Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) El Manantial
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El Manantial

Con renuencia, se incorporó de la cama y abrió despacio. No reparó en su aspecto, en la camisa desabrochada y el pelo suelto y despeinado. Por fortuna, se había dejado los pantalones. Era la camarera que les había servido las tazas de té.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kishur apoyándose en el marco de la puerta.

—Yo… —Tragó salivo y lo miró a los ojos—. Debo contarte algo.

Algunas hebras de pelo negro se escapaban del moño y le acariciaban el fino rostro.

Llevaba puesto tan solo un ligero camisón y una bata abierta.

Parecía que una pesadilla la hubiera arrancado de su descanso.

Kishur se hizo a un lado y la dejó pasar; cerró la puerta tras ella.

Rory se paseó por la estancia, algo nerviosa, hasta que de pronto se detuvo cerca de la ventana y se giró hacia él.

—Mi madre era soñadora. La asesinaron cuando yo era pequeña —reveló de pronto—. Y me temo que heredé el don, aunque jamás lo he contado. En realidad, sueño muy poco, y cuando lo hago rara vez se cumple. Por esa razón nunca me he preocupado.

—Hasta hoy. Has tenido un sueño y ha sido sobre mí —afirmó Kishur a leer su rostro. Veía en sus ojos el mismo temor que mostraban los de Riaku-Hal.

—Dormía cuando he sentido que algo entraba en mi mente a la fuerza, era como si me obligaran a tener el sueño, a ver aquello que otro deseaba. —Se frotó las sienes y negó con la cabeza—. Vas a pensar que estoy loca. Nunca antes me había ocurrido.

—Te creo, no eres la primera soñadora a quien le pasa algo así.

—Kishur supo que debía tratarse del mismo ser que manipulaba a Shudei y a Riaku—.

No quiero conocer el sueño. Nada de lo que me cuentes podrá ayudarme, solo me acarreará malas decisiones.

Así que te pido que lo mantengas en secreto y te olvides de lo que has visto.

—No creo que pueda —murmuró ella—. Pero confío en errar de nuevo.

Él también lo deseó. No todos los soñadores tenían el mismo nivel de poder, y ella no parecía asemejarse en nada a los hermanos Hal.

Aun así, Kishur no pudo quitarse de la cabeza que ese ser oculto en las sombras hubiera usado a la mujer para crear un sueño sobre él.

Esperaba que no convirtiera su vida en un calvario como hizo con Shudei y con Riaku.

Rory no mostró intención de marcharse, sino más bien todo lo contrario.

Paseó por la habitación mientras intentaba calmarse.

Kishur siguió la cadencia de sus pasos. Era hermosa, la delicada prenda que llevaba insinuaba a la perfección su figura, que se traslucía un poco.

Pero a ella no parecía importarle, puede que ni siquiera fuera consciente de ello.

Rory pasó por su lado y le lanzó una mirada de soslayo cargada de intenciones. Kishur sonrió.

—Creo que lo sensato es que te marches ya —dijo a regañadientes.

—¿Es eso lo que quieres? —Rory se detuvo frente al ventanal.

El dárico se acercó a ella despacio y enredó en su mano el mechón de pelo que escapaba de su recogido. Rory aprovechó el momento para acariciar el antebrazo de Kishur. Se miraron intensamente. Él sabía que era una mala idea, la peor de todas.

—¿Vas a besarme o tendré que hacerlo yo? —preguntó la mujer.

Kishur agarró su nuca con suavidad y se inclinó para besarla.

El roce de sus labios le pareció delicioso.

Sus bocas se entrelazaron con anhelo y un profundo deseo.

Kishur la rodeó entre sus brazos y bajó la mano por su clavícula.

Continuó descendiendo por uno de sus pechos, la cintura, el muslo.

Alojó los dedos detrás de la rodilla y levantó su pierna hasta que ambos cuerpos se unieron.

La espalda de Rory quedó pegada a la pared junto a la ventana.

Introdujo la mano bajo el camisón y acarició su piel.

Kishur abandonó la boca de Rory para observarla. La luz que entraba del exterior le iluminaba el rostro. Se dijo que no debía continuar, que pagaría por ese desliz.

Era incapaz de dormir, tenía demasiada hambre y su torturado estómago le impedía pensar en otra cosa que no fuera eso.

Alhanna estaba tumbada sobre la cama, y la luz mortecina que entraba por la ventana bañaba su rostro.

Temblaba a causa de un extraño frío que se le había pegado a los huesos.

Se revolvió sobre el colchón con las manos sobre la barriga.

Sentía un profundo agujero en su interior, uno que crecía y la arrastraba a un pozo de desesperación.

Su piel ardía febril, levantó los brazos y vio las sombras que los recorrían.

Asustada, salió de la cama a toda prisa y fue frente al ventanal para verlo mejor.

No sabía cómo pararlo. Trató de concentrarse para detener su don.

No lograba serenarse. Ansiaba tomar algo prohibido, ansiaba alimentarse de energía.

Se abrazó a sí misma y se dejó caer de rodillas.

El miedo la paralizó. ¿Y si devoraba a los dáricos? ¿A Kishur?

Sus temores se convirtieron en puro fuego y el tatuaje se desprendió de su cuerpo.

Era incapaz de tomar el control de sus acciones.

El epígrafe prendió en llamas usando su propio lanfe, y las sombras de su piel comenzaron a absorberlas.

El dolor fue tan espantoso que ni siquiera pudo gritar, y notó que cada parte de ella se paralizaba.

Sus ojos se cerraron, y dentro de su mente apareció el lago de plata.

Allí, rodeada de una absoluta negrura, escuchó su propia risa.

Había una sombra frente a ella, con las manos convertidas en garras.

Las alzó y empujó a Alhanna hacia el lago.

Y supo que nada podría detenerla. Nada salvo Kishur.

El dárico se separó de Rory cuando notó un repentino malestar.

Miró hacia la puerta como si esperara ver entrar una tormenta que hiciera estallar la habitación.

Se llevó la mano al pecho al sentir una fuerte presión, ¿qué sucedía?

Se concentró en los sonidos del exterior y alcanzó a oír pasos apresurados, docenas de pies que caminaban con pesadas botas.

El cristal de la ventana tembló con el azote del viento, y unos salvajes alaridos recorrieron el silencio de la noche. El pueblo estaba siendo atacado.

Kishur se asomó fuera y contuvo el aire, incrédulo ante lo que veía.

Alhanna se encontraba en mitad de la plaza.

La rodeaban seis demonios, mientras que otros dos yacían en el suelo.

Aquellos soldados eran idénticos a los que comandaba el general Jael, los reconoció enseguida.

Estos debían estar a las órdenes de otro.

Lo que no entendía era por qué Alhanna estaba allí, con el camisón como única prenda.

La joven alzó entonces sus manos en dirección a otra de las criaturas, y pudo contemplar las sombras que recorrían su piel desnuda.

Una bruma negra rodeaba el cuerpo de Alhanna, entraba y salía de aquellas manchas en la piel; del cuello, de las manos.

El demonio que Alhanna señalaba lanzó un rugido ensordecedor que hizo temblar de nuevo los cristales. Poseía una potencia descomunal, como si el eco de su voz fuera el último reducto de su existencia. Su cuerpo se estampó contra el suelo, inerte.

Alhanna acababa de devorarlo.

Olvidando a Rory, Kishur tomó la espada y abandonó descalzo la estancia a la carrera.

Golpeó las puertas de los demás al pasar junto a ellas y se abrochó la camisa mientras descendía las escaleras.

Debía llegar junto a Alhanna lo antes posible.

En la primera planta, el dárico abrió la puerta y salió a la plaza.

Alhanna ya no se encontraba allí, pero sí los cuerpos de los tres demonios. ¿Estaría persiguiendo a los otros?

Las voces se alzaron en el pueblo, la gente gritaba por doquier.

Un fuego prendió al otro lado de los establos, y los vargums relincharon angustiados.

Los demonios atacaban a la gente, quizá buscándolo a él.

Kishur se ató la correa a la cintura y desenvainó la espada.

Abandonó la plaza siguiendo los bramidos de los hombres y mujeres del pueblo.

A lo lejos, contempló cómo las criaturas entraban en las casas, derribando puertas y ventanas.

Quiso gritarles que dejaran de buscar, que él estaba allí, pero primero debía localizar a Alhanna antes de que fuera demasiado tarde.

Se aventuró en una de las calles anchas y encontró otro cuerpo tendido sobre el acerado.

No necesitó inspeccionarlo para confirmar que esa criatura había muerto a manos de Alhanna.

No, no era solo eso: había dejado de existir por completo.

Lo que ella estaba haciendo lo perturbaba de un modo que no era capaz de explicar.

Un demonio lo atacó desde uno de los árboles que custodiaban la calle.

Se echó hacia atrás para esquivar la espada de hoja ancha.

Sus miradas coincidieron y pudo leer la rabia de aquella bestia de piel clara y ojos ambarinos.

Quería matarlo. Otro alarido se alzó desde una calle contigua.

Aquellas potentes voces le producían escalofríos.

Su oponente atacó y ambas espadas chocaron.

Kishur giró sobre sus pies mientras esgrimía una estocada circular.

Atravesó al demonio desde atrás, a la altura del corazón.

Luego, sin perder tiempo, le cortó la cabeza para que no volviera a levantarse.

Se apresuró a cruzar la esquina para ir en busca de la joven.

Allí encontró dos cadáveres más, pero ni rastro de ella.

La gente luchaba con sillas, palos y sartenes contra las bestias que entraban en sus casas a la fuerza.

Aunque los demonios no parecían interesados en matarlos, solo los empujaban para apartarlos de su camino.

Continuó avanzando. Y comenzó a desesperarse.

—¡Alhanna! —gritó a pleno pulmón—. ¡Alhanna! ¿Dónde estás?