Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Estaba descuidando sus obligaciones como voz del consejo.

Quiazz se dedicaba a vagar por la ciudad, casi siempre oculto bajo la capa.

Le gustaba pasar desapercibido, visitar las tabernas rebosantes de comerciantes y viajeros, escuchar sus historias y descubrir qué sucedía fuera de la ciudad.

También visitaba a Oxa de forma asidua, aunque ella siempre le pedía que no volviera más.

Les había llevado ropa a los dos hermanos, zapatos nuevos para el niño, incluso víveres.

A veces Oxa hablaba con él, aunque siempre de forma hosca y distante.

Aún ignoraba por qué razón su padre la había buscado.

No creía que fuera hija de Zaraen, pero quizá sí de alguno de sus hermanos.

De cualquier forma, la curiosidad y tal vez también la necesidad de no sentirse solo lo instaban a buscar a la chica.

Una tarde, Quiazz le propuso que se mudaran a la ciudad, y ella se negó.

—¡No vuelvas a mencionarlo! ¡No necesitamos nada de ti! —le increpó Oxa.

Ella lo había echado a empujones de la casa. El niño era mudo y se comunicaba con unas pocas señas básicas. En la ciudad le enseñarían a usar el lenguaje sin limitaciones.

Se rascó la nuca al recordar la discusión. Estaba tan ensimismado que no prestó atención cuando llamaron a la puerta. Apretó el vaso con el té humeante.

—Veo que te encuentras mejor. —Gastor entró sin esperar una invitación—. Hace mucho que no te presentas a las reuniones, ¿ya te has aburrido de tus funciones? El consejo pregunta por ti.

—He estado ocupado —le respondió de forma tajante.

Últimamente le incomodaba la compañía de Gastor; el general lo miraba de forma extraña, demasiado inquisitiva, como si esperara desentrañar todos sus secretos a través de sus ojos marrones. Quiazz suspiró ante la enorme sonrisa de su amigo.

—Desde que has vuelto esquivas a todos los que conoces, algo que por lo general me daría igual. Pero me molesta que me evites incluso a mí, así que he venido a ponerle remedio. —Arrugó la nariz—. ¿Qué estas bebiendo? Huele a mierda de caballo.

—Me lo ha recetado el médico. —Su voz sonó áspera.

—Ese sanador no tiene ni idea de lo que te hace falta. —Le quitó el vaso de las manos y lo dejó sobre la mesa—. Déjate de tantos brebajes raros.

Gastor se acercó al balcón. La capa ondeó entre sus piernas y las hebillas de la chaqueta sonaron como cuchillos chocando entre sí.

Quiazz reparó en los leves cambios que se habían producido en su amigo durante los últimos meses.

Llevaba el pelo rapado y la barba castaña perfectamente peinada. Le favorecía mucho.

—Pasas mucho tiempo en las chozas del río, ¿algún amor clandestino? —preguntó con burla Gastor—. Deberías cuidarte de salir solo de la ciudad.

—¿Ahora me sigues? —Se acomodó el cabello rebelde.

Este le respondió con una amplia sonrisa. Quiazz sabía que el general desconfiaba del relato sobre su viaje. No le extrañaría que hubiera enviado a alguien para espiarlo.

—Vamos, hoy me acompañarás. Echo de menos beber contigo, esta noche no vas a lograr evitarme. —Gastor lo agarró del brazo y tiró de él en dirección a la puerta—. No voy a aceptar una negativa, así que ahórrate las excusas.

Quiazz solo tuvo tiempo de agarrar la capa que colgaba junto a la puerta antes de ser arrastrado fuera de su casa.

Intentó que Gastor lo soltara, pero este no cedió.

La gente los miraba con extrañeza al cruzarse con ellos, debían pensar que Quiazz acababa de meterse en un buen lío.

Al dejar atrás las dependencias del palacio, ambos se subieron las capuchas; Gastor detestaba que lo reconocieran por la calle.

—Deja que lo adivine, ¿vamos al burdel de Annie? —preguntó Quiazz.

—No, Annie te odia, se enfadaría si te llevara allí. —Le dio un golpecito en la espalda—. Mejor busquemos otro sitio esta noche.

Dejó que lo guiase por las calles desiertas de la ciudad, algo que le extrañó porque no era tan tarde como para que los vecinos estuvieran recluidos en sus casas.

¿Dónde estaban todos? Se cruzaron con varias patrullas de soldados y cada una de ellas intentó darles el alto hasta que Gastor mostraba el rostro.

Quiazz comenzaba a sentirse incómodo y enfadado.

—¿Piensas seguir cerrando las puertas de la ciudad al anochecer? —preguntó con cierta irritación en la voz.

—Sí. Iré incluso más allá en cuanto avistemos al ejército de las Avíseas, pero no me apetece hablar de eso ahora. Se supone que vamos a divertirnos. —Gastor lo miró suspicaz, esperando que el joven le contradijera—. Estás distinto, Quiazz.

—La ciudad ha cambiado mucho desde que tomaste el cargo de general.

—No pensaba darse por vencido tan pronto—.

Lidiar con las revueltas y los problemas que mi padre dejó como legado por su enemistad con el consejo no debió resultar una tarea sencilla.

Pero el miedo que el ejército genera me parece desmedido.

Me sorprende que el Galaef permita que actúes como desees, que no se oponga.

Supongo que desvelar la identidad del dárico gris ha ayudado a que lo consigas.

El general soltó una carcajada y siguió caminado.

Puede que Quiazz no hubiera presenciado las últimas reuniones, pero escuchar a la gente en las tabernas a veces proporcionaba incluso más información.

Gastor hacía y deshacía las cosas a su antojo y eso le sorprendía.

También había descubierto el retrato de Alhanna que circulaba por todas partes.

Temía preguntarle cómo conocía el rostro de la joven, porque sabía que eso conduciría a que Gastor indagara sobre la verdad del viaje.

Ambos mantenían una extraña tregua marcada por el silencio alrededor del tema, y no estaba seguro de cuánto duraría.

Se acercaban al puerto y la brisa nocturna hizo que Quiazz se estremeciera.

Pasaron cerca de casas que mantenían las luces encendidas y por posadas que vibraban con el bullicio del interior.

Afuera, tan solo los soldados llenaban las calles.

Conocía la taberna a la que Gastor lo condujo, era un lugar que solían frecuentar.

Se sorprendió al sentirse ansioso, pero quería contagiarse de las risas que se oían desde el otro lado de la puerta; deseaba bailar al son de los acordes de las guitarras y las flautas.

Gastor le dio un pequeño empujón y accedieron al local.

Quiazz guardó la mano en el bolsillo del pantalón de forma involuntaria. Una vez dentro, se quitó la capa y se acercaron a la barra. Gastor mantuvo la capucha subida; Sabía que en cuanto lo reconocieran las risas que inundaban el local se apagarían.

Hacía calor y la luz proyectaba la sombra de los hombres y mujeres que bailaban en el centro de la estancia. Las mesas estaban apartadas a un lado para dejarles espacio, y los músicos tocaban con energía mientras los bailarines danzaban cogidos de las manos.

—¡Esto está muy animado! —gritó el general para hacerse oír—. ¡Hasta podrás bailar!

Los cristales estaban empañados. Gastor se apresuró a pedir una botella de vino.

—Una moneda para nuestros músicos —solicitó el posadero mientras colocaba dos vasos pequeños en la barra—. Si es del gusto de ustedes.

Quiazz se rascó el bolsillo y recordó que jamás llevaba dinero encima, encogió las cejas y esperó pacientemente a que su amigo pagara al hombre, que no apartaba su mirada afilada de él.

La primera botella cayó enseguida. El alcohol logró animarlo un poco y, cuando una chica pelirroja se acercó danzando, no se amedrentó y la acompañó.

La agarró por la cintura con la mano enguantada y, con la otra, entrelazó sus dedos con los de ella.

Los dos se pusieron a trotar entre risas.

Gastor los observaba dando golpecitos en la barra, siguiendo el compás.

Después de esa canción llegaron otras igual de alegres.

Cuando Quiazz sintió de nuevo la garganta seca se despidió de la joven y regresó junto a su amigo.

Cada vez que su vaso se vaciaba, el general volvía a llenarlo. Ambos brindaron en varias ocasiones.

—Creo que debería dejar de beber, Gastor. —Miró el líquido escarlata.

—¡Sandeces! —El general rio mientras pedía otra botella.

—Comienzo a recordar cómo era divertirse, y te lo debo a ti.

—Quiazz se apoyó en la barra y contempló a Gastor—.

Siempre has sido un buen amigo. Te has quedado a pesar de todo, incluso cuando has tenido que librarme de alguna paliza bien merecida.

—El general enarcó las cejas, divertido—.

Ojalá hubieras podido salvarme de ese hombre, pensé en ti a menudo.

Mantuve la esperanza de que me encontraras.

Gastor se puso repentinamente serio, pero Quiazz no lo advirtió.

Continuó bebiendo, una sonrisa aflorando en sus labios.

Gastor repasó sus rasgos como si fuera a esbozarlo en un papel.

Siempre había disfrutado al dibujar, pero nunca se había sentido tan libre como cuando retrataba a Quiazz.

Las verdes pupilas le parecieron dos hermosas joyas engarzadas por las espesas pestañas.

Ardió en deseos de acariciarle el rebelde y ondulado cabello, de quitarle la cinta con la que se sujetaba una coleta.

Quiazz había perdido el rostro infantil, la voz suave y acaramelada que lo caracterizaba antes de su partida.

Todo lo ocurrido tras abandonar Marial-Pat lo había cambiado, y Gastor podía verlo a través de aquella sonrisa forzada que el joven esbozaba.

Una mujer se acercó a ellos. Ignoró a Gastor, probablemente porque mantenía el rostro oculto por la capa, algo que a los ojos de muchos solo solían hacer los hombres de mal.

Le acarició la mejilla a Quiazz, se acercó a él y le susurró al oído.

Quiazz la rechazó con un simple gesto de cabeza, y ella se dispuso a marcharse, no sin mostrar su decepción.

—¿No era lo suficientemente guapa para ti? —preguntó el general con burla.