Marial-Pat #2
El joven se quedó mirando a su amigo y le ofreció una sonrisa a modo de respuesta. Guardaron silencio durante un buen rato. Gastor sentía como si tuviera algo atorado en la garganta, palabras que no era capaz de dejar libres.
—He cambiado más de lo que me gustaría admitir —comentó el joven—. La vida antes me resultaba mucho más sencilla. Envidio al Quiazz del pasado.
—Pues haz que vuelva —Gastor le dio un golpecito en la espalda, aunque lo que deseaba en realidad era abrazarlo y ofrecerle consuelo.
Continuaron bebiendo y conversando mientras la música los acompañaba. La noche fue avanzando sin que se dieran cuenta.
—¡Deja de moverte tanto, me vas a marear! —le pidió Quiazz entre risas.
Gastor decidió que aquel era el momento de terminar la velada, y es que nunca había visto a Quiazz tan ebrio.
No pudo evitar sentir un pinchazo de culpabilidad por lo que estaba a punto de hacer.
Pagó la cuenta al posadero y le dejó una buena propina.
Sujetó a Quiazz del codo y lo condujo al exterior mientras el joven seguía tarareando la última canción.
Las calles estaban desiertas, aunque muy pronto la ciudad despertaría y el bullicio consumiría el silencio.
—Y ahora, ¿adónde me llevas? —preguntó de forma casi ininteligible.
—A dar una vuelta para que te despejes. —Gastor no lo soltó del brazo.
Quiazz perdió la noción del tiempo y también del espacio.
Sentía ganas de reír y al poco, de vomitar, a veces ambas cosas al mismo tiempo.
Tuvo que apoyarse en su amigo para caminar y le sorprendió comprobar lo robusto que era su cuerpo.
¿Siempre había sido tan esbelto, tan fuerte?
Supuso que sí; era un soldado después de todo.
El calor que Gastor desprendía se le antojó de repente como un refugio agradable.
Intuyó que subían una larga escalera, y fue casi al final de esta cuando su mente comenzó a despejarse.
Al salir de nuevo al exterior y sentir el aire fresco de la mañana, Quiazz se estremeció.
Se encontraban en el puente que unía las dos torres de la ciudad.
Las estatuas se erigían desafiantes desde sus pedestales.
El cielo anaranjado se abría paso en mitad de la oscuridad como una tela rasgada.
Caminaron por el puente, despacio y en silencio.
—¿Por qué me has traído aquí? —Quiazz se acercó a una de las estatuas y se asomó. El aire lo golpeó en la cara—. La ciudad es realmente hermosa, ¿no te parece? —añadió, al ver que Gastor no respondía a su pregunta.
—Sí, lo es.
—Supongo que me has traído para hablar. —Quiazz se volvió hacia Gastor—. Ha de ser importante si has preparado una noche de diversión para sorprenderme con la guardia baja. —Su buen humor ya se había esfumado—. ¿Tan terrible es eso que quieres decirme?
—Me preocupa tu reacción —admitió el general sin despegar la mirada de su amigo—.
El consejo de ancianos se reunirá dentro de dos días con los líderes de la ciudad y con aquellos que se han desplazado hasta aquí, como los norteños.
Para entonces, espero que hayas asimilado la noticia y sepas comportarte acorde con tu posición.
Después de todo, sigues siendo la voz del consejo.
—Gastor se pasó la mano por la cabeza rapada—.
Darán a conocer una noticia: el nombramiento de un rey.
Le fue imposible responder de inmediato, tal era la conmoción de Quiazz.
Un rey… La palabra resonó en su mente, una y otra vez, durante un buen rato.
¿De verdad había dicho tal cosa? Su padre peleó hasta el cansancio con los ancianos para conseguir a un gobernante que pudiera unir a todos los pueblos humanos.
Se marchó de la ciudad con ese propósito.
Pactó con los norteños, se perdieron por aquellos parajes buscando a la endómica, cruzaron pueblos calcinados por los kalastys.
Y murió. Zaraen fue asesinado mientras intentaba encontrar a un monarca con suficiente poder para amedrentar al consejo.
—Sois todos unos desgraciados —dijo Quiazz con rabia, soltando el aire que había retenido en sus pulmones—.
Insultáis a mi padre, os reís de él. Ignoro de qué forma controlas a los ancianos, pero has debido de ser tú, pues ellos siempre se negaron a ser gobernados por un rey, a ceder su poder. ¡Mi padre murió por esa causa!
—Zaraen fue un necio. Se obsesionó con el pasado, con la muerte de tu madre y con su enemistad con el Galaef.
Culpó a los ancianos de todas sus desgracias y creyó que podría cambiar las cosas él solo.
—Gastor dio un paso hacia Quiazz—. ¡Mírate!
¿Adónde os llevaron sus decisiones? Solo te condujo hacia el dolor y la muerte.
—No tienes derecho a juzgarle. ¡No lo tienes! —exclamó el joven.
—Quiazz, atiende a razones. Espero contar contigo, voy a necesitarte a mi lado.
Puedes gritar e insultarme cuanto quieras.
Hazlo aquí, ahora. Pero, cuando abandonemos este lugar, deseo que lo hagas como mi aliado.
—La expresión de Gastor hizo que el joven retrocediera, comprendiendo al fin sus intenciones—.
Sí, es lo que estás pensando. Seré yo quien tome la corona. Voy a ser rey.
—Eso que dices es una locura… —Quiazz se frotó las sienes, no podía pensar.
Intentó entender qué motivo había llevado a Gastor a tomar la determinación de convertirse en rey y por qué el consejo estaría dispuesto a darle la corona.
El general nunca había sido tan ambicioso.
Pero Quiazz recordó entonces las palabras de su padre, quien ya le había advertido que quizás a su regreso Gastor ya tuviera el poder en sus manos.
En ese momento se había negado a aceptar esa posibilidad.
—Soy la mejor opción para nuestro pueblo. —El joven negaba con la cabeza mientras el general hablaba—. Los esfuerzos de Zaraen no sirvieron de nada, él carecía del poder necesario para lograr su propósito. ¿No lo ves? Tengo la oportunidad de posicionarme por encima del consejo.
—Serías un rey espantoso, Gastor. Gobernarías con puño de acero, oprimiendo a la población, imponiendo tu voluntad.
Nos protegerías, sí, pero a un alto precio.
Naciste para ser general, no monarca. —Su corazón latía frenético—.
Aunque creas que controlas a los ancianos, te aseguro que acabará siendo al revés.
Convertirán tu vida en un montón de frustraciones, no conseguirás ser feliz. ¡Nunca tendrás lo que deseas!
—Y ¿qué sabes tú de eso? ¿Me hablas de felicidad?
¡No me jodas! —Gastor lo agarró de la camisa para acercar sus rostros—.
Siempre te has creído mejor que yo, aunque nunca lo hayas expresado en voz alta.
He sido tu amigo y he aguantado tus mierdas en silencio, ¿cuántas veces he dado la cara por ti?
Tú mismo lo has dicho antes, evité que te dieran más de una merecida paliza.
—Lo soltó despacio pero sin llegar a separarse de él—.
Por una vez esperaba que fueras tú quien estuviera a mi lado.
—No puedo hacerlo si decides perpetrar esa locura —murmuró casi sin voz.
—Quiazz, no me hagas esto. No te enfrentes a mí, eres el único de quien no quiero prescindir.
No le des la razón a todos los que me advirtieron que tu amistad me perjudicaría.
—Puso las manos sobre los hombros del joven mientras inhalaba despacio—.
Cuando desapareciste puse mucho esfuerzo para encontrarte, a pesar de que algunos me decían que perdía el tiempo, que era mejor que te hubieras marchado.
Pero yo no perdí la fe en ti. Ahora te pido que la tengas tú en mí. Por favor.
No podía hacerlo. Apartó las manos de Gastor y retrocedió para alejarse de él.
Los dos se observaron detenidamente mientras el rostro del general se tornaba cada vez más ominoso.
Quiazz no podía aceptar que Gastor se convirtiera en rey, era un error.
Sintió que le faltaba el aire y que necesitaba salir de allí.
—¡No huyas! —le gritó Gastor, más un ruego que una orden—. Si me das la espalda, nunca te lo perdonaré.
El camino hacia la torre se le hizo interminable. Estuvo tentado de ceder ante la culpa que ya comenzaba a atormentarle y regresar junto a su amigo, de darle lo que pedía y que, de ese modo, su relación no cambiara. Pero era imposible, habían llegado a una encrucijada.
No necesitó mirar atrás para comprobar que Gastor no lo seguía. Antes de entrar en la torre oyó de nuevo su voz: —¡Tu amistad no vale nada para mí! —bramó el general con rabia y tristeza.
Bajó las escaleras tratando de contener las náuseas, y necesitó apoyarse en la pared para no caer rodando. Logró calmarse de camino a su casa.
Gastor iba a ser rey. Ni siquiera su padre había ambicionado tal cosa y había sido más inteligente al aceptar que no sería el monarca que necesitaban los humanos.
Gastor tampoco lo era. ¿Cómo podían los ancianos pisotear de ese modo la labor de Zaraen?
A él lo habían llamado loco por albergar la idea de que solo un rey podría unir a todos los pueblos humanos, y este lo había sacrificado todo por encontrarlo.
Quiazz sentía la obligación de defender los principios de su padre. Aunque Gastor fuera su oponente.
Buscó el motivo por el que le resultaba tan doloroso perder la amistad del general, por el que siempre lo tenía en mente. No tenía la respuesta.
Pero una cosa sí tenía clara: impediría que Gastor tomara la corona, costara lo que costase.