tanta hambre!
Al otro lado de la plaza, Kishur vislumbró la figura de Osharan.
Sus ojos ardían como el fuego. Kishur dio un paso más hacia ella, ignorando la súplica de Ghiro.
Era el único que podía detenerla, y lo haría.
Kishur cerró los ojos, preparádose para la primera vez en toda su vida que iba a cantar frente a otros:
«El poder emana y el mundo se consume.
La Oscuridad nos alcanza, nos quebranta.
Aquellos que se alimentan serán condenados,
aquellos que traicionan serán castigados.
La Canción los paraliza y los encadena».
Kishur poseía una voz potente y hermosa, la de un tenor.
La Canción de los soñadores paralizó el mundo a su alrededor.
El viento se detuvo, la tierra pareció temblar bajo sus pies y todo sonido, salvo el canto de Kishur, quedó relegado a las tinieblas.
El dárico sintió un profundo dolor en su interior, como si alguien le arrancara una parte de su existencia, pero sabía que eso lo provocaba la Canción.
También sangraba por la nariz a causa de la melodía.
Alhanna cayó de rodillas mientras su tatuaje dejaba de girar.
«La letra se susurra, la música resuena,
el poder se quiebra y la melodía los controla».
Sus potentes pulmones imprimían un tono capaz de llegar incluso a aquellos que estaban encerrados dentro de las casas. Alhanna comenzó a llorar y lo miró con intensidad. La bruma comenzó a desaparecer, las manchas de su piel disminuían poco a poco. Kishur no se detuvo:
«Para que todos me obedezcan,
para que mi juicio pueda ser emitido.
La Canción combate el poder, recupera el equilibrio».
La plaza quedó invadida por una quietud impuesta, ninguno de los presentes fue capaz de moverse ni de interrumpir el silencio. Alhanna recuperaba su aspecto mientras sollozaba en el suelo.
Kishur sintió algo de paz al terminar. Se acercó a Alhanna y se arrodilló frente a ella. Le apartó el cabello de la cara para mirar sus ojos.
—Lo siento, lo siento… —murmuró ella entre lágrimas mientras se limpiaba con manos temblorosas la sangre de la nariz—. ¡Quería detenerme, pero…!
—Pero no eras capaz.
Mientras Alhanna se desahogaba, Kishur miró hacia el callejón en el que había visto al Dragón, pero ya no estaba allí. En su lugar se encontraba Trivaz.
—Temía que pasara esto, por eso salí de la posada, para alejarme de ti. —Alhanna levantó la cabeza, mostraba unas ojeras muy profundas—. Intenté controlarme, pero no pude. ¿Por qué estoy maldita? ¡No deseo este poder!
Se abrazó al dárico con todas sus fuerzas mientras temblaba de miedo. Si hubiera hecho daño a Kishur, jamás se lo habría perdonado. Él le acarició el cabello.
—Empiezo a creer que los dos estamos malditos —le dijo el dárico.
Lo que sentía al oír la Canción se lo decía, ya que removía algo muy oscuro en su interior.
«Te ha afectado de una forma extraña», le había dicho Riaku-Hal.
Y era cierto. Ghiro y los dos hajaeks que acababan de llegar los rodearon y la plaza comenzó a llenarse de gente curiosa.
Algunos arrastraban a heridos con ellos.
Rory los alcanzó con el rostro ceniciento.
—Entrad en la posada, por favor. —La mujer se fijó en las manchas de sangre de las ropas de los hajaeks—.
Os vendrá bien tomar algo caliente. Supongo que por primera vez podremos decir que en este pueblo pasan cosas extrañas.
—Hizo una señal y las puertas de la posada se abrieron—.
Vamos, todos adentro. Y buscad al resto de los heridos para que podamos atenderlos aquí.
Kishur se sorprendió ante la seriedad que había adoptado Rory, que se encaminó para entrar en el edificio.
Kishur tomó a Alhanna en brazos y ella se dejó vencer por el cansancio, cerró los ojos y apoyó la cabeza en él.
El dárico no podía desprenderse de la imagen de la joven devorando a los demonios.
Debía aprender a controlarse, o acabaría destruyéndolos a todos.