Montañas Avíseas
L a rabia mordía sus entrañas. No podía aceptar la noticia que Gaelos acababa de traerle.
Lumiatz barrió todo el contenido de la mesa con los brazos, levantó la gruesa pieza de madera y la volcó.
Agarró una de las sillas y la lanzó contra la pared con una fuerza arrolladora.
El estallido retumbó en los pasillos y estancias contiguas.
La diosa gritó con todas sus fuerzas, lo que hizo que los cristales se quebraran.
Pero necesitaba desquitarse más. Sus manos ansiaban desgarrar carne y mancharse con sangre; quizás eso aliviaría su frustración.
Fue hacia la chimenea y el fuego se avivó con tan solo su presencia.
Una niebla rojiza emanaba de su cuerpo, como si fuera a transformarse en dragón allí mismo.
—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó más para sí misma que para Gaelos, que seguía acurrucada en el sillón—. ¡Espero que no hayas cometido un error!
—Shanarás y tú me pedisteis que vigilara a Trivaz y así lo hice.
—Se apartó el pelo de la cara—. Estoy segura de lo que vi.
El Dragón liberó al dárico gris de las garras de Jael y acabó con el general.
¡Lo aniquiló! Después Trivaz le pidió al dárico que luchara contra los devoradores del mundo venidero en nombre del Dragón.
—Lo ha nombrado su nuevo Guerrero —masculló la dama roja.
Lumiatz desvió la mirada hacia las llamas.
El dárico le pertenecía a ella desde aquel día en el que se conocieron y le permitió vengarse de Ogrora.
Sin embargo, el Dragón se lo acababa de arrebatar, porque ahora ni siquiera podría acercarse a él.
Cuando por fin había conseguido que el dárico se rindiera ante ella…
No, no se calmaría aunque redujera el castillo a cenizas.
Pero ¿y si fuera el mundo el que sucumbía a sus llamas?
—Estoy cansada de que me menosprecien. No renunciaré al dárico, no después de que se entregara a mí por voluntad propia.
—Lumiatz se acarició los labios, rememorando el sabor de su boca—.
Evitaré acercarme a él durante un tiempo, pero se lo quitaré al Dragón, así tenga que matar a Kishur y tomar su lanfe a la fuerza.
Lo prefiero muerto a que vuelva a escapar de mí.
—¿Qué estás diciendo? —Las palabras de Lumiatz preocuparon a Gaelos—. No puedes enfrentarte al Dragón, es una completa locura.
Su hermana la ignoró. Gaelos la contempló con ansiedad, sabía que nada detendría a Lumiatz una vez se lo propusiera. Pero ¿matar al dárico? ¿Sería capaz?
—Sigue vigilando a Trivaz, quiero saber la verdadera razón por la que el Dragón ha escogido a Kishur como su Guerrero.
No es solo un dárico al que le encargaron esperar a esa maldita de Asthaluss, hay algo más.
—Lumiatz levantó la barbilla—. Es hora de destapar los secretos que rodean a Kishur y a esa chica, necesitamos saber quiénes son en realidad.
Y, sobre todo, por qué el Dragón les presta tanta atención.
—Y ¿cómo pretendes conseguirlo? Aunque yo vigile a…
—A través de Trivaz —la interrumpió la dama, tajante—. Lo someteremos y no tendrá otra opción que compartir con nosotros lo que sabe. —Miró a su hermana pequeña y sus ojos azules reflejaron todo el odio que la invadía—. Encuentra el punto débil del demonio, tal como dijo Shanarás.
—Puede que no haya flaquezas en él. —Gaelos fue a su lado.
—Todos las tenemos —aseguró la dama roja.
Lumiatz cerró un momento los ojos y trató de imaginar cómo sería el mundo si Hagnak no hubiera desaparecido.
Si Khaleria continuara con ellas. La barrera nunca habría sido creada y los humanos no habrían logrado progresar tanto.
Añoraba el tiempo antiguo. Añoraba su verdadero hogar.
Abrió de pronto una brecha y arrastró a Gaelos a través de la abertura.
El violento aire las golpeó con fuerza cuando llegaron al otro lado.
Las escarpadas montañas se alzaban a sus espaldas.
Era de noche allí, y las lunas quedaban ocultas por las espesas nubes.
Podían vislumbrar el contorno de Marial-Pat unido al Hicama; algunas trémulas luces brillaban en la lejanía como diminutas luciérnagas.
Las dos se acercaron al borde del acantilado.
—En el pasado tuve aquí mi morada, justo donde ahora se alza la mayor ciudad humana.
—Lumiatz dejó que el aire le zarandeara el ondulado cabello—.
Los zarefíes que habitaban estas tierras me veneraban como su diosa y a cambio les concedí mi hogar.
Me llamaron la diosa de la bondad por ello.
Quise que me lo agradecieran eternamente, pero los seres mortales no tienen memoria, nada perdura en ellos.
—Los humanos usurparon el lugar que los zarefíes abandonaron. Ellos ignoran la historia. —Gaelos sintió un escalofrío ante la ominosa mirada de Lumiatz.
—Y es por ello que desaparecerán muy pronto —afirmó la dama.
Sí, el mundo había cambiado mucho. Demasiado.
—Los zarefíes que habitaban Falar-Shan construyeron la torre de Zahel en honor a nuestra hermana Khaleria, y ella los recompensó masacrándolos —continuó Lumiatz ante la mirada atenta de Gaelos—.
Sin embargo, fue esa la historia que decidieron recordar y escribir.
Al final, los actos bondadosos desaparecen en el tiempo y solo queda el dolor, la muerte, la pérdida.
Nadie recuerda que yo regalé mi hogar, pero sí que Khaleria arrasó el suyo.
Cuando el Dragón se marchó a dormir decidí que yo también lograría ser recordada en la historia de los mortales. Y lo harán.
—¿Aunque para conseguirlo tengas que condenar tu propia existencia?
—Gaelos la sujetó del brazo para hacer que la mirara a los ojos—.
Eres más parecida a Khaleria de lo que crees.
Ella cayó por su obsesión con el Dragón Negro, y tú caerás por la tuya con el dárico gris. Y por querer superar a nuestra hermana.
—Tantos milenios acaban por aburrir. —Le acarició la mejilla y Gaelos dio un respingo al sentir la calidez de su mano—. Dime que tú no anhelas el pasado.
—Por supuesto, pero no podemos quedarnos atrapadas en él.
Los labios de Lumiatz se curvaron en una hermosa sonrisa.
Sus pupilas azules parecían espejos en los que se reflejaban la noche; el cabello rojizo ondeaba con el aire.
Gaelos supo que nada haría desistir a Lumiatz.
Temió por lo que se avecinaba, por los seres que en esos momentos dormían plácidamente en sus camas, por el Dragón, que ahora estaba despierto y no perdonaría a su hermana si el dárico llegaba a morir.
Lumiatz prefería mil muertes antes que seguir viviendo en las sombras.
Cuando el mundo mortal ardiera bajo su fuego, nadie más volvería a olvidarse de la existencia de los dioses.
Tomó la mano de Gaelos; con ella y con Shanarás de su lado lo lograría.
Había llegado el momento de recordarles a todos quiénes eran ellos.