Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Alviat
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Alviat

Litzzia contemplaba el manzano que presidía el patio. Era un árbol joven, de endebles ramas. Había acudido a cenar a casa del general, en compañía de su hermano Baen.

Se llevó la copa a los labios y se sentó a la mesa que ocupaban ella, su hermano, el general y su esposa. Las luces de las velas se reflejaban en los cristales del gran ventanal y parecían dibujar las manzanas que aquel árbol era incapaz de ofrecer.

—¿Vamos a evitar el verdadero tema de conversación? —preguntó la joven.

—Adelante, si te sientes con ánimos… —Borat se arrellanó en la silla.

—Quiero saber tu opinión sobre la información que trajeron los dos escáreas que sobrevivieron a la batalla del bosque. —Decidió ir directamente al grano—. ¿Crees sus palabras? He escuchado un sinfín de rumores que pretenden desacreditarlos, pero ¿tú los crees?

El general resopló y luego torció una sonrisa.

Miró a su esposa un momento y ella le guiñó un ojo con ternura, como si le diera permiso para hablar.

Lianda poseía un aire templado, pero Litzzia conocía la tormenta que bullía en su interior.

Era la única capaz de mantener a raya al insolente de Borat.

—Lo que relataron me pareció una locura.

—El general apoyó los codos en la mesa—.

Sí, dicen que presenciar las muertes de sus compañeros y de su comandante a manos de los demonios acabó por hacerles perder la cabeza.

También eran soldados muy jóvenes e influenciables, aunque todos entran en la academia a muy pronta edad y su voluntad se vuelve férrea antes de licenciarse.

Pero ¿que el Dragón Negro acudió a la llamada del dárico gris y salvó a sus hajaeks?

¿Que lo llamaron Raehlan? —Negó con la cabeza sin perder la sonrisa ladeada—. Vamos, Litzzia, ya no eres un infante.

—Eso no es una respuesta. —Baen se cruzó de brazos.

—Soy el general, es todo lo que puedo deciros. —Buscó la mano de Lianda sobre la mesa—. Deberéis sacar vuestras propias conclusiones.

Un sudor frío perló la frente de Litzzia, que había palidecido.

Se acarició el cuello al recordar al ser que apareció frente al Qad’has para impedir que Alhanna fuera devorada por las flores y se estremeció.

No podía olvidar aquellos ojos del color del fuego y la terrible asfixia que la dejó inconsciente.

—Y, ¿adónde fue el dárico gris? —preguntó Baen.

—Mis soldados siguen rastreando el bosque —dijo Borat, algo más tenso—. Sorastalez no se detendrá hasta tener a su descendiente encadenado a sus pies. Y el consejo también desea localizarlo, más que nunca. Pero lo conozco muy bien y, salvo que quiera ser encontrado, jamás lo lograremos.

—Puede que sea lo mejor, su desaparición podría traer un poco de calma.

El pueblo teme su regreso y lo anhela a partes iguales.

—Lianda rara vez intervenía en ese tipo de conversaciones, pero parecía algo disgustada—.

Esa noche murieron muchos soldados al luchar contra los demonios.

Desde que Fraem-Lab sufrió el primer ataque ha habido muchas pérdidas que lamentar.

Parece que el dárico gris atrae la calamidad; que se mantenga alejado quizá sea lo mejor.

—Es como si llevara a los demonios consigo —reflexionó Baen.

—O como si lo persiguieran —añadió Lianda.

—Si al menos hubiéramos logrado separarlo de esa humana… Esa desgraciada mató a una veintena de soldados mientras huía. —Borat dio un golpe en la mesa—. ¡Estuvimos tan cerca de acabar con ella!

Litzzia recordaba haber despertado aquella noche con el olor a quemado persistiendo en su nariz. Había fracasado. En el fondo, sin embargo, le aliviaba no haber tenido éxito, pues la muerte de la chica habría pesado sobre su conciencia.

—Lo que me recuerda que te debo algo, Litzzia. —Borat atrajo su atención—. Cumpliste tu parte del trato, aunque no saliera como esperábamos.

Entonces, un golpe en una de las estancias contiguas a la sala sobresaltó a Litzzia. Todos se pusieron en pie.

—Litzzia, ¿me acompañas? —Lianda le tendió una mano, y ella la tomó.

Fueron a la habitación de al lado. Al principio la oscuridad le impidió ver y se quedó quieta mientras Lianda se movía silenciosa por la estancia y encendía una lámpara de aceite.

Litzzia miró extrañada a su alrededor y dio varios pasos atrás al ver a una joven vestida con ropas de hajaek.

A su lado, la trampilla estaba levantada.

—¿Qué ocurre? —preguntó con curiosidad.

—Esperan tú regreso a palacio después de la cena, así que debemos darnos prisa.

—Lianda le puso una mano sobre el hombro—.

Os cambiaréis las ropas y ella se hará pasar por ti hasta entrar en tu habitación.

Alguien del servicio la ayudará a salir sin ser vista y para cuando amanezca, nadie podrá saber cómo desapareciste.

—Es muy arriesgado —susurró Litzzia con el corazón latiéndole con fuerza.

Se fijó mejor en la desconocida, era más joven que ella, y tenía su misma altura y color de cabello. Ambas comenzaron a desvestirse y a intercambiarse las prendas. Borat le había prometido sacarla de la ciudad, y había llegado el momento. A pesar de que las manos le temblaran, no se echaría atrás.

—Gracias —dijo Litzzia mientras la chica abandonaba la estancia sin haber dicho ni una sola palabra. Al fijarse en su espalda se dio cuenta del parecido entre ambas.

—Quédate aquí —le indicó Lianda.

Cerraron la puerta y los nervios comenzaron a anidar en el estómago de la joven.

Además de las ropas, le habían dado una espada, dos cuchillos y tres agujas de acero.

La capa pesaba sobre sus hombros, pero la necesitaría para ocultarse.

Se había dejado el cabello dorado suelto para cubrir sus orejas; debía acostumbrarse a hacerlo, pues pensaba esconderse entre los humanos. Borat entró.

—¿Y qué hay de Baen? No nos hemos despedido —recordó con ansiedad.

—Es mejor así, Litzzia. Esto debe hacerse rápido. —Cogió la lámpara de aceite y empujó a la joven con suavidad hacia la trampilla—. Camina siempre de frente. Te estarán esperando en la primera bifurcación para conducirte por el camino correcto. No hables, no preguntes, solo síguelos.

—¿Hacia dónde me llevarán? Dímelo al menos. —Se llevó la mano al estómago.

—Fuera del alcance de Sorastalez y de tu padre.

Te acompañarán al Bontar para que tomes un barco, elegir tu destino estará en tus manos.

—Borat le dio la lámpara y ella la tomó con decisión—.

Ve a una ciudad humana, no te buscarán allí.

Y, si por azar te encuentras con el dárico gris, dile de mi parte que quise matar a Alhanna para obligarlo a regresar, aunque solo fuera para buscar venganza —Gracias, Borat. —Volcó todo su alivio al decirlo.

Litzzia inició el descenso por la escalera y, antes de alcanzar la superficie del túnel, la trampilla se cerró.

La oscuridad la acogió y aferró la lámpara con fuerza.

Aguardó unos instantes, dudando. Solo oía el sonido de su agitada respiración.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en sus hermanos, puede que nunca volviera a verlos.

La sombra de la incertidumbre comenzaba a instalarse en su corazón, así que decidió no darle la oportunidad de crecer.

No podía quedarse en Alviat, prefería la muerte a casarse con Sorastalez.

Metió la mano en el bolsillo y atrapó la cajita de plata hecha con su propio lanfe.

Recordó que había devuelto la de bronce con el colgante.

«Debí haberme quedado la joya», se dijo con pesar.

Se apresuró por el túnel, invadida de pronto por una inquietud irrefrenable.

¿Y si la atrapaban antes de salir? Echó a correr, la débil luz de la lámpara oscilando de un lado a otro, y finalmente llegó a la bifurcación.

Dos soldados aguardaban frente al camino de la izquierda.

Se adentraron en él y Litzzia los siguió en silencio.

El olor a tierra húmeda y el suave sonido de los pasos la acompañó durante el recorrido.

Su corazón martilleaba en el pecho. Ardió en deseos de cantar para calmarse, ya que eso siempre la ayudaba.

Pero no podía. Sonrió al recordar el mayor de los secretos que Kishur guardaba.

Hacía más de quince ágaras de aquello, cuando celebraban la llegada de la primavera y los acordes musicales y las voces que los acompañaban recorrían las calles de Alviat.

El viento mecía las ramas de los árboles, y era como si el propio bosque cantara con ellos.

Litzzia se alejó tanto como pudo de la plaza de palacio, donde se congregaba la gente que había acudido a disfrutar de la fiesta.

Paseó por las solitarias calles, respirando el aroma de las flores, con el tintineo de la música en sus oídos.

Deseaba cantar con todas sus fuerzas, así que decidió buscar un lugar donde hacerlo sin que nadie se lo impidiera.

Sus pasos la llevaron hasta un apartado jardín; no era la primera vez que se escondía allí.

La música alcanzaba el recóndito lugar igual que el suave murmullo de una canción de cuna.

La oscuridad estaba plagada de sombras. Iba a tomar asiento cuando percibió un movimiento al otro lado del jardín.

Se escondió con rapidez tras un grueso tronco y asomó la cabeza con cautela.

Vio a Kishur sentado en uno de los bancos de piedra.

El cabello gris le caía a ambos lados de la cara y llevaba los dos primeros botones de la camisa desabrochados.

Con los ojos cerrados, dejaba que las lunas iluminaran su rostro.

A Litzzia le llamó la atención el movimiento de sus manos, de sus dedos.

Los deslizaba sobre la superficie del banco como si tocara los acordes de un instrumento musical.

Litzzia perdió la noción del tiempo ante aquella hermosa imagen e incluso creyó que la melodía que alcanzaba a oír la producía el dárico, que era él quien controlaba a los músicos desde su escondite, igual que si manejara los hilos de unas marionetas. Como uno de los seres Olvidados.

Apoyó la espalda en el tronco, escondida por completo.

Sus labios se despegaron y Litzzia comenzó a entonar la canción que llevaba escuchando toda la noche.

Su voz suave y rota resonó con fuerza en el jardín.

Sintió la música ascendiendo desde lo más profundo de su ser, envolviendo su cuerpo.

Imaginó a Kishur tocando los acordes de una guitarra junto a ella. Se olvidó de todo cuando la rodeaba.

Cuando Litzzia hubo terminado de cantar, un silencio melancólico la invadió. Miró con cuidado hacia el banco para comprobar que el dárico ya no estaba allí.

—¿Me buscas? —La potente voz la sobresaltó. Estaba al otro lado del árbol.

Se había apoyado en la corteza, con los brazos cruzados en el pecho. Litzzia notó su garganta secarse. Siempre le sucedía cuando lo tenía tan cerca.

—No sabía que… —Litzzia detuvo sus palabras.

—¿Que me gusta la música? ¿Que tu voz es la más hermosa que he escuchado? —Kishur hablaba en susurros—. Ahora ya lo sabes. Pero serías una necia si compartieras este secreto.

—Jamás lo haría —dijo con sinceridad.

—Entonces ambos lo mantendremos eternamente en secreto.

De alguna forma, aquellas palabras hicieron que su corazón vibrara dentro del pecho.

El dárico no apartaba la mirada de ella y Litzzia se sintió demasiado pequeña en su presencia.

A veces la volvía loca, pues no sabía si la detestaba o todo lo contrario.

Kishur era un gran enigma, pero ella también, incapaz de dar nombre a sus sentimientos.

Quedaba poco para que Kishur se marchara a completar su misión y ella regresara a Runna. Pasaría mucho tiempo antes de volver a verlo.

—Eternamente en secreto —repitió la joven.

Sin pensar en lo que hacía, se lanzó hacia él.

Rodeó el cuello de Kishur con sus brazos y lo besó.

Sus labios eran suaves, tal como los recordaba.

Y sabían a leche de cerna. Litzzia creyó que el dárico la apartaría, pero no ocurrió.

La rodeó por la cintura y la atrajo con fuerza hasta que sus cuerpos quedaron unidos.

Litzzia gimió sobre su boca. Kishur le devolvió el beso con intensidad, con un anhelo que la hizo temblar.

Cuando la soltó, a Litzzia le ardía la piel y, de pronto, el espacio entre ellos le resultó desolador.

Kishur se pasó la mano por el pelo para apartárselo de la cara y luego pegó el dorso contra sus labios sin dejar de mirarla.

Aquellos ojos de obsidiana quedaron grabados en la retina de la joven.

Litzzia sonrió, pues era evidente que él trataba de mantener el control.

¿Por qué no era capaz de admitir que la deseaba?

—No vuelvas a acercarte a mí —le ordenó Kishur con rabia.

Le dio la espalda y comenzó a alejarse. Litzzia no lo detuvo; siempre hacía lo mismo. Primero se dejaba vencer por el deseo y luego se irritaba. Ella apretó los puños, furiosa por haberse lanzado de ese modo a sus brazos.

—¡Algún día rogarás mi atención! —gritó Litzzia.

Kishur no le contestó. Las sombras del jardín lo engulleron hasta dejarla a solas.

La joven se dejó caer sobre la hierba húmeda y trató de serenarse antes de regresar.

Pronto se marcharía de Alviat, y la próxima vez que viera a Kishur sería para su enlace.

Pero, antes de su partida, le ofrecería un obsequio tradicional y le exigiría otro a cambio.

Y sabía exactamente cuál iba a ser.