Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) El Manantial
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El Manantial

Osharan seguía desapareciendo por las noches.

Una de las mañanas apareció con la barbilla y labios manchados de sangre, como si acabara de darse un gran festín de carne cruda.

La única que se mostró perturbada por su imagen fue Alhanna, lo que sorprendió al dárico.

La actitud de la joven con respecto al Dragón lo desconcertaba.

No sabía cómo interpretar sus miradas fugaces ni la rabia que el rostro de la joven reflejaba.

A veces, era sencillo ignorar al ser que los acompañaba, pues no emitía una sola palabra y mantenía las distancias. Pero Kishur sentía la presencia de Osharan del mismo modo que el aire que respiraba. Le hacía preguntarse si siempre sería así.

Se desviaron un poco del sendero junto al río y alcanzaron un manantial cuyas aguas alimentaba la pequeña cascada de un risco.

Cerca se levantaba un pueblo de casas bajas y tejas negras, con árboles frutales recorriendo las calles.

Kishur envió a Ghiro con el pase de los Hal para buscar alojamiento y averiguar si la misiva sobre Alhanna y él había llegado hasta allí.

El dárico deseaba pasar desapercibido todo el tiempo posible.

Kishur y Alhanna aguardaron el regreso de Ghiro junto al manantial, mientras los hajaeks patrullaban el entorno. Ella se entretenía metiendo las manos en el agua helada. Kishur revisaba el paraje intentando ubicar al Dragón.

—¿Te preocupa que Osharan haya desaparecido? —preguntó la joven con desdén.

El aire silbó a su alrededor y una capa de hojas secas revoloteó entre ellos.

Kishur se dio la vuelta cuando Osharan apareció de pronto a su lado.

Alhanna se puso en pie muy despacio con la garganta constreñida.

El Dragón centró su atención únicamente en Kishur, y el dárico se acarició las sienes mientras cerraba los ojos.

—Quiere saber por qué pronuncias su nombre —le explicó Kishur con voz serena.

—Los nombres son para usarlos, si no, ¿para qué los queremos? —Alhanna no apartó sus ojos del Dragón—. Sin ellos seríamos como los seres Olvidados.

El dárico dejó escapar el aire de los pulmones muy despacio.

La joven ignoró su mirada de advertencia.

Siempre se había mostrado desafiante, pero temía que a esas alturas aún no hubiese aprendido cuándo debía ser un poco más lista.

Osharan gruñó y ella alzó la barbilla. El dárico sintió que estaba en medio de una lucha que no alcanzaba a comprender.

—¿Por qué no puedo llamarte Osharan? No debiste dar el nombre a conocer si no querías que lo pronunciáramos —insistió la joven—. La otra noche me dijiste que dejara de usarlo, pero me niego a obedecer.

—Alhanna, ya basta —le ordenó Kishur en tono severo.

—No tiene derecho a regir nuestras vidas, ni a arrebatarnos aquello que amamos —declaró la joven, iracunda, dirigiéndose ahora a Kishur—. ¡No lo permitiré!

Los ojos de Alhanna se habían vuelto oscuros de repente. Dio unos pasos hacia el Dragón y Kishur la detuvo agarrándola del brazo. Sintió su piel helada al contacto.

—Lándarhos no está a tu alcance —dijo Osharan entonces.

Alhanna tembló de pura rabia y gritó con todas sus fuerzas. La oscuridad de su mirada inquietó a Kishur, pues era como si otro ser hubiera tomado control sobre ella. La obligó a mirarlo y sostuvo el delicado rostro de Alhanna entre las manos. La joven se aferró a sus muñecas, tambaleándose un poco.

—No lo entiendes, me lo quitará todo si se lo permito —murmuró con dolor.

Kishur guardó silencio ante la pena que mostraba Alhanna.

Giró el rostro hacia el Dragón y comprobó que este ya se había marchado.

¿Eso era todo? Había pronunciado el nombre de Lándarhos, y eso lo inquietaba.

Recordaba su significado en el idioma sáhico: juez.

Los ojos de Alhanna volvieron poco a poco a la normalidad y la joven se aferró a él mientras sollozaba. El dárico la abrazó.

—¿Qué ocurre, Alhanna? —preguntó con preocupación.

—Soñé con el Dragón y con un niño de ojos grises. —La joven se apartó de él y se limpió el rostro—. Ha dicho las mismas palabras, que Lándarhos no es mío. No comprendo qué significa.

—Has dicho que no permitirás que te arrebate aquello que amas, ¿por qué? —Casi temía la respuesta a esa pregunta—. ¿Crees que ese niño que viste es tuyo?

—Lo sentí de ese modo en el sueño. —Alhanna negó con la cabeza.

Oyeron los pasos que se dirigían hacia ellos y comprobaron que era Ghiro.

—Mis palabras no servirán de nada y no lograré convencerte, pero debes rehusar el cargo de Guerrero.

Solo encontrarás muerte en el camino. —Alhanna agarró una de las manos del dárico y la sostuvo entre las suyas—.

Por favor, ¿cómo puedo convencerte? Al Dragón no le importas en absoluto, solo quiere usarte. Nos hará daño a ambos.

—Ya hemos discutido sobre eso. —Le resultaba difícil aceptar que ella no lo viera del mismo modo que él—.

Aunque no quisiera luchar en su nombre, no puedo ignorar lo que ocurre en el Vacío.

Me es imposible mirar hacia otro lado. Combatiré a aquellos que atentan contra nuestro mundo y tú lo harás a mi lado.

—No, no lo haré —sentenció ella.

Kishur clavó sus negras pupilas en la joven, pero a ella nada la amedrentaba.

—Viniste a Muriath para esgrimir el poder de Zahel, y lo harás.

—Alhanna soltó su mano—. Ojalá existiera otro destino para ti, pero me temo que no tienes elección.

Ni la tengo yo. Combatí en la guerra de las razas para proteger la torre, conduje a mi pueblo hacia la muerte y la desesperación para mantener a salvo lo que allí aguarda.

Sea lo que sea, será tuyo muy pronto, estoy convencido. Solo hemos de encontrar a la llave.

La mención de la llave pareció inquietarla. Ghiro carraspeó para recordar su presencia y ambos lo miraron. Observaba a Kishur con atención.

—Recuerdo la historia favorita de mi descendiente cuando era pequeño, había que leérsela cada noche.

Se titulaba El Testigo de Muriath —explicó Ghiro a la vez que caminaba hacia ellos dos—.

Narraba un cuento sobre un ser inmortal cuya labor era contemplar el mundo y guardar cada acontecimiento en su memoria.

Me pregunto si existirá realmente y si conocerá todos los secretos que ambos ocultáis.

—Solo es un cuento, Ghiro. No todos los seres de nuestras leyendas son reales —comentó Kishur con el humor agriado—. Mejor dime, ¿tenemos alojamiento?

—Sí, han aceptado el pase de la familia Hal. Y por lo que he podido averiguar, nadie conoce vuestras identidades. —El anciano se atusó la barba con paciencia—. Desearía que nuestro pueblo conociera la verdad, que sois la reencarnación de Raehlan-Tae, entonces nadie osaría volver a llamaros traidor.

Alhanna se sentó en una roca junto al manantial.

El viento arrastró el aroma de las flores silvestres mientras la luz del día menguaba.

Kishur desvió la mirada hacia el bosque e intuyó la silueta del Dragón entre el follaje.

Siempre se mantenía cerca. El sueño del que Alhanna había hablado lo perturbaba, y más aún las palabras de Osharan.

«Lándarhos no está a tu alcance», pensó.

¿Estaría ella en lo cierto al afirmar que el pequeño con el que había soñado sería su hijo? La observó con cautela y sintió pena.

La posada se encontraba en una amplia plaza en el centro del pueblo.

Al entrar, Kishur pudo desprenderse de la capa, y los humanos que abarrotaban el lugar, desacostumbrados a recibir dáricos, se quedaron mirándolo.

Serían los únicos en pasar la noche en el establecimiento.

Pudieron darse un baño antes de bajar al comedor y disfrutar de una cena de carne asada y patatas. Alhanna seguía taciturna.

Una de las camareras se acercó a la mesa para servir bebidas calientes que no habían pedido.

Cada una desprendía un aroma diferente. Alhanna tomó la suya, que olía a jazmín, y sonrió.

A la joven le agradaba la mujer, se había presentado como Rory y a ella le pareció un nombre bonito.

Llevaba el cabello azabache recogido en un moño bajo y sus ojos eran del color de las castañas.

Cuando hubo repartido las tazas, se marchó en silencio.

—¿Qué te ha dado a ti? —le preguntó Alhanna a Kishur.

—Diría que es té negro con un toque de miel. —Arrugó el entrecejo y a ella le divirtió su expresión—. Solía tomarlo cuando era infante, me lo preparaba mi madre.

—¿Su majestad entraba en la cocina? —preguntó Mayara desconcertada.

Kishur reparó entonces en que ese era un recuerdo de Raehlan, de la madre que tuvo en aquella vida.

Descubrió que guardaba en la memoria una imagen de ella mientras apartaba el pasto para los animales, con el rostro curtido y el cabello trenzado.

Bebió un sorbo e ignoró la mirada curiosa de Ghiro.

Los demás no hicieron más preguntas. Comenzaba a temer que los recuerdos acabaran mezclándose hasta hacerle olvidar quién era realmente.

Rory regresó con un plato repleto de pequeños dulces.

—Nada mejor para acompañar el té que estos postres de almendras. —La chica le dedicó una larga mirada a Kishur y enrojeció—. Nunca antes habíamos alojado a dáricos en esta posada. En realidad, ninguno de vuestra raza había visitado el pueblo. En este lugar jamás pasa nada interesante.

Ghiro le devolvió la sonrisa y cogió un dulce.

—¿Has preparado tú las bebidas? —le preguntó Alhanna con curiosidad.

—Así es, me gusta mucho fijarme en la gente y tratar de averiguar cuál podría encajarles mejor.

¿He acertado con alguno de vosotros? —Se mostró alegre por el interés de Alhanna y miró a cada uno de los dáricos—.

En vuestro caso he probado suerte, no he podido averiguarlo con solo miraros, pues siempre tenéis la cara igual.

Alhanna soltó una carcajada ante el comentario y Rory se mordió los labios para aguantar la risa.

Los dáricos no respondieron, Ghiro se dedicó a comer y Kishur a dar otro sorbo al té, pero cuando observó a la mujer notó sus mejillas teñirse de un suave color rojo.

Ella se marchó sin despedirse y Kishur la siguió con la mirada.

Decidió terminarse la bebida e ir a dormir, no podía permitirse otra cosa.